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Relatos Ardientes

Mi primera orgía con los compañeros de mi marido

Todo empezó meses atrás, en una fiesta de la empresa de mi marido. El jefe de su área, un hombre que me llevaba veinte años, terminó esa noche disfrutando de mi cuerpo en un cuarto a oscuras mientras los demás bebían en la terraza. Desde entonces nunca cortamos la comunicación. Nos escribíamos casi todos los días, siempre sobre lo mismo, siempre subiendo la temperatura un poco más.

La semana pasada me escribió con una propuesta distinta. Habría una reunión previa a las fiestas, una preposada entre compañeros, y quería que yo fuera. Le pregunté si sería como la otra vez, con esposas y parejas alrededor. Me dijo que no, que esta vez solo irían cinco hombres de la oficina y que querían una bella mujer que les hiciera compañía.

No tuve que pensarlo. Le contesté que me encantaría, que era justo lo que tenía en la cabeza. Me pidió que fuera lo más provocativa posible, que me arreglara como si saliera a buscar problemas. Le dije que sabía exactamente cómo vestirme.

Elegí un vestido corto de tirantes, ajustado, de un verde profundo que me marcaba todo. Debajo, un conjunto de encaje a juego, tanga y sostén del mismo verde, y unas plataformas que me hacían las piernas interminables. Me tomé un par de fotos frente al espejo y se las mandé. Me respondió enseguida: así, exactamente así te quiero ver. Quedamos en que pasaría por mí esa misma tarde.

Yo me imaginaba algo simple. Bebidas, música, manos curiosas por encima de la tela, quizá terminar con el jefe de mi marido en un cuarto. Lo que pasó fue mucho más de lo que esperaba.

***

El jueves por la noche, mi marido me soltó una bomba sin saberlo. Me dijo que los del trabajo estaban organizando una preposada en casa de Ricardo. Yo me quedé fría. Ricardo era el esposo de Mariana, una mujer del colegio de los niños. Le pregunté cuándo era. «Este viernes», me dijo, tranquilo, mientras revisaba el teléfono.

Salí de la habitación con el corazón a mil y le escribí al jefe de mi marido. «Acaba de decirme que va a ir a la fiesta de mañana.» La respuesta llegó al instante: él no lo había invitado, fue Ricardo. Le pregunté si entonces cancelábamos. «Para nada, mamacita. Seguimos en lo dicho, queremos que vengas.»

—Estás loco —le escribí—. ¿Y mi marido qué?

Me explicó que mi marido llegaría más tarde, después de salir del trabajo, y que teníamos toda la tarde para nosotros. Solo de leerlo sentí que me humedecía. La idea de estar ahí, usada por sus compañeros, sabiendo que él podía aparecer en cualquier momento, me encendió de una forma que no podía controlar.

—Está bien —respondí—. Te escribo cuando esté lista. Pasa por mí entre las dos y media y las tres.

—Claro que sí, preciosa.

Volví a la habitación. Mi marido seguía chateando en la cama. Le pregunté con toda la inocencia del mundo a qué hora era su fiesta. «Saliendo del trabajo, como a las ocho.» Le dije que entonces le pediría a mi mamá que viniera a cuidar a los niños, porque yo saldría un rato a tomar un café con unas amigas. Me preguntó a qué hora volvería. «Un par de horas, nada más.»

***

El viernes mi marido me despertó con caricias. Sabía lo que buscaba, así que me di la vuelta y dejé que me tomara. Terminó rápido, como siempre. Pensé, con algo de ironía, que esa había sido la primera de muchas esa tarde, y la más corta de todas.

Me arreglé y fingí ir al trabajo. Salí a la hora de la comida y caminé hacia casa, que no quedaba lejos, fantaseando todo el trayecto con lo que se venía. Subí al departamento, me perfumé, me retoqué los labios y me puse el conjunto verde con el vestido encima. Le escribí al jefe de mi marido. «Ya estoy abajo», contestó.

Bajé con un abrigo largo sobre el vestido para que las vecinas chismosas no me vieran. Cuando él me miró así, abrigada, puso cara de decepción. «Yo creía que ya venías arreglada.» Sonreí, me abrí el abrigo y dejé que viera el vestido ceñido por debajo.

—Te ves increíble —dijo, sin disimular la mirada.

***

Estacionó en la zona de visitas, lejos de la casa. Le dije que los vecinos pensarían que había traído a una cualquiera y que le irían con el cuento a Mariana. Se rio. «Pues camina rápido para que no te vean.»

El repiqueteo de mis tacones contra el pavimento sonaba inconfundible en el silencio de la tarde. Al entrar a la casa, uno de los hombres gritó algo entre risas y todos se pusieron de pie para recibirme. A casi todos los conocía de vista, de alguna cena o de cruzármelos en eventos de la empresa. Lo primero que hicieron, claro, fue preguntar por mi marido.

El jefe levantó la mano y puso las reglas: lo que pasara ahí, ahí se quedaba. Todos asintieron como buenos caballeros. Yo los fui saludando uno por uno, deslizando la mano por encima de sus pantalones, sintiéndolos. Varios ya estaban duros antes de que yo llegara.

—Mmmm, ya están listos —dije, metiendo la mano dentro de la ropa de uno de ellos.

—Llevamos esperándote desde que te conocimos —respondió otro.

Le saqué el miembro a uno y empecé a acariciarlo despacio. «¿A qué vienes?», me preguntó. «A chupar», contesté. «Y a ponerle unos buenos cuernos a tu marido», soltó otro entre risas.

***

La tarde transcurrió entre música, bebidas y caricias. Ellos me servían un trago tras otro mientras dejaba que sus manos recorrieran cada centímetro de mi cuerpo. En algún momento me subí a la mesa de centro y les bailé, quitándome la ropa pieza por pieza hasta quedar completamente desnuda. No faltó quien se acercara a lamerme y acariciarme mientras los demás miraban.

Estaba empapada, ardiendo, con unas ganas brutales de que me llenaran. Fue entonces cuando caí en cuenta: éramos yo y siete hombres, no cinco, todos duros, todos pendientes de mí. Los conté dos veces, sin poder creerlo, sintiéndome el centro de todo.

Les pedí que se sentaran cada uno en su silla. Iría pasando uno por uno a montarlos. El primero me hizo venirme apenas me senté sobre él; el placer me recorrió entera y solté un gemido largo. Al segundo lo monté de espaldas, moviéndome despacio, y cuando él terminó sentí el calor derramarse. Ellos no paraban de hablarme sucio, de recordarme lo que diría mi marido si me viera así, de imaginar la cara de las otras esposas si supieran.

Iba de uno a otro, de frente, de espaldas, sin descanso. Para entonces ya solo me quedaba el vestido a medio bajar; la tanga y el sostén habían volado hacía rato.

***

En medio de todo, uno de ellos marcó a mi marido. «Cállense todos», ordenó, y puso el altavoz. «Ya vente, está buena la reunión», le dijo, con una calma increíble mientras yo seguía moviéndome sobre el regazo de su compañero. Escuché la voz de mi marido al otro lado: «En una hora caigo». Tuve que morderme los labios para no gemir.

Colgaron. Me levanté y caminé hasta el sofá, donde me puse en cuatro a esperar. No pasaron ni cinco segundos antes de que uno me penetrara por detrás. Grité de puro placer. Otro se acercó por delante y me llenó la boca. Después me reacomodaron: uno se acostó debajo de mí y me deslicé sobre él, y casi al mismo tiempo otro me tomó de la cintura y me penetró por atrás.

Era la primera vez que dos hombres me tomaban a la vez, por los dos lados. No dejaba de venirme. Fueron turnándose, cambiando de posición, y yo me movía cada vez más fuerte buscando que terminaran dentro. El primero acabó por delante, después el de atrás. Me levanté y dos más me tomaron parados, uno por cada lado, terminando al mismo tiempo. Los últimos tres me acostaron boca arriba y me abrieron las piernas.

Quedé tendida, sintiendo que me desvanecía, abierta por completo, con el cuerpo temblando todavía.

***

Veinte minutos después me vestí y me dispuse a irme. Entonces alguien avisó: «Ya llegó». El más joven del grupo me sacó a toda prisa por la puerta principal y corrimos hasta esconderme detrás de una camioneta, porque el auto estaba del otro lado, justo por donde venía llegando mi marido.

Ahí estaba yo, agazapada, con el vestido corto sin nada debajo, los tacones y el cuerpo todavía caliente, viendo a lo lejos cómo mi marido bajaba de un coche acompañado de otro hombre y dos mujeres de la oficina. Y el chico, en vez de quedarse quieto, empezó a tocarme. Le dije que no, pero al instante sentí su miembro empujando contra mí, insistente, hasta que cedí. Me incliné apoyándome en la camioneta. «Por atrás», le pedí. Escupió, y de una sola embestida me tomó hasta terminar.

Para entonces mi marido ya había entrado a la casa. El chico me tomó de la mano y me llevó de vuelta hasta la puerta. «Renata», me dijo en voz baja, «detrás de esa puerta está tu marido. Tú, vestida así, llena de tus compañeros y de su jefe. Dime qué piensas.»

—Solo sé que quiero más —contesté.

Sacó el teléfono y llamó a uno de los hombres que seguían adentro. Le pidió que saliera. Cuando salió y me vio, soltó una carcajada: «Tu marido va a salir por una botella en cualquier momento». Yo ya estaba de rodillas, devolviéndole la dureza con la boca. «Te juro que ya iban a salir», alcanzó a decir.

Los tres volvimos detrás de la camioneta. Me puse en cuatro, sujetándome de la llanta, y él me embistió tan fuerte que me hizo venirme otra vez. «Qué rica eres», jadeaba, «me hiciste terminar de nuevo». El chico, mientras tanto, no dejaba de acariciarme la cara con el suyo.

***

Mi marido por fin salió hacia la tienda. Pregunté quién me llevaría a casa. Me dijeron que esperara, entraron, y salió otro hombre, uno al que apenas había visto en toda la tarde. «Yo te llevo, tu esposo fue por la botella.» Le di las gracias y subí al coche. En el camino me habló de su mujer mientras yo lo complacía con la boca.

Fue, sin duda, la mejor experiencia de mi vida. Y descubrí algo peligroso: que esto se vuelve un vicio, que una siempre quiere más. Lo bueno es que ya me contaron que en Querétaro están organizando algo parecido, que hay un chico en Mérida con ganas de conocerme y un hombre en Guadalajara esperando su turno.

Mmmm. Apenas estoy empezando.

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Comentarios (6)

Pamela_Sur

dios mio!!! no pude parar de leerlo. que situacion tan caliente jaja

RosarioBA

Necesito la segunda parte urgente, no me puedo quedar con las ganas asi jajaja. Muy bueno!

Maira_86

Me hizo acordar a cosas que me contaron amigas cercanas... uno nunca sabe lo que pasa en ciertas reuniones jeje. Muy bien escrito, se siente autentico.

PatoMza22

el marido no sabia nada?? uffff jajaja tremendo relato

LectoraApasionada

Me gusto muchisimo como lo narraste, sin ser vulgar pero igual super excitante. Se nota que tenes talento para esto. Sigue subiendo!

MarcosLP_77

Buenisimo. Estos relatos de experiencias reales tienen otra autenticidad, se sienten distintos a los inventados. Felicitaciones.

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