Lo que pasó en la furgoneta cuando mi novio fue al súper
Aquella tarde de agosto en el aparcamiento de la playa de Las Calas todavía me cuesta contarla sin sentir el calor subiéndome por el cuello. Mi novio Iván llevaba dos horas insistiendo en bajar a por hielo y unas cervezas, y cuando por fin se decidió a ir, me quedé sola en la furgoneta de los chicos ingleses con la garganta seca y las manos sudando.
Había bastado un cruce de miradas en el chiringuito una hora antes. Yo estaba en bikini, secándome el pelo con la toalla, y ellos pasaron por delante hablando inglés a gritos, riéndose de cualquier tontería. Siete tíos altos, rubios la mayoría, con la piel rosada de quemarse y los hombros marcados del gimnasio. Uno de ellos, el más alto, me había sostenido la mirada dos segundos de más. Yo le sonreí sin pensarlo. Tampoco esperaba mucho más que eso.
Pero después, en el aparcamiento, mientras Iván metía la furgoneta nuestra al lado de la suya, los volví a ver. Uno hablaba español con acento murciano. Era el moreno del grupo, el único que parecía mediterráneo. Empezamos a charlar mientras mi novio se peleaba con el portón. Que si de dónde sois, que si lleváis aquí muchos días, que si os apetece una caña luego. Cosas tontas. Cosas inocentes.
Cosas inocentes hasta que Iván me dijo que se iba al supermercado a por hielo y que volvía en quince minutos.
—¿Te vienes? —me preguntó.
—No, déjame aquí. Hace mucho calor en el coche. Te espero fuera.
Cuando arrancó y desapareció por la rampa de salida, yo seguía apoyada contra el lateral de la furgoneta de los ingleses, hablando con el moreno. Y de repente, sin que nadie hubiera dicho nada explícito, todos nos miramos sabiendo lo mismo. Quince minutos. Siete tíos. Una furgoneta con las ventanillas tintadas.
El moreno, que se llamaba Dani, me sonrió con la cara más sincera del mundo.
—Si quieres entrar un momento, dentro está más fresco —dijo.
No me llamó puta ni me dijo nada sucio. Solo eso. Y yo abrí la puerta corredera y subí.
***
Dentro olía a crema solar, a sudor y a algo dulce que debía de ser el desodorante de alguno. Me senté en el banco trasero y crucé las piernas, intentando aparentar calma. Pero el corazón me iba como si llevara tres cafés.
—Diles que entren ellos también —le pedí a Dani en voz baja—. Todos. Que se sienten alrededor de mí. Si Iván vuelve antes de tiempo y mira desde fuera, no quiero que me vea aquí dentro.
Dani tradujo. Los ingleses se rieron primero, luego se pusieron serios cuando entendieron que iba en serio. Uno a uno fueron subiendo. El rubio alto, el que me había sostenido la mirada en el chiringuito, se sentó a mi lado. Los demás se acomodaron alrededor: dos en el banco de atrás conmigo, tres en los asientos del medio girados hacia mí, y Dani se quedó delante, mirando todo con una sonrisa media pícara, media incrédula.
La puerta corredera se cerró con un golpe seco.
De pronto estaba encerrada con siete desconocidos en un aparcamiento medio vacío, a ocho minutos del centro del pueblo, con un novio que podía aparecer en cualquier momento o no aparecer nunca. Porque también podían arrancar el motor y llevarme a cualquier sitio. Podían hacer conmigo lo que les diera la gana. Y yo lo sabía.
Lo sabía perfectamente y aun así me bajé el tirante del vestido sin pensarlo.
—Dile al rubio —le susurré a Dani sin apartar la vista de los ojos azules de mi vecino— que me folle ya. Ahora mismo. Que no quiero esperar.
Dani tradujo. El rubio sonrió, dijo algo en inglés que sonó como una pregunta, y Dani me devolvió la mirada.
—Pregunta si lo dices en serio.
Por toda respuesta, me abrí el vestido. El bikini estaba empapado por dentro, ya lo notaba pegajoso contra los muslos. Me subí la falda hasta la cintura y separé las rodillas. Mis bragas del bañador eran de tirita, casi transparentes. El rubio bajó la vista y se quedó callado tres segundos enteros. Como si no se lo creyera. Como si pensara que era una broma de españoles borrachos.
—Que folle —repetí en voz alta para todos, aunque ninguno me entendiera. Levanté las manos y empecé a desatarme yo misma el lazo del bikini de las caderas. La tela cayó sobre el asiento como un trapo mojado.
Ya no hubo más dudas.
El rubio se desabrochó el bañador de un tirón y se la sacó. La tenía dura desde antes, gruesa, con esa forma curvada hacia arriba que siempre me había puesto enferma cuando la veía en una pantalla. Me agarró las dos rodillas, me las separó del todo y entró de una sola embestida. Hasta el fondo.
El gemido que solté no fue elegante. Fue feo, ronco, casi un quejido. Pero me dio igual, porque la sensación de su polla abriéndome en canal mientras seis tíos miraban a treinta centímetros era la cosa más obscena y más exacta que había sentido nunca.
Empezó a moverse rápido. Las primeras embestidas fueron de pura urgencia, como si llevara una semana sin tocar a nadie. La furgoneta se balanceaba ligeramente. Yo me agarré al respaldo del asiento con las dos manos para no irme hacia un lado con cada empujón.
Uno de los chicos del banco de al lado me bajó el vestido del todo por arriba. Mis pechos saltaron, libres, y enseguida sentí dos manos enormes amasándomelos como si fueran fruta. Pellizcaban los pezones, los tiraban hacia arriba, los apretaban con fuerza. Otro me agarró por la nuca y me giró la cara hacia él, no para besarme, solo para mirarme bien mientras me follaban.
—Más fuerte —jadeé, sin saber muy bien a quién se lo decía—. Más fuerte, joder, folla, folla…
El rubio entendió aunque no entendiera. Aceleró todavía más. El sonido de su pelvis chocando contra la mía era casi vergonzoso de tan húmedo.
***
En algún momento, después de varios minutos así, el rubio se paró un segundo, respirando hondo. Bajó el ritmo. Empezó a moverse más despacio, más profundo, como si quisiera disfrutarme con calma. Y yo, que ya tenía el coño chorreando contra el asiento, me derretí debajo de él.
—Así, así, despacio… —susurré.
Aprovechando el cambio de ritmo, giré la cabeza hacia Dani, que seguía a mi lado mirando con los pantalones abultados. Le puse una mano en el muslo y le sonreí.
—Ven tú también. Quiero chupártela mientras él me folla.
Dani no necesitó que se lo repitiera. Se desabrochó, sacó la suya —mediana, gruesa, muy oscura— y se acercó hasta dejármela a la altura de la boca. Yo la atrapé con los labios y empecé a chupársela con esa devoción que solo tengo cuando estoy muy cachonda, cuando me da igual hacer ruido, babear y mirar a los ojos a quien me la tiene dentro.
El rubio detrás seguía moviéndose con calma, llenándome con embestidas largas. Yo gemía contra la polla de Dani, alrededor de ella, y cada vez que el rubio empujaba a fondo, el gemido salía amortiguado, vibrando.
Sin soltarla, levanté un dedo pidiendo un momento. Saqué la polla de Dani con un beso húmedo en la punta y le pedí, jadeando:
—Hazme una última traducción. Diles que pueden cascársela mirando todo lo que quieran. Pero que se corran en mi boca. No en mi cuerpo, no en la cara. En la boca. Quiero tragármelo todo para que Iván no vea nada cuando vuelva.
Dani repitió las palabras en inglés despacio y claro, para que los cinco que aún no me habían tocado lo entendieran sin dudas. Hubo un silencio breve. Luego un par de risas nerviosas. Y enseguida, los cinco se bajaron los bañadores casi a la vez y empezaron a masturbarse mirándome.
Cinco pollas duras alrededor de mí. Manos moviéndose rápido. Ojos clavados en mi cara, en mis pechos, en el sitio donde el rubio entraba y salía de mí. Yo metí otra vez la polla de Dani en la boca y empecé a chuparla con doble entrega: una por él, otra para los cinco que esperaban turno.
El interior de la furgoneta era una pequeña selva. Olor a sexo, ruidos de pieles húmedas, jadeos en dos idiomas, el chirrido de los muelles del asiento. Yo en el centro de todo, ofrecida, abierta, tragando.
Completamente feliz.
***
De repente sentí que el rubio se ponía rígido. Frenó las embestidas, hundió la polla hasta el fondo y se quedó así, temblando un poco. Murmuró algo en inglés mirando hacia abajo, hacia donde estaba pegado a mí. Luego levantó la vista y me dijo algo más, esta vez mirándome a los ojos, con una voz que sonó casi a confesión.
Dani, todavía con su polla rozándome los labios, lo escuchó y me lo tradujo en susurros:
—Dice que… joder, dice que tienes el mejor coño que ha follado en su vida. Que está más caliente, más apretado y más mojado que el de su novia. Que no se lo puede creer.
Sentí cómo me subía el rubor desde el cuello hasta las orejas. No por vergüenza. Por orgullo, sobre todo, y por una excitación nueva, distinta. Solté la polla de Dani con un último lametón y miré al rubio a los ojos. Estaba sonrojada, sudada, despeinada, con marcas rojas de dedos por todo el pecho. Y me sentí guapísima.
—Gracias —le susurré, aunque él no entendiera la palabra—. Me encanta que te guste tanto.
Sin pensarlo demasiado, me bajé el vestido del todo por arriba otra vez. Me agarré los pechos con las dos manos, los junté, se los empujé hacia la cara.
—Toma. Son tuyos hasta que te corras. Haz lo que quieras con ellos.
No necesitó traducción. Bajó la cabeza, me atrapó un pezón entre los labios y empezó a chuparlo con una mezcla de hambre y cuidado que no me esperaba de un tío que me había estado follando como un animal hacía treinta segundos. Pasó al otro pezón. Y al primero otra vez. Mientras tanto, sin dejar de moverse dentro de mí, sus dedos me amasaban las dos tetas, las apretaba contra su cara, las estrujaba con un gemido bajo.
Yo eché la cabeza para atrás y me dejé hacer.
—Sí, así, cómemelas… —jadeé—. Sigue follándome despacio. Disfruta de mis tetas todo lo que quieras.
***
Pasaron un par de minutos así. Yo casi olvidada del peligro, de Iván, del aparcamiento, del coche que en cualquier momento podía aparecer por la rampa. Solo notaba el cuerpo del rubio encima del mío, su lengua en mis pezones, su polla entrando y saliendo con un ritmo que ya parecía hecho a medida para mí.
Entonces noté el cambio. Las embestidas se volvieron más cortas, más erráticas. La respiración del rubio se aceleró contra mi cuello. Los músculos de su espalda se tensaron debajo de mis manos.
Iba a correrse.
Sin saber muy bien por qué, en lugar de empujarle la cabeza hacia abajo para que se corriera afuera, hice lo contrario. Le pasé los brazos por el cuello, lo atraje hacia mí, pegué su pecho contra mis tetas y busqué su boca con la mía.
El beso que le di no fue un beso de furgoneta ni de descontrol. Fue un beso suave, lento, casi de novia. Labios entreabiertos, lengua pausada, las dos manos en su nuca. Le besé como si lleváramos seis meses juntos y aquello fuera una tarde tonta en mi habitación, no una infidelidad de quince minutos en un parking de playa.
Justo entonces, contra mis labios, gruñó largo y se vació dentro de mí.
No fue una descarga enorme. Apenas unos chorros tibios y cortos, más de los nervios que de otra cosa. Pero los sentí todos. Sentí su polla palpitando, llenándome lo poco que podía, y eso, aunque no debería, me gustó. Me gustó que se rindiera dentro de mí mientras yo lo besaba como si fuera mío.
Le acaricié la nuca despacio mientras seguía vaciándose, susurrando contra su boca palabras que él no entendía:
—Así, córrete dentro, qué bueno eres…
Cuando dejó de temblar, no lo solté enseguida. Lo besé un par de segundos más, suave, cariñoso, y le dejé un último besito en la comisura de los labios antes de soltarlo.
Se quedó mirándome con cara de no entender nada. Yo le sonreí.
Con todos los tíos con los que me he acostado en mi vida, este desconocido inglés que no sabe ni mi nombre acaba de decirme que tengo el mejor coño que ha probado nunca. Mejor que el de su novia. Joder.
Me sentí absurdamente feliz. Mujer, guapa, deseada. Como hacía meses no me sentía.
Acaricié la mejilla del rubio con la yema de los dedos y le dije, sabiendo que no me entendería:
—De verdad, gracias. Me ha hecho mucha ilusión lo que has dicho.
Después miré a Dani por encima del hombro del inglés.
—Tradúcele eso. Que me ha hecho feliz el halago. Que tendrá novia, pero que a las que se folla por ahí las hace muy felices.
Dani lo tradujo con una sonrisa pícara. El rubio se rió bajito, me dio un beso corto y se separó por fin, sacándola de mí con cuidado.
Cuando salió, sentí el chorrito tibio de su semilla bajando entre mis piernas hacia el asiento. Y mi coño, todavía abierto, palpitando, esperando ya al siguiente.
Detrás del rubio, los otros cinco seguían masturbándose con la respiración cada vez más entrecortada, esperando su turno para correrse en mi boca antes de que Iván volviera del supermercado con el hielo y las cervezas.
Cerré los ojos un segundo, sonreí, y me dije a mí misma que ojalá tardara un poco más en volver.