Lo que pasó en el resort cambió a mi esposa para siempre
Yo siempre fui un tipo del montón. Cuarenta años, empleado en una empresa de logística, un sueldo que alcanzaba para las cuentas y poco más. Lento para todo, según mi jefe cuando quería humillarme: torpe con los números, el último en entender un chiste. Desde el colegio cargué con eso, con el cuerpo flaco y desgarbado, con una verga chica que ni en los vestuarios me animaba a mostrar. Y en la cama, peor todavía. Cuando se me paraba, duraba apenas unos minutos antes de terminar sin aviso.
Bianca era todo lo contrario. Treinta y cuatro años, un cuerpo que paraba el tránsito. Pechos grandes y pesados, cintura estrecha, piernas firmes de tanto gimnasio. El pelo oscuro le caía por la espalda y tenía una cara dulce que engañaba a cualquiera. La conocí en una fiesta hacía diez años y nunca terminé de entender cómo una mujer así se había quedado conmigo.
—Porque sos bueno —me decía a veces.
Pero los dos sabíamos que era por costumbre, por la casa que pagábamos juntos, porque ella nunca había dado el paso de mandarme al diablo. Le gustaba que la miraran. Yo lo notaba y me lo callaba.
El sorteo de fin de año de la empresa lo gané por primera vez en mi vida: quince días con todo pago para dos en un resort de la Riviera Maya. Cuando el jefe leyó mi nombre, me quedé mudo y después sonreí como un idiota mientras los demás aplaudían por compromiso.
—¡Cancún, Damián! Quince días en el paraíso con tu mujer —gritó.
Me imaginé el viaje perfecto: playa, tragos, sexo con Bianca todas las mañanas. Nunca, ni en la peor de mis pesadillas, imaginé con qué iba a volver.
***
El hotel era un lujo que yo no merecía: bungalós frente al mar, una piscina que parecía no terminar nunca, un bar en la arena que no cerraba. Bianca se quedó en bikini apenas entramos al cuarto. El triángulo de abajo apenas cubría nada y la parte de arriba peleaba por contener todo lo demás. Sentí la sangre bajarme de golpe.
—Vení, amor, vamos a la playa —dijo, agarrándome del brazo.
En la arena los hombres no disimulaban. Un vendedor de cervezas se quedó mirándole los pechos como hipnotizado. Un turista musculoso le sonrió desde la reposera. Yo me sentí chico e insignificante, pero al mismo tiempo se me hinchaba un orgullo absurdo. Es mía, pensaba.
Esa noche la cogí por primera vez en el viaje. Bianca se subió encima, se movió despacio, sus pechos balanceándose frente a mi cara. Duré poco, como siempre. Terminé adentro de ella con un quejido y me dormí enseguida. Ella se quedó mirando el techo, insatisfecha, y yo no quise darme cuenta.
***
Al día siguiente apareció él. Se llamaba Yandel, treinta y tres años, del lugar, casi dos metros, la piel oscura y brillante, los músculos marcados bajo un short blanco ajustado que dejaba ver demasiado. Era animador del resort, pero todos sabían cuál era su verdadero trabajo: entretener a las mujeres aburridas de sus maridos.
Se acercó a Bianca con un trago en la mano.
—Señora, ¿un mojito de la casa? Invita la animación —dijo con voz grave, los ojos clavados en el escote.
Bianca se rio, cruzó las piernas y aceptó. Yo estaba a dos metros, fingiendo leer. Lo vi tocarle el hombro «sin querer», bajar la mirada al pecho, y la vi a ella morderse el labio inferior. Ese gesto yo lo conocía bien. Se estaba calentando.
Esa noche Yandel nos invitó a una fiesta en la playa. Yo no quería ir; Bianca insistió. Luces de colores, música fuerte, gente bailando descalza en la arena. Él la tomó de la cintura y la sacó a bailar. Yo me quedé en una mesa con un vaso de ron, mirando cómo mi mujer se pegaba a ese cuerpo enorme, cómo él le hablaba al oído y ella echaba la cabeza hacia atrás riéndose.
A las dos de la mañana ya estaba borracho y cansado. Bianca me dijo que me fuera a dormir, que ella se quedaba un rato más. Obedecí como un perro. Volvió a las cuatro, oliendo a ron y a otra cosa, a hombre. Me dio la espalda y se durmió.
***
Al tercer día pasó lo inevitable. Yo me había anotado en una excursión de buceo. Bianca dijo que le dolía la cabeza y se quedó. Cuando volví a las cinco de la tarde y abrí la puerta del bungaló, escuché los ruidos antes de ver nada. Gemidos fuertes, piel contra piel, una voz grave.
—Así, mami, tomá todo.
Me quedé paralizado en la entrada. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Bianca, en cuatro patas sobre la cama, completamente desnuda. Yandel detrás, empujando con fuerza, las manos hundidas en sus caderas. Mi mujer gritaba como nunca la había escuchado gritar conmigo.
—¡Más fuerte! ¡No pares! —pedía ella, la cara contra la sábana.
—Tu marido no te da esto, ¿verdad? Decime que te gusta más así —le respondía él, sin aflojar.
—Sí… sí… me vuelvo loca…
Tendría que haber entrado, gritado, roto algo. En cambio sentí que la verga se me ponía dura como nunca. Me quedé escondido detrás de la puerta, mirando, con una mezcla de vergüenza y excitación que no entendía. Cuando él terminó con un gruñido y se dejó caer de costado, yo ya me había venido en silencio, sin tocarme apenas, manchando el piso del pasillo. Salí corriendo hacia la playa con el corazón golpeándome el pecho.
Una hora después Bianca estaba duchada y sonriente.
—¿Cómo estuvo el buceo, amor? —preguntó como si nada.
Tragué saliva.
—Bien… ¿y vos?
—Descansé. Me sentía mejor.
***
Aguanté un día más. Al cuarto, durante el desayuno, le dije con la voz temblando:
—Bianca… ayer… te vi.
Ella se quedó quieta un segundo. Después sonrió, despacio, sin una pizca de culpa.
—¿Y qué viste, amor?
—Todo. Con Yandel.
Se acercó y me apoyó la mano sobre el short. Estaba duro y ella lo notó.
—¿Te gustó ver cómo me lo hacía? —murmuró.
Bajé la mirada. Asentí.
—Me puse muy caliente.
Bianca se rio bajito, como quien acaba de ganar algo.
—Sabía que te iba a gustar. Él me hace cosas que vos nunca pudiste. ¿Querés mirar?
Y yo, perdido, dije que sí.
***
Esa misma tarde lo arregló todo. Yandel entró al bungaló sin camisa. Bianca se desnudó frente a los dos y yo me senté en una silla al lado de la cama, mirando, mientras ellos empezaban como si yo no existiera. Él la besó entera, la recorrió con la lengua, la hizo retorcerse. Después ella se arrodilló y lo miró a él y me miró a mí al mismo tiempo.
—Mirá, amor —me dijo—. Mirá lo que de verdad me gusta.
La cogió durante lo que me parecieron horas, en todas las posiciones, encima de la cama, contra la pared, sentada sobre él cabalgando. Yo me toqué hasta venirme dos veces sin que ninguno me prestara atención. Cuando él terminó, fue Bianca la que dio la orden, no él.
—Ahora vení y limpiá, Damián.
Dudé apenas un segundo. Después me acerqué, me arrodillé y obedecí. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra ella.
—Así, amor… ese es tu lugar.
Me vine otra vez sin tocarme.
***
El resto del viaje fue una caída sin freno. Cada tarde Yandel venía al bungaló. A veces la cogía a solas, a veces me dejaba mirar de cerca. En la playa Bianca ya no disimulaba: caminaba tomada de su mano, con las marcas de él en el cuello, y los otros turistas susurraban a su paso. Yo caminaba detrás, callado, con una excitación enferma que me duraba todo el día.
El último día, antes del traslado al aeropuerto, ella le pidió a Yandel que se despidiera «como ella se merecía». Me dejaron afuera, en el balcón, y los escuché a través de la puerta. Esa vez los gemidos de Bianca tenían algo distinto, más agudos, mezclados con quejas de dolor que no la hacían parar. Cuando entré, mi mujer estaba destruida, llorando y sonriendo a la vez, temblando sobre la cama.
Yandel se vistió, le dio una palmada y salió sin mirarme.
—Chau, mami. Nos vemos por mensaje —dijo, y se fue.
Bianca se arrastró hasta el balcón y se dejó caer de rodillas frente a mí. Y yo, en lugar de odiarla, la abracé. Fui a buscar crema, la ayudé a recostarse, le acaricié el pelo. La cuidé con una devoción que me daba asco y placer al mismo tiempo. Ella me dejó hacer, exhausta.
—Llevame a casa así, cornudo —me susurró—. Quiero que me cuides todo el viaje.
Asentí, con lágrimas en los ojos. Pero no eran de tristeza.
***
En el avión de vuelta no hablamos mucho. Ella durmió apoyada en mi hombro mientras yo miraba por la ventana, sabiendo que en casa todo iba a cambiar. Y cambió. Bianca empezó a salir los fines de semana «con amigas» y volvía de madrugada, oliendo a perfume barato y a otro hombre. Yo la esperaba despierto, sentado en el sillón. Apenas escuchaba la llave, me arrodillaba sin que ella tuviera que pedirlo.
El respeto que alguna vez me tuvo se evaporó como humo. Ya no me decía «amor» con ternura; ahora era un «amor» seco, burlón. En la cama ni siquiera me dejaba tocarla.
—No me toques con esa cosa, Damián. Solo limpiá lo que me dejaron los de verdad.
***
Una noche, seis meses después del viaje, Bianca llegó particularmente destruida. El vestido pegado al cuerpo, el maquillaje corrido, el olor a alcohol y sexo. Se dejó caer en el sillón frente a mí, abrió las piernas sin pudor y se levantó la falda. No llevaba nada debajo.
—Vení, cornudo. Limpiame antes de que se enfríe —dijo.
Pero esa noche, antes de dejarme empezar, me agarró la cabeza y me miró fijo.
—¿Sabés quién me dejó así hoy?
Negué con la cabeza.
—Tu jefe. Sandoval.
Me quedé helado. Sandoval era mi jefe directo desde hacía doce años. Un tipo de cincuenta y pico, panzón, que me gritaba en las reuniones delante de todos. El mismo que alguna vez me palmeó el hombro y me dijo: «Sos un buen pibe, pero no das para más».
Bianca se rio, una risa cruel.
—¿Te sorprende? Me lo cojo desde antes del Caribe. Hace tres años, capaz cuatro.
Sentí que el piso se movía.
—Empezó en una cena de la empresa, esa en la que vos estabas vomitando en el baño por los dos fernets. Me agarró en el pasillo, me llevó al auto y me lo hizo en el asiento de atrás. Después me mandó de vuelta a la fiesta y vos ni te enteraste. Se volvió costumbre. Cada vez que te quedabas hasta tarde corrigiendo planillas, yo estaba en su oficina, debajo de su escritorio. Una vez me lo hizo sobre la mesa de reuniones, justo donde vos firmás tus informes. Le encantaba cogerse a la mujer del inútil de su empleado.
Yo ya no aguantaba. La verga se me había puesto dura otra vez. Ella lo notó y sonrió.
—Hoy me llevó a su casa. La mujer estaba de viaje. Me dijo que la próxima te va a llamar a vos, para que limpies mientras él me coge. Que quiere verte de rodillas. —Se recostó en el sillón—. Dale. Comé lo que me dejó tu jefe. Saboréalo bien, porque mañana capaz lo ves salir en vivo.
Hundí la cara y obedecí, tragando cada gota, mientras ella se tocaba y me hablaba al oído.
—Ahora me cojo a medio mundo —dijo—. El de los pedidos, el del gimnasio, el vecino del quinto. Todos. Y vos solo mirás y limpiás. Ese es tu lugar.
***
Al día siguiente Sandoval me llamó a su oficina. Cerré la puerta temblando. Me miró de arriba abajo, sonrió con desprecio.
—Tu mujer me dijo que ya sabés todo. Que te calienta. Así que de ahora en más, cuando ella venga, vos esperás afuera. Y cuando terminamos, entrás a limpiar. ¿Entendido?
Asentí, la verga dura dentro del pantalón. Él se recostó en la silla, satisfecho.
—Bien. Y esta noche traela. Quiero hacerlo en tu cama.
Esa noche manejé yo. Bianca se desnudó en el living, se puso en cuatro sobre el sillón y le dijo a Sandoval que la cogiera fuerte, que su marido viera cómo se hacía de verdad. Yo me senté en una silla, tocándome sin parar, mientras él la usaba durante una hora en cada rincón de la casa que pagábamos juntos. Cada vez que terminaba, me ordenaba limpiar.
Al irse, me palmeó la espalda.
—Mañana te subo el sueldo. Pero la seguís trayendo.
Asentí. Ya no había vuelta atrás.
***
Bianca había perdido todo respeto por mí, y yo había encontrado, en el fondo del pozo, algo que se parecía peligrosamente a la paz. Se la cogían todos: el jefe, sus amigos, los hombres que ella seducía en cada salida. Volvía cada vez más satisfecha, y yo la esperaba con la lengua lista y el orgullo hecho pedazos.
Y en lo más hondo, me gustaba. Porque por fin sabía cuál era mi lugar exacto en su vida: debajo de ella, limpiando lo que otros le dejaban. Quince días en el Caribe lo habían cambiado todo. El tipo del montón, lento y sin autoestima, descubrió que esos cuernos enormes le quedaban mejor que cualquier otra cosa.
Y no quería que desaparecieran nunca.