Mi ex volvió y mi marido me dejó ir con él
Esta historia empieza hace muchos años, cuando yo todavía era una jovencita que creía conocer el mundo y no conocía nada. Mi hermano mayor tenía un amigo del que terminé enamorándome sin darme cuenta. Se llamaba Tomás, y lo que vivimos fue de esas cosas que una guarda en un cajón con llave durante el resto de su vida.
Nos quisimos de verdad. No fue un juego de adolescentes aburridos: fue intenso, torpe y honesto, como son las primeras veces. Pero la vida hizo lo que suele hacer con lo que más nos importa. A Tomás le salió la oportunidad de irse a estudiar al extranjero, y al principio prometimos cartas, llamadas, esperas. Con el tiempo, esas promesas se fueron gastando solas hasta que un día simplemente dejamos de buscarnos.
Años después me enteré, casi de casualidad, de que había vuelto al país y había preguntado por mí. Para entonces yo ya estaba casada. No fui a verlo. No le devolví la visita, no porque no quisiera, sino justamente porque quería demasiado y no me fiaba de mí misma. No iba a darle expectativas. Pero mentiría si dijera que su gesto no me removió algo por dentro. Lo seguía recordando de una manera especial, distinta a todo lo demás.
***
Hace cosa de año y medio, mi hermano cumplía setenta años. Setenta, nada menos, y mi cuñada decidió que eso ameritaba una fiesta enorme, con salón alquilado, música en vivo y medio pueblo invitado. Llegué con mi marido, los dos arreglados, dispuestos a saludar a gente que no veía hacía siglos.
Y entonces, entre tantas caras, apareció la suya.
Tomás estaba al otro lado del salón, con una copa en la mano y esa forma de pararse que no había cambiado en todos estos años. El estómago se me cerró. No pude evitar que afloraran de golpe todos los sentimientos de juventud, esos que yo creía bien guardados bajo llave. Y por la manera en que me miró cuando me reconoció, supe que a él le estaba pasando exactamente lo mismo.
Nos acercamos a saludar. Tuve que presentárselo a mi marido, y lo hice con la voz más tranquila que pude fingir.
—Un amigo de la adolescencia —dije—. De la época en que andábamos con mi hermano para todos lados.
Se dieron la mano con cordialidad. Charlaron un par de minutos sobre nada, sobre el viaje, sobre lo grande que estaba la fiesta. Ninguno de los dos dejó entrever jamás que alguna vez habíamos sido mucho más que conocidos. Yo sonreía, asentía, y por dentro temblaba como una cuerda demasiado tensa. Cuando terminó la charla, mi marido y yo seguimos recorriendo el salón.
Por favor, que se note menos de lo que siento.
Un rato más tarde, mientras los tres nos mezclábamos con la fiesta, se acercaron unos viejos amigos de mi marido a saludarlo. También llevaban años sin verse, así que enseguida se enredaron en una de esas conversaciones largas para ponerse al día. Yo aproveché la oportunidad como quien encuentra una puerta abierta.
—Voy a salir a fumar al jardín —le avisé—. Hablen tranquilos.
Necesitaba aire. Necesitaba estar lejos de toda esa gente y respirar antes de que el corazón se me saliera por la boca.
***
Salí por una de las puertas laterales hacia el jardín. La noche estaba fresca, casi perfecta, y el ruido de la fiesta se quedó atrás convertido en un murmullo lejano. No había nadie. Encendí un cigarrillo, di un par de pitadas y dejé que el silencio me devolviera un poco a mi cuerpo.
Y entonces apareció él.
Tomás se paró a mi lado sin decir una palabra. No me preguntó si podía, no buscó una excusa. Simplemente se quedó mirándome, y yo le sostuve la mirada como si los veinte años de distancia no hubieran existido nunca. No pude apartar los ojos de los suyos. Había algo ahí que no se había apagado, que solo había estado esperando.
No sé quién dio el primer paso. Creo que ninguno y los dos a la vez. Nos acercamos y empezamos a besarnos como si jamás hubiéramos dejado de hacerlo, con una urgencia que me dejó sin aire. Su lengua se metió en mi boca sin pedir permiso y yo la recibí chupándosela como una desesperada. Sus manos subieron por mi cintura y se cerraron sobre mis tetas por encima del vestido, apretándomelas fuerte, buscándome los pezones por debajo de la tela y pellizcándomelos hasta que se me pusieron duros como piedras. Sentí cómo se me humedecía el coño de golpe, así, en dos minutos, algo que no me pasaba con mi marido desde hacía años. Le bajé la mano hasta la entrepierna sin poder contenerme y le apreté el bulto por encima del pantalón: la tenía dura, gruesa, palpitándome contra la palma. Se me escapó un jadeo en su boca.
Fue corto. Fue fugaz y completamente prohibido, y por eso mismo fue una de las cosas más excitantes que había sentido en años. Nadie nos vio. Y no me detuve por falta de ganas: me detuve porque de pronto recordé dónde estábamos, a quién celebrábamos, quién esperaba adentro. Me separé con la respiración entrecortada, con las bragas empapadas pegadas al coño, le sostuve la mirada un segundo más, y volví a la fiesta como si nada.
***
Esa noche, ya de vuelta en casa, mi cuerpo no quiso olvidar el desliz. Me acosté al lado de mi marido y sentí entre las piernas una humedad que delataba todo lo que no había dicho. No le conté nada. Probablemente no le habría molestado; quizás hasta lo habría excitado, porque a lo largo de nuestro matrimonio él me ha compartido con otros hombres más de una vez, y le gusta.
Pero esto era distinto. Esto no era un juego pactado entre los dos. Era mío. La adrenalina de haberlo hecho a escondidas, de tener un secreto que no le pertenecía a nadie más, era un placer aparte que quise conservar intacto. Lo guardé donde guardo lo que de verdad me importa.
***
Pasaron los meses. Antes de despedirnos en la fiesta habíamos intercambiado los números, casi sin pensarlo, como dos adolescentes asustados. Y hace unos días, Tomás me llamó. Estaba de paso por la ciudad y quería verme. No lo dudé ni un instante: le dije que sí.
Esta vez sí se lo conté a mi marido. Le dije que iba a encontrarme con mi exnovio, que probablemente la cosa no se quedaría en un café, y que necesitaba que lo supiera de mi boca. Lejos de molestarse, la idea le encantó. Me llevó esa misma tarde a comprar un vestido nuevo para la ocasión y, de paso, ropa interior de encaje para lo que viniera después. Me ayudó a elegir, sonriendo, disfrutando casi tanto como yo de la anticipación.
***
Llegué al bar que habíamos acordado y, al vernos, nos abrazamos fuerte, demasiado fuerte para dos viejos amigos. Nos sentamos a conversar de nuestras vidas, de lo que había sido de cada uno, y entre frase y frase volvieron las caricias, los roces, los besos cortos en la comisura de los labios. Parecíamos dos novios de quince años escondidos de todo el mundo.
Me tomó las manos por encima de la mesa.
—¿Y si vamos a un lugar más tranquilo? —propuso, y en su voz había una pregunta y una promesa al mismo tiempo.
Lo miré, sonreí y asentí con la cabeza. No hizo falta decir nada más.
***
Fuimos directo al hotel donde se hospedaba. Apenas se cerró la puerta de la habitación, lo que habíamos contenido durante todos esos años se soltó de golpe. Me empujó contra la pared y me metió la lengua hasta la garganta mientras me subía el vestido hasta la cintura. Sus dedos encontraron el encaje de las bragas y las apartaron a un lado sin bajármelas. Me hundió dos dedos en el coño de una sola vez y yo grité contra su boca.
—Estás empapada —me dijo al oído, con la voz ronca—. Chorreando.
—Hace veinte años que estoy así por vos —le contesté, y me sorprendió mi propia voz, esa voz de puta que no sabía que tenía guardada.
Le arranqué la camisa de un tirón, le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón junto con el bóxer. Su polla saltó dura, larga, con la punta ya mojada. Me arrodillé en el piso sin pensarlo dos veces y me la metí en la boca entera, hasta el fondo, hasta que se me golpeó contra la garganta y me lloraron los ojos. Empecé a mamársela como una desesperada, subiendo y bajando, dándole vueltas con la lengua a la punta, chupándole los huevos entre lametones. Él me agarró de la nuca con las dos manos y me la clavó él mismo, follándome la boca a su ritmo mientras yo le babeaba la verga entera.
—Así, mi amor, así… no sabés cuántas veces me la hice pajas pensando en tu boca —gemía por encima mío.
Cuando sintió que se iba a correr me apartó de un tirón. Me levantó del piso, me terminó de arrancar el vestido y las bragas y me tiró sobre la cama. Me abrió las piernas de par en par y se hundió con la boca en mi coño sin preámbulos. Su lengua encontró el clítoris y empezó a girarlo, a chuparlo, a tironearlo con los labios mientras me metía dos, después tres dedos y los curvaba dentro buscándome el punto justo. Yo me agarraba de las sábanas, me sacudía, le pedía más con palabras que ni sabía que conocía.
—Comeme el coño, Tomás, mierda, no pares, no pares…
Me hizo correr así, con la lengua, y fue un orgasmo largo que me dejó las piernas temblando y el coño palpitándole en la boca. Le empapé la cara y él se separó sonriendo, con el mentón brillante, relamiéndose los labios sin sacarme los dedos de adentro.
—Ahora te toca a vos aguantarme a mí —me avisó.
Boca arriba, levanté las piernas y se las apoyé sobre los hombros. Él las acomodó sin dejar de mirarme, y yo misma le agarré la polla, dura como hacía rato no sentía una, gruesa, caliente, y me la restregué por los labios del coño empapado antes de guiarla hasta la entrada. De un solo empujón entró entera, hasta el fondo, y los dos gritamos a la vez, ese grito mezcla de alivio y placer de algo largamente esperado. La sentí llegarme hasta el útero, tan adentro que me quedé sin aire un segundo.
—Follame —le pedí—. Follame fuerte, como cuando teníamos veinte.
Y empezó a follarme en serio. Cada embestida era un golpe seco que me hacía saltar en la cama, que me arrancaba un gemido nuevo. Me tenía las piernas contra el pecho y se hundía hasta las bolas cada vez, sacándomela casi entera antes de volver a clavármela. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba la habitación, junto con mis gritos y su respiración pesada. Me miraba fijo mientras me la metía, sin apartar los ojos, como queriendo grabarse la cara que ponía cuando él me llenaba.
—Date vuelta —me ordenó después de un rato.
Me puso en cuatro sobre la cama, con el culo levantado, y volvió a metérmela desde atrás. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme a un ritmo brutal, tirándome hacia él con cada golpe. Me sentía el coño abierto de par en par, invadido, dominado. Me dio una nalgada que me hizo apretarle la polla adentro y él soltó un gruñido de placer.
—Qué culo hermoso tenés, cómo te ha crecido —murmuró, y me lo amasó entero mientras seguía dándome duro.
Me pasó un dedo mojado en mi propio flujo por el ojete y me lo hundió despacio, sin sacarme la polla del coño. La doble sensación me hizo perder la cabeza. Empecé a mover el culo yo sola contra él, empujándome hacia atrás, buscándolo, gimiendo como una loca. Me tenía tomada del pelo con una mano y del culo con la otra, y me follaba como si quisiera romperme.
Me hizo cambiar de nuevo. Me sentó encima suyo, a horcajadas, con él boca arriba, y me dejó marcarle el ritmo yo. Empecé a cabalgarlo despacio primero, sintiendo cómo su polla me subía y me bajaba, cómo entraba y salía brillante de mis jugos. Me agarré de su pecho, me arqueé hacia atrás y empecé a moverme más rápido, dándole con las caderas, restregándole el clítoris contra el hueso de su pubis cada vez que bajaba. Él me chupaba las tetas, me mordía los pezones, me apretaba el culo con las dos manos ayudándome a subir y a bajar.
Perdí la noción del tiempo, del lugar, de todo lo que no fuera ese cuerpo debajo del mío y esa polla adentro. El placer se me acumuló en el vientre como una ola que no terminaba de romper, y cuando por fin explotó fue un orgasmo como no había tenido con ningún otro hombre, uno de esos que te dejan temblando y un poco asustada de lo que sentiste. Me convulsioné encima suyo, apretándole la verga con el coño en espasmos, gritando su nombre sin importarme quién pudiera oírme del otro lado de la pared.
—Adentro, córrete adentro, quiero sentirte —le pedí, todavía temblando.
Me tomó de las caderas y me embistió desde abajo con toda su fuerza, tres, cuatro golpes brutales, y lo sentí venirse. Su polla me palpitó adentro, chorro tras chorro, un calor que me llenó entera y que después se escurrió entre mis muslos cuando por fin me dejé caer sobre su pecho. Nos quedamos así un rato largo, él todavía dentro de mí, latiéndome, los dos empapados en sudor, acariciándonos con una ternura que tenía más de veinte años de antigüedad.
***
No sé si seré capaz de repetirlo. Sé que a mi marido no le molestaría, que lo tomaría como uno más de esos encuentros que él mismo me permite, y en parte tiene razón. Pero hay algo que él nunca va a entender del todo: que esto no fue por la adrenalina del permiso, ni por el morbo compartido. Fue por Tomás. Por el chico que amé cuando todo era posible, y por la mujer en la que me convertí sin dejar de recordarlo. Eso me lo guardo. Es lo único que de verdad sigue siendo mío.