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Relatos Ardientes

Lo que pasó con la madre de mi mejor amigo

Hugo me llamó a finales de junio para insistirme una vez más. Sus padres habían alquilado una casa enorme cerca de Tarragona y él pensaba pasar allí los tres meses de verano, teletrabajando junto a su padre. Quería que estuviera con ellos al menos un par de semanas. Llevábamos siendo amigos desde la primaria y nuestros padres se conocían desde antes que nosotros, así que terminé aceptando para no quedar mal.

Llegué un viernes al mediodía. Me recibieron Ricardo y Beatriz, los padres de Hugo. Él y Lucía, su mujer, habían bajado al pueblo a hacer la compra. Ricardo era ingeniero, hablaba poco, fumaba como una chimenea y siempre me había parecido demasiado moralista para mi gusto. Beatriz, en cambio, era de esas mujeres que el tiempo había tratado bien gracias al gimnasio y a alguna ayuda quirúrgica. Pelo corto rubio, ojos marrones, un cuerpo que rondaba la cincuentena pero que parecía diez años más joven, con un pecho grande y firme que ya me había arrancado más de una mirada incómoda en cenas familiares.

Hugo había cambiado mucho. En el colegio era el delantero titular de cualquier equipo; ahora arrastraba veinte kilos de más y se cansaba al subir un piso. Lucía, en cambio, seguía siendo la chica que conoció en clase: pelo castaño claro hasta los hombros, ojos color miel, un cuerpo menudo y bien dibujado, y unos labios carnosos que siempre fueron lo primero que miraba cualquiera. Nada más verme, los dos se lanzaron a abrazarme con un cariño sincero.

Después de una paella interminable, Hugo y su padre se encerraron en el despacho con un problema del trabajo. Las mujeres se fueron al jardín a tomar el sol y yo bajé un rato a la piscina. Ahí me las encontré: las dos en topless, sobre las hamacas. Lucía tenía un pecho pequeño y firme, con los pezones rosados y prominentes, una rareza preciosa. Beatriz, en cambio, exhibía dos tetas grandes, redondas, con los pezones oscuros y duros. Sentí cómo el bañador empezaba a apretar y me tiré al agua sin pensarlo.

***

Al rato bajaron los hombres discutiendo. Ricardo tenía que volver corriendo a Sevilla por un asunto urgente. Hugo se ofreció a acompañarlo, pero su padre lo cortó en seco.

—No te estreses, Hugo. Ya sabes que no debes estresarte. Quédate, descansa, disfruta.

Capté que había algo de salud detrás, aunque nadie me lo explicó. Las mujeres seguían bocabajo, los culos al aire, dos siluetas que apenas se diferenciaban por el tamaño: el de Beatriz más generoso, con alguna estría discreta; el de Lucía más fino, más joven. Y entonces vi lo que iba a cambiarlo todo.

En la rabadilla de Beatriz, justo donde nace la curva del culo, había un apósito blanco. Más tarde supe que la habían operado de una pequeña fístula y que había que cambiarle la gasa cada noche para que la herida no cerrara en falso. Hugo no podía hacerlo porque se mareaba con la sangre, y Lucía no soportaba ese tipo de curas. Me ofrecí en voz alta antes de pensarlo.

—Pues asunto resuelto, mamá. Diego te hará la cura y no se hable más —cerró Hugo, encantado de quitarse el marrón de encima.

Beatriz no dijo nada. Solo me sostuvo la mirada un segundo de más, y tuve la sensación de que también acababa de pensar lo mismo que yo.

***

Esa noche, después de cenar, ocurrió otra cosa rara. Hugo se llevó a Lucía arriba en mitad de una película, como quien cumple un horario. Beatriz se quedó conmigo en el sofá.

—El médico les ha dicho que se relajen para poder quedarse embarazados —me explicó—. Aunque yo creo que si Hugo dejara la cerveza y volviera al gimnasio, lo tendrían más fácil.

Acabó la película. Beatriz subió a su habitación con un titubeo nuevo en la voz.

—Diego, no te sientas obligado a curarme esta noche. Puede esperar a mañana, cuando vuelva Ricardo.

Le insistí en que prefería hacerlo yo. Me llamó al cabo de unos minutos. Estaba en la cama, bocabajo, con un vestido corto de piscina que apenas le cubría las nalgas y una toalla bajo el cuerpo para no manchar las sábanas. La caja con las gasas, el Betadine y el agua oxigenada estaba abierta sobre la mesilla.

—Beatriz, ¿puedo levantarte el vestido? —pregunté.

—Diego, por favor, no me pidas permiso para cada cosa. Haz lo que tengas que hacer, que si no nos amanece aquí.

Le subí el vestido despacio. Llevaba unas bragas blancas de encaje finas. Podía haberlas bajado un dedo y haber hecho la cura tapando lo justo. En vez de eso, las aparté hacia un lado con dos dedos, exponiéndole entera la curva del culo. Beatriz tragó saliva, abrió la boca para decir algo y al final se calló.

Limpié la herida. Dejé caer un chorrito de agua oxigenada que resbaló por el surco de las nalgas, y mientras secaba con la gasa, dejé que el dorso de mi dedo le rozara el ano. Lo hice a propósito, esperando una bofetada verbal que no llegó. Ella solo apretó la cara contra la almohada.

—¿Te he hecho daño? —pregunté.

Negó con la cabeza sin levantarla.

Pasé al Betadine. Le dije, con una falsa preocupación, que mejor le bajaba las bragas para no manchárselas. Levantó la cadera. Le saqué las bragas enteras y me coloqué entre sus piernas, obligándola a abrirlas. Tenía el coño hinchado, mojado, y el clítoris se le notaba duro debajo del vello rubio recortado. No usé la gasa para limpiar el exceso de Betadine: lo hice con los dedos, deslizándolos hasta su clítoris. Beatriz respiró hondo. Me desabroché los pantalones.

—Voy a meterte la gasa nueva. ¿Estás lista? —le susurré.

Asintió con la cabeza, vehemente.

***

Entonces vi la sombra en la puerta. Lucía estaba ahí, en camisón, con la mano apoyada en el marco. Nos miramos durante un segundo. No dijo nada, no se movió. Se quedó. Iba a ver cómo me follaba a su suegra.

Entré en Beatriz despacio. No estaba especialmente lubricada al principio, pero en dos embestidas se puso a chorrear. Por primera vez levantó la cara de la almohada.

—Joder, Diego. Lo que cuentan de ti no era leyenda urbana.

Empecé a follarla en serio. Mis caderas chocaban contra su culo con un sonido seco que rebotaba en las paredes. Beatriz cuidaba la voz, pero no las palabras.

—Sí... así... esto es lo que le hace falta a la putita de mi nuera. Si supieras el hambre que tiene esa. Mi hijo salió a su padre, un inútil entre las piernas...

No sabía que Lucía la estaba escuchando desde la puerta. Yo sí. Aceleré.

—Diego... me corro... me corro...

Se corrió mordiendo la almohada. Me hizo salir antes de que reventara y se giró buscándome con la boca. Me la chupó con una intensidad que no esperaba de una mujer de su edad, hasta que terminé en su garganta. Después me echó del cuarto con un gesto cariñoso. Cuando salí, Lucía ya estaba subiendo la escalera a la carrera.

Desde mi habitación oí todo lo que vino después. Hugo le preguntó por la tardanza. Ella inventó algo de unas hierbas. Después quiso follar. Duró lo que duró: un suspiro y un par de quejas en voz baja.

***

A la mañana siguiente bajé pronto a desayunar. Después fue bajando Hugo, luego Lucía y por último Beatriz, con el pelo recién lavado y unas ojeras que disimulaba bien.

—Buenos días, mamá. Hoy tarde, eh. ¿Qué tal te portó nuestro sanitario? —bromeó Hugo.

—Hijo, la mejor cura que me han hecho nunca. De hecho, cuando termine de poner unas lavadoras, mientras vosotros bajáis a comprar, espero que Diego me vuelva a curar.

Lo dijo mirándome con la cara más serena del mundo y una excitación entre los ojos que solo yo podía leer. A mi lado, Lucía ardía sin atreverse a girar la cabeza.

Hugo discutió con Lucía algo en la cocina y al final no bajaron al pueblo. Beatriz tuvo que ir sola. Yo me fui a correr una hora para bajar la tensión. Cuando volví, Hugo seguía en su despacho con los auriculares puestos y las dos mujeres tomaban el sol en la piscina como dos estatuas. Me tiré al agua.

Cuando Beatriz regresó de la compra y Hugo se encerró otra vez a hablar por teléfono con su padre, Lucía y yo nos quedamos un momento a solas en una tumbona.

—Diego —murmuró sin mirarme—. Lo de anoche...

No era una pregunta. Era una confesión. Me senté a su lado. El bañador se me pegaba a la entrepierna como una bandera.

—Lo vi todo —dijo—. A mi suegra... corriéndose como una puta con tu polla dentro. Y no pude apartar la mirada. Después tuve que tocarme pensando en ti, con Hugo al lado dormido.

Mis manos actuaron solas. Una subió por su muslo hasta el borde del bikini. Ella no se apartó: abrió las piernas un poco más.

—Quiero a Hugo —dijo—, pero no me folla como necesito. Es un buenazo. Tú la hiciste gritar. Quiero eso. Quiero que me destroces.

La giré contra la tumbona. Le bajé el bikini de un tirón. Su culo era perfecto, sin una marca, con la piel todavía caliente del sol. La separé y bajé con la lengua desde el clítoris hasta el otro agujero, despacio. Ella se arqueó y me clavó las uñas en el antebrazo.

—Cómemelo, Diego, por favor, hazme tuya...

La penetré de una sola embestida. Era más estrecha que Beatriz, más reprimida. Cada empujón le sacaba un gemido contenido, un nombre, un insulto cariñoso a su marido. No duró mucho. Se corrió antes que yo y, cuando me vacié dentro, la sentí estremecerse otra vez. Cuando levanté la cabeza, vi la sombra en la ventana de la cocina. Beatriz. Estaba ahí, con una mano metida bajo la falda, moviéndose al ritmo de los últimos espasmos de su nuera.

***

Esa noche, cuando Hugo subió a tumbarse temprano porque le dolía la cabeza, las dos mujeres empezaron a picarse en el salón. Cada una creía que la otra no sabía nada y cada una intentaba aparecer como la esposa decente.

—Os habéis visto la una a la otra sin saberlo —corté yo, harto del baile.

Se quedaron mudas. Fue Beatriz quien rompió el silencio.

—Lucía, no te juzgo. Eres una buena chica y entiendo lo que te pasa, porque a mí me pasa lo mismo. Hugo es un buenazo, igual que su padre, y los dos son incapaces de entender a una mujer.

Lucía se levantó, abrazó a su suegra y empezó a llorar. Le pidió perdón entre hipidos. Le dijo que quería ser madre y que con Hugo no podía. Beatriz se la llevó arriba con un brazo sobre los hombros. Me quedé solo en el sofá, sin saber qué esperar.

Media hora después, Beatriz me llamó desde arriba. La voz salía del cuarto de Lucía. Subí pensando que querían pedirme discreción, una promesa, lo que fuera. Cuando empujé la puerta, las dos estaban desnudas sobre la cama. Beatriz, con las tetas balanceándose mientras se mordía el labio; Lucía, a cuatro patas, el culo en pompa, los ojos brillantes.

—Únete, Diego —ronroneó Beatriz—. Es hora de que las putas verdaderas de esta casa tengamos lo nuestro.

Lucía gateó hasta mí, me desabrochó el pantalón con los dientes y se metió la polla entera en la boca. Beatriz se sumó, lamiéndome los huevos y susurrándole obscenidades a su nuera sobre lo golfa que era. Las follé por turnos. Primero a Lucía, contra la pared, con las piernas enroscadas en mi cintura. Luego a Beatriz, a cuatro patas, dejándole el culo rojo a palmadas. Entre embestidas se besaban con la lengua, compartiendo el sabor de la otra.

—Córrete dentro de mí —me suplicó Lucía cuando volví a montarla—. Olvídate del inútil de mi marido.

Y lo hice. Beatriz, en cuanto terminé, se lanzó a lamernos a los dos, recogiendo cada gota como si fuera vino.

***

Ricardo y Hugo volvieron al día siguiente al mediodía. La cena fue una tortura deliciosa. Los dos hombres hablaban de fútbol y de un proyecto de obra; las dos mujeres y yo manteníamos un teatro perfecto. Bajo la mesa, el pie de Beatriz subió por mi pierna hasta apretarme los huevos por encima del pantalón. La mano de Lucía, escondida por el mantel, se abrió paso hasta mi bragueta.

—Hugo, cariño, sírvele un poco más de vino a tu padre —dijo Beatriz con voz melosa—. Y tú, amor, cuéntanos más de ese proyecto que llevas entre manos.

Mientras los entretenía, su mano se sumó a la de Lucía. Madre y nuera, masturbándome bajo la mesa, a dos metros de los hombres que tenían al lado. Estuve a punto de correrme dos veces. Beatriz nos miró y susurró sin perder la sonrisa:

—Subid un momento. Decid que vais a buscar el álbum de fotos de la boda. Tengo algo preparado para vosotros.

Subimos disimulando como pudimos. En el cuarto, Lucía se abrió de piernas sobre la cama antes de que yo cerrara la puerta. La monté en silencio, la follé contando los segundos. Justo cuando ya no aguantaba, la puerta se entreabrió un dedo. Era Beatriz. Sonrió, hizo un gesto para que siguiéramos y volvió al comedor.

—Córrete dentro —jadeó Lucía contra mi cuello—. Déjame llena, que tengo que bajar así.

Me vacié con un último empujón. Nos quedamos un minuto pegados, escuchando las risas de Ricardo abajo. Cuando bajamos, Lucía se sentó en su sitio. Un hilo brillante le resbaló por el muslo. Beatriz lo vio, lo recogió con el dedo y se lo llevó a la boca sin que nadie más lo notara.

—Qué buena familia hemos hecho —brindó Beatriz, levantando la copa—. Por nosotros. Y por los miembros nuevos que, con un poco de suerte, no tardarán en llegar.

Ricardo brindó sin entender nada. Hugo también. Yo aguanté la mirada de las dos mujeres por encima del cristal y supe, sin necesidad de palabras, que aquel verano todavía no había empezado.

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Comentarios (1)

Rodrigo_22

tremendo relato, no pude parar de leer!!!

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