La traición y el extraño que tocó a su puerta
Ramiro Andrés se giró demasiado rápido para mirar a la inesperada visita y desanduvo el paso y medio que ya había dado hacia el pasillo. La mano izquierda apretó con fuerza el canto de la madera y, con el brazo estirado y el ancho de su cuerpo, obstruyó por completo la entrada. Sostuvo con la otra mano la botella de aguardiente, agarrándola del cuello, y extendió el dedo índice hacia el forastero parado bajo el dintel.
Resuelto, aprovechando un enojo que aún no se le había consumido, lo confrontó.
—Dos preguntas, nada más. ¿Usted quién es? Y… ¿qué quiere a estas horas?
El desconocido lo observó con curiosidad, atento a la respuesta y a cualquier movimiento brusco. Ramiro estuvo a punto de soltarle un botellazo, pero al detallar de arriba abajo su ropa, aquel uniforme bien planchado lo tranquilizó un poco.
—¡Vaya, hombre, tiene usted toda la razón! Discúlpeme. Primero, no nos conocemos. Y segundo, en verdad ya es muy tarde. Vengo del restaurante, pero allí ya no quedaba casi nadie. Una mujer, ehhh… ¿Marta? Sí, ella me comentó que todo había terminado y vine directo para acá. Mi nombre es Sebastián y soy amigo de su esposa.
—Ya veo. Sí, la reunión concluyó de manera apresurada. Y es preciso advertirle que su amiga ya no vive en esta casa —le aclaró Ramiro, frunciendo el ceño como un león herido, confiado en que el tipo se marcharía.
—Lo sé, ya estaba enterado. Y créame, lo entiendo, debe ser doloroso para usted. Pero no he venido por ella, sino por usted.
Por dentro le picó la intriga, y también el disgusto, aunque no lo exteriorizó. Lo último que necesitaba a esa hora era una visita imprevista, y menos con frasecitas compasivas, gastadas y trilladas, que sonaban ridículamente estériles. Y menos aún viniendo de alguien como él: un amigo de su mujer al que jamás había visto.
—Es usted muy amable. Ya se me pasará. Pero cuénteme una cosa… ¿cómo dio con mi casa? ¿Quién le permitió la entrada? —casi lo fustigó con el gesto.
—Hablé con su hijo y le comenté la situación. Por lo visto, ya estaba al tanto de todo, y con discreción me compartió la dirección. Vengo directo del aeropuerto. En Punta Cana hubo mal tiempo y varios vuelos se retrasaron para el despegue. Así son estas cosas: cuanto más afán tiene uno, más obstáculos se atraviesan —sonrió con amabilidad.
—Comprendo. Tomás sí alcanzó a comentarme que alguien vendría de su parte. Adelante, por favor. ¡Está haciendo un frío del demonio!
—Muchas gracias. Por cierto, justo me crucé con su hija a la entrada. Ella habló con el portero y me facilitó el paso. Vengo a entregarle un encargo de Tomás. No pienso demorarme.
—¿Camila? ¿También la conoce? ¿Desde cuándo? —El piloto pasó por un costado sin rozarlo y se aventuró por el pasillo, directo a la sala.
Tras cerrar la puerta, Ramiro lo analizó. Se comparó en altura y no lo encontró tan alto; un poco más bajo, algo menos ancho de espalda. No era un Adonis, pero con aquel uniforme a muchas mujeres les parecería atractivo. El pelo castaño oscuro, rapado a los lados, las patillas largas y rectas, todo muy bien peinado con gel, en un corte moderno acorde a su oficio de comandante de vuelo.
—¡Ja, ja, ja! Sí, hombre, sí. Veo que soy un ser insignificante para su familia. Nadie le ha hablado de mí. Pero es lo normal, y de hecho lo prefiero así —opinó el invitado, mientras buscaba con la mirada dónde descargar el cuerpo y las cosas que traía en las manos.
De rostro afilado, pómulos marcados y mandíbula angulada, tenía la tez clara, algo menos pálida que la suya, y la piel muy lisa. Es bastante más joven que yo. De seguro usa cremas y aprovecha el sol cada vez que viaja para broncearse. Por el aroma de una colonia muy masculina, recién aplicada, Ramiro intuyó que el tipo se había rasurado antes de llegar.
—Así… ¿cómo? —lo instó a ser más específico.
—Desapercibido. A veces, Ramiro, es mejor no llamar mucho la atención —respondió con cierto aire de importancia.
Era un hombre de mirada serena, con ojos pequeños pero penetrantes, intensos por unas pupilas redondas y oscuras, bajo cejas espesas y rectas. Cuando sonrió, descubrió unos dientes pequeños, bien cuidados. Un lunar solitario, centrado en la mejilla izquierda, se le ocultaba en un hoyuelo cuando reía.
—Uhum. ¿Y se puede saber cuál es la razón? —Ramiro notó que el piloto evaluaba la decoración de la casa, como si recorriera el pasillo poco transitado de algún museo, tomándose su tiempo antes de contestar.
Tenía manos pulcras, de dedos largos y nudillos huesudos, las uñas relucientes. Hombros enjutos, espalda no demasiado ancha bajo la chaqueta sin una sola mota, piernas aparentemente delgadas. Una figura estilizada y, aun así, varonil.
—¡La inseguridad, hombre! Últimamente la delincuencia se ha vuelto más descarada. Mire, Ramiro, este regalo es para usted. Es la encomienda de su hijo.
Lo recibió con la mano libre, lo balanceó en el aire —el contenido sonó como una caja de cereal al agitarse— y lo dejó con cuidado sobre el vidrio tallado de la mesa del comedor, junto al juego de esferas de mimbre que Bárbara Renata tenía por decoración en el centro exacto.
—Y estos dos son los míos. Una bobada, espero que le gusten —Ramiro mantuvo una sonrisa algo impostada y recibió dos cajas rectangulares. Ambas pesadas.
—¡Destápelas, hombre, hágale sin pena, que está en su casa! —Y para reforzar el ofrecimiento le palmeó la espalda de forma amistosa mientras se desabotonaba la chaqueta cruzada. Luego, fisgón, se acercó a la chimenea apagada. Algo allí le despertó un interés súbito: el gran retrato familiar, los cuatro Restrepo Vélez radiantes. ¿O algo más?
Sobre la repisa de piedra natural persistía un reloj alargado y bajo, de tablero negro con números blancos, idéntico al de una terminal de aeropuerto. Un viejo obsequio para su mujer. Al fijarse en él, Ramiro se sorprendió de tener a ese desconocido frente a sí, a tan altas horas de aquella noche amarga. No imaginaba que ese mismo tablero marcaría, también, una hora de salida: para los dos empezaba ya un día nuevo, tan revelador como poco frecuente.
Sin entusiasmo, desempacó en silencio los dos regalos. Sendas botellas de licor importado. La primera lo sorprendió bastante. Con la segunda, una sonrisa leve se le dibujó en la cara.
—Vaya, muchas gracias. No tenía por qué molestarse —comentó, levantando los dos obsequios frente a su rostro.
—No es nada, hombre. Estando en Punta Cana decidí comprarle ese mezcal, porque pensé que su bar, con el hijo viviendo por allá, estaría hasta el tope de tequila. ¿O me equivoco?
—Pues mire que no. De hecho, tengo guardada otra igualita. La compramos en el último viaje en familia, un crucero hasta Cartagena, hace ya unos dos años, para celebrar nuestras bodas de cerámica. Esa porcelana de Capodimonte que ve ahí —y señaló una vitrina—, la que representa una partida de cartas, la compró ella para la ocasión. Lo hizo para molestarme, porque sabe que no me gusta tentar a la suerte en el juego. A ella sí le encanta el solitario y dejarse las perdidas en algún casino con sus amigas. ¿Puede creer que todavía no la destapo?
—Yo que pensé que sería algo original. Pero bueno, ese vodka —y lo señaló con el dedo— seguro no lo ha probado. ¡Es casi de colección!
—¿Imperia? Hummm, vea pues. Tiene razón, esta marca la desconocía. Aunque, para serle sincero, soy más de cerveza o aguardiente. A mi muj… No importa, no me haga caso. ¿Tiene tiempo y se toma uno conmigo?
—Claro, por supuesto. Pero déjeme prepararlo. Como usted bien dijo, ¡todavía es su día de cumpleaños! ¿Tiene hielo de casualidad? —Ramiro asintió y lo guió hasta la cocina.
***
Dejó las dos botellas sobre el mesón central y del congelador sacó una bolsa de hielo picado. Sobre la piedra marmoleada seguían arrugadas las verdades que su esposa le había escrito. Para evitar miradas indiscretas, las dobló rápido y se las guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
—Voy a buscar una hielera.
—No se ponga en esas, hombre, que con dos vasos altos nos damos por bien servidos —y Sebastián, con total independencia, abrió y cerró los estantes de arriba hasta dar con la cristalería.
—No lo he visto antes, ¿o me equivoco? Nada en usted me resulta familiar —Ramiro se sorprendió por aquel gesto desvergonzado, pero lo dejó hacer y esperó la respuesta con curiosidad.
—Para nada, es verdad. Aunque, ahora que lo menciona, siento que yo sí lo he visto en alguna parte. Mmmm… ¿una revista? Quizás. Mi exmujer era adicta a la farándula.
—Es probable. Concedí alguna entrevista, pero la última fue hace más de dos años. Oiga, es extraño que Renata no me lo haya mencionado. Ella tiene muchos compañeros de vuelo, pero… ¿trabajan para la misma aerolínea?
A Sebastián se le borró la sonrisa y de las manos se le escaparon unos trozos de hielo, que rodaron por el mesón y cayeron en la poceta más pequeña del lavaplatos, con un escándalo seco.
—Siento tanto ruido. Están húmedos y más fríos que esta nochecita. Se me entumieron los dedos —comentó con aplomo, y se apresuró a servir los vasos.
Ramiro se apartó de la cocina, mas no de sus dudas, y buscó el control para encender la chimenea de gas. Las franjas de tela color marfil de las persianas no alcanzaban a clarear el panorama oscuro, frío y lúgubre de la terraza.
Justo cuando iba a cerrarlas, Sebastián se le acercó por detrás con los dos vasos servidos, blancuzcos de lo helado que estaba el líquido. Ramiro dejó las persianas a medias para recibir su trago y darle enseguida un sorbo largo, sin brindar con el extraño.
—¡Qué belleza! Debe de tener una linda vista hacia la sabana —apuntó. Ramiro torció la boca, apiñó los labios y lo miró.
—Es verdad, tendría que verla de madrugada. Serena y fría en este mes; apacible y cálida en las mañanas de diciembre y enero. Pero estoy pensando en venderla. ¿Le interesa?
—¡Ja, ja, ja! No, hombre. Ya soporté bastantes heladas cuando vivía en el campo con la que fue mi mujer, en la finca de mis suegros, por allá en Sopó. Ahora vivo en un apartaestudio alquilado, cerca del aeropuerto. Pero dígame: ¿qué le parece ese vodka?
—Pues está bueno. ¡Sí, sí! Sabe bien y arde por dentro como un verraco. No lo había probado antes. ¿De verdad es ruso? —y se acomodó, despreocupado, en su mullido sillón.
—Bastante. Viene de lo más profundo de los Urales. Al menos ese fue el cuento que me echaron, tras aterrizar en Dubái con escala técnica en Estambul para comprarlas. Uno de mis jefes me regaló tres botellas como esta, después de beberse, entre los tres y sus mujeres prepagadas, casi caja y media —y Sebastián tomó asiento en el cojín central del sofá, el lugar favorito de Bárbara Renata para conversar.
—Mmmm… ¡Terminarían bien borrachos! —apuntó el cumpleañero.
—Ellos no tanto, aguantan bastante. Las mujeres, en cambio, sin un solo pelo de cosacas, se voltearon enseguida —respondió, y Ramiro sonrió de verdad por primera vez, sin pasar por alto la manera delicada en que el otro cruzaba la pierna derecha y la posaba apenas sobre la rodilla izquierda.
—Tómeselo despacio, saboréelo. No se apure, que aún es temprano —indicó Sebastián, levantando el vaso como señal de brindis.
—Prefiero terminarlo de tres sorbos, para empezar. Y no es pronto, no se me ha acabado el día. Me queda algo de tiempo para festejar mi cumpleaños. Después veré si dejo de beber o de vivir. No se preocupe por mí: sé apreciar un buen trago y una buena conversación. Y sepa otra cosa… ¡estoy en mi casa, este es mi territorio! Así que cuénteme… ¿desde cuándo conoce a Renata?
Sebastián se removió, incómodo por la pregunta intempestiva pero lógica, sobre todo porque había pillado a Ramiro mirándolo de pies a cabeza más de una vez.
***
De pronto, detrás de las cortinas, surgió una gata angora turca que maulló como un lamento. Pelaje blanco de mechas largas, ojos verdes, naricita rosa y cola esponjosa; solo el extremo de las cuatro patas tenía un gris plomo, como pequeños guantes. Bárbara Renata la había bautizado Esmirna y apareció con ella, de mes y medio, dentro de su bolsa del gimnasio una tarde. Para Camila era simplemente Esmi; para Ramiro, sencillamente Zarina. Respondía a cualquiera de esos nombres, o a ninguno, según le diera la gana.
—La verdad, no hace mucho. No la conozco demasiado. Solo sé que parece una buena mujer. ¿Lo es? —Sebastián balanceó su bebida y luego igualó al anfitrión, pero más pausado.
Ronroneando, con andar elegante, la gata se acercó a los pies del invitado, le olfateó los mocasines y, de un salto, aterrizó sobre su regazo. Sebastián dio un brinco y echó la espalda hacia atrás, como si fuera otro felino al que no le interesaba compartir su espacio.
—Discúlpela, esa bendita gata tiene la manía de encaramarse a las visitas. ¡Bájate, Zarina! Deja en paz al señor, que no parece gustarle los animales.
—¡No, hombre! Si a mí me encantan los perros y los gatos. Solo que sufro de alergias y me da por estornudar. Empieza a picarme el cuello, la nariz. Pero tranquilo, déjela aquí si quiere —se defendió, acariciando incluso el lomo de Esmirna.
—¿En serio? Porque si le causa malestar, mejor la llevo al cuarto de ropas. Si su amiga abandonó a la gata, hasta se le habrá olvidado dejarle agua y comida. No me tardo.
Ramiro se levantó, tomó con suavidad al animal —que maulló su queja— y, rodeando la isla de la cocina, retomó la idea interrumpida sin dejar de observar al invitado.
—Yo pensé que sí. Supuse que, como son colegas… —pero el gesto de confusión en el rostro de Sebastián fue evidente, así que insistió—. ¿Acaso no trabajan para la misma aerolínea?
—Ohhh, no. No, hombre. Nunca he trabajado para aerolíneas comerciales. Soy piloto privado —Ramiro deshizo el cruce de piernas, afirmó los pies en la alfombra y se inclinó hacia el extraño, muy interesado.
—Al principio volé para una petrolera estatal, en helicópteros, llevando carga y operarios. Ahí conocí a los que ahora son mis jefes. Años después me ofrecieron pilotar su jet privado. Buena paga y viajes lejanos. Justo lo que necesitaba para alejarme de las rabietas de Lorena, mi ex.
—¿Está separado, entonces?
—Digamos que entre los viajes largos y mis gustos particulares, me obligaron a aceptar su demanda de divorcio.
—¿Y su familia? ¿Cómo lo tomaron?
—Tuvimos un solo hijo, que estudia fuera del país; yo corro con sus gastos. Mis padres ya murieron. El resto de la familia de ella la respaldó: nunca fui santo de su devoción.
Ramiro se incorporó, bebió todo el contenido del vaso al tercer sorbo, como había prometido, y del mesón tomó la botella de vodka para acercarla a la mesa de centro.
—No fue por la fama de piloto, para nada —respondió Sebastián, sirviéndole otro trago—. De hecho, el padre de Lorena, ese sí piloto comercial con muchas horas y gerente de la empresa donde empecé, me deshizo esas suposiciones. Allí nos conocimos. No la puedo culpar de nada: es una excelente mujer.
—Entonces somos colegas. La mía, su amiga, acaba de despacharme de su vida. Y todos los que conocen a Renata dirían lo mismo que usted dice de la suya: ¡una mujer excepcional! La diferencia es que la suya se lo dijo en privado, y la mía lo anunció con bombos y platillos ante todo el mundo. ¡Maldita cobarde!
—A ver, Ramiro, usted me perdonará, pero quisiera darle un consejo, si me lo permite —el anfitrión miraba a la nada, los bucles geométricos de la alfombra, pero levantó la mano y el vaso en señal de asentimiento.
—En esta vida hay que dejar marchar a quien así lo manifiesta. El amor no es sinónimo de obligación. Piense que su mujer pudo sentirse insatisfecha por algo que usted hizo o, peor aún, por lo que dejó de hacer.
—¿Dejar de hacer? En eso tiene mucha razón. Exactamente en eso he pensado en los pocos minutos que he tenido a solas para intentar comprender su egoísta decisión.
—Lo entiendo, de veras. Pero, hombre, con seguridad podrá olvidar este mal momento.
—¿De verdad cree que uno olvida tan fácilmente? —le refutó, indignado.
—Muchas veces, sí. Los olvidos son rápidos si los malos recuerdos son pequeños y carecen de relevancia para el corazón. Pero, honestamente, no se debe generalizar cuando lo que se quiere perdonar causó un dolor inmenso —concedió Sebastián.
—¿Y será el olvido como uno se lo imagina? ¿Borrarla de la memoria? ¿Tacharla del corazón? ¡Nah! Eso es imposible —sentenció el dolido cumpleañero.
—Hoy pienso que el olvido es un ovillo que se forma con el revoltijo de los recuerdos, cuando ya dejan de doler. Dejamos de cometer los mismos errores justamente por no olvidar del todo. Al famoso «perdono, pero no olvido» lo hemos visto siempre desde el rencor; creo que podríamos resignificarlo.
—¿Algo así como «perdono, pero no olvido, porque agradezco desde el amor lo que aprendí a través del dolor»? Ja, ja, ja. ¡Qué estupidez! Ni que uno fuera un santo para pasearse con orgullo por sus heridas.
—A eso me refiero, Ramiro. Es cuando al olvido se le mira como a un recuerdo agradable, visto desde el otro lado. Desde el lado del «ya no me importa». Porque se sigue viviendo a pesar de todo, si es que uno quiere resurgir.
Los dos hombres dieron otro sorbo y se quedaron pensando, mirándose con curiosidad. Al invitado la separación no lo afectaba en nada; su dolor era pasado. Para el anfitrión, en cambio, su pena apenas comenzaba.
***
—Resulta curioso que no supiera nada de usted —soltó Ramiro, a bocajarro—. Ahora me pregunto si, siendo amigo de mi esposa… Ella tiene muchos compañeros de vuelo. A muchos no los nombra, pero a varios sí los describe: «el gordo ese, el alto aquel, el churro rompecorazones, la intensa esa…». Tal vez usted los conozca. ¿Se relaciona también con ellos? —lo escudriñó con tono más serio.
—Podría ser, con uno que otro. Pero no es usual que me los cruce. Voy de aquí para allá con afán, igual que todos. Con su esposa apenas crucé algún saludo a la distancia, un café muy de vez en cuando. La he visto en algún pasillo con comandantes y auxiliares, todos muy ocupados. No vi nada extraño. No soy de entablar conversación con muchas azafatas, evito el chisme. ¿Por qué la pregunta? —respondió sin perder la compostura.
—De pronto la vio con alguien, en actitudes algo…
—¿Comprometedoras? No, hombre, para nada. Como le dije, no la conozco lo suficiente para tener esa confianza —Ramiro dio un pequeño brinco y un corrientazo le recorrió la espalda, de vértebra en vértebra.
—No ponga esa cara, no se asuste. Lo que quiero decir es que, en el poco tiempo de tratarla, su mujer se ha comportado a la altura. Me parece muy inteligente, de charla fascinante y risa fácil, segura de sí misma. Una buena persona. Jamás imaginé que llegara al extremo de romper con usted así, tan… ¡inesperadamente!
—Pues calcule mi sorpresa. Además de dejar mi reputación en entredicho, confesó ante todos que me venía engañando desde hacía meses. Quién sabe desde cuándo, en realidad. Y yo, como un idiota, sin percatarme de nada —y de nuevo lo embargó el abatimiento.
—La verdad, para que algunas mujeres lleguen a la infidelidad, les toma su tiempo. Suele haber detrás un sentirse sustituidas, desplazadas por otros intereses. Quizás fue su excesivo amor al trabajo. Tenga en cuenta el entorno en el que usted se mueve: mucha hermosura desfilando, demasiada piel. Eso pudo ser el detonante.
—¿Mi verdad? Mi verdad, señor, se basa en el raciocinio que hago de cada opinión. Y la de ella jamás la escuché. Nunca la compartió conmigo. Lo planeó todo, lo hizo adrede. Eso no se le hace a la persona que, durante años, dijiste amar profundamente.
—A veces, Ramiro, hay que hacer en la vida lo que se considera más importante, y dejar de mostrar interés por quienes no quieren contar con nuestra presencia. Sé que su instinto lo empujará a hacer todo por conseguir respuestas, pero es un impulso que le consumirá tiempo, energía y salud. Cuando uno batalla por un amor desgastado, deja de lado lo mejor que tuvo en las manos.
***
El celular del invitado sonó de repente. Y, casi al mismo tiempo, una notificación iluminó el de Ramiro. Ambos se miraron y el ambiente distendido se cargó de un manto de curiosidad. El cumpleañero miró su pantalla; el desconocido se tomó su tiempo para contestar la llamada, alejándose unos pasos.
—¿Aló? —respondió con voz firme.
Mientras leía su mensaje, Ramiro alcanzó a escuchar una voz delgadita y dulce, pero no distinguió el tono ni el saludo. Sebastián frunció el ceño y caminó un poco más, así que la conversación se volvió apenas perceptible.
Camila, la autora del mensaje, solo quería saber por escrito cómo estaba su padre. Le informó que ya estaban las tres, sanas y salvas, en la discoteca, y le preguntó si ya se había marchado «el tipo ese».
—¿Por qué me llamas a esta hora? Pensé que lo teníamos claro… No, no puedo hablar de eso ahora. Estoy ocupado, hablando con… Sí, todo está bien… Tenía que hacerlo, era inevitable —Sebastián contestaba pausado y con la voz más baja.
Ramiro le respondió a su hija que todo estaba bien, que el extraño aún permanecía en la casa porque, además del regalo de Tomás, le había llevado dos obsequios, y que él no iba a sacarlo a la calle sin invitarle un trago. Repasó otras notificaciones: amistades, suegros, hermanos, la cuñada, todos preguntando lo mismo. A ninguno respondió. ¿Para qué? Al otro día tendrían la respuesta.
Disimuladamente, mantuvo el interés en la charla del invitado, pero la mano derecha de Sebastián deslizó el seguro de las puertas-ventanas que daban a la terraza oscura y, tras abrirlas, salió al exterior. La conversación continuó, mas el cumpleañero ya no pudo fisgonear.
—Está bien, amor, hablamos después. Abrígate y descuida, me falta poco para salir de aquí —dijo, mirando el nivel de su vaso—. Pero escúchame: ¡te precipitaste!… Sí, amor, es lo que opino. No, no insistas… Ya hablaremos de tus ocurrencias, pero no desde aquí. Ok… Sí, igualmente. ¡Un beso!
Apenas colgó, se devolvió despacio hacia el interior cálido. Encontró a su anfitrión inclinado sobre la mesa de centro, ocupado con una pipa de madera, cargándola de tabaco y apretándolo con el meñique, todavía sentado en su sillón, con la expresión de quien está a punto de lanzarse a un precipicio. La mirada vacía y apagada delataba que estaba por hacer una de dos cosas: desfallecer y precipitarse, o compartir con un extraño —sin haberlo planeado— sus más de mil historias con la mujer que lo había abandonado.
—¿Todo bien? —Ramiro fingió indiferencia.
—Sí, hombre, sí. Solo asuntos… ¡familiares! Ya sabe, a veces reaparecen ciertas personas cuando menos se las espera —respondió Sebastián, con una sonrisa ganadora y un aire despreocupado.
Continuará...