Descubrí que mi mujer recibía visitas mientras trabajaba
Hacía semanas que lo sospechaba. Marina nunca fue cuidadosa, y yo me había vuelto experto en disimular lo que veía. Pero hay señales que no se pueden tapar: una marca de dedos en la cadera, un olor distinto en las sábanas, esa manera floja de caminar que le quedaba algunas tardes. Cada vez que volvía de la oficina encontraba una pista más. Ya no me quedaban dudas de que mi mujer se entregaba a otro mientras yo estaba lejos.
Esa noche la confirmación me llegó de la forma más brutal. Buscaba una toalla en el cesto del baño cuando vi su bombacha negra de encaje tirada arriba de todo. Tenía la entrepierna manchada, una mancha espesa y todavía tibia que no era de ella. Me quedé parado, con la prenda en la mano, mirándola bajo la luz amarilla del baño. Por la posición de la mancha entendí lo que había pasado esa misma tarde, mientras yo cerraba la planilla del trimestre en mi escritorio.
Tendría que haber sentido rabia. En cambio sentí cómo se me endurecía la verga de golpe, dura como una piedra, latiendo sola dentro del pantalón. Me bajé el cierre y me la saqué al aire. Olí la tela despacio, ese olor a sexo ajeno, a cuerpo usado, y me toqué lento, sin apuro, imaginando a Marina gimiendo para otro hombre. Me corrí ahí mismo, parado, mordiéndome los labios para no hacer ruido. Después doblé la bombacha exactamente como estaba, la dejé donde la había encontrado, me lavé las manos y bajé a la cocina como si no supiera nada.
***
Marina estaba lavando los platos, vestida solo con una remera larga que apenas le tapaba el culo. La tela se le subía cada vez que se inclinaba sobre la pileta. Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura y empecé a besarle el cuello, despacio, justo detrás de la oreja, donde sabía que perdía la cabeza.
—Estás cariñoso hoy —murmuró, sin apartarse.
—Te extrañé todo el día —le mentí contra la piel.
Mis manos subieron a sus tetas, pesadas y calientes bajo el algodón, y se las apreté hasta sentir los pezones endurecerse contra mis palmas. Ella se arqueó hacia atrás, rozando el culo contra mi verga, que ya volvía a estar dura. Le levanté la remera con una mano. No tenía nada debajo. La bombacha del cesto era la prueba de que se la había sacado horas antes.
Le abrí las nalgas con las dos manos y miré. El culo lo tenía enrojecido, todavía marcado, con esa hinchazón inconfundible de haber sido usado a fondo esa misma tarde. No me hacía falta preguntar nada. Le pasé un dedo por la raya y ella tembló, soltando un suspiro largo.
—Qué rica que estás —le dije al oído, metiéndole la punta del dedo sin esfuerzo, porque entraba solo.
Marina gimió y se inclinó más sobre la pileta, abriendo las piernas. Bajé la mano y le toqué la concha: estaba empapada, los labios hinchados y calientes. La trabajé con dos dedos mientras le besaba la espalda, sintiéndola mojarme la mano entera. Empezó a mover las caderas contra mí, buscándome, jadeando cada vez más fuerte.
—Metémela —pidió bajito—. Por favor.
Pero yo no tenía apuro. Me gustaba el morbo de saber lo que ya había pasado en esa cocina, en esa cama, mientras yo trabajaba. La hice girar, la levanté y la senté sobre la mesada fría. Le abrí las piernas y bajé la cabeza. La chupé despacio, con la lengua plana, buscando el sabor de la tarde mezclado con el suyo. Sabía a sexo reciente. Marina me agarró del pelo y me apretó contra ella, gimiendo sin disimulo.
—Así —jadeó—, no pares.
La chupé hasta que se corrió temblando entera, apretándome la cabeza entre los muslos. Después la bajé, la puse de rodillas sobre el piso de la cocina y le metí la verga en la boca. Marina me la chupó hambrienta, mirándome desde abajo con los ojos brillantes, tragándomela hasta el fondo. Le sostuve la cabeza con las dos manos y le marqué el ritmo, lento, profundo, sintiendo cómo se le contraía la garganta.
—Después te lleno entera —le prometí, ronco.
***
La llevé casi en brazos al dormitorio y la tiré boca abajo sobre la cama. Le abrí las nalgas otra vez, le escupí directo y entré despacio. El culo me recibió tibio, apretado pero blando, como si todavía estuviera acomodándose de algo más grande que mis dedos. Empecé suave, disfrutando cada centímetro, escuchándola gemir contra la almohada.
—Decime la verdad —le susurré, hundiéndome hasta el fondo—. ¿Quién estuvo hoy acá?
Ella solo gimió más fuerte y empujó el culo contra mí.
—Nadie —mintió entre jadeos—. Solo vos.
Le di una palmada seca en la nalga. La piel le quedó marcada al instante.
—No me mientas —le dije, sin dejar de moverme—. Te conozco el cuerpo mejor que nadie.
La agarré de las caderas y empecé a cogérsela más fuerte, con golpes que hacían rebotar sus nalgas contra mi pelvis. El ruido era obsceno, húmedo, mezclado con sus gemidos. Le metí dos dedos en la concha mientras le seguía dando por atrás, y eso la terminó de quebrar. Marina explotó con un grito largo, apretándome entera, temblando de la cabeza a los pies.
Yo no aguanté más. Me clavé hasta el fondo y me vacié dentro de ella, sintiendo cómo se mezclaba todo, lo mío y lo que ya estaba ahí. Me quedé encima, agitado, escuchándola respirar. Esa noche, con la cara hundida en la almohada y mi semen adentro, me prometí que iba a descubrir quién era. No para terminarlo. Para mirarlo.
***
A la mañana siguiente fui a la oficina como todos los días, pero no podía concentrarme. En cada reunión se me cruzaba la imagen de la bombacha manchada, del culo marcado de Marina. A media mañana me llegó un mensaje suyo: «Te extraño, amor. Volvé temprano». Sonreí solo, frente a la computadora. Sabía leer entre líneas. Esa frase no era para mí.
Decidí volver antes. Dejé el auto a dos cuadras y entré al edificio por la escalera de servicio, sin hacer ruido. En vez de meter la llave en la puerta, subí a la terraza común y bajé al pequeño balcón que daba a nuestro dormitorio. Me escondí detrás de las macetas y miré por la ranura de la cortina.
Y lo vi.
Era Hernán, el vecino del sexto, ese tipo grandote que siempre saludaba demasiado amable en el ascensor. Marina estaba arrodillada en el medio de nuestra cama, completamente desnuda, chupándole la verga con una entrega que nunca le había visto. Él le sostenía la cabeza con las dos manos y le marcaba el ritmo sin piedad. Ella se dejaba, babeando, tocándose la concha con una mano mientras lo miraba desde abajo.
—Así me gusta —le decía él, con la voz ronca—. Como una buena chica.
La levantó, la puso en cuatro y le escupió en el culo. Le metió la verga de un solo empujón y Marina soltó un grito que se escuchó hasta el balcón. Empezó a cogérsela fuerte, dándole palmadas que le dejaban la piel roja. La cama crujía con cada embestida y las tetas de mi mujer se bamboleaban con cada golpe.
—Más fuerte —le pedía ella, sin ningún pudor—. No pares.
Yo me la saqué ahí mismo, en el balcón, y empecé a tocarme despacio, mirando cómo mi mujer se entregaba sin culpa. Hernán le metió un dedo en la concha mientras la cogía por atrás y Marina se corrió temblando, mordiendo la almohada. Cuando él terminó, se clavó hasta el fondo y se descargó adentro con un gruñido largo. Al sacarse la verga, un hilo espeso le corrió por la entrepierna. Marina se quedó ahí, jadeando, con el cuerpo abierto y satisfecho.
Me corrí contra la pared del balcón, sin poder creer lo caliente que era ver a mi esposa convertida en otra cosa. Esa tarde, cuando llegué «como siempre», la encontré duchada, sonriente, con ropa limpia. Me besó como si nada. Y yo, que ya lo sabía todo, le devolví el beso sintiendo el morbo crecerme por dentro.
***
Los días siguientes se volvieron una rutina secreta. Empecé a inventar reuniones, viajes cortos, salidas que no existían, solo para volver y espiarla. Descubrí que Hernán no era el único.
El martes, mientras yo supuestamente estaba en una capacitación fuera de la ciudad, llegó Bruno, el muchacho que traía las verduras del mercado de la esquina. Joven, flaco, callado. Marina lo hizo pasar al living como si fuera lo más normal del mundo. Se arrodilló, le bajó el pantalón y le chupó la verga con la misma hambre que le había visto con el vecino. Después él la inclinó sobre la mesa del comedor, le levantó la pollera y se la metió de un golpe.
—Tu marido no tiene idea —le decía él, cogiéndosela rápido—. De que cada martes te dejo así.
—Seguí —gemía ella, agarrada al borde de la mesa—. Más.
Cuando él se corrió, Marina se arrodilló otra vez y lo limpió con la lengua, despacio, sin desperdiciar nada. Yo lo miré todo desde la terraza, tocándome de nuevo, mareado por el morbo.
El jueves apareció otro: Iván, el entrenador del gimnasio al que iba mi mujer. Grandote, marcado, con unos brazos que parecían el doble de los míos. Esa tarde la tuvo casi una hora en nuestra propia cama. Primero le comió la concha hasta hacerla acabar a gritos. Después le dio vuelta y se la cogió por atrás con una fuerza que hacía golpear el respaldo contra la pared. Marina gritaba tanto que pensé que iban a subir los vecinos.
—Decime de quién es esto —le exigía él, tirándole del pelo.
—Tuyo —contestaba ella, perdida—. Es todo tuyo.
Marina se corrió una y otra vez, riéndose y llorando al mismo tiempo, pidiendo más. Cuando él terminó, la dejó tirada boca abajo, agotada, con el cuerpo abierto y el pelo pegado a la cara. Yo me corrí dos veces seguidas mirándolos desde mi escondite.
Cada noche volvía a casa y la cogía con una furia nueva, metiéndome donde otros habían estado horas antes. Y mientras la tenía debajo, le preguntaba al oído quién había sido ese día. Ella nunca me contestaba con palabras. Solo gemía más fuerte, me apretaba entera y se corría como si la pregunta misma la calentara. Después se dormía contra mi pecho, tranquila, como si yo no supiera nada.
***
Pasaron semanas así. Yo ya conocía la agenda de memoria: Hernán casi todos los mediodías, Bruno los martes, Iván los jueves. Algunas tardes hasta los crucé sin que lo supieran, en el ascensor, en el pasillo, y les sostuve la mirada con una calma que ellos no entendían. Una vez, una sola, llegué a verla con dos al mismo tiempo, turnándose, y tuve que apretarme contra la pared del balcón para no gritar yo también.
No podía parar. El morbo me tenía atrapado de una manera que jamás le confesaría a nadie. Mi matrimonio se había vuelto esto: una mujer a la que deseaba más justamente porque sabía que era de todos, y un hombre que la miraba en silencio y la amaba más cada vez.
Una noche, después de haberla espiado toda la tarde, llegué y la encontré dormida. Me acosté a su lado, le abrí las piernas despacio y entré en ella, que despertó gimiendo en la oscuridad.
—Te amo —le susurré, empezando a moverme lento—. Y no me importa lo que hagas cuando no estoy. Me gusta saberlo.
Marina se quedó quieta un segundo. Después se arqueó contra mí, me apretó entera y, por primera vez, me contestó con la voz ronca de tanto gemir.
—Entonces seguí mirando —dijo, girando apenas la cabeza sobre la almohada—. Porque mañana vienen los tres juntos. Y dejé la cortina abierta para vos.
Me corrí al instante, hundido en ella, entendiendo que no había vuelta atrás. Mi amor por Marina se había convertido en eso: en verla, en saberla deseada por todos y en seguir siendo, cada noche, el único que volvía a dormir a su lado.