La cajera nueva tenía novio y aun así me buscó
La primera tarde de mayo entró a trabajar en la caja una chica nueva, y mi rutina, que llevaba dos años siendo siempre la misma, se rompió en pedazos sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Nunca fui demasiado sociable, mucho menos en el laburo. Servía cafés en una cafetería de barrio por un sueldo que apenas alcanzaba, y mi estrategia para sobrevivir las jornadas era no levantar la vista del mostrador más de lo necesario. Todo cambió el día que la encargada me la presentó.
—Él es Tomás, te va a explicar cómo va la máquina —dijo, y se fue antes de terminar la frase.
—Mariela —contestó ella, y me dio la mano con una firmeza que no esperaba.
Era alta, esbelta, de pelo castaño que llevaba recogido en una trenza apretada, de esas que se hacen las chicas que entrenan en serio. Tenía el cuerpo de alguien que pasa horas en movimiento y que, además, disfruta de que se le note. Esa tarde había llegado con una calza negra y una remera holgada, y aunque después se cambiaría por el uniforme, la imagen ya se me había quedado grabada en algún lugar del que no iba a salir fácil.
—¿Hace mucho que estás acá? —me preguntó mientras le mostraba dónde se cargaban los granos.
—Demasiado —dije, y por primera vez en mucho tiempo me escuché contestar con algo parecido a una sonrisa.
***
Los primeros días fueron una guerra silenciosa contra mí mismo. Me obligaba a tratarla como a cualquier compañera, pero había algo en la forma en que se movía detrás de la barra, en cómo se reía con los clientes habituales y en cómo me buscaba con la mirada cuando algo le causaba gracia, que me desarmaba por completo.
Tardé casi una semana en animarme a sacarle conversación más allá del trabajo. Lo hacía despacio, con cuidado de no parecer desesperado, porque sabía que la desesperación se huele de lejos y espanta. Hablábamos de música mientras limpiábamos las mesas al cierre, de las series que cada uno veía, de lo insoportable que era el dueño cuando aparecía a controlar la caja.
—Vos sos más callado de lo que aparentás —me dijo una noche, secándose las manos en el delantal.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Todavía no sé —respondió, mordiéndose el labio—. Te aviso cuando lo decida.
El problema, el único problema, era que Mariela tenía novio. Lo mencionaba cada tanto, sin darle importancia: un tipo que andaba en moto, que tocaba la batería en una banda de poca monta y que, por lo que dejaba entrever, la tenía bastante abandonada. Lo nombraba con una mezcla de costumbre y resignación que yo aprendí a reconocer, esa forma de hablar de alguien a quien todavía se quiere pero ya no se desea.
Eso no me iba a frenar.
***
Empecé a notar las señales antes de animarme a creerlas. La manera en que se acercaba a mí más de lo necesario para alcanzar una taza del estante de arriba. Cómo dejaba que su brazo rozara el mío frente a la máquina y no lo retiraba. La sonrisa que me dedicaba cuando creía que nadie miraba, que duraba siempre un segundo de más de lo que dura una sonrisa de cortesía.
Una tarde de lluvia, de esas en que el barrio se vacía y la cafetería queda muerta, nos encontramos solos detrás del mostrador. Afuera el agua golpeaba el ventanal con fuerza. Adentro sonaba bajito una canción lenta que ninguno de los dos había elegido.
—Hoy no viene nadie —dijo ella, apoyada contra la heladera de las gaseosas.
—Mejor —contesté—. Así te tengo para mí solo.
Lo dije sin pensarlo, y apenas las palabras salieron de mi boca me arrepentí. Pero Mariela no se rio para zafar del momento, ni cambió de tema, ni puso esa cara de «no empieces». Se quedó mirándome con una calma que me puso la piel de gallina.
—Cuidado con lo que decís —murmuró—. Capaz me lo creo.
—Capaz quiero que te lo creas.
El silencio que vino después no fue incómodo. Fue de los que pesan, de los que avisan que algo está por cambiar para siempre. Ella bajó la vista a sus manos, después la subió a mi boca, y por un instante el ruido de la lluvia fue lo único que se escuchó en todo el local.
—Tengo novio —dijo, pero lo dijo flojo, casi como una pregunta que se hacía a sí misma.
—Ya sé —contesté—. Y aun así estás acá, mirándome como me estás mirando.
No respondió. Tampoco se fue.
***
No pasó nada esa tarde. Entró un cliente empapado pidiendo un café con leche y el hechizo se rompió. Pero algo había quedado dicho, algo que ya no se podía guardar de vuelta en su lugar. Durante los días siguientes la tensión entre nosotros se volvió un idioma propio: miradas que duraban demasiado, manos que se buscaban al pasarse las cosas, frases con doble fondo que soltábamos delante de los clientes sabiendo que solo nosotros entendíamos el verdadero sentido.
El jueves siguiente cerramos juntos. Llovía otra vez, como si el clima estuviera de mi lado. Mientras yo bajaba la persiana, ella contaba la caja en silencio, y cuando terminó se quedó parada en medio del local con el abrigo en la mano, sin decidirse a ponérselo.
—¿Te llevo? —ofrecí—. Está diluviando y vos venís en bici.
—¿Tenés auto?
—Prestado. De un amigo. Anda, aunque hay que tenerle paciencia.
Aceptó con un gesto de cabeza, sin palabras, y en ese gesto entendí que los dos sabíamos que el viaje no iba a terminar en la puerta de su casa.
***
El camino fue largo y callado. El limpiaparabrisas marcaba un ritmo monótono y las luces de la calle se deshacían en el vidrio mojado. Mariela me iba indicando el camino con la voz baja, y cada vez que estiraba el brazo para señalar una esquina, su perfume me llegaba como una promesa.
—Es ese edificio —dijo finalmente—. El de la entrada con las plantas.
Frené frente al portón. Dejé el motor andando. Ninguno de los dos hizo el menor movimiento para despedirse.
—Gracias por traerme —dijo ella, sin mirarme.
—Cuando quieras.
El silencio se estiró hasta volverse insoportable. Entonces ella giró la cara hacia mí, despacio, y en la penumbra del auto sus ojos brillaban con una decisión que no le había visto antes.
—No quiero subir todavía —confesó.
No necesité más. Le sostuve la nuca con una mano y la besé, y ella me devolvió el beso con un hambre que llevaba semanas conteniéndose. Fue un beso desordenado, de dientes y respiraciones cortas, de manos que no sabían por dónde empezar. Sentí su trenza deshacerse entre mis dedos cuando le solté el pelo y lo dejé caer sobre sus hombros.
—Adentro no —dijo contra mi boca—. Es el departamento de los dos.
—Entonces acá —contesté.
***
Se pasó al asiento de atrás con una agilidad que me hizo reír, y yo la seguí torpemente, golpeándome la cabeza contra el techo. El auto era chico y nosotros dos no entrábamos bien, pero esa incomodidad terminó siendo parte de todo, el roce forzado de los cuerpos que tienen que apretarse para caber.
Le saqué la campera y después la remera, y me quedé un segundo mirándola a la luz mortecina del farol de la calle. Tenía puesto un corpiño de encaje negro que no esperaba, demasiado bonito para un día cualquiera de trabajo, y entendí que se lo había puesto esa mañana sabiendo lo que podía pasar.
—Lo elegiste a propósito —dije.
—Capaz —respondió, con esa media sonrisa que ya me sabía de memoria—. ¿Te molesta?
—Al contrario.
Recorrí con la boca su cuello, la clavícula, el borde del encaje, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda y dejaba escapar una respiración entrecortada cada vez que mi lengua bajaba un poco más. Tenía la piel tibia y olía a café y a lluvia, una mezcla que se me quedó pegada durante días.
—No hagas ruido —le susurré al oído—. Hay gente que entra y sale del edificio.
—Entonces hacé que me quede callada —me desafió.
***
La acosté de costado sobre el asiento, porque no había otra forma de que entráramos, y le bajé la calza junto con la ropa interior de un solo movimiento. Ella me ayudó pateando las zapatillas, riéndose por lo bajo de lo absurdo de la situación, y esa risa contra mi cuello fue lo más erótico de toda la noche.
Cuando entré en ella, contuvo el aire y me apretó el brazo con fuerza. Nos quedamos quietos un momento, frente contra frente, respirando el mismo aire viciado y cálido del auto, hasta que empezó a moverse contra mí marcando un ritmo lento que fue subiendo de a poco.
El vidrio se empañó con nuestra respiración. Afuera seguía lloviendo, y de tanto en tanto pasaba un auto y nos bañaba de luz por un instante antes de devolvernos a la oscuridad. Ella me tapaba la boca con la mano para que no se me escapara nada, y yo le mordía los dedos, y entre los dos armábamos un lenguaje hecho de jadeos sofocados y nombres dichos a medias.
—No pares —me pidió, con la voz quebrada—. No te atrevas a parar.
No paré. La sostuve contra mí hasta que la sentí tensarse entera, morderse el labio para no gritar y aflojarse después contra el asiento, temblando. Yo la seguí unos segundos más, con su nombre atascado en la garganta, y terminé hundiendo la cara en su pelo suelto.
***
Después nos quedamos un rato largo así, amontonados y sin aire, mientras el motor seguía ronroneando y la lluvia amainaba afuera. Ella me acariciaba el pelo con la punta de los dedos, perdida en algún pensamiento que no compartió.
—Esto no debería haber pasado —dijo al fin, pero sonreía al decirlo.
—Pero pasó —contesté—. Y los dos sabíamos que iba a pasar desde aquella tarde de lluvia.
Se incorporó despacio, buscando su ropa en la oscuridad, y mientras se acomodaba el corpiño me miró por encima del hombro con una expresión que prometía muchas cosas y no aclaraba ninguna.
—Mañana trabajamos juntos otra vez —dijo.
—Lo sé.
—Va a ser raro.
—Va a ser insoportable —respondí—. Y no veo la hora.
Se rio, me dio un último beso corto y bajó del auto corriendo bajo la lluvia hasta el portón. Antes de entrar se dio vuelta y me saludó con la mano, todavía con el pelo mojado pegado a la cara, y yo me quedé ahí, con el vidrio empañado y el corazón golpeando fuerte, sabiendo que la rutina aburrida de mis días acababa de convertirse en otra cosa.
Al día siguiente, cuando entré a la cafetería, ella ya estaba detrás de la caja con el uniforme puesto y la trenza armada de nuevo, como si nada. Pero al verme me dedicó esa sonrisa que duraba siempre un segundo de más, y supe que aquello recién empezaba.