Mi amigo de siempre y yo, solos en el almacén
Por fin me habían aprobado el traslado de servicio. Estábamos a punto de inaugurar el ala nueva de la clínica, y para dejarla operativa quedaba todavía bastante por hacer. La supervisora nos había asignado a unos pocos la tarea de poner la planta en marcha: limpiar, ordenar el material, etiquetar. Y la suerte quiso que volviera a coincidir con Damián, mi amigo de toda la vida, antiguo compañero de promoción y la persona con la que mejor me entendía en aquel edificio.
Por delante veía semanas tranquilas, con cafés sin prisa y tiempo de sobra para escaparme a echar una mano a otras compañeras cuando no tenía pacientes. Los primeros días, con apenas un ordenador y una papelera por todo mobiliario, habían sido maravillosos. Ojalá durara así un buen tiempo.
La supervisora nos encargó que aprovecháramos el fin de semana, cuando no habría obreros ni gente ajena rondando, para repasar el almacén a fondo: colocar el material nuevo, comprobar fechas de caducidad, decidir una distribución lógica. El sábado pasamos toda la tarde en ello, riéndonos sin parar porque cada uno quería organizar su zona a su manera y chocábamos a cada paso.
Es un cuarto más bien pequeño, con estanterías metálicas que llegan hasta el techo, abarrotadas de cajas. Lo vaciamos entero, lo limpiamos y empezamos a recolocarlo con algo más de criterio. Con música de fondo, durante un rato largo trabajamos en silencio, y volví a pensar en lo cómoda que me sentía a su lado.
Damián era de conversación fácil, trabajaba de lujo y nos entendíamos con una sola mirada. Hacía mucho que no nos cruzábamos en la misma planta, así que llevábamos días intercambiando historias de nuestros servicios anteriores. En esos minutos callados, cada uno a lo suyo, me sentí simplemente feliz.
Entonces apareció el celador nuevo a traer más cajas. Era un chico joven y, como casi todos los recaderos de la casa, fuerte y con ganas de flirtear con la primera que se le pusiera delante. Empezó a hablarme, a preguntarme por los horarios de la planta, si estaba a gusto, si llevaba mucho aquí. Mientras hablaba sonreía y se iba acercando de más.
La verdad es que el chaval estaba buenísimo y tenía unos ojos verdes alucinantes, aunque nunca me han ido los tipos de gimnasio. Noté que Damián lo miraba con la mandíbula tensa, y supe que se moría por que se largara. Nunca había tenido paciencia para los ligoteos de los celadores. Despaché al muchacho con buenas maneras y seguimos trabajando.
Esa noche soñé con él. Apenas recordaba los detalles al despertar, pero había sido un sueño claramente erótico y me incorporé en la cama con la respiración agitada. Me sorprendió tanto haberlo tenido a él de protagonista como lo encendida que me había dejado. Mi marido dormía tranquilo a mi lado. Me di la vuelta y volví a cerrar los ojos. No soñé nada más.
***
El domingo regresamos al almacén, pero ya no fue lo mismo. Lo miré de otra manera. Era un poco más alto que yo, moreno, de brazos firmes, y me fijé por primera vez en sus labios, gruesos y de repente imposibles de ignorar. Nunca antes había reparado en su boca.
Me sentía cohibida teniéndolo tan cerca, algo que en años de trabajo juntos jamás me había ocurrido. Olía su loción de afeitado, y la proximidad de su cuerpo me ponía tensa y un poco excitada. Pero me parecía impensable hacer nada al respecto: primero, porque estaba casada; segundo, porque era mi amigo.
Me dijo algo que no llegué a entender porque tenía la cabeza en otra parte, y al ver que no contestaba se rió de mí y me dio un empujoncito suave. Le seguí la corriente como pude, pero estaba turbada. Imaginé ese mismo gesto en otro contexto y, sin querer, deseé que sucediera. Se me quedó mirando fijo. El estómago se me revolvió.
—¿Qué te pasa hoy? ¿Estás bien? —preguntó.
No respondí. Se me secaba la boca. Era absurdo sentirme así por un sueño que apenas recordaba. Él se acercó un poco más, desconcertado.
—Marina, me estás asusta...
No lo dejé terminar. Algo se me cruzó por dentro y supe que solo una cosa me devolvería la calma. De forma impulsiva acorté la distancia hasta su cara y lo besé en los labios. Me retiré casi en el mismo instante; él no se apartó, pero se quedó congelado, mirándome.
—¿Y esto? —dijo.
No supe qué contestar.
—Lo siento, yo...
Noté que su mirada saltaba de mis ojos a mi boca, y en ese segundo entendí que él también lo deseaba. Volví a acercarme un centímetro, dudando, y fue él quien cerró el espacio devolviéndome el beso. Sentía su piel cálida pegada a la mía, sus labios suaves saboreando los míos, nuestras respiraciones uniéndose y acelerándose a la par.
Sabía tan bien que me pregunté si el resto de él sabría igual. Casi sin darme cuenta, mi espalda quedó contra la estantería y su cuerpo se apretó al mío. Sus manos me sujetaban la cara mientras su boca me exploraba, firme pero sin prisa, dejándome completamente rendida.
No sabía qué era lo que quería hasta que pasó. Pero lo quería. Quería ser suya, al menos ese día. La mezcla de su olor, su sabor y su urgencia me inundó. De golpe comprendí la mirada de pocos amigos que le había echado al celador la tarde anterior, comprendí un millón de gestos pequeños y de complicidades acumuladas a lo largo de los años.
Le pasé las manos por la espalda, atrayéndolo más hacia mí, acariciándolo. Él se separó unos centímetros, lo justo para recuperar el aliento, y me susurró al oído:
—Estás casada...
—Sí... —admití.
—¿Seguro que es lo que quieres?
—...Sí... por favor... sigue.
Volvió a besarme, lento pero encendido, disfrutando el uno del otro ya sin censura. Yo habría querido alargar esos instantes hasta el infinito. Necesitaba tocarlo, que me tocara, necesitaba sentirlo duro contra mí. Y vaya si lo sentí, cuando apretó las caderas contra las mías.
Me desabrochó los botones del uniforme y me acarició el pecho por encima del sujetador. Apartó la boca de la mía solo para llevarla a mi cuello; su aliento y su lengua me arrancaban escalofríos, y los pezones se me endurecieron todavía más. Liberó mis pechos por encima de la tela y los masajeó ya sin nada de por medio.
Yo lo atraía hacia mí, quería su cadera cerca, y movía la mía buscando ajustarme a su cuerpo. Con un golpe de su pie me separó los pies, dejándome las piernas abiertas y su pelvis pegada a la mía. Notaba su entrepierna dura como una piedra, y me moví despacio para sentirla mejor.
No me podía creer que aquello estuviera pasando. Pero pasaba, y pensaba aprovecharlo hasta el último segundo. Me llevé una de sus manos a la boca y le lamí los dedos, despacio, mirándolo, y eso lo encendió aún más. Me preguntó al oído si de verdad estaba dispuesta a llegar hasta el final; metí la mano dentro de su pantalón, acariciándolo, como única respuesta.
Gimió bajito y volvió a besarme el cuello, justo en el nacimiento del pelo, mientras me bajaba el pantalón del uniforme. Cuando lo noté en los tobillos lo aparté de una patada. Me quedé solo con la ropa interior y la camisa abierta, los pechos al aire y la ropa interior empapada.
Me agarró de las nalgas y, de un pequeño impulso, me sentó en uno de los estantes. Estaba frío, era metal, pero yo ardía, así que no me importó. Teníamos la planta entera vacía, diez habitaciones con sus sofás y sillones a nuestra disposición, pero en nuestro pequeño mundo ni se nos ocurrió. Nos pareció lo más natural del mundo quedarnos acorralados contra una estantería metálica en aquel almacén estrecho.
Se agachó un poco, terminó de quitarme la ropa interior y, mientras volvía a besarme, yo le abrí y le retiré la parte de arriba del uniforme. Mis manos, inquietas, dejaron caer la camisa y recorrieron su cuerpo, cálido y firme, entregado a mí. Quería lamer cada centímetro de esa piel, explorarla, pero no era capaz de renunciar a sus besos; esa lengua parecía haber nacido para saborear la mía.
Se colocó entre mis piernas, acercó mi cuerpo al borde del estante y se liberó de la última prenda. Por última vez se apartó apenas de mi cara, me miró a los ojos, pero no llegó a formular la pregunta.
—Por favor —le rogué, jadeando, ansiosa—, por favor, te necesito.
El cuerpo me dolía de las ganas, no aguantaba más de deseo; quería sentirlo dentro. Le hundí los dedos en el pelo, negro, denso y suave, y, tras pegarse más a mí, me penetró despacio, sin esfuerzo, porque yo estaba más que lista para él.
Solo había estado con mi marido, no tenía con qué comparar, así que no sabía bien qué esperar cuando lo sentí dentro. Era distinto, y me sentí completa. Entre gemidos y respiraciones rotas salió un poco y volvió a entrar, cada vez más hondo, cada vez regalándome más placer. Él jadeaba mientras me saboreaba, y yo jadeaba con él.
Disfrutamos cada centímetro que llenaba, casi sin notar que a nuestro lado caían botes de plástico de los estantes con cada embestida. Jamás me había sentido tan encendida, ni siquiera de novios con mi marido, pero no quise plantearme nada más allá. No en ese momento, cuando todo mi ser pedía una sola cosa: que él me tomara hasta el agotamiento.
Y cumplía. Empujaba con toda la fuerza de la pelvis, como queriendo atravesarme, sujetándome una pierna contra su cadera y deslizando la otra mano por mi nuca. Estábamos sedientos el uno del otro, y aunque la pasión nos pedía acelerar, nos tomamos nuestro tiempo para saborearlo.
Ver su cuerpo cubierto de sudor, oír sus gemidos, sentir su lengua: todo me ponía a mil. Prolongamos el placer cuanto pudimos, hasta que noté que algo empezaba a palpitar dentro de mí y un calor desconocido me llenaba. No estaba acostumbrada a llegar así, con mi marido siempre había sido de otra forma, y aquella sensación nueva me arrasó cuando el orgasmo me alcanzó: todo el cuerpo se me tensó, abrazada a él.
Apenas un minuto después me avisó de que él también estaba a punto. No teníamos nada con qué protegernos, pero no me importó; lo quería dentro hasta el final. Con un último empujón que prácticamente me clavó contra la estantería, se vació en mí y se dejó caer, agotado, su cuerpo sobre el mío, los dos sudorosos y satisfechos. Me llenó la cara de besos, y yo a él. No había nada que decir.
***
Una hora más tarde, vestidos otra vez y con una sonrisa cómplice, al retomar el trabajo me di cuenta de que me sentía libre. Podía volver a casa con la tensión resuelta y seguir con mi vida llevándome un recuerdo precioso dentro.
Damián entendió que había sido una ocasión única, que no quería ser el tercero en nada, y ahí quedó todo. Hemos seguido siendo compañeros y amigos, nos seguimos entendiendo con una mirada y no hemos repetido. Pero, todavía hoy, no puedo evitar sonreír cada vez que paso por delante de aquel almacén.