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Relatos Ardientes

Lo que cerró a espaldas de su marido bajo la ducha

Andrés empujó la puerta con el hombro, como hacía siempre que llegaba reventado del trabajo. En una mano cargaba el maletín lleno de informes que no había tenido tiempo de mirar; en la otra, una bolsa transparente de la gasolinera de la esquina con dos latas de Mahou bien frías y una tableta de chocolate negro de esas que a Marta le gustaba morder despacio frente a la tele. Eran casi las ocho de un martes cualquiera de marzo, y había salido antes porque la reunión de cierre se había suspendido a última hora.

Pensó que era la oportunidad perfecta para llegar con una sorpresa, convencerla de pedir algo a domicilio y ver juntos el resumen del partido de Diego. El chaval había metido dos goles el fin de semana y andaba en racha; Andrés no paraba de presumir de él con todo el mundo en la oficina.

El pestillo sonó seco en el recibidor en silencio. Dejó las llaves en el cuenco de cerámica que habían comprado años atrás en un viaje a Segovia, se quitó los zapatos y los alineó junto a los tacones de ella. Flotaba el dulzor del ambientador de vainilla, pero debajo había otra cosa: un olor húmedo, casi animal, a jabón caro mezclado con algo salado que no supo identificar. Lo achacó al vapor de la ducha.

—¿Cariño? ¿Ya estás en casa? —preguntó hacia el pasillo, aflojándose el nudo de la corbata con un dedo.

La respuesta llegó desde el fondo, desde el dormitorio. La voz de Marta sonaba rara. Más aguda, entrecortada, como si hablara mientras contenía el aliento entre sílaba y sílaba.

—S-sí… amor… estoy… en la ducha… ¡qué pronto llegas hoy!

Andrés sonrió para sí. Le gustaba sorprenderla. Se la imaginó bajo el chorro caliente, el pelo castaño pegado a la espalda, la espuma resbalando por las caderas anchas que todavía lo volvían loco después de quince años. Sacudió la cabeza para no empezar a calentarse antes de tiempo y se metió en la cocina.

Abrió una de las latas con el imán de la nevera y dio un trago largo. El líquido helado le bajó por la garganta como una caricia.

—¿Te preparo algo para cuando salgas? ¿Un vino blanco frío, o caliento la lasaña que sobró del domingo?

Silencio. Luego un golpe sordo contra las baldosas, como si un cuerpo hubiera chocado con la pared. Después un gemido breve, gutural, que ella intentó disfrazar de tos ronca.

—N-no… estoy bien… ¡uf!… el agua… está muy caliente… ¡ay!

El segundo golpe fue más rítmico. Más profundo. Andrés frunció el ceño, dejó la lata sobre el granito y caminó despacio por el pasillo. La puerta del baño estaba cerrada con pestillo, la luz se filtraba en un rectángulo amarillo sobre la moqueta. Llamó con los nudillos, tres toques suaves.

—¿Seguro que estás bien, amor? Suenas como si te hubieras resbalado.

***

Dentro, el vapor era tan denso que parecía niebla. El agua caía en cascada desde la alcachofa del techo y amortiguaba casi todos los demás sonidos. Casi.

Marta estaba de pie en el centro de la ducha, las palmas apoyadas contra los azulejos a la altura de los hombros, las piernas separadas más de lo necesario, la espalda arqueada como un puente tenso. El pelo se le pegaba a la nuca en mechones oscuros y pesados, y las gotas le resbalaban por la columna hasta caer en riachuelos por las nalgas firmes.

Detrás de ella, pegado como una segunda piel, estaba Bruno. Diecinueve años recién cumplidos, hijo mayor del entrenador del equipo donde jugaba Diego. Casi metro noventa de músculo trabajado en el gimnasio del club, los brazos venosos sujetándole las caderas con dedos que le dejaban medias lunas rojas en la carne. La embestía despacio pero con saña, hasta el fondo, y cada vez que se clavaba entero el choque de carne contra carne soltaba un sonido húmedo que el ruido del agua apenas tapaba.

Marta se mordía el labio inferior hasta dejarlo blanco. Intentaba retener los gemidos dentro de la garganta, pero cada empuje profundo le arrancaba un jadeo nasal que no podía evitar.

Frente a su cara, a un palmo, estaba Iván, el hermano menor: también diecinueve, más delgado, más fibroso, con esa cara de niño malo y sonrisa torcida que volvía locas a las madres de los compañeros de equipo. Le sujetaba el pelo mojado con un puño, como una rienda, y le entraba y salía de la boca con movimientos cortos. Los ojos de ella se le llenaban de lágrimas involuntarias que se mezclaban con el agua y le corrían por las mejillas en regueros oscuros de rímel.

—Joder, cómo tragas —le susurró Iván, ronco—. Así, hasta el fondo. Que no se te escape ni una gota.

Bruno soltó una risita baja y le dio una palmada en la nalga. El sonido resonó como un disparo amortiguado.

—Venga, dile algo a tu maridito. Que no sospeche. Dile que tardas porque te estás depilando.

Marta apartó la verga de Iván apenas un par de centímetros antes de que él volviera a empujar.

—S-sí… amor… estoy bien… —logró articular entre arcadas fingidas—. Es que… estoy muy resfriada… ¡ngh!… me duele la garganta…

Andrés, al otro lado de la madera lacada, apoyó la frente contra la superficie fría y dio otro trago a la cerveza.

—¿Quieres que entre? Te traigo un antigripal del botiquín, o te abrazo un rato bajo el agua. Hace frío en el pasillo.

—¡No! —El grito salió más desesperado de lo que pretendía. Bruno aprovechó para clavársela entera y quedarse quieto, sintiendo cómo ella se contraía a su alrededor en espasmos—. No entres, por favor… estoy toda sudada… ¡joder!… dame un momento.

Andrés se rió bajito, enternecido por ese pudor repentino que le parecía adorable después de tantos años.

—Vale, vale, no insisto. Voy calentando la cena. ¿Pizza, o te hago la tortilla de patata con cebolla que te gusta?

***

Bruno reanudó el movimiento, esta vez más lento, más hondo. Marta sentía cada vena rozándole por dentro y se le doblaban las rodillas.

—D-diez minutos… —jadeó, la voz rota—. O… quince… ¡ah, Dios!… estoy muy concentrada.

Iván se salió un segundo, le dio dos golpecitos humillantes con la verga en la mejilla y volvió a metérsela de golpe.

—¿Concentrada? —preguntó Andrés desde el pasillo, divertido—. ¿En qué? ¿Te estás haciendo una mascarilla o algo?

Marta soltó una risa histérica que se quebró en un gemido largo cuando Bruno, sin avisar, le hundió dos dedos en el culo apretado mientras seguía bombeando.

—S-sí… algo así… muy profundo… ¡ngh!… por todos lados…

Los dos hermanos se miraron por encima del cuerpo tembloroso de ella y sonrieron con esa complicidad cruel de quien sabe que tiene el control absoluto.

Andrés, ajeno a todo, dio un paso atrás.

—Oye, hablando de cosas serias… hoy estuve charlando con el míster después del entrenamiento. Dice que Diego juega de lujo, que lee el partido como un veterano. Pero el puesto de titular para el sábado sigue en el aire. Hay competencia fuerte este año. ¿Tú sabes algo más?

Marta cerró los ojos con fuerza. Sabía exactamente lo que tenía que decir; lo había acordado con los chicos la semana anterior.

—S-sí… —gimió, intentando que no sonara a lo que era—. Los chicos… los hijos del entrenador… me dijeron… que pueden hablar con su padre… que pueden convencerlo… de que Diego juegue de titular.

—¿En serio? —La voz de Andrés sonó genuinamente ilusionada—. ¿Y qué piden a cambio? Porque el míster es un hueso duro de roer.

Iván se sacó la verga de la boca de ella y se la apoyó entre los pechos pesados y mojados, frotándose despacio.

—N-nada… casi nada… —jadeó Marta, esforzándose por mantener la voz firme—. Solo… que los atienda bien… que les dé un poco de hospitalidad… que los trate como se merecen.

Bruno soltó una carcajada baja y le dio otra nalgada, más fuerte, marcándole la piel.

—¿Hospitalidad? —repitió Andrés desde fuera, riendo con inocencia—. ¿Y qué tan hospitalaria estás siendo, cariño? ¿Les has hecho bizcochos?

Marta sintió el orgasmo acercarse como un tren sin frenos. Intentó apretar los muslos, retrasarlo, pero era inútil. Bruno seguía con esa cadencia implacable y los dedos en su culo la abrían de una forma obscena.

—M-muy hospitalaria, amor… —susurró, temblorosa.

Y entonces se corrió. Fuerte. El cuerpo entero se le tensó como un arco. Las piernas le temblaron y casi se le doblaron, y tuvo que morderse el antebrazo hasta dejar marcas para no gritar.

—¿Marta? —La voz de Andrés sonó alarmada—. ¿Qué ha sido ese ruido?

—N-nada… amor… se me cayó el jabón… lo estoy recogiendo.

Iván, viendo la oportunidad, volvió a metérsela en la boca y se corrió sin aviso, chorros espesos que le llenaron la garganta hasta casi ahogarla. Ella tragó lo que pudo; el resto le escapó por las comisuras y se mezcló con el agua.

Andrés suspiró aliviado al otro lado.

—Vale, menos mal. Me habías asustado. Voy poniendo la mesa. No tardes, que tengo un hambre que me muero.

—S-sí… amor… ya casi termino.

Se alejó por el pasillo silbando una canción vieja, contento de verdad. El eco de su silbido se diluyó hacia la cocina, mezclado con el tintineo de los platos y el zumbido del microondas calentando la lasaña. Todo sonaba tan normal, tan doméstico. Ni la más mínima sospecha le cruzaba la mente.

***

Dentro del baño, el mundo era otro. El espejo estaba opaco, cubierto por una capa de vaho que solo dejaba ver siluetas borrosas: tres cuerpos que ya no intentaban disimularse.

Marta todavía temblaba por las réplicas. Bruno seguía dentro de ella, moviéndose ahora con lentitud perezosa, como si disfrutara del calor residual sin dejarla recuperarse del todo. Iván se agachó, le levantó la cara con dos dedos bajo la mandíbula y la obligó a mirarlo a los ojos, verdes y brillantes de excitación.

—Te has corrido delante de tu marido sin que se enterara de nada —susurró, limpiándole una lágrima de rímel con el pulgar—. ¿Te ha puesto saber que estabas llena mientras le decías que estabas resfriada?

Ella intentó apartar la mirada, avergonzada hasta el tuétano, pero él le apretó la barbilla.

—Contéstame. Con palabras.

—S-sí… —admitió, sintiendo cómo le ardían las mejillas—. Me ha puesto… saber que él estaba ahí… tan cerca… y yo así.

Bruno se inclinó sobre su espalda y le habló al oído mientras seguía con esos vaivenes torturadores.

—Pues ahora viene lo bueno. Tu maridito está poniendo la mesa, pensando en lo feliz que va a estar su hijo el sábado. Tenemos tiempo. Vamos a dejarte bien preparada para cuando salgas a cenar con él. Y cada vez que cruces las piernas bajo el mantel, te vas a acordar de nosotros.

Marta gimió bajito. La idea era tan sucia, tan humillante, que le provocó un nuevo espasmo profundo.

Bruno se salió del coño con un sonido húmedo y se agachó detrás de ella, separándole las nalgas. Escupió sobre el ano apretado y empujó el glande contra el anillo de músculo, despacio pero sin pausa. Marta soltó un gemido largo y nasal cuando la punta entró, estirándola. El ardor inicial se mezcló casi de inmediato con un placer oscuro que le subió por la columna.

—Joder, qué apretado sigue este culo de casada respetable —gruñó Bruno, clavándole los dedos en las caderas—. Parece que tu marido no te lo trabaja por aquí.

—N-no… nunca… —negó ella, la voz temblorosa—. Dice que es… sucio.

Iván se rió y volvió a metérsela en la boca, follándole la garganta con movimientos largos mientras las arcadas hacían que ella se contrajera alrededor de la verga de su hermano.

—Pues nosotros sí que te vamos a ensuciar bien.

Desde la cocina llegó la voz alegre de Andrés.

—¿Cariño? ¿Ya casi sales? La lasaña está lista, y he puesto las servilletas buenas. ¿Vino tinto o blanco?

Marta se tensó entera. Bruno le tapó la boca con una mano húmeda y le habló al oído, amenazante.

—Contéstale. Y ni se te ocurra gemir muy alto. Si lo haces, paramos… y no volvemos la semana que viene. Y tu niño deja de ser titular.

Ella negó frenéticamente. Iván se salió lo justo para dejarla hablar.

—S-sí… amor… —jadeó, peleando para que la voz no temblara—. Ya casi… me estoy enjabonando… ¡ngh!… ya termino.

—Vale, no te apresures —respondió Andrés desde la cocina—. Pero oye… ¿has pensado en lo del entrenador? Si los chicos lo convencen de verdad, sería brutal que Diego juegue de titular. Se lo merece, lleva toda la temporada currándoselo.

Bruno soltó la mano de su boca y se la clavó hasta el fondo con una embestida que le arrancó un gemido disfrazado de tos.

—S-sí… amor… los chicos son muy convincentes… —logró decir—. Seguro que convencen a su padre.

Andrés soltó una carcajada cálida y confiada.

—Pues atiéndelos como Dios manda, cariño. Por Diego, todo. Si hay que invitarlos a cenar un día, se les invita. Son buenos chavales.

Bruno y Iván se miraron por encima del cuerpo tembloroso de ella y sonrieron como demonios satisfechos. Marta sintió el segundo orgasmo subirle por la columna como una ola imparable, el ano contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga de Bruno. Él gruñó, se clavó hasta el fondo y se corrió dentro, tanto que parte empezó a escapársele alrededor y resbaló por los muslos. Iván aceleró en la boca y la llenó por segunda vez.

Cuando por fin se retiraron, Marta se quedó apoyada en la pared, jadeando, exhausta.

—Límpiate bien —le dijo Bruno, dándole una última palmada posesiva—. Y cuando estés sentada a la mesa con tu marido, comiendo esa lasaña, acuérdate de lo que llevas dentro. El sábado Diego juega de titular… y la semana que viene volvemos por más.

Los dos salieron sin ruido por la ventana del dormitorio que daba al patio trasero. Nadie los vio.

***

Marta cerró la ducha. El silencio repentino fue casi ensordecedor. Se miró un instante en el espejo empañado, se limpió la boca con el dorso de la mano y respiró hondo varias veces, intentando calmar el corazón que le latía en los oídos.

Se vistió con un pijama discreto de algodón —pantalón corto gris y camiseta de tirantes—, sin ropa interior. No se atrevía: cualquier roce haría que se escapara más rápido de la cuenta. Quería llegar a la mesa así, limpia y decente por fuera, completamente usada por dentro.

Bajó las escaleras descalza, sintiendo cada peldaño como una pequeña tortura. El olor a lasaña recalentada la golpeó de lleno. Andrés ya estaba sentado, con dos platos humeantes y una botella de Ribera abierta, la camisa del trabajo desabotonada en el primer botón y esa sonrisa cansada y enamorada que siempre le dedicaba.

—Ven aquí, preciosa —dijo, levantándose para apartarle la silla—. Tienes una cara radiante. La ducha te ha sentado de maravilla.

Marta se sentó con muchísimo cuidado, apretando los muslos bajo la mesa. Sintió un hilo caliente escapársele y deslizarse hasta mojar el asiento. Tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar un gemido.

—Gracias, amor… necesitaba relajarme —dijo, cogiendo la copa con la mano ligeramente temblorosa—. Ha sido una ducha muy… intensa.

Andrés pinchó un trozo de lasaña con evidente placer.

—Me alegro de lo de los chicos. De verdad. Si Bruno e Iván convencen a su padre de una vez, sería un sueño para Diego. El chaval me dijo ayer que si juega de titular el sábado, mete un hat-trick solo para celebrarlo.

Marta asintió, intentando mantener la compostura. Cada vez que tragaba, sentía el regusto salado que no se iba. Dio un sorbo largo de vino.

—Seguro que sí… —murmuró—. Los chicos son muy persuasivos. Muy decididos.

En ese momento, el móvil vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó con dos notificaciones seguidas. El corazón le dio un vuelco; sabía quiénes eran. Giró el teléfono con disimulo y abrió el chat que habían creado esa tarde.

Mamá, ¿ya estás sentada a la mesa con tu maridito? Aprieta bien ese culo, no vaya a ser que se te escape un poco y manches la silla delante de él.

Cada vez que tragues comida, acuérdate del sabor que llevas en la lengua. ¿A que sigue ahí?

Marta sintió cómo se le encendían las mejillas. Bajó la mirada al plato y pinchó un trozo minúsculo que apenas pudo tragar.

—¿Todo bien, amor? —preguntó Andrés—. Estás un poco roja.

—No, no… es el vino, que sube rápido —mintió, forzando una sonrisa—. Estoy bien.

El móvil volvió a vibrar.

Mañana por la tarde estamos libres. Que Diego vaya a entrenar con el equipo y tú quédate a negociar otra vez. Esta vez queremos la cama matrimonial. Y ponte la lencería roja.

Marta cerró los ojos un segundo, respirando hondo. Cuando los abrió, Andrés la miraba con esa ternura confiada de siempre, sirviéndose más vino, sin sospechar nada.

—¿Seguro que estás bien? Pareces distraída.

Ella sonrió, esta vez con una sonrisa más oscura, más secreta.

—Sí, amor… solo pensando en el futuro de Diego. En lo bien que lo vamos a pasar… todos.

Terminaron la cena casi en silencio. Andrés fregó los platos tarareando. Marta subió primero, se metió en la cama y esperó. Cuando él entró y la abrazó por detrás, besándole el cuello y susurrándole un «te quiero», ella, con el cuerpo todavía lleno, respondió bajito:

—Y yo a ti… amor.

Y mientras él se dormía pegado a su espalda, los mensajes seguían llegando en silencio al móvil que había dejado boca abajo sobre la mesita. Marta apagó la pantalla, cerró los ojos y se durmió con una sonrisa culpable y un cosquilleo de anticipación en el bajo vientre.

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