Lo que hice quince días antes de mi boda
Como ya se habrán imaginado, soy una mujer de sangre caliente. Antes de conocer a Andrés tuve una vida sexual intensa, con experiencia desde muy joven. No me consideraba promiscua, pero tampoco fui de las que esperan. Tuve varios novios y, entre uno y otro, alguna noche con chicos que conocía en una fiesta o en la barra de un bar.
Con Andrés fui yo la que tomó la iniciativa. Lo busqué, lo besé primero, lo llevé a la cama antes de que él se animara siquiera a tomarme de la mano. Y desde la primera vez que follamos, el sexo entre nosotros fue tibio. Correcto, cariñoso, pero sin fuego. Su polla entraba y salía con la misma cadencia de siempre, se corría rápido, me daba un beso y se dormía. Solo de vez en cuando llegaba al orgasmo con él, y casi siempre era yo quien terminaba tocándome después, en el baño, mordiéndome el labio para que no me oyera. Aun así estaba enamorada, lo estoy todavía, y Andrés era y sigue siendo el hombre perfecto en todo lo demás.
Lo digo sin reproches. Él era tierno, atento, de los que se acuerdan de tu cumpleaños y de cómo te gusta el café. En la cama, en cambio, siempre fue de manual: las mismas dos o tres maniobras, la luz apagada, todo terminado en quince minutos. Yo me decía que ya bajaría mi nivel de exigencia, que era cuestión de costumbre. Pero el cuerpo tiene memoria, y el mío recordaba demasiado bien lo que era el deseo de verdad, una polla dura empujando fuerte, unas manos apretando, una boca chupándome el coño hasta hacerme temblar.
Cuando me propuso matrimonio éramos muy jóvenes. Veinticuatro años los dos. Acepté porque pensé que ya había vivido bastante, que mi etapa salvaje estaba cumplida y que la vida, al final, es mucho más que sexo.
Y es verdad. La vida no es solo sexo. Pero también aprendí que el sexo es una parte de la vida que no se puede tapar con la mano. Negar lo evidente nunca le funcionó a nadie.
La primera vez que me follé a otro hombre, ya estando con Andrés, fue unos quince días antes de la boda. Después de que pasó, estuve a punto de tirarlo todo por la borda y confesárselo. Pensé que él merecía a una mujer distinta, más tranquila, menos hambrienta. Lo evité dos días enteros, sin mirarlo a los ojos, dándole vueltas. Y al final no dije nada. Seguimos con lo planeado, nos casamos, tuvimos dos hijos y aquí seguimos, juntos hasta hoy.
Esta tarde, sin saber bien por qué, ese recuerdo volvió a mí.
No fue algo planeado. Todo lo contrario, fue de lo más casual. Ahora, con la distancia de los años, casi me convenzo de que fue el destino enseñándome una lección: que por mucho que ame a Andrés, mi cuerpo pide cosas que él nunca me va a dar.
Esa noche había quedado con dos amigas para cenar y tomar unos tragos. Las tres recién graduadas, jovencísimas, pero ya con trabajo y ganas de gastarlo. Elegimos un restobar coqueto del centro, de esos con luces tibias y música baja. Una de ellas se fue temprano, así que quedamos solo dos.
En la mesa de al lado había dos conocidos de mi amiga, y terminaron sentándose con nosotras. Éramos cuatro. Yo apenas hablaba; me limitaba a girar la copa entre los dedos y a mirar cómo el hielo se deshacía. Pero uno de ellos no me quitaba los ojos de encima.
—¿No vas a decir nada en toda la noche? —me preguntó, inclinándose hacia mí.
—Estoy escuchando —respondí—. A veces es más entretenido.
—¿Y qué escuchas?
—Que no dejas de buscar una excusa para hablarme.
Se rió. Tenía una risa fácil, de esas que relajan. Empezó a tirarme piropos, ninguno demasiado fino, pero los dijo con una seguridad que me desarmó. Hacía años que nadie me coqueteaba así. Desde que empecé con Andrés me había olvidado de lo que era sentirse deseada por un desconocido, de ese juego de miradas y frases dobles que tanto me gustaba en la universidad.
Solo estoy coqueteando. No tiene nada de malo.
Eso me repetí mientras dejaba que su rodilla rozara la mía bajo la mesa. Y cuando su mano se posó en mi muslo, por encima del vestido, tampoco la aparté. Sentí las bragas humedecerse de golpe, un tirón húmedo entre las piernas que hacía meses no notaba.
Mi amiga se levantó en algún momento y se fue con el otro chico, despidiéndose con un guiño que decía más de lo que callaba. Y yo me quedé con media copa todavía por terminar y con aquel hombre mirándome como si ya supiera cómo iba a acabar la noche.
—¿Te llevo? —me preguntó.
—Depende de adónde —dije, aunque ya sabía la respuesta.
El anillo de compromiso me pesaba en el dedo. Lo giré con el pulgar, una, dos veces, como quien apaga una alarma. Él no lo vio, o si lo vio no le importó. No tenía la menor idea de que yo estaba a quince días de casarme. Tampoco se lo dije. Para él fui una chica más de un bar, y la verdad es que esa noche eso fue exactamente lo que quise ser.
***
Me llevó a un hostal a un par de cuadras del bar. Barato, mal iluminado, con una recepción que olía a desinfectante y una habitación francamente deprimente: una cama que crujía, una lámpara que parpadeaba y una colcha que mejor no examinar de cerca. Y sin embargo, en lugar de espantarme, todo aquello me encendió más. Me devolvió de golpe a mis años de universitaria, cuando me metía en cualquier rincón con tal de no esperar.
Subimos por una escalera angosta, él delante, yo detrás, contando los escalones para no pensar en lo que estaba a punto de hacer. En el pasillo se oía la televisión de otra habitación y, más lejos, una pareja discutiendo. Nada de aquello tenía que ver con la chica responsable que en quince días firmaría su acta de matrimonio. Y eso era justamente lo que me gustaba: por una noche, no ser esa chica.
Entramos besándonos, sin encender la luz grande. Su lengua se abrió paso entre mis dientes con una avidez que Andrés jamás había tenido, y yo se la chupé como si fuera lo único que quisiera hacer en la vida. Sus manos fueron directo a mi espalda, a la cremallera del vestido, y yo lo dejé hacer. El vestido cayó al suelo. Me quedé en sujetador y bragas, y él me empujó contra la pared, me metió una mano por debajo de la tela y me tocó el coño con dos dedos, ya empapado.
—Joder, estás chorreando —murmuró contra mi cuello.
—Cállate y sigue —le dije yo, agarrándole la nuca.
Nos desnudamos a tirones, entre risas y respiraciones cortas, tropezando con nuestra propia ropa. Él me arrancó las bragas de un tirón; el elástico me raspó la cadera y ni siquiera me quejé. Me chupó los pezones uno por uno, mordiéndolos con la fuerza justa para que se me escapara un gemido. Le hundí los dedos en el pelo y le apreté la boca contra mis tetas, pidiéndole más sin decirlo.
Cuando lo tuve desnudo frente a mí me di cuenta de la diferencia. No era enorme, ni nada del otro mundo, una verga normal. Pero más grande que la de Andrés, y sobre todo más gruesa. La tenía dura, apuntando hacia arriba, con la vena bien marcada por debajo y el glande brillante, ya con una gota de líquido preseminal asomando en la punta. Solo verla me apretó algo por dentro, un espasmo húmedo que me hizo tragar saliva.
Seguíamos de pie, junto a la cama. Me arrodillé sin que me lo pidiera y se la metí en la boca con unas ganas que ni yo me esperaba. Sentir ese grosor entre los labios, sentir cómo me abría la boca hasta rozar el fondo de la garganta, oírlo respirar hondo encima de mí, me ponía a mil. No era especial. Era nuevo, que es algo muy distinto. Lo chupé despacio primero, pasando la lengua por toda la extensión, deteniéndome en el frenillo, bajando hasta los huevos y lamiéndolos también, uno y otro, mientras le masajeaba la polla con la mano. Luego con más hambre, tragándomela entera, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y me faltó el aire. La sacaba babeada, la volvía a meter, mirándolo desde abajo para verle la cara. Él me agarró del pelo, no para forzarme, para guiarme, y yo dejé que marcara el ritmo mientras hacía el hueco con la lengua y le apretaba los labios contra la base.
—Espera, espera —murmuró, tirando suavemente de mi pelo—. Así no voy a durar nada.
La saqué con un pop obsceno, escupí un hilo de saliva sobre el glande y le sonreí desde abajo, con la boca hinchada. Me incorporé y me acomodé en la cama, en cuatro patas, con el pecho contra la colcha y el culo al borde del colchón. Le enseñé todo: el coño abierto, brillante, y el ojete tenso justo encima. Él se quedó un segundo mirando, y yo lo escuché tragar. Se puso de pie detrás de mí. Saqué algo a relucir de orgullo cuando lo escuché abrir un condón; no se lo había pedido, pero se lo puso solo. Después me agarró de las caderas, se pasó la punta un par de veces por los labios del coño, empapándose bien, y empujó.
Sentir la diferencia me hizo volar. El grosor me llenaba de un modo que no conocía, me estiraba las paredes, me apretaba por dentro contra puntos que Andrés nunca había rozado. Solté un gemido largo, ronco, y él respondió con una embestida seca que me clavó la cara contra el colchón. Tuve un orgasmo casi enseguida, vergonzosamente rápido, mordiendo la colcha para no gritar mientras el coño se me cerraba a espasmos alrededor de su verga. Él lo notó y no paró; al contrario, se hundió más hondo, agarrándome de la cintura, follándome con un ritmo cada vez más brutal. El sonido de sus caderas chocando contra mi culo llenaba la habitación, húmedo, obsceno, y yo empujaba hacia atrás para recibirlo entero.
—Qué rico coño tienes —jadeó, mientras me apretaba una nalga y me abría bien para verse entrar y salir—. Estás empapada, joder.
—Más fuerte —le pedí, con la voz rota contra la tela—. Fóllame más fuerte.
Y me obedeció. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y me embistió con todo lo que tenía. Yo estaba deshecha, con la baba colgándome de la boca, gimiendo cosas que ni entendía, apretándome yo misma el clítoris con dos dedos porque no aguantaba más.
Mientras yo todavía temblaba del segundo orgasmo, sentí sus dedos buscar más arriba, mojándose con mis flujos, ensalivándome también, tanteando donde nunca dejaba que nadie tanteara. El pulgar se me metió apenas en el culo, dando vueltas alrededor del anillo tenso, presionando sin llegar a entrar.
—No, ahí no —dije, casi sin aire.
Con Andrés jamás lo había hecho por ahí, ni siquiera lo habíamos hablado. Pero fue uno de esos noes que se dicen con la boca y se desmienten con el cuerpo, porque no me moví ni un centímetro, y hasta arqueé la espalda para ofrecérselo mejor. Él lo entendió. Me ignoró, que es lo que yo quería que hiciera. Sacó la polla del coño, me escupió en el culo, y con dos dedos me repartió la saliva mezclada con mis propios flujos alrededor y adentro del ojete. Luego apoyó la punta del glande ahí, con una paciencia que todavía hoy le agradezco, y empezó a entrar.
Dolió. A pesar de que no era grande, dolió, porque en dos años con Andrés esa parte de mí seguía intacta. Apreté la colcha, aguanté la respiración, sentí cómo el anillo cedía centímetro a centímetro alrededor de esa verga gruesa, cómo se me abría por dentro de un modo nuevo, casi brutal. Poco a poco el ardor se fue volviendo otra cosa, una presión densa y caliente que me hacía clavar las uñas en la tela y morderme la muñeca para no gritar. Nunca me había sentido tan llena, tan invadida, tan sucia, y nunca había estado tan mojada.
—¿Sigo? —preguntó, quieto, cuando ya había entrado del todo, con los huevos apoyados contra mi coño chorreante.
—Sigue —dije, con una voz que no reconocí como mía—. Fóllame el culo, por favor, no pares.
Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hasta el fondo, dejándome sentir cada centímetro. Luego más rápido. Me metió una mano por debajo, buscó el clítoris hinchado y empezó a frotármelo en círculos mientras me embestía el culo con más fuerza. Yo escondí la cara entre los brazos y me dejé llevar por algo que no había sentido nunca, una mezcla de pudor, dolor y un placer turbio que me daba casi vergüenza disfrutar tanto. Cada empujón me arrancaba un gemido grave, animal, y sentía la colcha empapada bajo mi cuerpo, mi propio flujo bajándome por los muslos.
—Qué guarra eres —me dijo al oído, echándose sobre mi espalda sin parar de bombear—. Te encanta que te den por el culo, ¿verdad?
—Sí —solté, sin pensarlo—. Sí, no pares, así, así…
Llegué otra vez, con un orgasmo distinto a todos, uno que me sacudió entera desde el vientre hasta las piernas, que me hizo cerrar los ojos con fuerza y ver luces, y esta vez él llegó conmigo, apretándome fuerte de las caderas, hundiéndose hasta el fondo y dejándose caer un instante sobre mi espalda mientras sentía a través del látex los tirones calientes de su corrida vaciándose dentro de mí.
***
Después la salió despacio, con un ruido húmedo que me hizo cerrar los ojos de vergüenza y de gusto a la vez. Me quedé un momento así, con la cara contra la colcha, el culo en el aire, sintiendo cómo me palpitaba todo por dentro. Se quitó el condón, lo tiró en una papelera del rincón y, sin demasiada ceremonia, empezó a vestirse. No hubo abrazo, ni palabras tiernas, ni un número de teléfono. Y, curiosamente, así estaba bien.
Decidí vestirme yo también. Me puse el vestido sin bragas, porque las mías habían quedado rotas en el suelo, y sentí el aire frío colarse entre los muslos aún húmedos y pegajosos. Salimos juntos a la calle, nos dijimos un adiós tibio en la esquina y cada uno se fue para su lado. No lo volví a ver en mi vida. Ni siquiera recuerdo bien su cara; sí recuerdo, en cambio, cada detalle de lo que pasó en esa habitación horrible: el crujido de la cama, el sabor salado de su polla, el ardor la primera vez que me abrió el culo, la manera en que me tembló todo cuando me corrí con él dentro.
Fueron cuarenta minutos, quizás menos. No fue la sesión maravillosa de la que escriben en las novelas, ni el encuentro inolvidable que una imagina. Fue rápido, un poco torpe, en un lugar que daba pena. Y aun así volvió a mí esta tarde, intacto, después de tantos años, porque fue mi primera infidelidad, aunque entonces todavía no estuviera casada.
Quince días después caminé hacia el altar de blanco, sonriéndole a Andrés con los ojos llenos de lágrimas de verdad. Lo amaba. Lo amo. Esa noche en el hostal no cambió nada de lo que sentía por él.
Y, sin embargo, no fue la última vez.