Le dije que sería la última vez con el mudancero
Una semana después de la mudanza, sonó el teléfono. Era Darío, el muchacho que nos había acomodado los muebles en la casa nueva. Llamaba para avisarme que mi marido ya le había dicho que podía cobrar el cheque, y que me agradecía la paciencia. Yo escuché su voz y sentí un calor incómodo subirme por el cuello.
—Gracias por avisar —le dije—. En estos días lo cambio y te deposito lo que falta. Solo dame tu número de cuenta.
—Preferiría que me lo dieras en persona —contestó—. ¿Qué te parece si almorzamos mañana?
—Me encantaría, pero mañana no puedo. Mejor otro día, ¿sí? Yo te aviso.
Hubo un silencio del otro lado, de esos que dicen más que las palabras.
—¿De verdad? —insistió—. No confías en mí. Si es así, mejor lo dejamos de una vez.
—No es eso, compréndeme. Tengo una casa, responsabilidades. No puedo aparecer cada vez que tú quieras.
—Ya van varias veces que me dices lo mismo y esa llamada nunca llega. Sé que también lo disfrutas. Y quedó algo pendiente la última vez que nos vimos.
Colgué prometiéndole que lo llamaría. Claro que tenía ganas de verlo. Y precisamente por eso no debía.
Esa misma tarde tomé una decisión, una de esas que una toma con el cuerpo antes que con la cabeza. Iba a verlo una última vez, le iba a dar la cara y el dinero, y después cerraría ese capítulo para siempre.
***
Armé la coartada con cuidado. Llamé a mi madre y le pedí que me cuidara a los niños el viernes, que no tenían clases y yo había quedado con mi comadre Marisol para ayudarla en su papelería, que le llegaba mercancía. Después llamé a mi marido y le repetí la misma historia: Marisol me necesitaba, dejaría a los chicos con la abuela, pasaría por ellos al caer la tarde. Él tenía una junta de trabajo larga, así que ni preguntó.
Recién cuando colgué con él marqué el número de Darío. Sentía el corazón en la garganta y un cosquilleo entre las piernas que me delataba.
—¿Bueno? —contestó.
—¿Ves cómo sí cumplo? ¿Podrías el viernes?
—Claro, hermosa, cuando tú digas. ¿Paso por ti?
—No hace falta, te queda lejísimos. Y después tengo que ir por mis hijos. Mejor nos vemos en tu local, ¿te parece?
—Perfecto. Aquí te espero. No tardes mucho, que mi amiguito se pone triste cuando no te ve.
—¡Qué cosas dices! —me reí—. Pues dile que no sea tan llorón.
—¿No te gustan sus lágrimas?
—Me encantan —solté antes de cortar, y me quedé mirando el teléfono como una tonta.
El jueves entero se me fue acomodando la casa y escogiendo qué ponerme. El viernes, apenas mi marido salió rumbo al trabajo, me metí a bañar con calma. Me recorté el vello, me unté crema de frutos rojos por todo el cuerpo y me perfumé con cuidado: detrás de las orejas, en el cuello, debajo de los pechos, en el interior de los codos. Y un poco más abajo también.
Elegí un conjunto de encaje color lila con detalles negros, casi transparente, un liguero negro, medias y un vestido azul marino de tirantes, entallado en la cintura y con la espalda descubierta. Me vi en el espejo y por un segundo no me reconocí. Parezco una quinceañera en su primera cita, pensé, y a pesar de todo me dio risa.
Dejé a los niños en casa de mi madre. Ella me miró de arriba abajo.
—Vas muy arreglada para una papelería.
—Es que primero vamos a almorzar. Traigo ropa cómoda en el coche, mamá.
Me despedí con un beso rápido y manejé hasta el local de Darío con las manos sudando sobre el volante.
***
Me estacioné justo enfrente. Cuando entré, su ayudante, un muchacho flaco, salió disparado hacia la tienda de la esquina con una sonrisa: «buenas, seño». Darío se levantó, me dio un beso en la mejilla, pero su mano se quedó apoyada en mi cadera más tiempo del necesario.
—¿Quieres que te traigan algo? —preguntó.
—No, gracias. ¿Estás ocupado? Si quieres venimos otro día.
—Para nada. En cuanto vuelva Toño, nos vamos.
Cuando regresó el chico, Darío le pidió que le echara un ojo a mi coche y salimos en el suyo. Apenas arrancó, me miró de reojo.
—Qué guapa vienes. ¿A dónde quieres ir?
—No conozco por aquí. Se me antoja comida china.
—Conozco un lugar. No es nada elegante, pero el sushi es buenísimo.
El restaurante era una fonda vieja de sillones rojos corridos. Al principio se sentó frente a mí, con esa decencia que dura poco. Pedimos: yo un chop suey de pollo, él uno de camarones, unos rollos para compartir, una cerveza para él y una sangría para mí. Charlamos de tonterías, de cómo había conocido a mi comadre, hasta que el tema giró hacia nosotros y lo corté en seco.
—Mira, Darío, quiero ser clara. La otra vez me dijiste «corazón». Espero que no sea en sentido romántico, porque no se trata de eso. Estoy felizmente casada, tengo una familia. Lo que pasó entre nosotros no puede ir a más. Que quede como un bonito recuerdo.
Él se cambió de lugar mientras yo hablaba, hasta quedar pegado a mi costado.
—Yo no quiero meterme en tu vida —dijo en voz baja—. Solo quiero verte y pasar un rato bien contigo. Me gustas demasiado. Tu manera de ser me enciende.
Y me besó. Fue un beso largo, hondo, de los que dejan a una sin aire. Su mano se deslizó bajo el vestido, subiendo por mi muslo hasta llegar entre mis piernas. Separé un poco las rodillas casi sin darme cuenta, y su dedo me acarició por encima de la tela ya húmeda. Se me escapó un gemido que el beso ahogó por suerte.
—Espera —murmuré agitada—. Pueden vernos.
—¿Qué tiene? Nadie nos conoce.
—Pide la cuenta. Por favor. Vámonos.
***
Salimos abrazados, sin decirnos nada. En el coche, al subir, el vestido se me trepó dejando a la vista el liguero. Él solo sonrió.
—¿Qué miras? —le reproché, fingiendo enojo.
Por toda respuesta me tomó la cara y me besó otra vez, atrayéndome contra su pecho. Una mano en mi espalda, la otra apretándome por debajo. Mientras manejaba hacia el sur de la ciudad, su mano volvió a mi muslo y avanzó hasta el borde de la tela.
—No seas impaciente —le dije, y puse mis manos sobre la suya. El vestido quedó arriba, mi ropa interior transparente a plena vista.
—Dios —soltó, mirando de reojo—. Qué panorama. ¿Te gusta provocarme?
—Mucho.
Su mano cubrió todo el centro de mi cuerpo y apretó despacio. Vibré contra el asiento, apretándole el muslo. En cada semáforo en rojo se giraba y me besaba sin retirar la mano, jugando con uno de mis pechos por encima del vestido. Así me mantuvo encendida todo el trayecto, los dos en un punto que ya no admitía marcha atrás.
***
Entramos al estacionamiento de un hotel de paso sobre una avenida ancha. Yo iba empapada; él no podía disimular el bulto del pantalón, tanto que la recepcionista se rió por lo bajo y me miró directo a los ojos. En el ascensor, Darío me apretó las nalgas delante de ella, sin pudor.
En cuanto se cerró la puerta me arrinconó contra la pared, me levantó una pierna hasta su cintura y restregó su cuerpo contra el mío mientras me besaba el cuello. Para cuando se abrió la puerta en el tercer piso, yo ya no pensaba en mi marido, ni en mis hijos, ni en las razones que había ensayado toda la mañana.
Entramos a la habitación. Cerró la puerta con el pie, me levantó en vilo con las manos bajo los muslos y me llevó hasta la cama. Le desabroché el cinturón con dedos torpes.
—Quítatelo —le ordené.
Se incorporó y se bajó el pantalón. Lo que vi me dejó la boca seca: una mancha de humedad en la tela blanca delataba lo que había debajo. Pasé la mano por encima, de arriba abajo, jugando con él a través del algodón antes de liberarlo.
Me empujó de vuelta a la cama, me separó las piernas y empezó a besarme por encima de la ropa interior, bajándola despacio, hasta quitármela del todo. Me dejó las medias y el liguero puestos. Yo levanté el torso, me desabroché el vestido y me lo saqué por la cabeza. Él tomó mis pechos, los besó, recorrió mis pezones con la lengua hasta que se pusieron tan duros que dolían.
Bajó por mi vientre. Me volteó boca abajo y mordisqueó suavemente mis nalgas, pasando la lengua entre ellas mientras yo levantaba la cadera buscándolo. Después me puso boca arriba otra vez, con las rodillas abiertas, y se dedicó a mí con una paciencia que me hizo temblar. Besaba el interior de mis muslos, subía, bajaba, atrapaba mi clítoris con los labios y lo succionaba despacio mientras dos de sus dedos entraban y se curvaban dentro de mí, encontrando exactamente el punto.
Yo jadeaba sin control.
—Date vuelta —le pedí con la voz quebrada.
Se acomodó al revés sobre la cama. Acaricié sus nalgas firmes, lo tomé con la mano y lo guié hasta mi boca, recorriéndolo con la lengua mientras él aceleraba sus dedos dentro de mí. Lo chupé entero, sintiendo cómo movía la cadera para entrar más hondo. El primer orgasmo me llegó así, tan fuerte que tuve que sacármelo de la boca para poder gemir a gusto, aferrada a sus muslos.
—Espera —dijo él, agitado—. Me vas a hacer terminar. Quiero metértelo así como estás.
***
Se giró, me levantó las piernas sobre sus hombros y entró de una sola vez, hasta el fondo. Grité. Empezó despacio, dejándome sentir cada centímetro, y luego cambió a un ritmo más firme, profundo, constante. Yo movía la cadera para acompañarlo, deshecha de placer.
Sentí cómo se ponía más duro, más cerca del final, justo cuando otra ola me arrastraba a mí.
—No termines adentro —alcancé a decir.
Salió en el último momento, sostuvo su miembro con la mano, y yo me incorporé y abrí la boca. Terminó así, en varios chorros, y yo me acerqué para recibirlo todo, tragándomelo mientras le sobaba los testículos. Seguí chupándolo hasta que dejó de temblar.
Él me acariciaba la cabeza, mudo, disfrutando. Poco a poco volvió a endurecerse. Me recostó de nuevo, me dobló las piernas casi contra el pecho y me penetró otra vez. En esa postura lo sentí llegar hasta el estómago. Después me sentó sobre él y lo cabalgué un buen rato, mirándonos en el espejo del techo, sus manos abriéndome las nalgas, marcando el compás. Otro orgasmo me dobló sobre su pecho, exhausta. Ya había perdido la cuenta de cuántos llevaba.
Me quitó el liguero y las medias con una delicadeza que no esperaba, y volvió a entrar, de frente, despacio, hasta vaciarse dentro de mí. Se quedó ahí, sin moverse, hasta que salió solo, dejándome un vacío extraño.
***
Descansamos un rato largo. Después empezó a acariciarme otra vez, oliendo mi pelo, recorriéndome de los pechos al vientre. Sin querer, mi mano fue a buscarlo, y noté que incluso en reposo se sentía más grande que mi marido erecto. Cómo me gustaría que el suyo fuera así, pensé, y enseguida me dio vergüenza haberlo pensado.
Lo acaricié hasta despertarlo de nuevo. Me penetró de costado, sin profundidad pero con un roce constante que me volvía loca. Estuvimos así otros diez minutos, acariciándonos por todos lados, hasta que un último orgasmo me sacudió. Terminamos en la ducha, con mis manos apoyadas en los azulejos y él detrás, embistiéndome hasta que las piernas dejaron de responderme.
Nos vestimos en silencio. De vuelta en su local, mientras yo subía a mi coche, me preguntó cuándo nos volveríamos a ver, que la había pasado increíble.
—Yo también lo disfruté —le dije, y era verdad—. Pero es mejor quedarnos con este recuerdo.
Manejé hasta casa de mis padres por mis hijos. Estaba tan cansada que llamé a mi marido y le propuse que se quedara él también a dormir ahí. Esa noche, acostada junto a él en la cama de mi infancia, con mis hijos dormidos en la otra habitación, supe que jamás volvería a llamar a Darío. Y supe también que ese viernes sería mi secreto hasta el último día de mi vida.