Nuestro amante de los sábados cruzó un límite nuevo
El sábado Martín pidió ron a domicilio. Lo dijo así, sin preámbulo, con los ojos clavados en el teléfono y los pies sobre la mesa baja. Diego se rió desde el sillón. Carolina fue por los vasos a la cocina sin que nadie se lo pidiera.
Era una de esas noches que empiezan tranquilas y terminan en otro lado. Diego estaba de buen ánimo, ese ánimo suyo que no hacía ruido pero que de algún modo ocupaba todo el cuarto. Martín contó una historia absurda de su trabajo, algo de un jefe nuevo que no sabía ni encender la fotocopiadora, y Carolina los escuchaba a los dos con esa expresión de quien está exactamente donde quiere estar. El ron ayudaba, claro, pero no era el ron. Era algo más cercano a que los tres habían dado con un idioma propio que todavía no tenía nombre y que, sin embargo, funcionaba sin fallas.
A las once y media la botella iba por la mitad y la conversación se había vuelto lenta, sincera, sin filtros. Diego estaba recostado en el sofá con el vaso en la mano y Carolina entre sus piernas, apoyada contra su pecho, los pies descalzos rozando el piso. Martín los miraba desde el sillón de enfrente, sin disimular nada, con esa calma que tres años de costumbre no habían vuelto indiferencia.
***
Fue Diego quien movió primero. Le apartó el cabello del cuello a Carolina y la besó despacio, justo debajo de la oreja. Ella cerró los ojos. Diego le pasó las manos por los costados, por el vientre, y Carolina giró apenas la cabeza hacia Martín sin abrir los ojos, como si supiera con exactitud en qué punto de la sala estaba su marido.
Martín dejó el vaso sobre la mesa y cruzó hacia el sofá.
Lo que siguió fue lento y sin instrucciones. Martín se arrodilló frente a Carolina y le desabrochó el pantalón mientras Diego le quitaba la blusa desde atrás. Entre los dos la desnudaron sin apuro, con esa coordinación silenciosa de quienes comparten un propósito que nunca hizo falta discutir en voz alta. Carolina los dejó hacer, los ojos entreabiertos, una mano en el muslo de Diego y la otra apoyada en el hombro de su marido.
Cuando quedó desnuda, Martín se inclinó y la lamió despacio. Ella recostada en el sofá, las piernas abiertas, Diego sosteniéndola desde atrás con las manos en sus pechos y la boca pegada a su cuello. Martín se tomó su tiempo: primero la lengua plana, recorriendo el centro de abajo hacia arriba, después los círculos lentos sobre el clítoris que ya conocía de memoria. Leía cada tensión en sus muslos, cada quiebre en su respiración. Carolina empujaba las caderas hacia su boca sin darse cuenta. Diego la observaba desde arriba, el mentón apoyado en su hombro, y le apretaba los pechos con más fuerza cada vez que ella respondía.
Cuando la sintió al borde, Martín se detuvo. Se incorporó y se quitó la ropa. Diego hizo lo mismo. Carolina los miró a los dos un momento, de pie y desnudos frente a ella. Su marido, delgado y firme, con esa familiaridad de tres años de convivencia que no lo había vuelto invisible. Y Diego, con esa presencia física que llenaba el espacio, y más abajo algo que pertenecía a otra categoría: más largo, más grueso, las venas marcadas, un tamaño que seguía siendo imposible de ignorar cada vez que volvía a verlo.
Diego la recostó en el sofá, en misionero, las piernas de ella abiertas a su alrededor, y entró despacio. La apertura de siempre, esa plenitud que le pedía un instante para acomodarse aunque ya estuviera lejos de ser la primera vez. Carolina cerró los ojos y lo recibió con las manos clavadas en su espalda.
Martín se acomodó a su lado. La besó primero en la boca, luego bajó por el cuello, por el pecho, deteniéndose en cada pezón, mordiéndolos apenas mientras Diego seguía moviéndose dentro de ella con un ritmo pausado y profundo. Carolina tenía una mano en el cabello de su marido y la otra aferrada a la espalda de Diego, recibiendo a los dos al mismo tiempo en lugares distintos. Martín siguió bajando por su vientre, sin prisa, besándola, hasta llegar al punto exacto donde Diego entraba y salía, y puso la lengua sobre el clítoris desde el costado.
Carolina arqueó la espalda de golpe y soltó un sonido que no había planeado.
Diego adentro, en misionero, y Martín con la lengua afuera, los dos en el mismo compás, o lo bastante cerca para que ella no supiera dónde terminaba una sensación y empezaba la otra. La respiración de Carolina se rompió por completo. Tenía una mano en el cabello de cada uno, los ojos cerrados, el cuerpo entregado a esos dos focos de placer que se alimentaban entre sí sin pausa.
En algún momento, mientras Diego se retiraba despacio para volver a entrar, la lengua de Martín rozó su miembro. Un contacto breve, casi accidental. Ninguno de los dos se apartó. Martín dudó un segundo. Después, con una lentitud que parecía más curiosidad que decisión, pasó la lengua por la base de la verga de Diego mientras este salía. Diego lo sintió, no dijo nada, mantuvo el mismo ritmo, pero algo en su respiración se alteró apenas. Martín lo repitió, esta vez con más intención, recorriendo la vena de abajo desde la base hasta donde se perdía dentro de Carolina. Diego bajó el ritmo sin frenar del todo, dándole espacio sin pedírselo. Martín tomó la punta en la boca un instante, solo un instante, mientras Diego estaba casi por completo afuera, y luego volvió al clítoris de Carolina como si nada hubiera interrumpido su cadencia.
Carolina no se enteró. Estaba demasiado adentro de lo que su propio cuerpo procesaba. Diego sí se dio cuenta. Le sostuvo la mirada a Martín un momento, una mirada corta y directa, sin comentario. Martín no la aguantó. Volvió a lo suyo como si hubiera decidido no pensar todavía en lo que acababa de hacer. Diego archivó eso en silencio, para más adelante.
Fue entonces cuando Diego cambió de posición. Le pidió a Carolina que se diera vuelta y ella obedeció, quedando en cuatro sobre el sofá, las manos apoyadas en el respaldo, las caderas ofrecidas hacia él. Diego entró de nuevo desde atrás y Carolina hundió la cabeza entre los hombros con un sonido que llenó el departamento. Martín se ubicó frente a ella, de rodillas sobre el cojín, y Carolina lo tomó en la boca sin que nadie tuviera que pedírselo.
Fue así, con ella en cuatro entre los dos, que Diego le pasó las manos por los glúteos y los separó con suavidad. Bajó el pulgar hasta su ano y lo rozó apenas, un círculo lento, sin presión. Carolina se tensó y casi enseguida fue aflojándose sola, su cuerpo reconociendo ese contacto del que le había pedido más la última vez. Cuando la sintió blanda, Diego presionó un poco más, la punta del pulgar entrando apenas, mientras seguía moviéndose dentro de ella desde atrás.
Carolina no pidió que parara. Sus caderas hicieron un movimiento sutil hacia atrás, buscando los dos puntos a la vez, y ese gesto lo dijo todo.
Martín la veía desde arriba, su verga en la boca de ella, observando el pulgar de Diego en su ano, la verga de Diego entrando y saliendo, las venas marcadas, el tamaño que seguía siendo la misma evidencia de siempre. Carolina nunca había dejado que él se acercara siquiera a ese terreno. Tres años. Y Diego lo tenía con el pulgar adentro sin que ella hubiera pedido que se detuviera.
Tres años y nunca conmigo, pensó Martín, y descubrió que la idea no le dolía exactamente, sino que le hacía otra cosa más difícil de nombrar.
El orgasmo de Carolina llegó desde los tres puntos a la vez: Diego adentro desde atrás, el pulgar en su ano, y la verga de Martín en su boca, que ella succionaba con una urgencia que se multiplicó cuando todo se desbordó. Se apretó alrededor del pulgar de Diego, empujó las caderas hacia atrás y dejó salir todo el sonido amortiguado entre los labios apretados contra su marido.
Cuando terminó de temblar, Diego se retiró y se arrodilló frente a su cara. Carolina lo tomó con las dos manos, las venas latiendo fuerte, el sabor de ella misma todavía en él, y se lo metió en la boca con esa hambre que Martín reconocía como algo nuevo. Lo succionó con intención, las dos manos trabajando la base porque la boca no llegaba a todo, llevándolo hasta el fondo de la garganta, y Diego le puso las manos en el cabello, dirigiendo apenas. La descarga llegó caliente, en pulsos largos, y Carolina bebió todo sin apartarse, tragando cada espasmo con los ojos cerrados y una concentración absoluta.
Martín lo vio de cerca. Vio cómo tragaba sin titubear, con una entrega que con él nunca había existido, y sintió algo que no era exactamente celos pero que tampoco era otra cosa.
Carolina lo buscó a él de inmediato. Lo tomó en la boca con la misma entrega y Martín se dejó ir, los ojos fijos en ella, en esa boca que conocía desde hacía tres años y que esa noche se sentía distinta. Carolina tragó también, con la misma calma nueva, y lo miró al terminar de un modo que él no supo descifrar del todo pero que ya sabía que no iba a olvidar.
Se tumbaron los tres en el sofá. El ron seguía sobre la mesa. La música todavía sonaba bajo.
Martín miraba el techo, ordenando el inventario de lo que había visto. A Diego en cuatro con Carolina, la manera en que ella lo recibía y lo iba a buscar. El pulgar en un lugar que él nunca se había animado a tocar y que ella había aceptado como si llevara esperándolo. A Carolina tragando dos veces seguidas, algo que en tres años con él jamás había pasado. Y lo suyo, lo de su propia lengua y la verga de Diego, que tampoco sabía todavía dónde archivar.
No era rabia lo que sentía. Era algo más complicado y más honesto. Algo que recién estaba aprendiendo a sostener sin soltarlo.
Diego lo miró de reojo desde el otro lado de Carolina. No dijo nada. Pero en esa mirada había algo que Martín entendió sin necesidad de palabras: que lo de la lengua no iba a ser la última vez que ese asunto apareciera entre ellos.
Carolina ya dormía, o casi, la cabeza apoyada en el pecho de Diego y una mano abierta sobre el vientre de su marido, conectando a los dos sin saberlo. O sabiéndolo perfectamente.