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Relatos Ardientes

Mi primera vez con la madre de mi mujer

La cuarentena nos había encerrado a todos en versiones más pequeñas de nosotros mismos. Llevaba cuatro años casado con Lucía y vivíamos en un departamento a tres cuadras de su familia. Su madre, Beatriz, tenía cincuenta y cuatro años, era viuda y vivía sola en la casa vieja donde sus dos hijos, ingenieros que trabajaban fuera de la ciudad, aparecían apenas los fines de semana. Beatriz también bebía. Mucho. Ese era el secreto a voces que la familia no quería nombrar.

Lucía es fisioterapeuta. Cuando empezó la cuarentena, los hospitales comenzaron a llamarla por turnos rotativos, y a veces viajaba con sus hermanos a pueblos cercanos para montar clínicas de emergencia. Desaparecía tres o cuatro días seguidos. Yo me quedaba en el departamento contando las horas hasta que volvía.

El primer llamado llegó un martes a la tarde. La voz de Lucía sonaba delgada.

—No me contesta el teléfono. Por favor, anda a ver qué pasa.

Caminé las tres cuadras bajo un sol que ya no parecía real. Beatriz abrió la puerta con una compilación de cumbias sonando a todo volumen por detrás. Tenía un vaso en la mano, hielo tintineando, y una sonrisa apenas demasiado ancha.

—¡Mateo! Qué sorpresa, pasa, pasa.

Me abrazó con los dos brazos y sentí el calor del vodka contra el cuello. La casa olía a cigarrillo y a limón.

—Lucía está preocupada —le dije—. No le contestabas.

—Ay, mi celular. Lo dejo en cualquier lado. Sírvete algo.

Me preparé un vaso corto de vodka con tónica. Nos sentamos a la mesa de la cocina y ella habló y habló: de su marido muerto, de lo silenciosa que se había vuelto la casa, de los hijos que solo iban a dejarle las compras. Me volvió a llenar el vaso dos veces sin preguntarme.

Llamé a Lucía desde el pasillo, bajando la voz.

—Está bien, pero un poco pasada de copas.

—¿Te puedes quedar esta noche? Si la dejas sola, mañana sale a la calle a pedirle alcohol a algún vecino. Por favor.

Acepté quedarme. A medianoche Beatriz apenas podía caminar. La ayudé hasta el dormitorio, le saqué los zapatos y le subí la sábana hasta el pecho. Quedó ahí, con el pelo desarmado, la boca entreabierta, respirando hondo. Me quedé en la puerta más de lo que debía. Me dije que era cortesía, que me aseguraba de que no se ahogara. La verdad era que por primera vez estaba mirando a mi suegra como un hombre mira a una mujer. Cerré la puerta y me fui a dormir al cuarto que había sido del hijo mayor.

Me desperté a las seis. La casa seguía oscura y fui a la cocina a poner café. Al volver pasé por su puerta y estaba entornada, abierta apenas una cuarta.

Beatriz estaba en la cama. La sábana se le había deslizado hasta la cintura. Tenía los ojos cerrados y la mano entre las piernas, moviéndose en un ritmo lento, casi cansado. No estaba fingiendo. No sabía que yo estaba ahí. Contuve el aire, retrocedí un paso y me encerré en la cocina.

Era la primera vez en mi vida que veía a otra mujer haciendo eso sin permiso, y lo que me desordenó no fue la imagen. Fue que no aparté la vista cuando debía.

Cuando salió, una hora más tarde, se había lavado la cara y se había puesto una bata. Tomó el café mirando el mantel.

—Perdón por lo de anoche. Te hice perder la noche.

—No perdí nada.

Me fui antes de que llegaran sus hijos.

***

Una semana después, el pedido vino formal: la familia quería que pasara las noches en lo de Beatriz cada vez que Lucía y los hermanos viajaran. Lo pagaban en gratitud y en empanadas caseras. Acepté antes de pensar por qué aceptaba.

La primera noche solo con ella me prometí que sería distinto. No iba a beber. La iba a acostar a las once. Iba a dormir en el otro cuarto y ni siquiera iba a pasar por su puerta a la mañana siguiente.

Llegué a las siete. Ya había empezado.

—Una copa nada más —me prometió—. Conversemos. Hace tanto que no hablo con nadie.

Conversamos. De su marido, muerto hacía cinco años de un infarto delante de la pileta de la cocina. De sus hijos, que la querían pero la trataban como un proyecto. De cómo el silencio en la casa empezaba a las cinco de la tarde y no terminaba hasta que se quedaba dormida. En algún momento se puso a llorar, con esa falta de dramatismo agotada que duele más que el sollozo.

—Eres hermosa, Beatriz —le dije, y era cierto—. Eres joven todavía. Cualquier hombre estaría feliz de estar contigo.

—Cualquier hombre que no exista —se rio sin ganas.

Le volví a llenar el vaso. Me llené el mío. La luz amarilla de la cocina hacía que la piel se le viera más cálida, más cercana. Mencionó, casi sin querer, que extrañaba tener a alguien en la cama. No por compañía. Por otras cosas.

—¿Y qué haces cuando tienes ganas? —pregunté, y la pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

—Nada. Me aguanto.

Pensé en aquella mañana. En su mano, en sus ojos cerrados. Y tomé la decisión que lo cambia todo en historias como esta: hablé.

—La otra mañana te vi —dije—. La puerta estaba abierta.

Se puso roja desde el cuello hasta la frente. Después se rio.

—No te creo. Qué vergüenza, por favor.

—No tienes de qué avergonzarte. Yo también lo hago.

No contestó. Se sirvió más.

***

Terminamos en su dormitorio mirando una película en la tablet, porque el televisor del living había dejado de andar hacía meses. Ella se metió bajo la sábana. Yo me senté primero al borde de la cama y después en la silla contra la pared cuando me pidió que me corriera porque le tapaba la pantalla. La película era algo que había elegido ella, un thriller que en realidad no estaba mirando.

—¿Te puedo decir algo? —me animé al rato.

—Di.

—Estoy con ganas, Beatriz.

Mantuvo los ojos en la pantalla.

—Estás casado con mi hija.

—Lo sé.

—Y yo soy tu suegra. Esto es una locura.

—Lo sé.

Silencio. La tablet seguía sonando. Después, muy bajo:

—Si te tocas tú en esa silla, yo me toco acá. Sin tocarnos. Solo eso.

Asentí. Bajé el cierre del pantalón y me tomé la verga con la mano. Ella deslizó la suya bajo la sábana. La luz amarilla del pasillo entraba por la puerta abierta y volvía el cuarto color ámbar. Veía el movimiento lento de su mano bajo la tela, cómo se le abrían los labios apenas, cómo el pecho se le levantaba más rápido cada minuto. Me miraba desde la cama, mitad vergüenza, mitad curiosidad. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida.

Cuando inspiró hondo y arqueó la espalda, crucé los dos pasos que nos separaban y me arrodillé en el piso al lado de la cama. Abrió los ojos.

—Quedamos en que no nos tocábamos —murmuró, pero no me apartó la mano.

—Solo los pies —dije, y bajé la cabeza.

Levanté la sábana al pie de la cama y le tomé el pie con la mano. Le besé el arco, el tobillo, el hueco suave detrás del talón. Hizo un sonido que nunca le había escuchado antes, un quejido bajo, casi avergonzado. Subí por su pierna con la boca, despacio, un centímetro a la vez, dándole tiempo a frenarme. No me frenó. Cuando llegué al muslo me puso la mano en la cabeza y los dedos se le cerraron en mi pelo.

—Si sigues, no hay vuelta atrás —dijo.

—Ya no hay vuelta atrás, Beatriz.

Tenía un preservativo en el cajón de la mesita de luz. No supe nunca hacía cuánto que estaba ahí. No supe nunca para quién lo había comprado. Me lo puse sin dejar de mirarle la cara y ella abrió las piernas sin sacarse la bata y la penetré despacio, mirándola, mirando a la mujer cuya existencia había ignorado durante cuatro años.

No me besó. Esa fue su regla, y la única que mantuvo. Me puso las manos en el pecho, en los hombros, en la nuca, y se movió conmigo, y en algún momento cerró los ojos y dijo su propio nombre en un susurro, como si se recordara a sí misma quién era.

Cuando se vino, no hizo ruido. Contuvo el aire y todo el cuerpo se le tensó y después se soltó de golpe, y la sentí apretarme desde adentro y me dejé ir con ella.

Después me quedé al lado de ella, todavía adentro, escuchándole la respiración. La tablet se había puesto en negro. La casa estaba quieta de una manera que no había notado antes.

—Vete al otro cuarto —me dijo—. Mañana hablamos.

Me fui.

***

No dormí. Me quedé en la cama del hijo mirando el techo, enumerando en la cabeza cada manera en que esto podía destruirme la vida. Al amanecer había decidido confesárselo a Lucía. Al desayuno había decidido no hacerlo nunca.

Beatriz entró a la cocina con la misma bata.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se sirvió café con manos que no temblaban.

—Si esto vuelve a pasar —dijo, sin mirarme—, no es porque yo lo busque. Y no es amor. Y no se lo decimos a nadie. Y si alguna vez me dejas de respetar delante de mi hija, te mato. ¿Estamos?

—Estamos.

—Y compra preservativos. Yo no voy a estar comprando preservativos a los cincuenta y cuatro años como una nena.

—Compro.

Tomó su café. Tomé el mío. El sol entraba detrás de la cortina y a las dos nos cambiaba la cara.

Pasó siete veces más ese mes, cada vez que Lucía viajaba. Nunca nos besamos. Nunca hablamos del tema durante el día. Cuando estaban sus hijos o mi mujer en la casa nos comportábamos como suegra y yerno que apenas se toleraban, y la actuación era tan convincente que a veces, cuando Lucía salía a un turno, tenía que recordarme a mí mismo que con Beatriz teníamos cualquier otra clase de relación.

Fue, en el sentido más literal, mi primera vez. Mi primera vez con una mujer que no esperaba ser amada. Mi primera vez entendiendo que el deseo puede sobrevivir solo, sin futuro, sin nombre, sin permiso. Mi primera vez aprendiendo qué clase de hombre era en realidad, y descubriendo que era alguien que no terminaba de reconocer.

La cuarentena terminó en algún momento. Los hermanos volvieron a estar más seguido. Los turnos de Lucía se acomodaron. Beatriz dejó de beber tanto, o dejó de dejarse ver bebiendo. Nos vemos los domingos en el almuerzo familiar y ella me sirve el plato sin mirarme dos veces.

Pero las noches en que Lucía está de guardia y yo me quedo despierto en nuestra cama escuchando la ciudad vacía, sé que, tres cuadras más allá, en una casa con una sola luz amarilla encendida en la cocina, hay otra persona también despierta y también recordando.

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