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Relatos Ardientes

Convencí a mi esposa de cumplir mi mayor fantasía

Llevaba meses dándole vueltas a la idea. No era curiosidad ni el típico calentón pasajero. Era una fantasía que me crecía dentro cada vez que la miraba dormir, cada vez que la veía vestirse, cada vez que escuchaba un comentario suyo sobre un actor o un compañero del trabajo. Quería verla con otro hombre. Pero también quería seguir siendo el suyo.

Aquella noche de viernes elegí el momento con cuidado. Habíamos cenado en casa, una tortilla de patatas y una botella de vino tinto. La lluvia golpeaba contra los cristales y ella estaba recostada en el sofá, con la cabeza apoyada en mi pecho y las piernas cruzadas sobre las mías. Llevaba un pantalón corto y una camiseta vieja mía. No iba a haber mejor momento.

—Quiero contarte algo —empecé, acariciándole el pelo—. No tienes que decir nada. Solo escúchame.

Le hablé en voz baja, sin teatralidad, mirando la lámpara para no presionarla con los ojos. Le conté que llevaba tiempo imaginándola con otro hombre. Que no era una falta de deseo ni una crisis, sino todo lo contrario: que verla deseada por alguien que no fuera yo me ponía cachondo de una forma que no sabía explicar. Le aclaré tres veces que era solo una fantasía y que jamás se la mencionaría otra vez si la idea le molestaba. Sentí cómo se le ponían los pezones duros debajo de la camiseta antes de que respondiera.

—¿De verdad te pone eso? —susurró sin levantar la cabeza.

—Mucho. Pero solo si tú también lo deseas.

Tenía que parar ahí. Cualquier palabra de más lo arruinaba.

Esa noche no follamos. La abracé y la dejé con la cabeza llena. Al día siguiente, mientras hacía café, me miró de reojo y me dijo que no había podido dormir.

***

Empezamos a alimentar la fantasía juntos. Yo elegía con cuidado los vídeos: nada agresivo, nada con humillación, solo mujeres parecidas a ella que se dejaban follar mientras el marido miraba o esperaba. Nos los poníamos en la televisión grande de la habitación y yo la acariciaba por detrás mientras le susurraba que era ella la que estaba en esa cama de hotel, que era ella la que abría las piernas para un desconocido.

Los primeros días apenas hablaba. Solo gemía y se mojaba más rápido de lo normal. A las tres semanas ya me corregía. Ese no, no me gusta tan rubio, decía con una sonrisa avergonzada. Pon a uno más mayor. Empecé a leerle relatos eróticos mientras la masturbaba. Le compré un consolador más grueso que mi polla y le pedí que se lo metiera ella sola, despacio, mirándome a los ojos, mientras le repetía al oído que era otro el que la estaba penetrando. Se corrió tres veces seguidas la primera noche.

El siguiente paso fue sacarla a la calle. Quería que sintiera lo que era ser mirada por un hombre sabiendo que yo lo sabía. Le elegía la ropa los sábados: vestidos cortos, sin sujetador, sin bragas. Le metía el dedo antes de salir, le besaba el cuello y le guardaba las bragas en mi bolsillo como un trofeo. Cada vez que cruzaba las piernas en una terraza, la miraba con un guiño cómplice. Volvíamos a casa empapada y la follaba contra la puerta del pasillo antes de quitarse los zapatos.

***

El nombre de Andrés empezó a aparecer entre nosotros de forma natural. Era amigo mío desde la universidad, alto, atlético, con la barba siempre recortada. Llevaba años bromeando con mi mujer en las cenas, piropos inocentes que ella devolvía con risa fácil. La primera vez que lo invité a una caña con nosotros, ella ya iba sin bragas debajo del vestido. Yo se lo había pedido en la ducha, mientras le enjabonaba las tetas.

—Quiero que notes cómo te mira. Y quiero que te guste.

Andrés la abrazó al saludarla dos segundos más de lo necesario. Durante la primera hora hablamos de trabajo y de tonterías, pero la tensión era evidente. Yo me senté enfrente y dejé que ella se acomodara a su lado. Cada vez que él hablaba, ella se reía con todo el cuerpo, cruzando y descruzando las piernas. En un momento, cuando ella se dobló de risa, se le abrió la falda lo justo para que yo, desde mi posición, le viera el coño desnudo durante un segundo. Andrés no lo vio. Pero el hecho de que ella lo hubiera hecho me puso durísimo bajo la mesa.

—Tu mujer está espectacular —dijo él más tarde, mirándola sin disimulo.

Ella sostuvo la mirada y se mordió el labio. No la bajó como otras veces. Esa noche, mientras la follaba contra la pared del pasillo nada más entrar en casa, no paraba de repetir que se había mojado entera con la mirada de Andrés.

***

Durante los dos meses siguientes el roleplay se volvió el centro de nuestras noches. Le ponía un antifaz de seda, le ataba las muñecas con cintas de terciopelo a la cabecera y me hacía pasar por Andrés. Le hablaba con voz más grave, le contaba que llevaba años deseándola, que su marido me había dado permiso. Ella jadeaba el nombre como si fuera la primera vez. Algunas noches escuchaba audios que yo grababa imitando otras voces. Otras le pedía que se masturbara con el consolador grande mientras le leía un relato en el que ella se follaba a un desconocido en un coche.

Empezó a hablar sucio sin que yo se lo pidiera. Me decía cosas que tres meses atrás se habría muerto de vergüenza solo de pensar. Que quería que la viera desnuda otro hombre por primera vez, que quería sentir una polla más gruesa que la mía, que quería que yo la esperara despierto para comerle el coño hinchado cuando volviera.

Esa última frase me hizo saber que había llegado el momento de hablar en serio.

***

Lo hicimos un domingo por la tarde. Sin cama, sin ropa interior provocativa, sin alcohol. Solo café y manta en el sofá. Le dije que si íbamos a hacerlo de verdad necesitábamos reglas claras. Le pedí que me contara sus miedos antes que sus deseos. Me confesó que le aterraba que después la mirase distinto, que dejara de verla como esposa. Le prometí que eso no iba a pasar y que, si pasaba, lo cortaríamos en el acto.

Pactamos siete reglas y las escribimos en una nota del móvil. Condón siempre. Consentimiento absoluto: cualquiera de los dos podía parar el experimento entero en cualquier momento. La persona se elegía juntos. Después de cada encuentro, ella volvía directa a casa y hacíamos el amor. Revisión emocional al día siguiente. Discreción total. Y la última, la que ella misma añadió: tenía que contarme todo con detalles, mientras le comiera el coño usado.

—¿Quieres que sea Andrés? —le pregunté.

Asintió sin dudar. Le pareció más seguro empezar con alguien que ya conocía. Esa misma semana quedé con él en una terraza y se lo expliqué todo. Aceptó después de una hora de preguntas. Cuando llegué a casa y se lo conté, ella se encerró en el baño y se masturbó antes de cenar.

***

El primer contacto fue por mensajes. Andrés le escribió un domingo por la tarde, algo sencillo y respetuoso. Ella tardó veinte minutos en contestar, borrando y reescribiendo. A los pocos días los mensajes ya subían de tono. Una noche, mientras preparaba la cena, le pedí que le mandara una foto provocativa. Se fue al baño, se subió la falda y le envió una foto de su coño mojado. La respuesta de Andrés llegó al minuto: una foto del bulto en su pantalón y dos palabras que ella me leyó en voz alta sin poder dejar de temblar.

Quedamos los tres en un bar de copas el viernes siguiente. Le elegí yo la ropa: vestido negro corto, tanga de encaje, medias con liguero. Antes de salir de casa la besé contra la pared del pasillo y le metí dos dedos hasta el fondo. Estaba empapada antes de cruzar la puerta. En el bar Andrés le puso la mano en el muslo bajo la mesa y la fue subiendo hasta casi rozarle la tela del tanga. Ella abrió las piernas un par de milímetros. Yo lo vi. Andrés también lo vio. La mirada que cruzaron en ese momento me dijo que la siguiente vez no iba a haber barra de bar entre ellos.

***

El viernes del primer encuentro reservé yo la habitación. Le pedí que fuera ella sola, que quería esperarla en casa. Era nuestra forma de respetar lo pactado: ella vivía la experiencia, yo recibía cada detalle. La preparé desde las siete de la tarde. La metí en la ducha, le enjaboné el cuerpo entero, le besé el cuello mientras le explicaba lo que iba a pasar. Le puse el mismo vestido negro, las medias con liguero, el tanga más fino que tenía. Le pinté los labios de rojo. Antes de meterla en el taxi le aparté la tela con dos dedos y comprobé lo que ya sabía.

—Esto es para él —le dije al oído—. Quiero que cuando te toque por primera vez note lo cachonda que estás.

Asintió temblando. Le di una palmada suave en el culo y cerré la puerta del taxi.

Los mensajes empezaron a las nueve y cuarto. Me escribió que ya estaba allí, que Andrés acababa de besarla en la mejilla y le había dicho que estaba guapísima, que le temblaban las rodillas. A las diez llegó un audio de veinte segundos en el que apenas se entendía nada, solo su respiración entrecortada y la voz grave de Andrés de fondo. A las diez y media llegó la foto: ella sentada al borde de la cama, el vestido subido, el tanga apartado y los dedos de Andrés metidos dentro de ella. Yo me masturbaba despacio en el sofá del salón, contestando cada mensaje con palabras de ánimo.

A las once y diez me escribió que se acababa de poner el condón. A las doce menos cinco llegó el último audio antes del silencio. Me decía, jadeando, que se acababa de correr dos veces, una con su boca y otra mientras la follaba a cuatro patas, y que ahora se iba a correr él. Que volvía pronto. Que me quería.

***

Llegó a casa pasada la una. Pelo revuelto, maquillaje corrido, labios hinchados. Apenas cerró la puerta se quitó el abrigo y se quedó delante de mí con el vestido arrugado y las medias bajadas hasta la mitad del muslo. Me besó con la boca abierta, profunda, sin separarse para respirar.

—Ven —me dijo con la voz ronca, sentándose en el sofá con las piernas bien abiertas—. Cómemelo. Cuéntamelo todo mientras me lo comes.

Y eso hice. La lamí despacio durante media hora mientras ella me iba contando, con la cabeza echada hacia atrás y los dedos enredados en mi pelo, cada minuto de la noche. Cómo le había besado el cuello al entrar. Cómo le había bajado el vestido sin prisa. Cómo le había separado las piernas y se había quedado un minuto entero mirándola antes de bajar la cabeza. Cómo se había sentido cuando notó por primera vez una polla diferente entrando en ella. Cómo le había mirado a los ojos él mientras la follaba a cuatro patas.

Después la follé yo dos veces seguidas. Su coño estaba más abierto, más sensible, más caliente que nunca. La segunda vez se corrió llorando, con la cara enterrada en mi cuello, repitiendo que me quería más que el primer día.

***

De aquello han pasado varios meses. Andrés ha vuelto algunas veces más, ya en nuestra casa, ya con menos protocolo y más tequila. He aprendido a quedarme en el sillón del rincón mientras él la folla en nuestra cama. He aprendido a mirar sin tocar, a escucharla gemir un nombre que no es el mío y volver luego a entrar yo en su cuerpo sin sentir que me falta nada. Hemos hablado de invitar a otro. Quizás lo hagamos pronto. Quizás no.

Lo que sí sé es lo que ella me dijo una mañana, en la cocina, mientras se preparaba el café con la misma camiseta vieja de aquella primera noche en el sofá.

—Antes pensaba que esto iba a romper algo entre nosotros. Y al final ha sido al revés. Es como si solo ahora estuviéramos casados de verdad.

No le respondí. Solo le besé la nuca, le subí la camiseta y volví a empezar.

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