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Relatos Ardientes

Descubrí a mi novia con el capitán en la fiesta

El bar de la universidad estaba lleno, pero yo no veía a nadie. Hacía dos horas que llevaba la misma botella de whisky negro delante, y la camarera ya no se molestaba en preguntarme si quería algo más. Tenía dieciocho años, estaba en cuarto de física molecular, y acababa de descubrir que mi novia se acostaba con otro tipo.

Me llamo Mateo. Sé que no es un nombre raro, pero mi vieja decía que era el santo de los que se sacrifican por los demás. Vaya broma terminó siendo.

Esa noche, mientras el whisky me hervía en el estómago, me repetía la escena una y otra vez. La habitación entreabierta, los gemidos, Camila a cuatro patas sobre la cama, el capitán del equipo de fútbol embistiéndola desde atrás. Sus ojos clavándose en los míos sin un gramo de vergüenza. Como si llevara meses esperando a que la encontrara.

***

Una semana antes había sido el chico más afortunado del campus. Camila era dos años mayor que yo, castaña, con un cuerpo que se notaba bajo cualquier camiseta y una forma de sonreír que te hacía olvidar tu propio apellido. Llevábamos juntos desde el primer día de septiembre, y aquel viernes me había despertado a su lado con esa sensación nueva de pertenecer a alguien.

Era mi primera vez. La de ella, no. Cuando terminamos, me había abrazado y me había dicho que nunca había sentido nada igual. Yo me lo creí entero. Bajé al amanecer a comprar medialunas y café para armarle un desayuno como en las películas.

Cuando volví, ella ya estaba despierta y al teléfono. Me detuve en la cocina antes de entrar.

—Sí, gorda, te juro que es un soso —dijo entre risas—. Y para colmo era virgen. Casi no me corro. Me trata como una princesa de yeso y eso me da una pereza terrible.

Solté las bolsas sobre el mostrador a propósito, hice ruido y entré como si nada. Ella cambió la voz al instante y empezó a hablar del novio de una amiga. Yo me agarré a esa explicación como un náufrago a una tabla.

Era más fácil creerle que enfrentarme a lo que acababa de oír.

***

El miércoles a la salida de clase, Camila me esperaba en el pasillo con una de sus sonrisas catastróficas.

—Esta noche hay fiesta en lo de Bruno —dijo, colgándose de mi cuello—. Quiero presentarte oficialmente como mi novio.

Un miércoles a la noche no era día de fiesta para mí. Le había prometido a mi vieja que iba a cenar a su departamento. Pero Camila tenía esa manera de ladear la cabeza y morderse el labio, y me prometió que después íbamos a terminar la noche en su cama haciendo lo que a mí me gustaba. Bajo esos términos, decir que no es casi un delito.

Llegamos a la casa de Bruno con la fiesta ya en pleno apogeo. Música a un volumen que hacía vibrar los vasos, humo de tabaco, gente que se conocía entre sí y que me miraba como si yo fuera el primo del interior. Camila me soltó la mano apenas cruzamos el umbral y desapareció escaleras arriba con dos amigas. Me dejó plantado al lado del bowl de papas fritas.

Aguanté media hora intentando hablar con alguien que no estuviera ocupado en comerle la boca a otro alguien. No encontré a nadie. Me harté. Pensé en volver a casa y avanzar con la tesis de química industrial, total para qué iba a quedarme.

Subí a buscarla para despedirme. En el descanso de la escalera me crucé con Sofía, una de sus amigas, con una sonrisita que ya conocía de sobra.

—¿Buscás a Camila? —me dijo—. Está arriba, en el cuarto del fondo.

—Gracias.

La sonrisita debió haberme avisado. Subí igual.

El pasillo del primer piso era un desfile de cuerpos pegados contra las paredes, manos donde no había que mirar, ropa interior asomando por donde no debía. Caminé hasta el cuarto del fondo, donde había una puerta entreabierta y un sonido familiar saliendo de adentro. Familiar y a la vez horrible.

La empujé con la punta de los dedos. Apenas se movió quince centímetros, y fue suficiente.

Camila estaba en cuatro patas sobre la cama, con la falda subida hasta la cintura. Bruno la sostenía por las caderas y la embestía con esa misma furia que se le veía cuando hacía un gol. Ella tenía los ojos cerrados, la boca abierta, gimiendo de una manera que conmigo no había gemido nunca. Cuando abrió los ojos y me vio en el marco de la puerta, no se asustó. No paró. Sostuvo mi mirada un segundo entero, como si me dijera ahora ya sabés, y volvió a cerrarlos.

Mis oídos pitaron. Las piernas se me clavaron en el piso un par de segundos y después salieron solas. Bajé las escaleras de a tres escalones. No saludé a nadie. No agarré la campera. Caminé seis cuadras hasta el bar de la universidad y pedí lo más barato que tuvieran. Lo más fuerte.

***

Me desperté con el cráneo a punto de estallar. Estaba desnudo en una cama que no era la mía, en una habitación con paredes blancas y un póster de la tabla periódica al lado de la ventana. De puta madre, estoy en lo de una compañera de carrera.

Hice memoria. Recordaba el bar, recordaba a una chica acercándose y diciéndome que tenía mejor lugar para ahogarme, recordaba subir a un taxi y nada más. Después un océano negro.

Me senté en el borde de la cama envuelto en una sábana. Mi ropa no estaba por ningún lado. Empecé a abrir cajones buscando algo que me dijera dónde estaba, y en el segundo cajón me encontré con un manojo de lencería que me hizo retirar la mano como si me hubiera quemado.

—No es de buena educación revolver los cajones ajenos.

Pegué un salto. En el marco de la puerta había una chica de pelo rubio recién mojado y una toalla blanca envolviéndole el cuerpo. La piel le brillaba de la ducha. Tiré la lencería como si así pudiera convencerla de que no la había tocado.

—Perdón —balbuceé—. No sabía dónde estaba. Fue lo único que se me ocurrió.

—Para ser el genio que termina la licenciatura a los dieciocho, no se te ocurren muchas cosas —respondió ella, sin moverse del marco.

Me quedé mudo. ¿Cómo carajo sabía esta mina lo que yo estudiaba?

—Disculpá, pero… ¿nos conocemos?

—Vamos a la misma clase desde hace dos años, Mateo. Me llamo Renata. Encantada.

Repasé mentalmente los rostros de mi camada y no encontré ninguno que coincidiera con esa cara. No me extrañó. Yo nunca miraba a nadie.

—¿Y mi ropa?

—En la lavadora. Anoche te corriste encima en el taxi. La metí a lavar mientras te acomodaba en el sillón. Te quedaste dormido antes de que pudiera ofrecerte un café.

Sentí el calor subiéndome por el cuello. Renata se cruzó de brazos sobre la toalla, marcándome cada centímetro de un escote que hacía dos minutos no había registrado.

—Te traje porque no me daba la conciencia dejarte tirado en la vereda del bar —dijo—. Pero que conste que sos exactamente tan insoportable como pensé desde el primer día.

—¿Insoportable?

—Vanidoso. Arrogante. Nunca te apuntás a un trabajo en grupo, hacés todo solo, mirás a la gente como si fuéramos extras de tu película. Es típico de los que se creen más inteligentes que el resto.

Quise contestar algo cortante, pero no encontré munición. En algún rincón de mi cabeza, una voz me decía que Renata tenía bastante razón.

—No sabía que te molestaba tanto.

—No me molesta. Me da pena. Andá a llamar a tu mamá, que estará preocupada. Tu ropa va a estar lista en veinte minutos.

Se dio vuelta y se fue al baño, dejando atrás un olor a champú de coco y a mujer que no había olido en mi vida. Cerré los ojos un segundo. Algo en la voz de Renata me obligaba a mirarme al espejo de una manera en la que nunca me había mirado.

***

Salí de su edificio sin mirar atrás. Caminé tres cuadras antes de darme cuenta de que vivíamos prácticamente puerta con puerta. Estuvo dos años a media manzana mía y yo ni me había enterado. Quizá sí era un imbécil.

Cuando llegué a casa, tenía treinta y dos llamadas perdidas: la mayoría de mi vieja y unas cuantas de Camila. Llamé a mi vieja primero, le mentí lo necesario para que durmiera tranquila, le prometí pasar a comer el sábado. Después me tiré en el sillón y abrí una cerveza para terminar de despejarme.

Justo cuando estaba por cerrar los ojos, sonó un número largo, desconocido. Casi no atiendo. Atendí por puro aburrimiento.

—¿Mateo Aguirre?

—Sí, soy yo.

—Le hablo de la aseguradora Extremis. Su difunta madre, doña Lucía Aguirre, lo dejó como único beneficiario de su seguro de vida. Las instrucciones eran liberar la suma cuando usted cumpliera dieciocho años. Llevamos dos semanas intentando ubicarlo. Necesitamos un número de cuenta para hacerle la transferencia.

—¿De qué suma estamos hablando?

—Tres millones de euros, señor Aguirre.

Me quedé mudo por segunda vez en el día. Le dicté el número de cuenta como un autómata. Quince minutos después abrí la app del banco y ahí estaba el saldo, con todos los ceros bien puestos.

Mi vieja, la biológica, la que se había abierto las venas en la bañera cuando yo tenía cinco años, me acababa de regalar la vida que mi viejo y la zorra de mi madrastra me habían intentado robar. Tres millones de euros. La hipoteca de mi madre adoptiva, mi proyecto de empresa, todo lo que había soñado mientras dormía en colchones que no eran míos.

Me reí solo. Una risa amarga, casi nerviosa. Y justo en ese momento, como si el universo tuviera sentido del humor, mi móvil volvió a vibrar. En la pantalla apareció el nombre de Camila.

Tomé aire. Atendí.

—Espero que seas breve —le dije—. Es lo último que quiero hacer ahora.

—Mateo, te llamaba para pedirte disculpas, pero ya veo que estás insoportable.

—Las disculpas se piden, no se condicionan.

—Mirá, te lo digo con cariño. Sí, me acosté con Bruno. Y me voy a seguir acostando. Él me da lo que vos no podés darme. No me trata como una porcelana, me coge como me gusta, tiene plata, me lleva a lugares. Vos solo podías pagarme un combo de McDonald's. Y de paso te lo digo: empecé a salir con vos porque les aposté a las chicas que era capaz de coger con el cerebrito de la clase. Gané la apuesta. Buscate una mina de tu nivel.

Hubo un silencio. Pensé que iba a sentir rabia, dolor, vergüenza. Sentí algo mucho más útil. Sentí frío. El mismo frío con el que mi vieja biológica habría planeado el día en que se metió en la bañera, supuse. El mismo frío con el que algunos hombres firman papeles que cambian la vida de otros para siempre.

—Camila —dije—. Te deseo lo mejor con Bruno. De verdad.

—¿En serio?

—Sí. Y avisale a tus amigas que la próxima apuesta les va a salir mucho más cara.

Corté antes de que pudiera contestar. Apoyé el móvil sobre la mesa, me serví otra cerveza y me puse a planear los próximos doce meses como si fueran un experimento de laboratorio. Por primera vez en años, sabía exactamente qué iba a hacer al día siguiente, y al otro, y al otro. Tres millones de euros y una rabia bien fría son, créanme, una combinación química muy difícil de superar.

***

Renata me llamó esa misma noche, dos horas más tarde, para preguntarme si había llegado bien. Le dije que sí. Le dije también, sin pensarlo demasiado, que el lunes quería que me ayudara a entender por qué le caía tan mal a todo el mundo.

—¿Vos pidiéndome ayuda a mí? —se rió del otro lado—. Algo te pasó hoy, Mateo.

—Pasaron varias cosas. Te las cuento el lunes.

Cuando colgué, me quedé un rato largo mirando el techo. La habitación olía a humo viejo, a cerveza tibia y a la promesa de algo nuevo. Camila había sido la última mujer de la que me enamoré por inocencia. Renata, sospechaba, iba a ser la primera de la que me enamorara por costumbre. Y en el medio iban a pasar muchas cosas. Pero esa, ya es otra historia.

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Comentarios (5)

Daniloop87

Que golpe descubrirla así... y encima la vuelta que le da al final. Buenisimo relato, me tuvo pegado hasta la ultima linea.

SofiRosa_x

jaja tremendo final, no me lo esperaba para nada!!

ElChicoDeRosario

Esto es como tiene que estar escrito un relato de infieles. Sin vueltas y con giro al final. Me sacó una sonrisa.

tomas_norte

me recordó a algo que me pasó en un cumpleaños hace unos años jajaja aunque sin los tres millones por supuesto

ClaritaR

Por favor que haya segunda parte, quiero saber como sigue todo esto!!

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