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Relatos Ardientes

Cada sábado salgo con los niños y dejo la cámara

El sábado por la mañana, cuando suena el timbre, el corazón se me acelera distinto. Sé quién es antes de abrir. Es Damián, y Damián no viene a tomar café.

—Buenos días, compadre —me saluda con esa media sonrisa que reserva para mí los fines de semana. Detrás suyo, los niños ya corren a abrazarlo. Lo llaman tío. Él los recibe en brazos con la naturalidad de quien siempre ha estado en esta casa.

Carolina aparece desde la cocina secándose las manos en un repasador. Lleva los jeans más ajustados que tiene y una blusa fina, la que deja entrever que no se ha puesto sostén. Damián la mira de arriba abajo sin disimular. Yo miro al suelo, y mi mujer sonríe.

—Ya está el café —dice ella, y pasa rozándolo a propósito en el marco de la puerta.

Le sirvo a Damián una taza y los tres conversamos como si esto fuera una visita cualquiera. Hablamos del trabajo, del fútbol, del calor que está haciendo este año. A los veinte minutos, cuando ya he calculado bien el momento, hago la pregunta que es nuestro código.

—Chicos, ¿quién quiere ir a comprar caramelos?

Los nenes saltan de la alfombra como si los hubieran llamado por su nombre completo. Carolina sonríe. Damián no me mira: ya está mirando a mi mujer, y mi mujer ya está mirándolo a él.

—Tómate tu tiempo —dice ella mientras me ajusta el cuello de la camisa con un gesto cariñoso, casi maternal. Yo le devuelvo el gesto besándola en la frente, y ella se ríe bajito porque sabe lo que estoy pensando.

—La cámara está cargada —le susurro al oído.

—Ya lo sé —responde, y me empuja suavemente hacia la puerta.

Acordate de la luz, pienso. Acordate de decirle que la luz tiene que estar bien para que después yo pueda ver cada detalle.

Salimos los tres a la calle. El sol pega fuerte sobre las baldosas del patio. Mi hijo mayor me agarra de la mano y mi hija va saltando dos pasos adelante. A nadie en el barrio le llamaría la atención esta escena: un padre paseando con sus chicos un sábado de mañana. Lo que nadie sabe es que en la casa que dejamos atrás, sobre la cama que comparto con Carolina cada noche, Damián ya le está bajando los jeans a mi esposa.

***

El almacén queda a seis cuadras. Camino despacio, deteniéndome en cada esquina con la excusa de revisar el tráfico. Mi hija me pregunta por qué vamos tan lento y yo le invento que me duele un poco la rodilla. La verdad es otra. La verdad es que cada minuto que paso fuera de la casa es un minuto que Damián tiene para coger a Carolina, y yo no quiero llegar antes de tiempo.

En el almacén dejo que los niños elijan con calma. Caramelos masticables, chupetines, dos paquetes de gomitas. Mi hijo se demora diez minutos eligiendo entre dos sabores y yo le digo que se lleve los dos. La cajera me sonríe como diciendo «qué buen padre». Si supiera. Si supiera que mientras le pago, en mi casa mi compadre está montado encima de mi mujer, agarrándola del pelo, llamándola puta fácil y diciéndole que abra bien las piernas porque hoy va a entrar más profundo.

Salimos del almacén. La verga, dentro del pantalón, la llevo dura como hace mucho no la sentía. Camino con cuidado para que los chicos no noten nada. Para hacer más tiempo, paso por la plaza y los siento en los columpios.

—Empujame, papá —pide mi hija.

La empujo, sí, pero estoy en otra parte. Estoy imaginando a Carolina de rodillas en el piso de nuestra habitación, con la boca abierta y Damián de pie frente a ella, con la verga entrando y saliendo lentamente entre sus labios. Damián siempre la hace empezar así, mamándosela, porque dice que de esa forma queda con la mandíbula relajada para lo que viene después. Ella obedece. Ella siempre obedece cuando él manda.

—Más fuerte —insiste mi hija desde el columpio.

Empujo más fuerte. Cuento mentalmente los minutos. Damián necesita por lo menos cuarenta. Cuarenta es el mínimo para que pueda hacerle todo lo que quiere hacerle a mi mujer en una sola visita.

***

El mensaje llega cuando estamos saliendo de la plaza. Es Carolina. Una sola palabra: «vuelvan».

Camino de regreso con los niños correteando delante de mí. Sé que cuando entremos, ellos dos ya estarán vestidos. Sé que Damián tendrá esa expresión de hombre satisfecho que muestra siempre que termina, y que Carolina tendrá el pelo mojado de la ducha rápida que se da para no levantar sospechas frente a los chicos. Pero también sé, porque ella ya me lo prometió hace tiempo, que las bragas que se pondrá serán las mismas que tenía puestas antes, todavía manchadas con la leche que Damián deja dentro de ella.

Abrimos la puerta y los niños corren a mostrarle los caramelos a su madre. Carolina los recibe con un abrazo y los lleva a la cocina para repartirlos. Damián, sentado en el sillón, se levanta y me da un apretón de manos.

—Bueno, compadre, ya me voy. Me encargué de lo que vos tenías pendiente.

Lo dice en voz alta, sabiendo que cualquiera pensaría que vino a arreglarme un grifo o el motor del lavarropas. Para los chicos es eso. Para Carolina y para mí es otra cosa.

—Gracias —respondo, y la voz me sale ronca. Damián me palmea la espalda con condescendencia, como se palmea a alguien que no ha podido cumplir y al que hay que reemplazar.

Se va. Cierro la puerta. Carolina me mira desde el pasillo, con los caramelos todavía en la mano, y me sonríe sin decir nada. Esa sonrisa es la confirmación de todo.

***

Espero hasta que los niños se ponen a dibujar en la mesa de la cocina. Entonces me meto en el dormitorio y agarro la cámara. Carolina ya la dejó detenida. Me pongo los auriculares y bajo el brillo de la pantalla por las dudas. La habitación todavía huele a Damián. A su colonia, al sudor, al sexo.

El video empieza con Carolina sola, ajustando el ángulo de la cámara sobre la cómoda. Está en jeans y blusa, como me la había encontrado yo cuando salí. Detrás de ella, Damián entra al cuadro. Le pasa una mano por la cintura, la otra le sube por debajo de la blusa. Carolina cierra los ojos y se deja caer hacia atrás contra el pecho de él.

—Hoy tu marido va a ver todo, ¿no? —le pregunta él al oído.

—Todo —responde Carolina.

—¿Y qué le vamos a mostrar?

—Lo bien que me cogés vos, compadre.

Damián se ríe, le da la vuelta y la besa con fuerza. Le arranca la blusa de un tirón. Carolina queda con los pechos al aire, los pezones ya endurecidos. Él se los agarra, se los aprieta, le pellizca uno con cierta crueldad calculada, y ella suelta un quejido que es mitad protesta y mitad permiso para más.

Avanzo el video unos segundos. La escena cambia. Carolina está arrodillada en el piso, exactamente como yo la había imaginado en la plaza, con la verga de Damián entera dentro de la boca. Él la agarra del pelo con las dos manos. Le marca el ritmo. Cuando ella tose, él no se compadece: la sostiene quieta unos segundos más, y solo después la suelta para que recupere el aire.

—Mirala, cornudo —dice Damián mirando directamente a la cámara—. Mirá lo bien que aprende tu mujer.

Avanzo otra vez. Carolina está en cuatro patas sobre la cama, nuestra cama, la misma cama donde dormimos abrazados cada noche. Damián la tiene agarrada de las caderas y se la coge por detrás con embestidas largas, profundas. La cama golpea contra la pared con un ritmo que reconozco. Carolina gime, jadea, le pide más, le dice cosas que a mí nunca me dice.

—Más fuerte, compadre, más fuerte.

Avanzo de nuevo. Carolina está boca arriba, las piernas abiertas, Damián metiéndosela y al mismo tiempo dándole pequeñas cachetadas en el rostro. Ella no se cubre. Recibe los golpes como si los hubiera pedido. Cuando él termina, se la saca y le acaba sobre los pechos y el cuello, en chorros gruesos que ella se relame con dos dedos antes de mirar a la cámara y mandarme un beso. Un beso para mí, con la boca todavía manchada del semen de otro.

Detengo el video. Estoy con los calzoncillos empapados desde hace rato. No me hizo falta tocarme: me corrí solo, sentado en el borde de la cama, mientras escuchaba a mis hijos hablar de los caramelos en la otra habitación. Soy un perdedor feliz, exactamente como me lo recuerda Damián cada vez que se va de casa.

***

Cuando los chicos por fin se duermen, Carolina entra al dormitorio. Se ha duchado, se ha puesto un camisón claro, y trae dos copas de vino. Se sienta en la cama, a mi lado.

—¿Lo viste? —pregunta.

—Lo vi.

—¿Te gustó cómo me trató hoy?

Asiento. Carolina deja las copas en la mesita y me besa. Es un beso largo, profundo, distinto del que me da por las mañanas. Es el beso de alguien que tiene la boca llena de otra historia y quiere contármela.

—Contame todo —le pido.

Y ella cuenta. Mientras hablamos, le subo el camisón. Carolina ya está sin bragas. Cuando le paso la mano entre las piernas, está mojada, pero no es solo deseo: es lo que Damián dejó adentro hace unas horas. Ella sabe que yo lo sé. Yo sé que ella sabe.

—Metémela —me pide.

Me meto en ella sin condón, en silencio, sintiendo el calor mezclado de los dos. Carolina me abraza con las piernas y empieza a contarme cada detalle.

—Hoy entró por atrás primero. Sabés que a él le gusta empezar por ahí. Yo le dije que no, que despacio, pero no me escuchó. Me metió la verga entera de una sola embestida.

Aprieto los dientes. Sigo dentro de ella, marcando un ritmo lento.

—¿Y después? —pregunto.

—Después me dio la vuelta. Me dijo que la tuya es un juguete al lado de la suya. Me lo repitió tres veces, hasta que se lo respondí.

—¿Qué le respondiste?

—Que tenía razón.

Eso es suficiente. Me corro en pocos segundos, dentro de ella, mezclando mi leche con la que dejó Damián. Carolina me abraza fuerte, me besa el cuello, me dice que soy un buen marido. Y lo soy. Soy el marido que le permite tener una vida sexual completa, plena, sin frustraciones, con el hombre que verdaderamente sabe usarla.

—Mañana te quiero hacer una pregunta —murmura mientras se acomoda contra mi pecho, casi dormida.

—¿Cuál?

—Si te molestaría que Damián venga también el domingo. Mientras los chicos están en la pileta del club.

Sonrío en la oscuridad. Pienso en otra cámara, en otra excusa, en otro paseo lento por la plaza. Pienso en mis hijos saltando entre los flotadores, ajenos a todo, mientras en casa el macho de su madre la vuelve a tomar como quiere.

—No me molesta en absoluto —respondo.

Carolina sonríe contra mi hombro. Es una madre dulce, una esposa devota, una buena mujer del barrio. Y es, también, la puta gratis y feliz de mi compadre. Yo lo permito. Yo lo organizo. Yo soy parte de esto tanto como ellos, aunque mi parte sea siempre afuera, caminando lento con los niños, esperando ese mensaje que me deje volver.

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Comentarios (3)

RubenMdq

Morbosisimo!!! uno de los mejores que leí en esta sección

PatricioV

esperando la segunda parte, no puede quedar asi jajaja tiene que haber mas

DiegoCba

me recordo a algo que me paso hace años... no exactamente igual pero parecido jaja

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