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Relatos Ardientes

La traición que escuché en el baño del estadio

Tengo que escribir esto antes de que el insomnio me coma vivo. Llevo cuatro noches sin pegar ojo. Cada vez que cierro los párpados vuelvo a ese pasillo de azulejo blanco, vuelvo a oír sus voces a través de la puerta, vuelvo a sentir la mano apoyada en la pared porque las piernas ya no me sostenían.

Me llamo Mikel, tengo treinta y ocho años y nací en Bilbao. Mi aitite me llevó a San Mamés cuando todavía no sabía atarme los cordones, y desde aquel día no he fallado a una final del Athletic. Por eso, cuando hace un mes anunciaron que la final de la Copa contra el Barcelona se jugaba en La Cartuja, no lo dudé un segundo. Pedí día libre, saqué dos entradas como socio antiguo y reservé el hotel.

La segunda entrada, por supuesto, era para Leire.

Leire es madrileña. La conocí en una feria de Ifema hace cuatro años; ella atendía un stand de una farmacéutica y yo paseaba perdido entre ponencias técnicas. Tiene treinta y cinco años, mide un metro sesenta y dos, lleva la melena castaña hasta media espalda y unos ojos verdes que no he vuelto a ver en otra cara. No es perfecta —está un poco más rellenita de lo que ella querría—, pero camina de una forma que obliga a la gente a girarse cuando pasa. Y huele bien. Huele tan condenadamente bien que durante meses pensé que no podía ser real.

Hace dos años dejó su piso, su trabajo y su gente para venirse conmigo a Bilbao. Por mí, repetía siempre. Por mí.

***

La llamé desde la oficina en cuanto confirmaron las entradas.

—¿Adivinas adónde nos vamos el sábado que viene?

—¿El sábado…? Mikel, no me digas que has conseguido…

—La Cartuja. Tú y yo. Final de Copa.

Soltó un grito al otro lado de la línea. Le encantaba viajar y Sevilla era la única gran ciudad española en la que ninguno de los dos había estado nunca. Acordamos irnos el jueves para tener un par de días de turismo antes del partido. Esa misma tarde, cuando llegué a casa, me la encontré esperándome en el pasillo. Sin decir una palabra, me cogió de la mano y me arrastró al dormitorio.

Se desnudó delante de mí, despacio, mirándome desde el otro lado de la cama. Cuando llegó al sujetador, lo dejó puesto. Eso siempre me volvía loco y ella lo sabía.

—¿Te gusta lo que ves?

—Demasiado.

—Pobrecito. ¿No vas a aguantar nada esta vez tampoco?

No respondí. La empujé sobre el edredón, le aparté las bragas y entré sin más preámbulo. Algo me sorprendió al meterla —la sentí distinta, más holgada, como si llevara un rato lista—, pero el calentón pudo más que la lógica. Duré poco. Como casi siempre. Me corrí entre gemidos avergonzados y ella, una vez más, se quedó a medias. Lo disimuló con una caricia en mi pelo, pero yo lo noté. Lo notaba siempre.

El viaje servirá también para arreglar esto, pensé entonces. Cuatro días lejos de todo, sin estrés, sin móviles. Vamos a volver más unidos.

Iluso.

***

Llegamos a Sevilla un jueves por la noche. La ciudad ya hervía: camisetas rojas, camisetas rojiblancas, banderas en los balcones, gente cantando en la calle a las once. Caminamos hasta el hotel cogidos de la mano, esquivando grupos de hinchas borrachos que cantaban contra el Athletic. Apreté fuerte la mano de Leire al cruzarnos con uno especialmente ruidoso.

—Mira que les gusta beber a los culés —dije, más para mí que para ella.

—Mikel, no todos son así. Mi padre es del Barça y es la mejor persona del mundo.

Tenía razón, y se lo concedí. El viernes fue un día perfecto. Catedral, Alcázar, tapas en el barrio de Santa Cruz, fotos tontas en el puente de Triana. Por la noche, en el hotel, lo intenté otra vez. Esta vez me esforcé. Esta vez aguanté. Y aun así, ella no llegó. Me levanté y me encerré en el baño. Al rato entró detrás de mí y me abrazó por la espalda mientras yo me miraba al espejo como un idiota.

—Cariño, son rachas. El partido te tiene comido por dentro. No le des más vueltas.

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

—Claro que lo sé, tonto. Anda, vamos a dormir.

Todavía no sé por qué se lo dije esa noche, justo esa noche. Como si una parte de mí ya intuyera lo que venía.

***

El sábado amaneció gris. Nos pusimos las camisetas del Athletic, desayunamos en el bar del hotel y bajamos al ambiente de la zona vieja. Después de un par de cervezas en una terraza demasiado llena, encontramos un bar pequeño, casi vacío, en una calleja perpendicular. Entramos buscando silencio.

Estuvimos un rato hablando de tonterías, planeando el resto del viaje. Después entró un grupo grande, ocho o nueve personas, mezcla de aficiones, riéndose entre ellos. Leire los señaló con la barbilla.

—¿Ves? Así deberían ser todas las hinchadas.

—Leire, es una final. No me vengas con eso.

—Pues es una pena, Mikel. Esos chicos lo están pasando bien y son de los dos equipos.

Le iba a contestar, pero me dieron ganas de mear. No me apetecía dejarla sola en el bar, pero ella se rio cuando se lo propuse. «¿Que te acompañe al baño? Anda ya». Crucé el local hasta el pasillo del fondo. El baño estaba ocupado. Esperé un par de minutos. Cuando ya iba a volver, se abrió la puerta y entré.

Al salir, busqué a Leire con la mirada y la encontré charlando con un tipo que no estaba allí cinco minutos antes. Alto, fornido, con tatuajes en los antebrazos, treinta años a lo sumo. Llevaba la camiseta del Barça. Me acerqué por detrás y la rodeé por la cintura. Pegó un saltito.

—Cari, este es Rubén. Rubén, mi pareja, Mikel.

—Encantado, tío —me tendió la mano con una sonrisa demasiado relajada.

Le apreté la mano sin sonreír.

—¿Listo para llorar esta noche, Rubén?

—Bueno, ya veremos. Estamos aquí para pasarlo bien, ¿no? —y le puso la mano en el hombro a Leire mientras lo decía.

No me hizo gracia. Ninguna gracia. Me la llevé del bar a regañadientes, casi tirando de su brazo.

—¿Se puede saber qué te pasa? —me soltó en la acera—. ¿Por ser del Barça ya tienes que sacarme de ahí como si nos fueran a robar?

—Le ha puesto la mano en el hombro, Leire.

—¡En el hombro, Mikel! ¡No en el culo! ¿En qué siglo vives?

Tenía razón. Pedí perdón. Le compré un helado ridículamente caro y caminamos por el río intentando recuperar el día. Lo conseguimos a medias. La tarde pasó entre silencios cortos y bromas forzadas, y a las siete, mientras esperábamos un bocadillo en una cafetería antes de subir al estadio, le sonó el móvil.

Un mensaje, un número sin nombre. Vi la pantalla de reojo, pero no llegué a leer el texto. Ella sí lo leyó. Después bloqueó el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa.

—¿Quién era?

—Nada, publicidad. Ofertas de ropa.

Publicidad un sábado a las siete de la tarde. Claro.

***

El estadio estaba reventado. Nuestros asientos eran de lateral, séptima fila. Empezamos cantando el himno con la voz partida y, a los dieciocho segundos del pitido inicial, el delantero del Athletic clavó un derechazo desde la frontal. Salté como un crío, abracé a Leire, abracé al señor de mi izquierda, abracé al universo entero. Ella se reía mirándome. En ese momento, juro que pensé que el día se estaba arreglando solo.

El Barça empató antes del descanso. Después nos pitaron un penalti a favor y nos fuimos al vestuario ganando dos a uno. Yo gritaba como un poseso, pensaba en los culés que estarían sufriendo en esa misma grada, y, sin poder evitarlo, pensé también en Rubén. Me alegraba imaginarlo callado, con cara larga, en alguna butaca lejana.

Leire me tocó el brazo en pleno descanso.

—Voy a por algo de beber, cari. Tú quédate, va a haber cola.

—Vale. No tardes.

Me quedé. Tardó más de la cuenta. Cuando ya empezaba la segunda parte y todavía no había vuelto, me asomé al pasillo de la grada superior buscándola. Y la vi. Estaba apoyada en una barandilla a treinta metros de mí, con dos vasos de cerveza en la mano. Hablando con Rubén.

Maldije al universo por la coincidencia. ¿Entre sesenta mil personas, justo ese tipo? Me dije a mí mismo que tampoco era para tanto, que se habrían cruzado por casualidad, que apenas hablaban. Volví a mi asiento.

Llegó cinco minutos después. Me dio mi cerveza sin mirarme.

El Barça empató en el ochenta y siete. La prórroga fue una tortura. En el descanso de los treinta minutos extra, Leire se levantó.

—Tengo que ir al baño. Tú quédate, ya vuelvo.

No le contesté. Esperé treinta segundos y fui detrás.

***

El pasillo de los baños estaba vacío. Todo el mundo había vuelto a su asiento para no perderse el inicio de la segunda parte de la prórroga. Avancé despacio, oyendo mis propias zapatillas contra el suelo de hormigón pintado. Antes de llegar a la puerta del baño de mujeres oí las risas.

La voz de él, baja y obscena:

—Joder, Leire, qué tetas tienes, guarra. Quítate la puta camiseta, déjame verlas.

La voz de ella, fingiendo no querer:

—¿Sí? ¿Te gustan? ¿Para qué me la quito? ¿Qué vas a hacer?

—Te las voy a comer enteras. Y tú me vas a comer a mí lo que tengo aquí.

Me apoyé en la pared. El azulejo estaba frío. Los oí sin poder moverme, mientras él le decía cerda y ella se reía, mientras ella le decía que era el doble de grande que la mía, mientras él le preguntaba si su novio le hacía cosas así y ella respondía, con la voz quebrada por algo que no era llanto:

—No… él se corre enseguida… y la tiene… más pequeña…

Esas palabras. Esas exactas palabras. Eso fue lo que me quebró. No el polvo, no la traición física, no el hecho de que se la estuviera follando un desconocido contra el lavabo de un baño público de un estadio. Lo que me quebró fue que estuviera contando, mientras tanto, lo mal amante que era yo. Que estuviera negociando mi humillación como parte del juego.

Di media vuelta. Subí al asiento. No vi un solo balón de la segunda parte de la prórroga. Sonó el silbato. Penaltis.

Ella no había vuelto.

***

Bajé otra vez al pasillo de los baños. Necesitaba saber más. No sé por qué. Tal vez necesitaba destruirme del todo, llegar al fondo del pozo para empezar a salir. Lo que oí al volver fue peor que la primera vez.

—Méteme más, cabrón, fóllame más fuerte —jadeaba ella.

—¿De quién es este coño, Leire? Dilo, puta, dilo.

—Tuyo, joder, tuyo… pero tengo que volver, se va a dar cuenta…

—Te voy a llenar entera, ¿oyes? Vas a volver a tu asiento conmigo dentro.

—Sí, sí, lléname, Rubén, lléname…

Oí el final. Los dos a la vez, ahogando los gemidos contra alguna toalla, contra alguna manga, contra lo que fuera. Después, susurros. Hablaban de verse otra vez. En Madrid, en algún viaje de ella. Hablaban con la frialdad de quien lo había planeado durante semanas.

Me aparté de la puerta justo cuando se abría. Vi salir a Rubén ajustándose el cinturón, mirando al suelo, sonriendo solo para él. No me vio. Se fue. Y entonces salió ella, despeinada, con el rímel corrido en la esquina del ojo izquierdo, intentando recolocarse la camiseta del Athletic.

Me vio.

Se quedó quieta. Toda la sangre se le fue de la cara.

—Mikel… qué… qué haces aquí…

No hizo falta que dijera nada más. Mi cara lo decía todo. Vi cómo ella entendía, en tiempo real, que la siguiente frase iba a ser la última que me dijera en su vida.

—Lo… lo siento. No sé qué me ha pasado. Te quiero. Mikel, te quiero, por favor.

Fue en ese momento cuando estalló el estadio. Un rugido sordo, lejano, hermoso. El último penalti había entrado. El Athletic acababa de ganar la Copa.

Me di la vuelta. No miré atrás. Caminé hasta la salida sin oír los cantos, sin sentir las palmadas en la espalda de hinchas que ni siquiera conocía. Mi equipo había ganado una Copa que llevábamos cuarenta años esperando.

Yo había perdido lo único que de verdad me importaba.

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Comentarios (4)

RamonNocturno

tremendo relato. me dejo sin palabras

Sandra_lec

Quedé con el corazon en la garganta. Por favor seguí, necesito saber que hizo después de escuchar eso

Valentina_B

Dios mío qué excerpt... ya me atrapó antes de empezar a leer

ElCriollo_77

Me recordó algo similar que viví hace años. Ese silencio antes de la certeza es lo peor de todo, lo describís perfecto. Muy buen relato.

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