La esposa del diplomático que su marido nunca supo saciar
Llevo casi dos años destinado en uno de esos países del Golfo donde el calor aplasta y la vida social se reduce a un puñado de caras repetidas. No quiero decir que todos los extranjeros lo vivamos igual: cada cual se adapta como puede. Pero es cierto que las restricciones de la cultura y la religión imperante recortan la vida que tendrías en cualquier ciudad de Europa. Uno acaba moviéndose en un círculo de amistades minúsculo, y eso, con el tiempo, deja marcas. No hablo de depresiones, pero sí de cierta inestabilidad, de un aburrimiento que se mete dentro. Lo sufren sobre todo las mujeres, las que trabajan y las que solo acompañan a sus maridos. La rutina lo seca todo, y la gente busca otras formas de entretenerse.
La legación de un país nórdico celebraba su día nacional e invitó a mi empresa. Como a nadie del equipo le apetecía ir a una fiesta de gente importante, me tocó a mí por ser el último en llegar. El jefe me avisó de que él se largaría con cualquier excusa, pero que yo debía aguantar hasta el final. Mesa para doce. Todos mayores que yo. De las cinco mujeres sentadas, solo una me llamó la atención desde el primer instante.
Se llamaba Helena. Rondaría los cincuenta, melena rubia y abundante, ojos de un verde claro que parecían cansados de todo. Delgada, con una figura que se notaba cuidada y un escote que no necesitaba esforzarse para llamar la atención. Tenía la expresión de una mujer harta, una mezcla de aburrimiento y rabia contenida que me hizo imaginar, casi sin querer, qué cara pondría si alguien la tratara como llevaba mucho tiempo sin que la trataran.
Su marido, Anders, era un hombre de cargo, importante por el puesto que ocupaba en la delegación. Mal conservado, con un peinado imposible y la barriga peleando contra la camisa. Hablaba con toda la mesa, reía las gracias de unos y otros, pero a su mujer apenas le dirigía la palabra. Solo de vez en cuando la rozaba con un comentario, y ella respondía con una sonrisa más falsa que una moneda de madera.
Me senté lo bastante cerca para empezar a hablar con ella. Al principio escuchaba más que hablaba, midiéndome. Tardé en ganármela, pero al final conseguí arrancarle una sonrisa de verdad, una que no tenía nada que ver con las que repartía por compromiso. Tenía una boca preciosa, de labios llenos.
—Va a ser la primera cena en la que estoy cómoda en meses —dijo, y noté que lo decía en serio.
Nos entendíamos en inglés, aunque para ninguno de los dos era la lengua materna. Ella se empeñaba en colar frases en español; iba mucho a España de vacaciones.
—Aquí hay demasiadas prohibiciones —se quejó—. No puedes estar como quieres en la playa, solo bebes en sitios contados, y al mes ya no te queda nada por descubrir. Estoy harta de las excursiones a las dunas.
La entendía perfectamente. Quiso fumar un cigarrillo y nos fuimos a la zona donde se podía. Avisó a su marido, pero Anders estaba tan metido en su conversación que ni la miró.
***
Fuera, lejos del ruido de la mesa, la tanteé. Ella solo sonreía mientras escuchaba, y yo empezaba a dudar de si me seguía o si el idioma le servía de escudo.
—Oye, Diego —me cortó, soltando el humo despacio—. Acabo de cumplir cincuenta y uno. Estoy casada. Y por lo visto no te han contado quién es mi marido ni quién soy yo, porque si lo supieras, no me estarías entrando. Tengo un hijo de tu edad. Podría ser tu madre.
—No te lo he preguntado, pero te saco de dudas —respondí, sosteniéndole la mirada—. Sé perfectamente quién es tu marido. Una persona importante. Y un cretino integral, porque a una mujer como tú no se la ignora así. Se te nota el aburrimiento, las ganas de algo nuevo en este país. Eres una combinación explosiva.
Soltó una carcajada, esta vez auténtica.
—Qué descarado. Pero me gusta esa confianza. ¿Y por qué soy una combinación explosiva?
—Porque eres exactamente eso: una mujer casada, encendida y, casi seguro, mal atendida —dije, medio susurro, directo.
No se inmutó. Ni un mal gesto, ni un asomo de sorpresa. Dio otra calada honda, me echó el humo a la cara con una calma helada, me pasó la colilla para que la tirara y volvió a la mesa sin decir nada. La vi alejarse pensando que, esta vez, me había pasado de frenada. Apagué el cigarrillo y la seguí.
De vuelta, encontré la misma estampa: Helena con su pose de esposa abnegada, harta de estar allí. Mi jefe ya había desaparecido. Decidí que no tenía sentido quedarme y empecé a despedirme. Cuando me levantaba, ella le dijo a su marido, sin mirarme:
—Anders, el joven Diego se ha ofrecido a acercarme a casa. No me encuentro muy bien.
Él se lo agradeció, le murmuró algo en su idioma con cara de fastidio —algo así como «otra vez con tus malestares»— y volvió a su conversación.
***
Caminamos hacia mi coche y ella se pegó a mi costado. Entre susurros, me dijo:
—Espero que me lleves a un sitio donde puedas demostrarme eso de la combinación explosiva. Pero te aviso: soy muy exigente.
Y añadió, como quien comenta el tiempo:
—Lo que más me gusta de esta zona son los caballos. Los sementales, poderosos, incansables. Y de España, los toros bravos. Nobles, con su ritmo de embestida, temperamentales, salvajes, imprevisibles.
No sé si entendía de toros, pero la invitación era inconfundible.
—¿Y tu marido en qué categoría está? —pregunté al subir al coche.
—En la de los bueyes mansos —contestó sin pestañear.
No tardamos en llegar a mi casa.
Apenas cerré la puerta, ya la tenía contra la madera. Le sujeté la cara y la besé, y ella respondió sin la menor timidez, abriéndose, mordiéndome el labio, buscándome con la lengua. Mis manos bajaron a sus caderas, a un culo firme que apreté con ganas, y la levanté como si no pesara nada. La llevé al dormitorio dejando un rastro de ropa por el pasillo: la chaqueta de él, mi camisa, su blusa a medio desabrochar. Cuando la solté sobre la cama, me miró con esos ojos verdes encendidos y abrió las piernas sin que se lo pidiera.
—A ver, presumido —dijo, terminando de soltarse los botones—. Demuéstrame que eres ese semental del que hablabas y no solo palabrería.
Me quedé de pie a los pies de la cama y me bajé los pantalones de un tirón. Vi cómo se le abrían los ojos, cómo se quedaba un segundo callada, con los labios entreabiertos.
—Madre mía... —susurró, más para sí misma.
Se incorporó sin quitarse del todo la blusa y me rodeó con la mano. Se inclinó y me lamió despacio, de abajo arriba, sin prisa, saboreando el momento. Luego me tomó en la boca con una técnica que solo dan los años, mirándome fija mientras lo hacía. Esto no es una mujer aburrida, pensé. Esto es una mujer que sabe exactamente lo que quiere.
La tumbé de espaldas, le retiré lo que le quedaba de ropa y me entretuve en sus pechos, mordiéndole los pezones hasta arrancarle el primer gemido de verdad. Bajé, le abrí los muslos y la recorrí con la lengua mientras ella se arqueaba y me clavaba los dedos en el pelo.
—Así, joder, así —jadeó.
Pero quería más. Se giró, se puso a cuatro patas y me miró por encima del hombro.
—Ahora, Diego. Ahora. Fóllame como si quisieras romperme por dentro.
Me coloqué tras ella y la penetré de una sola embestida, hasta el fondo. Soltó un grito ronco, mitad dolor, mitad placer. Empecé a moverme sin tregua, marcando un ritmo que no le daba respiro, sujetándola por la cintura, tirándole del pelo. El sonido de nuestros cuerpos llenaba la habitación.
—¡Más fuerte! ¡No pares! —gritaba con la cara hundida en la almohada.
Se corrió pronto, un espasmo que la recorrió entera, pero no se rindió. Giró la cabeza y me pidió que siguiera. La cambié de postura, la puse encima y la dejé cabalgar, buscando su propio ritmo, hasta que un segundo orgasmo la dejó sin fuerzas, desplomada sobre mi pecho.
***
Apenas recuperaba el aliento cuando su móvil empezó a vibrar en la mesita. Se quedó quieta, mirando la pantalla, y vi cómo le cambiaba la cara. Una sonrisa lenta, perversa.
—Es él. El cretino de mi marido —dijo en voz baja, sin dejar de mirarme.
Dudó un instante, un destello de cordura peleando contra todo lo demás. Luego la decisión fue clara.
—Esto va a ser divertido.
Cogió el teléfono, deslizó el dedo y, con un golpe de muñeca, puso el altavoz. La voz de Anders inundó la habitación, nasal y aburrida.
—Helena, cariño, ¿dónde demonios estás? La fiesta terminó hace horas. El chófer te espera. ¿Estás bien?
Ella no se quedó quieta. Al contrario: empezó a moverse de nuevo sobre mí, despacio, acercándose el móvil a la boca. Su voz era miel envenenada.
—Hola, cariño. Sí, estoy... bien. No te preocupes por mí. El joven Diego se portó como un caballero y me trajo a casa. Me encontraba un poco mareada.
Mentía, claro. Estaba sobre mí, conmigo enterrado hasta el fondo. Y mientras hablaba, apretaba por dentro, exprimiéndome.
—¿Ya estás en casa? ¿Por qué no me has llamado? ¿Necesitas que vaya? —preguntó él, con esa falsa preocupación que no se creía ni su madre.
Helena soltó una risita que disimulaba un gemido perfecto.
—No, no hace falta que vengas. De hecho, prefiero que no vengas. Necesito descansar. Estoy muy, muy cansada. Pero de una forma... agradable.
Al decir «agradable» se dejó caer con fuerza sobre mí. Tuve que morderme el labio para no hacer ruido. Me retaba con la mirada, brillante, a que me delatara.
—¿Cansada? ¿Qué ha pasado? No te noto bien —insistió Anders al otro lado.
Ella se inclinó hasta rozarme el oído y susurró, lo bastante bajo para que él no oyera:
—Gime, anda. Quiero que mi marido sepa que otro le está dando a su mujer lo que él nunca pudo.
Y volvió al teléfono, con la voz quebrada por el placer:
—Es que... he encontrado la manera de entretenerme en este país. Algo que me hace sentir viva. Muy viva. Algo que tú nunca me diste.
Se estaba soltando del todo. Cabalgaba con una fuerza que me tenía al borde. Yo la sujeté por las caderas y la ayudé, levantándola y dejándola caer una y otra vez.
—¡Helena! ¿Qué estás diciendo? ¿Estás borracha? —gritó Anders, ya irritado.
—Borracha de placer, cariño. Estoy con un hombre que sabe lo que hace, ¿entiendes? Uno que no termina en dos minutos. ¿Lo oyes? ¿Oyes cómo me tratan?
Ya no ocultaba nada. Le estaba narrando su propia infidelidad en tiempo real, y le encantaba cada palabra.
—¿Me... me estás siendo infiel? —balbuceó él, entre el shock y la humillación.
—Te estoy siendo más que infiel —escupió—. Estoy con un hombre más joven, más fuerte, que me hace sentir lo que tú jamás lograste. Y me encanta. ¿Lo oyes?
Para dejarlo claro, dejó de moverse y me empujó. Me coloqué sobre ella y volví a embestir, esta vez sin freno. La cama golpeaba la pared, sus gemidos se volvieron incontrolables.
—¡Sí! ¡Así! ¡Me corro! —gritó, ya sin pudor.
Al otro lado, Anders había enmudecido, escuchando la humillación más absoluta: cómo su mujer alcanzaba el orgasmo más violento de su vida gracias a otro hombre.
Cuando ella se calmó, jadeando, recuperó el móvil. Su voz era un hilo cargado de desprecio.
—¿Has oído, cariño? Eso es un orgasmo de verdad. Algo que tú nunca me darás. Vete a dormir. Y no me llames más esta noche. Adiós.
Colgó, tiró el teléfono a un lado y me miró con esos ojos verdes que ya no eran de insatisfacción, sino de pura posesión.
—Ahora —dijo, atrayéndome—. Ahora acábame de verdad.
***
La giré, la puse de nuevo a cuatro patas, con la cara en la almohada, y entré de un solo golpe. Su sexo estaba sensible, hinchado, pero más mojado que nunca, lubricado por sus propios orgasmos y por lo que acababa de hacerle a su marido. Empecé a moverme con una furia que ni yo me conocía. Ya no era solo sexo; era una marca, una declaración contra su vida aburrida, contra su matrimonio, contra todo aquel país asfixiante. La sujetaba por las caderas, los dedos clavados en su piel.
—¡Más fuerte! ¡Enséñame quién manda! —gritaba, ahogada contra la almohada.
El sol empezaba a colarse por la persiana, dibujando rayos de luz en la habitación. El olor a sexo y a sudor era tan denso que casi se podía saborear. Vi cómo le temblaban las piernas, cómo perdía el control, y se corrió otra vez, un orgasmo largo que la dejó sin voz. Se desplomó, pero yo todavía no había terminado.
La volví boca arriba, con las piernas colgando del borde de la cama, me arrodillé entre ellas y volví a penetrarla. La miraba a los ojos mientras la follaba, viéndola perderse entre el placer y el agotamiento.
—No puedo más, Diego... me vas a romper —susurró, casi inaudible.
Pero sus palabras solo me empujaban más. Sentía que mis propias fuerzas flaqueaban, que estaba cerca del límite.
—Mírame, Helena. Mírame mientras me corro. Quiero que lo recuerdes siempre —le dije, con la voz tensa.
Abrió los ojos, vidriosos, y me sostuvo la mirada. Y me corrí, una última explosión que me vació por completo. Me quedé dentro de ella un momento, sintiendo cómo nuestros latidos se calmaban, cómo la luz del amanecer inundaba ya toda la habitación. Después me derrumbé a su lado, sin fuerzas para nada más.
Nos quedamos en silencio un largo rato, cubiertos de sudor, hechos polvo. Finalmente ella se giró y me acarició la cara.
—Joder, Diego. Eres lo mejor que me ha pasado en años. Me has follado el cuerpo, pero lo más excitante es que también me has reventado la cabeza. Y no sabes cuánto te lo agradezco.
Nos dormimos abrazados, con el sol ya alto. Cuando desperté, ella no estaba. En la mesita había una nota:
«Gracias. Me he corrido como nunca. Lo tuyo no es follar, lo tuyo es un arte. Esta noche ha sido más real que toda mi vida de casada. No te preocupes por Anders: ha aprendido cuál es su sitio. Quizá nos veamos pronto. H.»
Me quedé tumbado, oliendo su perfume en las sábanas. Sabía que, aunque fuera solo por una noche, le había cambiado algo por dentro a esa mujer. Y, sin duda, ella también me lo había cambiado a mí.