Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La fiesta donde dejé de ser una esposa decente

Hola a quien esté leyéndome. Me llamo Rosana y no soy escritora ni nada parecido, pero lo que me ha pasado estos últimos meses me da tanto morbo que necesito contarlo en algún sitio.

Como estamos en una página de relatos eróticos, voy a ir al grano y describirme. Para bien o para mal cumplo con unos cuantos tópicos: soy madura, rubia teñida, de tetas grandes y buen culo. Y eso es lo que de verdad veo en el espejo, no es invento.

Voy camino de los cincuenta y seis. Dicen que los llevo muy bien, que aparento menos edad y que sigo siendo una mujer guapa y con curvas. Tengo los ojos castaños y vivos, el pelo en media melena lisa y casi siempre con flequillo, que es algo que me favorece.

Y soy tetona, muy tetona. Una talla enorme de sujetador que con la menopausia no ha hecho más que crecer. Es lo único bueno que me ha dejado ese cambio, porque lo demás ha sido un fastidio. Lo curioso es que han ganado volumen sin caerse, una bendición de la genética que presumo sin ningún disimulo.

No tengo vientre plano ni cintura de avispa, me sobra algún kilo y no me importa. Estoy orgullosa de mi cuerpo, sobre todo de unos pechos que nacen casi juntos y se abren hacia los lados, coronados por unas areolas grandes y rosadas. Tengo buen culo, redondo y todavía firme, y un coño que nunca quise depilar del todo porque no me gusta esa sensación de niña ni los picores de después.

Os cuento un poco mi historia sexual para que entendáis lo demás. Me estrené tarde, ya pasados los veinte, con un novio que estuvo bien sin más. Con el siguiente aprendí casi todo: era un malote dominante, demasiado intenso, con una polla enorme que tanto me daba placer como me hacía daño. Me comía el coño como nadie, pero también se reía de mí, me decía que yo era poca mujer para tanta polla y me dejaba a medias cuando me quejaba.

De aquella época me quedó una manía: detestaba que se corrieran en mi boca. Aquel tío lo hacía sin avisar y se reía cuando yo escupía, así que terminé cogiéndole asco a tragar semen y nunca más se lo permití a nadie.

Cuando lo dejé, decidí olvidarme de novios un tiempo. Fueron unos años locos de salir con mis amigas solteras todos los fines de semana, conocer chicos y follar sin compromiso. Hubo de todo: polvazos memorables y polvos para olvidar. Cada vez mamaba mejor y volví a disfrutar del sexo anal cuando el tío sabía hacerlo con cuidado.

El verano de aquel año fue el más desmadrado. Alquilé un apartamento un mes entero en Salou con tres compañeras de trabajo, y se nos ocurrió picarnos a ver quién follaba más. La que lo hiciera todos los días no pagaba el alquiler. Gané yo, los treinta y un días, y hubo una jornada en la que me acosté con tres hombres distintos. Lo recuerdo con una sonrisa que no debería tener.

Lo que me jodió fue una comida familiar al volver. Bebí de más y le conté mis aventuras a una prima muy beata. Me soltó un sermón interminable: que yo era una pecadora promiscua, que usaba mal mi cuerpo, que ningún hombre decente me tomaría en serio. Me reí en su cara, pero los días siguientes empecé a darle vueltas y entré en una espiral de culpa que me arruinó el disfrute durante años.

Y así estaba el día que conocí al que hoy es mi marido, Marcos. Nada de malote, todo lo contrario: tranquilo, bueno, formal. Fue un flechazo y en menos de tres años nos casamos y tuvimos a nuestros dos hijos. Con él el sexo siempre fue activo pero convencional. Nunca le confesé cómo había sido mi vida antes de conocerlo. El sexo anal, por ejemplo, se nos quedó en el cajón porque me daba vergüenza admitir que me gustaba. El maldito sermón de mi prima me siguió resonando demasiados años.

Como pasa en casi todas las parejas, con el tiempo el sexo fue a menos. Y desde hace un par de años, sobre todo desde la primavera pasada, mi cuerpo empezó a rebelarse por su cuenta.

Comencé a tener sueños eróticos casi todas las noches, muy subidos de tono. Uno se repetía: yo desnuda, rodeada de hombres que hacían cola para follarme y a los que me pasaba a todos por la piedra. Me despertaba sudada, con el coño chorreando, y tenía que masturbarme dos o tres veces seguidas para calmarme.

Otro era con la polla enorme de aquel novio dominante de mi juventud. Me follaba a saco, me dejaba el culo abierto, y a veces escupía semen sin parar hasta que todo se volvía blanco. En esos casos, además del clítoris, me metía un dedo o dos por el culo hasta correrme. No entendía por qué soñaba tanto con un hombre que me había dado más disgustos que alegrías.

No sabía si era cosa de las hormonas, de necesitar más sexo o de qué. Marcos no se enteró de nada, y yo me sentía fatal, como si lo estuviera engañando con mi propio subconsciente. No sabía cómo contárselo. Me moría de vergüenza.

***

Una tarde de principios de julio, peleando con el calor en mi floristería, entró Pilar, una clienta habitual. Venía a invitarnos: cumplía cincuenta y seis y había montado una fiesta para celebrarlo. Una fiesta siempre viene bien para romper la rutina, pensé.

—¿Y cómo es que celebras los cincuenta y seis? —le pregunté—. La gente suele celebrar los cincuenta, los sesenta…

—Ya sé que no es lo normal —me contestó—. Pero los cincuenta los celebré a lo grande, luego vino el dichoso encierro de la pandemia y no pude festejar nada en un par de años. Cuando todo se calmó, decidí que celebraría mi cumpleaños cada año sin falta. Tal y como está el mundo, hay que celebrarlo todo.

—Tienes toda la razón. Contad con nosotros —le respondí ilusionada.

Llegó el día y allá fuimos, Marcos, los niños y yo, a un restaurante para eventos. Lo estábamos pasando muy bien. Me llamó la atención que Pilar y su marido apenas se cruzaban: él bebía con sus amigos y ella iba de mesa en mesa charlando con todos. Después de la cena empezó la música, y en un momento dado vi a Marcos bailando animado con Pilar. Me acerqué y me uní a ellos.

—Vaya fiesta has montado, Pilar —le dije.

—Gracias, ¿lo estáis pasando bien?

—De maravilla. ¿No ves a Marcos lo a gusto que está contigo?

—Sí, tu marido lo está dando todo —se rió ella. Aproveché para preguntarle por el suyo—. ¿El tuyo? Ni idea. Andará bebiendo con sus amigotes, que es lo que más le gusta hacer en las fiestas. Eso y pasar de mí.

—Igual me meto donde no me importa, pero el día de tu cumpleaños debería prestarte más atención.

—Claro que sí. Pero ya habrás visto que tiene otras prioridades.

Entonces se metió Marcos, que iba ya un poco achispado.

—Pues bien tonto es, con la mujer de bandera que tiene. Con la cantidad de hombres que hay aquí, más de uno te va a tirar la caña, y él no va a estar para impedirlo.

—Muchas gracias, Marcos, eres un sol —contestó Pilar riéndose—. Tu mujer también está de bandera, así que vigila tú no sea que también le tiren la caña a ella. Que las cincuentonas estamos en nuestro mejor momento.

—Desde luego —dijo mi marido—. Vaya par de cincuentonas tetonas estáis hechas, las dos. Ninguna mujer aquí tiene vuestros pechos.

—Marcos, no digas tonterías, que te tomas dos copas y te vienes arriba —le solté, sorprendida, porque él normalmente es muy cortado.

—Tiene razón, Marcos —insistió Pilar con un tono que me pareció más de morbo que de broma—. Tu mujer y yo estamos buenísimas, y seguro que podríamos follarnos al hombre que quisiéramos. ¿Tú cómo lo ves?

—Cien por cien de acuerdo —respondió mi marido sin dudar.

—¿Y estarías cien por cien de acuerdo en que tu mujer follara con otro? ¿Te gustaría ver cómo otro se folla a Rosana y la hace gozar como una perra? —preguntó Pilar a bocajarro, con cara de viciosa, dejándome completamente descolocada.

—Pues… uf… no sé, eso hasta que no pasa… —titubeó Marcos.

—¿Cómo que no sabes? —lo ametrallé yo, molesta de verdad—. ¿Es que quieres que pase? ¿Quieres follarte a Pilar? ¿Te gustaría verme en la cama con otro? ¿Estás tonto o qué?

Pilar me cogió del brazo, me apartó de Marcos y le sugirió que fuera a por otra copa. Mi marido desapareció a la velocidad del rayo.

—No te pongas así con él —me dijo ella—. Va tocado por el alcohol, y entre eso y nuestras tetas el pobre no puede pensar. Míralo, si está gracioso.

—No lo defiendas. Y a ti, ya te vale con la bromita.

—No estoy de broma, Rosana. ¿De verdad nunca has pensado que, estando como estás, podrías follarte al que quisieras? ¿No te apetece enrollarte con otro y follar más duro que con tu marido? Solo sexo, sin complicaciones.

—Bueno… alguna vez. Pensamientos y sueños tenemos todas, pero se quedan en eso.

—Ay, cabrona, ves como sí lo piensas.

—La verdad es que últimamente tengo unos sueños muy fuertes… —se me escapó. Yo también había bebido, y el alcohol siempre me suelta la lengua.

Pilar se las arregló para sonsacarme todo. Le conté con detalle los sueños húmedos de las últimas semanas, e incluso cómo había sido mi vida de soltera. Eso sí, le dejé claro que con mi marido estaba feliz.

—Pues qué suerte —me dijo ella, rabiosa—. A mí el mío no me toca un pelo desde hace meses. Te diré lo que quiero yo: ¡quiero follar! Ahora mismo me muero de ganas de que me echen un buen polvo. Y que no sea mi marido.

—Baja la voz, loca, que te van a oír.

—Me da igual. Y para que veas que voy en serio, me voy a follar al que me dé la gana. Y tú te vienes conmigo, que por lo que me has contado tu coño necesita mucha más caña de la que le das.

—¿Te has vuelto loca? —fue lo único que alcancé a decir antes de que me arrastrara hacia la pista.

***

Bailamos entre la gente. Pilar se arrimaba a todos, pero yo estaba tranquila porque eran familiares y amigos suyos. No iba a pasar nada. Hasta que ella señaló hacia el otro lado del restaurante, donde había otra fiesta con gente que no conocíamos de nada.

—Aquí no hay nada que hacer. Mira, allí hay dos grupos de hombres. Elige tú con cuáles vamos a zorrear.

Tendría que haberle quitado la locura de la cabeza, pero entre el alcohol y lo excitante de la situación mis defensas estaban por los suelos. Me fijé en un grupo apartado, hombres de treinta y pocos, algunos con pinta de malotes. Mi debilidad de siempre.

—Esos del fondo cuadran más con nosotras —dije, y al instante me arrepentí—. No sé por qué te hago caso, nos vamos a meter en un lío.

—¡De eso se trata, de meterse en un lío con ellos!

Nos acercamos y, contra lo que yo creía, nos recibieron de maravilla. No nos quitaban ojo de las tetas. Eso nunca falla, da igual la edad. Empezamos a hablar de tonterías hasta que uno de ellos, que se presentó como Dani, soltó:

—¿Y cómo es que dos tías como vosotras os venís a nuestra fiesta?

—Será que nos aburríamos en la otra —contestó Pilar—. Los hombres de allí no nos dan la caña que necesitamos. ¿Verdad, Rosana?

Se me cayó el mundo encima. Desvié la mirada y no dije nada.

—Vaya, dos maduritas a las que les va la marcha —dijo otro, al que llamaban Álex.

—¡Y cuanta más, mejor! —gritaba Pilar, mientras yo me moría de vergüenza.

Dani se puso detrás de mí, me cogió de la cintura y empezamos a bailar muy pegados. Álex hizo lo mismo con Pilar. Mi cabeza me pedía separarme, pero el cuerpo lo contrario, y todo se complicó cuando noté a través de sus vaqueros un bulto duro recorriéndome las nalgas por encima del vestido. El tío se había empalmado.

Pilar bailaba pegadísima a Álex y no hacía nada por despegarse. Le tocaba la polla por encima del pantalón mientras él le apretaba el culo con una mano y le sobaba las tetas con la otra, sin ningún disimulo.

Dani me cogió la mano y la llevó hasta su bragueta, moviéndola arriba y abajo para que le frotara. Aun cubierta por el pantalón, notaba perfectamente que aquello era grande.

—¿Qué? ¿No te pone cachonda lo que estás tocando? —me susurró al oído, lamiéndome la oreja.

Me excité al instante y, sin pensar, respondí en voz baja:

—Uf… sí… menudo cipote calzas.

—Más lo vas a notar cuando lo tengas todo dentro. Es grande y gorda, igual que tus tetas, y te va a volver loca —me apretó un pecho con fuerza, y ese tirón me devolvió un poco la cordura.

—Seguro que vuelves loca a cualquiera —le dije, intentando frenar—. Pero soy mayor que tú, estoy casada y mi marido y mis hijos están al lado, en la otra fiesta. Esto no puede ser.

Pensé que lo aceptaría. Pero era un malote.

—Vaya, ahora sale la mamá casada y decente. Vienes aquí con tu amiga buscando polla y cuando te la voy a dar te haces la estrecha. Conmigo eso no cuela. En el fondo te mueres de ganas, solo déjalo salir —me mordisqueaba la oreja mientras me sobaba las tetas sin pudor. Y yo, en lugar de apartarlo, ponía mis manos sobre las suyas y terminaba acompañándolas.

Ese cabrón me estaba deshaciendo. Mi respiración era cada vez más agitada, notaba el coño mojado y los pezones gordos y duros. Busqué a Pilar con la mirada, pidiendo ayuda, pero estaba dándose un beso de tornillo con Álex. Nadie iba a sacarme de allí.

Unos minutos después, Pilar se separó un momento.

—Estamos dando el cante. Por allí va la encargada, vuelvo enseguida —dijo, y regresó al poco agitando unas llaves—. ¡Listo! La conozco, le he pedido un sitio tranquilo y me ha dado las del almacén del fondo. Allí no nos molestará nadie. Vamos.

—¡Definitivamente se te ha ido la olla! —exclamé.

Con los ojos le supliqué que no, pero ella negó con la cabeza, con esa cara de viciosa, y me hizo señas de ir. Dani y Álex nos cogieron de la mano. Pilar tiraba decidida de Álex. Lo mío era casi cómico: Dani me arrastraba mientras yo avanzaba con un pie y con el otro intentaba dar marcha atrás. Pero en esas situaciones cualquier reacción, por absurda que parezca, es posible.

Dani abrió el almacén y cerró la puerta tras nosotros. Había cajas de bebidas, un par de armarios, mesas y sillas apiladas. Pilar y Álex se metieron al fondo. Yo seguía con mi baile de un pie adelante y otro atrás hasta que conseguí dar un tirón y soltarme.

—Que no, que esto no lo tengo nada claro —le dije.

Entonces me empujó contra la pared y me besó con fuerza, metiéndome la lengua entera, buscando la mía. Y yo le correspondí. Empezamos a comernos la boca a saco. Me fue bajando los tirantes del vestido, sacándomelos por los brazos, y cuando me di cuenta lo tenía caído hasta el ombligo. Me bajó las copas del sujetador y mis tetas quedaron al aire. La prenda me molestaba así, de modo que la desabroché y me la quité del todo yo misma.

—¡Vaya par de melones! ¡Qué grandes y qué bien puestas! —gritó eufórico.

Instintivamente intenté taparme con las manos, pero él me las apartó para darles un buen magreo. Hacía muchísimo tiempo que no me las tocaban así.

—¡Y menudos pezones, gordos y duros! Ya quisiera mi mujer tener unas tetas así.

Madre mía, él también estaba casado. ¿Dónde me estaba metiendo?

Dani se lanzó a chuparme los pezones cada vez con más ganas, sin parar de amasarme los pechos. Me hacía sentir un placer que tenía olvidado.

—Para, Dani, para, por favor. Somos personas casadas, esto no… —me callé—. Bueno, está claro que sí puede ser, pero no debemos seguir adelante.

Y la verdad es que ya no sabía si lo decía para frenarlo a él o para frenarme a mí.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (6)

SandraVC

que relato!! me dejo sin palabras

Luciana_Sur

Increible como lo contaste, se siente completamente real. Espero que haya continuacion!

Miguelito77

buenisimo, seguí escribiendo!!

PatricioBA

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años. Esas fiestas donde todo pasa sin que uno se lo proponga... muy bien narrado

Carlitos_MZA

Hubo segunda parte? quede muy intrigado con como termino todo

ElCurioso_Cba

de los mejores de esta categoria, sin dudas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.