La noche que mi mejor amigo dejó de ser solo mi amigo
A Sebastián lo conozco desde los doce años. Vivíamos en el mismo edificio, íbamos al mismo colegio, y fuimos testigos de cada etapa del otro: los primeros amores, las rupturas, las bodas, los hijos. Él se casó con Cecilia; yo me casé con Marcos un par de años después. Siempre fuimos «solo amigos». Nunca una mirada de más, nunca un comentario subido de tono. O eso creíamos los dos.
Un viernes por la tarde, Cecilia se fue de fin de semana con sus amigas a un balneario en las sierras. Necesito desconectar de los chicos y del trabajo, había dicho. Ese mismo viernes, a Marcos lo llamaron de urgencia por un asunto laboral en otra ciudad, y se llevó a nuestros hijos a casa de mis padres para que no se quedaran solos. Así que ahí estaba yo: sola en casa, aburrida, dando vueltas sin saber qué hacer con tanto silencio.
Sebastián me escribió por mensaje: «¿Qué hacés? Cecilia se fue y estoy solo con una cerveza fría y un partido aburridísimo. Vení a casa, como en los viejos tiempos. Traé vino si querés».
Dudé un segundo. Solo un segundo.
«Dale, voy en veinte minutos», contesté.
Me puse unos jeans ajustados —los que él siempre bromeaba que algún día iba a reventar— y una camiseta holgada, y agarré una botella de Malbec del estante. Cuando llegué, me abrió la puerta en pantalón de gimnasia y una remera vieja, con esa barba de tres días y la sonrisa de siempre. Puso el partido de fondo, pero apenas lo miramos.
Hablamos de todo. Del cansancio del trabajo, de lo rápido que crecían los chicos, de lo que extrañábamos de cuando éramos jóvenes y no teníamos hipoteca ni responsabilidades ni horarios. Las copas se fueron sucediendo y el vino bajó más rápido de lo que cualquiera de los dos habría admitido. Nos reímos hasta que me dolió la panza recordando anécdotas del colegio.
En algún momento, sentados en el sofá, apoyé la cabeza en su hombro. Él pasó el brazo por detrás, como hacía siempre. Pero esta vez su mano se quedó en mi cintura, rozando despacio la piel debajo de la camiseta. No me moví. Solo respiré más hondo.
—¿Sabés qué es lo más loco de todo esto? —murmuró, con la voz ronca por el vino y por algo más—. Que en veinte años nunca te miré como te estoy mirando ahora.
Levanté la cara. Nuestros ojos se encontraron y ninguno dijo nada. Nos quedamos así, a centímetros, respirando el mismo aire tibio. Fui yo la que cerró la distancia: un beso tímido, los labios apenas apoyados, como probando si aquello era real. Él respondió suave. Pero cuando abrí la boca y mi lengua rozó la suya, algo se rompió entre los dos.
El beso se volvió urgente. Lenguas enredadas, manos que ya no sabían dónde quedarse quietas. Me subió la camiseta y descubrió un sostén negro de encaje que no me había visto nunca.
—Dios, Marina… ¿desde cuándo usás esto? —gruñó contra mi cuello, mientras lamía la piel.
Gemí bajito, arqueando la espalda cuando bajó la copa del sostén y atrapó un pezón con la boca. Lo succionó fuerte, los dientes rozando apenas, la lengua girando alrededor. Sentí cómo se me endurecía al instante, y cómo entre las piernas empezaba a calentarse todo.
Le saqué la remera con las manos temblando. Le toqué el pecho, ese vello que siempre bromeé que parecía de oso, y bajé la mano por su abdomen hasta el bulto que ya tensaba el pantalón. Lo apreté despacio.
—Estás durísimo… —susurré, sorprendida y excitada por igual.
Me levantó del sofá casi en vilo y me llevó al dormitorio. A la cama que compartía con Cecilia. La idea me cruzó la cabeza un segundo, y un segundo después dejó de importarme. Me tiró suave sobre las sábanas. Me saqué los jeans yo misma, quedándome en bombacha y sostén, mientras él se bajaba el pantalón y la ropa interior de un tirón. Cuando lo vi entero me mordí el labio.
—Siempre imaginé que la tenías grande… pero esto es otra cosa —dije, y él se rio bajito, esa risa que conocía de toda la vida y que ahora sonaba completamente distinta.
Se subió encima de mí, besándome hondo mientras me sacaba la bombacha. Sus dedos encontraron mi sexo empapado, los labios hinchados, el clítoris duro. Metió dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba, buscando. Jadeé contra su boca.
—Sebastián… no pares… —le pedí, clavándole los talones en la espalda.
Bajó la cabeza entre mis piernas. Sentí su aliento primero, y después la lengua, plana, recorriéndome de abajo hacia arriba sin apuro. Cuando llegó al clítoris lo succionó suave, después más fuerte, mientras los dedos seguían entrando y saliendo. Agarré las sábanas con las dos manos. Las caderas se me levantaban solas.
—Me voy a venir… —alcancé a decir, y me vine temblando, con un espasmo que me recorrió entera, mojándole la boca. Él no paró de lamer hasta que lo empujé de la cabeza, hipersensible, sin aire.
***
Se acomodó entre mis muslos abiertos. Frotó la punta contra mi entrada, deslizándola arriba y abajo, empapándose con todo lo que yo soltaba.
—¿Estás segura? —preguntó con la voz quebrada, mirándome a los ojos. Y esa pregunta, viniendo de él, me derritió más que cualquier otra cosa.
—Sí… cogeme, por favor… pero despacio al principio.
Entró de a poco, centímetro a centímetro, sintiendo cómo lo apretaba por dentro. Los dos jadeamos al mismo tiempo cuando estuvo del todo adentro.
—Estás tan apretada… —murmuró contra mi oreja—. No me lo puedo creer.
Empezó a moverse: embestidas lentas y profundas, saliendo casi entero y volviendo a hundirse hasta el fondo. Cada vez que entraba, sentía un golpe de placer que me subía por la columna. Me agarró los pechos con las dos manos, amasándolos, mientras aceleraba el ritmo. El sonido húmedo de los cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos y su respiración entrecortada.
—Nunca pensé que iba a pasar esto con vos… —dijo, acelerando todavía más.
Le clavé las uñas en la espalda.
—Más fuerte… quiero sentirte todo.
Me giró de costado, me levantó una pierna y entró de nuevo desde atrás, pegado a mí, su pecho contra mi espalda. Desde ese ángulo me penetraba más profundo, golpeando justo el punto que me hacía gemir alto y sin vergüenza. Bajó la mano hasta el clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos, sincronizándolo con cada embestida.
—Vení conmigo —me pidió al oído—. Quiero sentir cómo me apretás.
Exploté por segunda vez, todo el cuerpo convulsionando alrededor de él, ordeñándolo sin querer. Eso lo llevó al límite. Con un gruñido ronco se hundió hasta el fondo y se vino dentro de mí, en oleadas calientes que sentí gotear por mis muslos cuando empezó a salir despacio.
Nos quedamos abrazados, sudados, respirando agitados, sin decir una palabra durante varios minutos. El partido seguía sonando en el living, ignorado por completo.
—¿Y ahora qué? —susurré al fin, con una voz más chica de lo que hubiera querido.
Sebastián me besó la nuca.
—Ahora seguimos siendo amigos —dijo despacio—. Pero con un secreto que nos va a quemar por dentro. Y si querés… lo repetimos la próxima vez que estemos solos.
Sonreí en la penumbra del cuarto, todavía sintiéndolo dentro, todavía con el corazón a mil. Pensé en Marcos, en Cecilia, en los chicos, en los veinte años de amistad que acabábamos de convertir en otra cosa. Y supe, con una certeza que me dio miedo y placer al mismo tiempo, que esta no iba a ser la última vez.