Mi niñera se quedó la semana que mi esposa viajó
Lorena se fue un martes por la mañana con la cara hinchada de llorar. A su madre la operaban del corazón al día siguiente, y mi suegra ya estaba allá esperándola, así que se llevó a la nena y un bolso con lo justo para una semana, quizás dos. Yo me quedé en la puerta viendo cómo el taxi doblaba la esquina y sentí, antes de nada, un alivio que no debía sentir.
Trabajo desde casa los días que puedo y esa semana entera iba a ser desde el escritorio del fondo. Pensé en aprovechar para dormir hasta tarde, comer porquerías, escuchar la música que a ella no le gusta a un volumen indecente. Nada más. No estaba planeando lo otro. Tengo treinta y seis años, llevo nueve casado con una mujer hermosa, una de esas mujeres que entran a una habitación y reordenan el aire, y nunca, hasta ese miércoles, había siquiera fantaseado en serio con engañarla.
La que llegó el miércoles temprano fue Camila. La habíamos contratado hacía algo más de un año para que cuidara a la nena de lunes a viernes y nos echara una mano con la casa. Camila tiene veinte años, estudia comercio internacional los sábados en una universidad privada del centro y vive con dos primas en un departamento de un ambiente cerca de la terminal. Es flaca, morena, con el pelo negro recogido siempre en una colita alta, y cuando se ríe se le marcan dos hoyuelos. Hasta ese miércoles yo la veía como veo a la chica del kiosco de la esquina: una persona joven que hacía su trabajo, a la que saludaba con un beso en la mejilla y a la que le mandaba un mensaje de feliz cumpleaños cuando correspondía.
Tocó el timbre a las nueve. Yo todavía estaba en short y remera, sin afeitar, con el termo del mate en la mano.
—Hola, doctor —dijo, riéndose. Siempre me decía «doctor» en broma porque me había visto una vez en pijama con los anteojos torcidos.
—Hola, Cami. Pasá. Pero te aviso que no hay mucho que hacer.
Lorena la había llamado el día anterior para pedirle que me ayudara unos días con la limpieza y la comida, ya que yo iba a estar solo. Camila puso el bolso en el banco de la entrada y empezó a sacar productos. Se ató el delantal y se puso a barrer el living como si la casa fuera suya. Yo me senté en el comedor a contestar correos, pero cada dos por tres levantaba la vista. La veía agacharse a juntar el polvo del zócalo, estirarse para pasar el plumero por los marcos de los cuadros, y por primera vez registré conscientemente la forma de sus piernas dentro del pantalón de gimnasia.
A media mañana le ofrecí un café. Nos sentamos en la mesa larga y le pregunté por la facultad. Me contó que estaba rindiendo dos finales y que el de Marketing la tenía a maltraer. Me reí porque yo había estudiado lo mismo hacía quince años. Le ofrecí ayudarla con los apuntes esa noche, si quería, y vi cómo se le iluminaba la cara.
—¿En serio? Te juro que estoy desesperada.
—En serio. Pero acabemos con esto primero. ¿Te dijo Lorena qué hacer exactamente?
—Limpiar, cocinar, lo de siempre.
—Olvidate. Hoy no hay nadie a quien cuidar y la casa la limpiaste hace cuatro días. Te invito a almorzar. Después te llevo al departamento, dormís un rato y a la noche, si querés, volvés con los apuntes.
Aceptó con un encogimiento de hombros que era todo menos inocente, aunque entonces no lo entendí. Le dije que se cambiara si quería, que el delantal le quedaba mal para el lugar al que íbamos. Fue al baño y volvió con una pollera negra hasta la rodilla y una blusa blanca que se había dejado encima de la mochila esa mañana. Se había soltado el pelo. Era otra persona. O la misma, pero finalmente vista.
***
El lugar al que la llevé no era de almuerzos rápidos. Era una parrilla con mesas en el jardín, donde íbamos con Lorena cuando había aniversario. Pedí una botella de malbec y los ojos del mozo, que me conocía, me preguntaron mil cosas con una sola mirada. Yo le sostuve la mirada como si todo estuviera en orden.
Camila había probado el vino dos o tres veces en la vida, dijo. A la segunda copa estaba contándome del novio que había dejado a los dieciocho porque la engañaba con la mejor amiga. A la tercera me preguntó cómo era estar casado tantos años sin aburrirse. A la cuarta yo le había agarrado la mano por encima del mantel y ella no la había soltado.
—¿Adónde vamos? —preguntó cuando pagué la cuenta.
—A donde quieras.
—Llevame a tu casa.
Lo dijo sin parpadear. Y ahí supe que la decisión la había tomado ella mucho antes que yo.
***
Subimos sin hablar. Cerré la puerta con doble vuelta de llave, como si el barrio entero estuviera espiando. Camila se descalzó en el recibidor y caminó descalza hasta el medio del living. Se dio vuelta y me esperó. Yo me acerqué con una lentitud que no recordaba en mí, le aparté el pelo del cuello y le besé justo debajo de la oreja. Soltó un suspiro corto, casi una risa, y me agarró la camisa con las dos manos.
La levanté en brazos y la llevé al cuarto. No a la pieza de huéspedes. A la cama matrimonial, la que comparto con Lorena hace casi una década, con su perfume todavía en la almohada del lado izquierdo. La acosté del lado derecho, el mío, y le saqué la blusa botón por botón. Tenía un corpiño deportivo gris, sin relleno, y debajo dos pechos chicos, firmes, con los pezones oscuros y endurecidos. Le pasé la boca por encima de la tela hasta que me suplicó que se lo sacara.
—Hace tiempo que no me toca nadie —me dijo al oído mientras le bajaba la pollera—. Hace tiempo que no me toca nadie en serio.
La diferencia con mi mujer me golpeó en la primera caricia. Lorena es alta, de caderas anchas, con pechos llenos que conozco de memoria. Camila era todo lo contrario: liviana, angulosa, con la piel del color del té cargado y un olor a jabón blanco y a algo más, algo joven y animal, debajo de la ropa. No se depilaba el pubis. Tenía un triángulo denso de vello negro y los labios menores totalmente lampiños, perfectamente delineados, oscuros. Cuando se los toqué con la lengua dejó de respirar dos segundos enteros.
Esa primera vez fue rápida. Demasiado. Yo estaba tan caliente que terminé apenas estuve adentro y me derrumbé pidiéndole disculpas como un adolescente. Ella se rio, me besó la frente y me dijo que tenían toda la noche. Toda la semana, en realidad.
***
No exagero si digo que en las setenta y dos horas siguientes no salimos del departamento más que dos veces, y para comprar comida. Camila no volvió al suyo. Pidió permiso a las primas con la excusa de un trabajo de la facultad y se trajo una mochila con tres mudas de ropa, de las cuales usó la mitad. La otra mitad del tiempo andaba desnuda. Barría desnuda, cocinaba desnuda, contestaba un audio de su madre desnuda al lado de la ventana. Yo trabajaba con el portátil sobre la mesa del comedor, en calzoncillos, y cada veinte minutos se acercaba por atrás, me mordía la nuca y me llevaba al sofá, o al suelo, o a la cocina.
Llegamos a contar nueve veces en una madrugada. Después dejamos de contar. Empecé a hacer cosas que con Lorena jamás había propuesto, no por falta de ganas sino por una especie de respeto torpe. A Camila se las pedía sin filtro y ella decía que sí a todo. Me chupaba mirándome a los ojos y se tragaba todo lo que le daba. Se dejaba dar vuelta y me dejaba entrar despacio en el culo, primero un dedo, después dos, después yo entero, con tanta paciencia como pudiera juntar. Después se reía contra la almohada y me pedía agua.
Una tarde, mientras yo me duchaba, abrió el placard de Lorena y se probó un conjunto de encaje azul que mi mujer guardaba para los aniversarios. Le quedaba grande de copa y chico de cintura, ridículo y obsceno al mismo tiempo. Se paró en la puerta del baño con los brazos en jarra y me preguntó qué pensaba. Pensé que estaba siendo el peor hombre del mundo. Lo pensé clarito, como una oración escrita en la pared, y aun así la agarré del pelo, le di vuelta contra el lavabo y se lo arranqué con los dientes.
***
Lorena me llamaba todas las noches. La operación de su madre había salido bien, pero la recuperación era lenta y se iba a quedar más tiempo del previsto. Me preguntaba si estaba comiendo, si me había acordado de pagar la luz, si Camila había venido a limpiar.
—Sí, vino un par de veces —decía yo con la mano de Camila sobre el muslo, bajo la mesa—. Después la mandé a su pueblo, no había mucho para hacer.
—Sos un sol. Decile que le pago la semana igual.
Cortaba y me quedaba con la cabeza enterrada entre los pechos chicos de Camila durante minutos largos, en silencio, sintiendo el latido de ella al mismo tiempo que el mío.
El sábado a la noche fuimos a un restaurante peruano del otro lado de la ciudad, donde no nos conocía nadie. Comimos ceviche, tomamos pisco sour, y hablamos de la vida con la intimidad de dos personas que se conocían hace diez años. Camila me contó que de chica quería ser veterinaria pero que no le daba la matemática. Yo le conté cosas que nunca le había dicho a Lorena: del padre que se había ido cuando yo tenía siete, del miedo absurdo a quedarme calvo, de la sensación de que la vida adulta era una larga oficina con buena calefacción.
Volvimos en taxi tomados de la mano. Esa noche fue distinta. Más lenta. Más callada. Le hice el amor mirándola a los ojos y por primera vez en muchos años no estuve pensando en nada que no fuera el cuerpo que tenía debajo.
***
El miércoles siguiente Lorena me avisó que volvía el viernes. Veinticuatro horas. Veinticuatro horas para borrar diez días.
Camila se puso a lavar todo apenas escuchó la noticia. Sábanas, fundas, toallas, manteles. Pasó la aspiradora por todos los rincones, lavó los vasos del lavavajillas a mano, ventiló los placares. Yo me ocupé del baño y de tirar las botellas de vino al contenedor de la cuadra siguiente. Trabajamos en silencio, eficientes, como si hubiéramos hecho aquello toda la vida.
El jueves a la noche dormimos abrazados sin sexo. El viernes a las seis de la mañana la dejé en la terminal con un beso largo en la boca y la promesa boba de que íbamos a encontrar la manera. El vuelo de Lorena aterrizaba a las diez.
Fui a buscarla. La abracé en el aeropuerto, le di un beso en la frente como hacía siempre, agarré la valija con las dos manos y la llevé al auto. En el camino me contó del hospital, del lento despertar de su madre, de la mujer del cuarto de al lado que se la pasaba rezando en voz alta. Yo asentía, hacía las preguntas correctas, conducía con un solo desvío del corazón cada tanto.
***
Han pasado tres meses desde aquello. Camila volvió a venir el lunes siguiente, con su delantal y su colita alta, y nos saludamos con un beso en la mejilla bajo la mirada distraída de Lorena. Desde entonces nos miramos. Aprendimos a mirarnos sin que se note. Cuando ella sale a la verdulería, Camila pasa al estudio, cierra la puerta y me masturba apurada con la mano sobre la boca. Una vez por semana, si tenemos suerte, conseguimos cuarenta minutos en un hotel del centro.
No sé cómo va a terminar esto. A veces me siento la peor persona del planeta y otras pienso que estoy más vivo que nunca. Lorena no sospecha nada o, peor, sospecha y no quiere saber. Camila tiene veinte años y toda la vida por delante, y un día se va a cansar de mí y se va a ir, y yo voy a llorar como un idiota en un banco de plaza. Mientras tanto, cuando se va por la tarde y queda en el aire ese olor a jabón blanco, me siento en la cama matrimonial donde todo empezó, miro la almohada del lado izquierdo y entiendo, por fin, qué es la palabra deseo cuando se dice en voz baja.