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Relatos Ardientes

Dejé que me tocara en el vagón frente a mi marido

Me llamo Carla y trabajo como administrativa en una empresa de logística bastante grande. Allí conocí a Diego, mi marido, que lleva la parte comercial en otra planta del mismo edificio. Llevamos cinco años casados y, aunque suene presumido, hacemos buena pareja.

Tengo treinta y dos años, soy rubia, el pelo largo hasta media espalda, y no me cuesta reconocer que tengo un buen cuerpo. Diego tampoco se queda atrás. Cuando salimos juntos, noto cómo nos miran, y mentiría si dijera que no me gusta.

Aquel viernes habíamos quedado un grupo de compañeros para ir, al salir de la oficina, a tomar unas cervezas con algo de picoteo y unas copas después en un bar que conocíamos cerca del centro. Me había vestido para la ocasión: un vestido elástico, ajustado, que me llegaba por encima de la rodilla, con un escote que prometía más de lo que enseñaba, y unas botas de caña alta.

Estaba esperando en la puerta de salida a que bajara Diego para irnos juntos cuando vi llegar acelerado a Rubén, otro compañero del departamento de mantenimiento. Rubén era de esos que, unas veces de broma y otras medio en serio, siempre me tiraba los tejos. Teníamos confianza, y reconozco que quizá en algún momento no le había parado los pies todo lo que debía.

Me hacía gracia, la verdad. Era simpático, con mucha labia, y había que admitirlo, estaba bueno. Todos sabíamos que era un ligón y que tenía éxito con las mujeres dentro y fuera de la oficina.

—Hola, Carla, ya estás aquí y guapísima como siempre. ¿Nos vamos? Vamos a ser de los últimos en llegar.

—Hola, Rubén. Estoy esperando a Diego, que me ha llamado hace un rato porque se le ha complicado la última visita. Pero ya debe de estar a punto de bajar.

—Vale, pues le espero contigo y vamos los tres —dijo, justo cuando vimos aparecer a mi marido.

—Uf, malditos clientes —soltó Diego, resoplando—. Saben que es viernes y no paran de pedir explicaciones, joder.

—Siempre pasa —se rió Rubén—. Pero bueno, no has tardado tanto. Oye, si os parece cogemos el metro aquí mismo, que por la zona se aparca fatal y será lo más rápido. Con el tráfico de esta hora, un taxi tardaría el doble.

—Sí, perfecto, será lo mejor —dije, y nos dirigimos a la boca de metro, que teníamos casi en la puerta.

Bajamos y, como era la hora punta, aquello estaba a reventar. El andén lleno de gente esperando y el vagón que llegó venía hasta arriba.

—Vaya tela. Nos va a tocar ir apretaditos —comentó Diego.

—Qué le vamos a hacer. Es poco rato —dijo Rubén, empujando un poco para que entráramos.

Entre los tres nos hicimos un hueco. Yo quedé en medio, Diego delante de mí, de cara, y Rubén detrás. Los dos medio «protegiéndome», aunque íbamos como sardinas en lata, sin un centímetro libre.

El tren arrancó. Yo tenía las manos apoyadas en el pecho de mi marido y Rubén iba pegado a mi espalda, hablando de cosas sin importancia con Diego por encima de mi hombro.

—Vamos a llegar sudados, ¿eh? —se reía Diego.

—Sí, y bastante apretados —contestó Rubén, al que notaba completamente pegado a mí.

Con el primer traqueteo, Rubén se apretó todavía más. No le di importancia, era imposible no rozarse con tanta gente. Hasta que noté una mano en mi cadera, justo en el borde del culo. Me moví un poco intentando hacer hueco, pero la mano, lejos de retirarse, bajó descaradamente y empezó a acariciarme por encima del vestido.

No tuve ninguna duda de que era la suya. Y el muy cabrón seguía hablando con mi marido como si nada, con un tono tranquilo, casi aburrido. Yo no podía moverme tal y como estábamos encajados, y tampoco me apetecía montar un numerito en mitad del vagón. En cuanto bajemos y tenga un momento, le pongo fino, pensé.

—Diego, ¿al final sabes cuántos seremos? —preguntó, mientras su mano seguía sobándome.

—Ni idea, la verdad. Creo que unos veinte, y bastantes de las chicas. Vas a tener para entretenerte, cabrón.

—Bah, son todas unas crías. El que tiene suerte eres tú, con la mujer que te llevas a casa.

Y al decirlo, tiró un poco del bajo de mi vestido hacia arriba. De pronto sentí sus dedos directamente sobre mi piel, sobre el algodón fino del tanga. Me puse más nerviosa todavía, sin saber qué hacer.

La mano se movía despacio, bajando por el hilo de la tela, con uno de los dedos intentando colarse entre mis nalgas. Me revolví inquieta y, al hacerlo, lo único que conseguí fue abrir un poco las piernas. Su dedo se coló sin remedio. Noté cómo los colores me subían a la cara.

—¿Estás bien, cariño? —me preguntó Diego, mirándome—. Estás muy colorada.

—Eh... sí, estoy bien. Un poco agobiada con tanta gente —respondí como pude.

Y entonces, justo cuando lo decía, el dedo de aquel cabrón se deslizó entre mis labios por encima de la tela apartada. Se me escapó un gemido contenido que disimulé tosiendo.

—¿Te pasa algo?

—No, no. Que me han pisado —mentí, bajando la cabeza.

Sentía ahora la presión de sus dedos buscando la entrada, abriéndose paso despacio. Me mordí el labio inferior, clavando la mirada en el botón de la camisa de mi marido, rezando para que no me leyera la cara.

—Tranquila, que te sujeto yo, Carla. Ya queda poco —dijo el muy descarado, hundiendo los dedos un poco más.

No sé si fue el descaro del cabrón, el morbo de no poder decir ni hacer nada, o las dos cosas. El caso es que notaba cómo me iba empapando por momentos. Sentía sus dedos entrando y saliendo, lentos al principio, cada vez más seguros, con un ritmo que me obligaba a apretar los muslos para no derrumbarme.

—Ahhh... joder, qué agobio, cariño. Sujétame, ¿quieres? Por favor, creo que me estoy mareando —dije, y aproveché el supuesto mareo para apoyarme en el pecho de Diego, escondiendo la cara.

Era la coartada perfecta. Podía gemir bajito, podía cerrar los ojos, podía dejar que las piernas me temblaran, y todo cabía dentro del papel de la mujer que se ha agobiado con el gentío. Mi marido, el pobre, solo estaba preocupado por mí, acariciándome la mejilla, mientras a su espalda un compañero me follaba con los dedos.

—Tranquila, cielo, tranquila. Yo te sujeto —murmuró Diego.

—Sí, Carla, tranquila, ya casi estamos —añadió Rubén, con una calma envenenada—. Yo te sujeto también desde aquí. Cierra los ojos y verás como ya casi llegas. Llegamos, quiero decir.

Y al decir esa última frase, apretó las caderas contra mí. Noté su erección, dura y caliente, marcándose contra mi culo a través de la ropa. Hijo de puta. Encima se permitía el lujo de jugar con el doble sentido.

Y lo peor es que tenía razón. Yo ya estaba a punto. Tenía las piernas separadas todo lo que el vagón me permitía, dejándole hacer por completo, rendida. Sus dedos eran dos pistones constantes, su polla me abrasaba la espalda, y mi marido, delante de mí, me acariciaba la cara y me pedía que aguantara un poco más.

No pude contenerlo. Con un gemido ahogado contra la camisa de Diego, hundí la cara en su pecho para que no viera mi expresión.

—Me mareo... ahhh, sujétame, sujétame, por favor —balbuceé.

Y mientras lo decía, un orgasmo brutal me recorrió de arriba abajo. Las rodillas se me doblaron de verdad y quedé colgada entre los dos cuerpos, temblando, con la respiración rota y los ojos cerrados, mientras el traqueteo del tren disimulaba el resto.

—Ya, ya, tranquila. Hemos llegado a la estación —dijo Diego, sin sospechar nada—. Bajamos y que te dé un poco el aire.

***

Eso hicimos. Salimos del vagón con el empujón de la marea de gente. Yo iba tirándome del vestido hacia abajo, recomponiéndomelo como podía, agarrada del brazo de mi marido, todavía con las piernas flojas. Le lancé a Rubén una mirada asesina por encima del hombro. Él me sostuvo la mirada sin borrar la sonrisa, ni un átomo de vergüenza en la cara.

Subimos las escaleras hasta la calle. El aire fresco de la noche me golpeó la cara y respiré hondo, intentando que el corazón volviera a su sitio.

—Venga, mejor nos vamos a casa —dijo Diego, preocupado, frotándome la espalda—. No estás para fiestas ahora.

—No, hombre —se metió Rubén enseguida—. Esperamos un poco y seguro que se repone. Solo ha sido un mareo tonto, en cuanto le dé el aire se le pasa. ¿Verdad, Carla? No te vas a perder la fiesta ahora que acabamos de empezar.

Le miré a él. Después miré a mi marido, que esperaba mi respuesta con cara de buena fe. Y entre las piernas, todavía latiendo, todavía húmeda, notaba el eco de lo que acababa de pasar a tres centímetros de su mano.

Sabía que, si me quedaba, la noche no había hecho más que empezar. Sabía exactamente lo que quería Rubén, y empezaba a temerme que yo quería lo mismo.

—Sí —dije, soltándome despacio del brazo de Diego y enderezándome el vestido—. Creo que ya estoy mejor. Venga, vamos, que seguro que lo pasamos bien.

Rubén sonrió. Mi marido sonrió, aliviado. Y yo eché a andar entre los dos, con el corazón a mil y la certeza incómoda de que aquel viernes acababa de cruzar una línea de la que ya no había vuelta atrás.

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Comentarios (6)

roman_cba

buenisimo!!!

MartinaBaires

Por favor la segunda parte!!! me quede con ganas de saber como termino todo

Tenso_Lector

la tension en ese vagon esta descripta de forma increible. Se siente real y eso es lo que mas me gusta de este estilo de relatos

NocheSolitaria45

y el marido no se dio cuenta de nada?? increible jaja

Cristina_Plata

me recordó a una situacion parecida que viví hace tiempo en el subte. Que nervios pasé. Muy buen relato

LuisVal88

excelente, sabes generar tension con muy poco. segui asi!

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