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Relatos Ardientes

Cómo me cobré la infidelidad de mi novio perfecto

Tengo treinta y cuatro años, y hace tiempo que dejé de fingir que aquello no me marcó. Mi vida hoy es tranquila: trabajo estable, un cuerpo que me ganó el gimnasio, una casa propia y una soltería que no me pesa. Pero hay una tarde que vuelve cada tanto, sin avisar, y necesito contarla de una vez.

Me llamo Mariana, aunque ese nombre lo elijo solo para esta historia. Lo demás es tan real que todavía me incomoda.

Hace quince años yo tenía diecinueve y estaba en segundo año de la facultad. Era novia de Tomás desde el último año del colegio y, a esa altura, todo el mundo daba por hecho que terminaríamos casados. Él estudiaba en otra universidad y atendía un local de ropa que le habían armado sus padres en el centro. Yo lo veía cuando podía: me pasaba a buscar por la salida de clases en su auto, me llevaba a su departamento, y los pocos ratos juntos los aprovechábamos como si fueran los últimos.

Ese año me empezó a tocar al lado, en una de las materias más densas de la cursada, un chico que me caía pésimo. Lo llamaré Federico. Era flaco, pálido, con anteojos demasiado grandes para la cara y un pelo largo que nunca terminaba de peinarse. No me molestaba que fuera así. Me molestaba la manera en que me miraba. No era una mirada tímida: era una mirada que pesaba, que se quedaba en mis pechos, en mis piernas, en cualquier costura del jean que se ajustara demasiado.

El primer día que el aula se llenó y tuve que sentarme a su lado, me saludó con un hilo de voz.

—Ho-hola —dijo, tragando saliva.

No le contesté. En cuanto se desocupó un asiento, me cambié sin disimular.

Lo que vino después fue peor. Empezó a salir corriendo detrás de mí al terminar la clase, a buscarme entre los pasillos, a inventar excusas para hablarme. Le dejé en claro que tenía novio, que no me interesaba, que por favor me dejara en paz. Él asentía, se quedaba un segundo mirándome el escote, y a la clase siguiente volvía a intentarlo.

—El más nerd del salón cree que tiene chances —le contaba a mi mejor amiga, Renata, una mexicana con la lengua más rápida que la mía.

—Allá dicen que entre más feo, más sabroso —se reía ella, colgándose de mi brazo.

—Boluda, ni en pedo —remataba yo, y cambiábamos de tema.

Mi vida entonces era perfecta sobre el papel. Tomás me pasaba a buscar, me llevaba al departamento, me tiraba en la cama, me decía que yo era la mejor. Llevábamos casi dos años de vida sexual y en ese terreno tampoco había queja: él había sido el primer y único hombre con el que me había acostado, y me trataba como si fuera de cristal.

Una tarde, la última clase se suspendió. Tomé el auto, manejé hasta su edificio sin avisarle y, cuando estaba por bajarme, lo vi salir del portón. No estaba solo. Una chica de pelo rojizo, mucho más alta que yo, se reía pegada a su hombro mientras él le tocaba la cintura como si supiera dónde tocarla. Caminaron media cuadra, ella se subió a un auto que la esperaba en doble fila y arrancó.

Tomás se quedó parado en la vereda, mirando el auto que se alejaba, sonriendo.

Yo no bajé. No grité. No lo enfrenté. Arranqué y manejé hasta mi casa con las manos blancas sobre el volante. En el camino lloré una sola vez, después se me secaron los ojos y no volví a llorar.

Fingí que no había visto nada.

Esa decisión, hoy lo sé, fue el verdadero principio de todo. Si lo hubiera enfrentado esa misma tarde, capaz me hubiera puesto a llorar, lo hubiera dejado, y la historia terminaba ahí. Pero elegí callarme, y al callarme abrí una puerta que después no supe cerrar.

Los días siguientes me vestí distinto. No me hice nada escandaloso: cambié los jeans por faldas un poco más cortas, dejé de atarme el pelo, me pinté los ojos con más cuidado. Empecé a ir al gimnasio seis días por semana en lugar de tres. Mi cuerpo, que ya era bueno, se afinó hasta volverse incómodo de ignorar.

Federico fue el primero en notarlo. Volvió a aparecer en los pasillos, pero distinto. Se había cortado el pelo, había cambiado los anteojos por unos más finos y hasta caminaba diferente, con la espalda más recta.

—¡Mari! Esperá —me gritó un mediodía.

—¿Qué querés? —contesté, más cansada que enojada.

—Saludarte nada más. ¿Tiene algo de malo?

Hizo el gesto de acercarse para darme un beso en la mejilla. Yo di un paso atrás por reflejo, pero no con el desprecio de antes. Por primera vez le miré la cara y me di cuenta de que se había esforzado. Por mí.

—Mi novio es celoso —mentí—. Mejor evitemos.

—Está bien —dijo, y se quedó mirándome con una sonrisa nueva, sin tanta ansiedad.

Algo cambió en mí ese día. No me gustaba Federico, no me atraía físicamente. Pero saberme deseada por alguien que era capaz de transformarse para mí me hizo sentir algo que con Tomás había dejado de sentir hacía rato.

***

Con el correr de las semanas, Federico se ganó un lugar en mi grupo de estudio. Era brillante: resolvía en diez minutos lo que al resto nos llevaba horas. Me empezó a pasar apuntes, resúmenes, incluso trabajos prácticos completos. Lo dejé. Estaba cansada, y una parte de mí, la rencorosa, quería darme permisos chiquitos para sentirme menos atada.

Un viernes, le presenté a Tomás. Fue una tontería: la salida de la facultad, dos minutos de saludo en la vereda. Pero la cara de Federico cuando Tomás me agarró de la cintura y me besó delante de todos fue una mezcla de envidia, vergüenza y rabia que no supo esconder.

—¿Viste cómo me miraba el flaco? —dije, ya dentro del auto, cuando arrancamos.

—Pobre tipo, está enamorado de vos —se rió Tomás—. Soñar es gratis.

—Algunas chicas con novios infieles le harían caso —solté, y lo miré de costado.

Tomás tosió, cambió de canal en la radio y no contestó.

Esa noche, cuando llegamos al departamento y me hizo el amor, sentí por primera vez que se esforzaba como si tuviera que demostrarme algo. Pensé que era culpa, y la culpa, en una pareja larga, es lo único que te queda cuando ya no queda confianza.

***

Lo que terminó de empujarme pasó un jueves cualquiera. Tenía una sesión de fotos para una tienda chica del centro, un trabajo de modelo que hacía para no depender de mis viejos. Me había puesto un vestido negro corto, con escote en V, nada vulgar pero imposible de ignorar. Tomás iba a pasarme a buscar a la salida.

Me llamó cuando ya estaba esperando en la vereda.

—Amor, perdón, no puedo. Surgió un problema en el local, voy a llegar tardísimo —dijo, con esa voz que ya empezaba a sonarme falsa.

—Bueno. Chau —corté antes de que dijera nada más.

Me quedé parada, con el bolso al hombro, pensando si pedir un taxi o esperar el colectivo. Y entonces apareció Federico, con su mochila al hombro y los ojos brillando como dos linternas.

—¿Y tu novio?

—No viene.

—Te llevo. Tengo que pasar por mi departamento primero, después te dejo en tu casa.

Dudé tres segundos. Tres. Después subí al auto.

El viaje fue raro. Federico estaba relajado, hacía bromas, me contaba anécdotas del laboratorio donde trabajaba ad honorem. Por primera vez, sin la ansiedad de antes, era hasta agradable estar con él. Llegamos a su edificio y, en lugar de quedarme abajo, acepté subir porque dijo que iba a tardar unos minutos.

El departamento era chico, prolijo, con un sofá viejo y libros apilados contra una pared. Me senté. Él se quedó parado, en silencio, mirándome de una manera que yo conocía.

—Mari —dijo, y se acercó.

Antes de que terminara la frase ya me estaba abrazando, torpe, casi pidiendo permiso con los ojos.

—Soy virgen —murmuró—. Por favor. Sería un placer perder la virginidad con una mujer como vos.

Lo aparté con un empujón seco. Era más fuerte que él; en eso no me costó nada.

—¿Estás loco? No podés tirarte así.

Agarré el bolso y caminé hacia la puerta. Él se sentó en el sofá, se tapó la cara con las dos manos y empezó a temblar como un chico.

—Perdón. Perdón, no sé qué me pasa. Es que nunca voy a tener a nadie. Mirame.

Me detuve con la mano en el picaporte. No sé por qué me detuve.

—No digas eso —le dije, y volví a sentarme al lado de él, con una distancia prudente.

—Una mujer como vos, con un novio perfecto, nunca me iba a dar una chance.

«Novio perfecto.» Las palabras me cayeron como un balde de agua helada. Tomás en ese momento, mientras Federico se derrumbaba a mi lado, estaba en alguna parte con la pelirroja. Lo supe sin pruebas. Lo supe con el cuerpo.

—No es perfecto —dije en voz baja, casi para mí misma.

Federico levantó la cara.

Lo que pasó después no lo planeé. Lo digo en serio: no lo planeé. Pero tampoco me detuvo nadie.

—Te dejo darme un beso —le dije—. Que me acaricies. Pero hasta ahí. ¿Entendiste?

—Sí, sí, lo que vos quieras —contestó, cerrando la puerta que yo había dejado entreabierta.

Dejé el bolso en el sofá.

Sus primeros besos fueron desastrosos, de chico que vio demasiadas películas y no las entendió. Lo guié con la boca, despacio, mostrándole el ritmo. A los dos minutos había aprendido. A los cinco lo hacía mejor que Tomás.

—Tu cuerpo es perfecto —susurró, mientras sus manos me bajaban el cierre del vestido con una torpeza que me ablandó.

El vestido cayó al piso. Yo, en bombacha y corpiño, sentada al borde del sofá, lo miré como nunca había mirado a un hombre: con la cabeza fría y el cuerpo encendido al mismo tiempo. Le corrí la bombacha a un lado con su propia mano, le marqué el camino, y él bajó la cara entre mis piernas con la devoción de un converso.

Hizo lo que ningún otro me había hecho. Tomás odiaba eso; siempre encontraba una excusa para no hacerlo. Federico, en cambio, parecía haberse pasado meses imaginando exactamente este momento. Su lengua era torpe al principio, después precisa, después implacable. Yo arañé el sofá hasta romperme las uñas y, cuando el orgasmo me agarró, me agarró distinto que con Tomás: más adentro, más profundo, casi enojado.

—Perdón —me reí, jadeando, al darme cuenta de que le había mojado la cara.

—Sos increíble —contestó, secándose con la mano, con una sonrisa que ya no era la del chico tímido del aula.

Lo agarré de la muñeca y lo llevé al cuarto. Le saqué la remera, los pantalones, el bóxer. Cuando lo vi desnudo me sorprendí: tenía una verga grande, mucho más grande de lo que ese cuerpo flaco prometía. Me arrodillé. Lo agarré con las dos manos, lo miré desde abajo y se la chupé como nunca le había chupado a Tomás, no porque Federico me gustara más, sino porque esa tarde yo no me estaba acostando con Federico. Me estaba acostando contra Tomás.

—Vení —le dije, levantándome.

Me puse en cuatro sobre la cama y le indiqué con un gesto. Entró despacio, contenido, mientras me sujetaba la cintura como si tuviera miedo de romperme. Después se soltó. Lo guié al ritmo que necesitaba. Probamos dos, tres posiciones distintas; en cada una yo era la que mandaba.

—Me voy a venir —dijo, con la voz quebrada.

—Dame entre los pechos —le pedí, y me arrodillé delante de él.

Terminó con un grito ronco que no parecía suyo. Lo abracé un segundo, después me levanté, me vestí en silencio y le dije, mirándolo a los ojos:

—Esto no se repite. Nunca. ¿Entendiste?

—Entendí.

Cumplió. Federico y yo seguimos en la facultad un semestre más; después se cambió de universidad por el trabajo del padre. Nunca volvimos a tocarnos, nunca volvimos a hablar de esa tarde. Pero cada vez que lo veía en algún pasillo me sonreía con una seguridad que antes no tenía, y yo le devolvía la sonrisa como quien le devuelve un favor a un cómplice.

Con Tomás me casé tres años después y me separé al décimo. Nunca le conté lo que pasó esa tarde, y él nunca confesó a la pelirroja ni a las que vinieron después. Quedamos a mano sin saberlo, o eso quiero creer.

No escribo esto para justificarme. Sé que estuvo mal. Pero sé también que esa tarde, en ese departamento chico con olor a libros viejos, dejé de ser la chica que se callaba todo, y empecé a ser ésta que les escribe ahora.

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Comentarios (4)

NahuC22

buenisimo!!! quede enganchado desde el principio

LauraV_Nocturna

Necesito que haya segunda parte por favor. Me quedé con ganas de saber como termina todo esto

Matias_cba

Me recordó a algo parecido que viví hace un par de años. Esa sensacion de querer cobrarse algo... muy real todo. Excelente relato.

RosaMariel

¿Vas a seguir el relato? El final me dejo con demasiadas preguntas jajaja

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