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Relatos Ardientes

Mi mujer me fue infiel y me salvó una desconocida

Cuando entré al departamento esa noche, dos horas antes de lo habitual, los escuché antes de verlos. La cama de matrimonio crujía como nunca había crujido conmigo encima. Carolina gemía cosas que jamás le había escuchado decir. Y Mauricio, el mismo Mauricio que años atrás me había roto la mandíbula de un puñetazo en una fiesta de la oficina, le respondía con una voz ronca de animal satisfecho.

Me quedé parado en el pasillo, con las llaves todavía en la mano, mirándolos a través de la puerta entreabierta. Ella encima de él, la espalda arqueada, el pelo cayéndole sobre la cara. Cuando giró la cabeza y me vio, no se bajó. No se cubrió. Solo se quedó quieta, mirándome, y siguió moviéndose despacio sobre las caderas de Mauricio.

—Vete —dijo, sin dejar de moverse—. Vete a dormir al sillón, Diego.

Bajé al pasillo como un perro apaleado. Metí cuatro camisas y mi notebook en un bolso, agarré los documentos y salí. En la escalera todavía la oía. A las once en punto paré un taxi y le pedí que arrancara sin saber adónde ir.

—Hotel Cervantes —le dije al rato—. ¿Lo conoce?

—Sí, señor.

El hombre no me habló en todo el camino. Aproveché para bloquearla en el celular y para escribir a recursos humanos pidiendo la baja. Llevaba diez años en esa empresa. Diez años aguantando que Mauricio fuera mi jefe directo, mi torturador silencioso, el tipo que me había dejado impotente con un golpe que no llegó a la cara: llegó a la cabeza, y desde aquella noche en el hospital nunca más había vuelto a tenerla dura. Carolina lo sabía. Carolina sabía todo.

***

Pasé cuatro días encerrado en esa habitación. Lloré como no recordaba haber llorado. El sábado fui a casa de mi madre. Me abrió la puerta, me miró a los ojos y se largó a llorar conmigo, sin que yo hubiera abierto la boca.

—Hijo, cuánto estás sufriendo.

Le conté todo. Lo de Mauricio en la fiesta, lo del hospital, los años en silencio, lo del departamento. Mi madre llamó a Carolina y la trató de cosas que yo no sabía que conocía. Después llamó a los padres de ella. Para el lunes, la familia entera le había cerrado la puerta a mi mujer.

Tincho, un amigo de la infancia que llevaba diez años en Houston, me consiguió alojamiento. Un primo de su esposa, Ramiro, se iba seis meses a Copenhague y necesitaba que alguien le cuidara la casa en las afueras de Valencia. Acepté sin pensarlo. Cinco días después estaba instalado en una casa enorme, vacía, con un jardín que no sabía mirar y una piscina que no pensaba usar.

Tres semanas más tarde había perdido diez kilos y me bebía una botella de whisky por noche. Un domingo me desperté a las ocho de la tarde, salí a la calle todavía borracho y terminé encima de la baranda del puente que cruza el río al norte del pueblo. No recuerdo haber decidido subirme. Recuerdo el agua oscura corriendo abajo. Recuerdo pensar que ahí estaba el final.

Una mano me agarró del brazo justo antes de saltar.

—¡Diego San! ¡Diego San! ¿Qué hace, por Dios?

Esa voz la reconocí al instante. Solo una persona en el mundo me llamaba así. La señora Yumi Tanaka, una japonesa de sesenta años que había trabajado en limpieza en mi oficina, vivía en una finca a tres kilómetros del puente. Habíamos pasado tardes enteras hablando de Japón, de su huida de la Yakuza con su padre, de los rituales que su padre conocía y que ella decía que podían sanar cualquier cosa.

—Bájese de ahí, Diego San. Venga conmigo.

***

La finca tenía cuatro hectáreas, un jardín japonés impecable, animales por todos lados y, en el living, a un anciano flaco como un alambre, sentado en un sillón. Me presentó a su padre, Daisuke. Le hablaron en japonés. El viejo me hizo arrodillarme, me apoyó una mano fría en la frente y otra en el pecho, y un tren me embistió por dentro. Desperté en el suelo sin saber cuánto tiempo había pasado.

—Dice mi padre que su Qi está roto. Si quiere vivir, debe quedarse aquí, trabajar la tierra y entrenar con nosotros. No tiene otra forma.

Acepté. ¿Qué otra cosa me quedaba? A las cinco de la mañana del día siguiente estaba golpeando esa puerta otra vez. Empecé alimentando cerdos, sembrando, limpiando corrales, arando, cargando bolsas de cuarenta kilos sobre los hombros. Antes del trabajo, una hora de movimientos con Daisuke que me dejaban tirado en el barro. Después del trabajo, otra hora de meditación. A los dos meses había recuperado peso pero todo músculo. A los tres meses corría diez kilómetros sin agitarme. Lo único que no recuperaba era lo otro. Eso seguía muerto entre las piernas.

***

Hana llegó en el cuarto mes. Era la hija de Yumi, había viajado desde Japón después de pasarse media vida atrapada en algo que ninguno de los dos quería contarme. No medía un metro cincuenta. Pesaba menos que una bolsa de cemento. Tenía tatuajes raros en la frente, en los pómulos, en el cuello, y una mirada que cortaba el aire como un cuchillo. Jamás sonreía. Llevaba siempre ropa cerrada hasta el cuello, mangas largas, polera, calzas oscuras.

La primera vez que me vio me miró de arriba abajo con un asco que me hizo dar un paso atrás. Le habló a su abuelo en un tono filoso. El viejo le levantó la voz una sola vez y ella agachó la cabeza.

—Ven aquí, Hetare —me dijo después, y más tarde supe que eso significaba algo así como cobarde, patético, gusano—. Desde hoy te entreno yo. Mi abuelo supervisa.

Caminó delante de mí hasta el manzano. Le miré el culo por debajo de las calzas porque hacía cinco años que no miraba el culo de ninguna mujer y, por un segundo, sentí que algo dentro de mí se movía. Cuando llegamos al árbol, clavó los dedos índice y medio en una manzana y la atravesó como si fuera mantequilla.

—Si me sigues mirando así, asqueroso Hetare, te quedarán los ojos como esta manzana.

***

Hana me rompía. Me corregía a golpes. Me gritaba en dos idiomas. Se reía cuando me caía. Me reventaba las costillas con codazos que parecían martillazos. Yo aceptaba todo porque tenía razón, porque era un Hetare, porque seguía soñando de noche con Carolina debajo de Mauricio.

Una tarde, en el banco del pueblo, la vi pasar por la vereda de enfrente. Carolina. Embarazada de seis meses. Salí corriendo en dirección contraria, compré tres botellas de whisky y me las tomé sentado en el piso de la cocina de Ramiro. Hana me encontró ahí. Me agarró del pelo, me metió bajo la ducha vestido, me arrastró a la finca y me dejó tirado en el establo, desnudo, durante doce horas. Cuando volvió, me puso una collera de buey al cuello y me enganchó al arado.

—Eres peor que mierda. Si tú no te respetas, yo menos.

Tiré del arado descalzo, sangrando por los hombros y los pies, sintiendo el roce de la tierra como un castigo merecido. Cuando me desplomé, me limpió con la manguera, me dejó sobre el heno y se fue. Entró Yumi y me untó una crema que ardía. Mientras me masajeaba la espalda me habló sin mirarme.

—Esa mujer del banco te reconoció. Está arrepentida. Dice que la noche que la encontraste enloqueció y que el embarazo no fue buscado.

—No me importa. Esa hija no es mía. Ese tipo me sacó hasta el útero de mi mujer.

—Vacíe ese vaso, Diego San. Mi padre y mi hija lo van a ayudar. Y respecto a lo otro… dice mi padre que usted no tiene nada. Que es la cabeza. Que se ponga de pie.

***

A la madrugada siguiente le dije a Hana que basta de collera. Que quería entrenar. Ese mes pasé al kung-fu, al Dim Mak, a técnicas que jamás creí que existieran fuera de las películas. Hana me partía la cara cada tarde y al día siguiente yo me levantaba para que me la partiera otra vez.

Una vez, durante un ejercicio, le di con un grito en el estómago que la dejó tirada en el piso, sin aire, varios segundos. Cuando se levantó, sacándose la polera porque había caído sobre un hormiguero, le vi por primera vez el cuerpo. Sujetador negro. Y debajo del sujetador, y a los costados, y en la espalda, y en los brazos, un tatuaje gigante: una serpiente que la envolvía entera desde los hombros hasta donde se perdía bajo las calzas. Cicatrices viejas, blancas, finas, atravesando los dibujos. La piel de alguien que había sido cortada muchas veces.

Se cubrió a tirones y se me vino al cuello con los ojos llenos de furia. Su abuelo la frenó con una palabra. Después me prohibió, mirándome, que volviera a preguntar.

***

Esa misma noche Daisuke pidió que su nieta hiciera algo que ningún cuerpo humano debería poder hacer. Hana se sentó al borde de mi cama, con la cara endurecida, y me puso una mano en la frente y la otra entre las piernas. El calor que salía de sus dedos era como un metal al rojo. Me apretó los testículos hasta que pensé que iba a gritar. Después me agarró el sexo blando con la mano libre y empezó a frotarlo, sin ternura, como quien lustra un mueble. Yo no sentía nada. Ella mascullaba en japonés, cada vez más rápido. Se metió mi sexo en la boca. Lo chupó con una técnica que no era de placer sino de obligación, de orden, de medicina antigua.

Levantó la cabeza un segundo, con los labios hinchados, y me miró furiosa.

—Piensa que soy Carolina.

El calor se volvió insoportable y, por primera vez en cinco años, se me puso dura como una piedra. La miré a los ojos. Y vi la cara de alguien a quien acabás de partir el corazón. Soltó todo, se levantó de un salto, gritó algo en japonés y se fue dando un portazo.

No entendí en ese momento por qué se había puesto así. A partir de esa noche me despertaba cada mañana con la verga dura. Pero no la usaba. Solo era una erección. Solo era la prueba de que el cuerpo había vuelto.

***

Pasó un año entero. Mi cuerpo era otro. Mi mente era otra. Hana seguía tratándome como a un perro, pero un perro que ya sabía morder. Una tarde, volviendo del pueblo en tren, nos atacaron seis tipos borrachos en un descampado. Tiré a dos al suelo con golpes que ni sabía que sabía dar. Hana destrozó a los otros cuatro sin despeinarse. Cuando seguimos camino con Yumi del brazo, Hana me dijo, sin mirarme:

—Por fin, Hetare. Vas mejorando.

Viniendo de ella, fue casi un beso.

***

Mi madre me llamó una noche al borde de la histeria. Carolina estaba en su casa con la beba. Mauricio la había buscado a los golpes y la había seguido. Salí disparado de la finca. Hana me siguió pero la perdí en el camino.

Cuando llegué, Mauricio estaba pateando a mi ex mujer en el piso del living. Mi madre tenía a la beba en brazos contra una pared, paralizada. Cuando me vio, el otro soltó a Carolina y se vino encima mío. Puse la mente en blanco. Hice ese movimiento circular que nunca me había salido bien antes y, esta vez, me salió. Mauricio voló contra el paredón. Quedó tirado, inconsciente, sangrando por la nuca.

Levanté a Carolina del piso. La acosté en el sillón. Le limpié la sangre de la cara con una toalla que me alcanzó mi madre. Cuando levanté la vista, en el marco de la puerta estaba Hana, mirándonos. Yo no me había dado cuenta de que había llegado. Vi en su cara orgullo. Después tristeza. Después algo que tardé en reconocer porque no se la había visto nunca: ternura.

Cruzó el living, me agarró de los brazos, me besó en la boca y se fue sin decir nada más que una palabra.

—Adiós.

Carolina, hinchada y sangrando, me agarró la mano.

—¿Quién… quién es ella?

—La hija de la mujer con la que vivo.

—Diego, por favor, hablemos. Yo te amo. Lo nuestro…

—Lo nuestro fueron trece años. Y vos los rompiste a las once de una noche cualquiera. Yo ya sané. Acá —me señalé la cabeza—. Acá —el pecho—. Y acá —el paquete—. Sé feliz con la nena. Yo me voy.

***

Volví a la finca dos horas después, todavía manchado de sangre. Yumi me esperaba en la puerta con la cara descompuesta.

—Hana se fue al aeropuerto, Diego San. Vuelve a Japón. La Yakuza la liberó hace tres años, pero le ofreció volver con rango. Ahora ella aceptó.

—¿Por qué?

—Porque siempre supo que usted amaba a su esposa. Hoy lo vio confirmarlo cuando salió corriendo a salvarla.

—No salí corriendo a salvarla. Salí a sacarme un peso de encima.

—Vaya y dígaselo a ella.

Llegué al aeropuerto sin saber cómo. La vi apoyada contra un ventanal, con una mochila a los pies y el pelo cubriéndole media cara. Le grité desde el otro extremo del hall.

—Maldita seas, Hana. No te vas a ningún lado.

—¿Cómo me llamaste, Hetare?

—Por tu nombre. Hana. El que te puso tu madre, no el que te puso esa banda de hijos de puta.

La pelea que vino después no se la deseo a nadie. Dos cuerpos chocando en un galpón vacío al lado de la pista. Yo recibí más golpes que ella, pero al final, cuando ya no me quedaba aire, le solté un grito desde el abdomen que la dejó mareada, le lancé energía con las dos manos y, cuando cayó de espaldas, me tiré encima y le inmovilicé los brazos contra el cemento.

—Sos hermosa, Hana. No te vayas. Te necesito.

—Mentiroso. Corriste por ella.

—Corrí para terminar con ella. Y para venir corriendo después por vos. Te amo. Te odio, también. Pero te amo.

Empecé a llorar arriba de ella. Hana me miró sin parpadear.

—¿Y mis tatuajes? ¿Y mis cicatrices? ¿Saldrías a la calle conmigo así?

—No me importa el envase. Me importás vos, maldita perra amargada.

Me soltó las manos. Me devolvió el beso con una rabia que era amor. Y, por primera vez desde que la conocía, se le cayó una lágrima.

—Te amo, Diego. Maldito seas. Te amo.

***

Llegamos a la finca tomados de la mano, los dos ensangrentados, la ropa hecha jirones. Yumi nos vio desde el porche con una mezcla de espanto y alegría que solo una madre japonesa puede mezclar. Hana le pegó un codazo en las costillas cuando dije, riéndome, que me había costado convencerla.

—Por bocón.

Esa noche desperté en la cama del cuarto de invitados, limpio, con el cuerpo lleno de la crema de Yumi y a Hana dormida a mi lado con un top y unas calzas cortas. Cuando me moví, abrió los ojos, me miró, me sonrió por segunda vez en toda mi vida y deslizó la mano por debajo de mi pantalón.

—Ahora vamos a seguir con lo que quedó pendiente la otra vez. Pero si te imaginás que soy ella, te juro que…

—Si vos me la nombrás, soy yo el que te castiga.

Se rió en mi cara y me apretó. La verga ya estaba durísima antes de que terminara la frase. La besé como si me fuera a morir. Ella me besó como si llevara toda la vida esperando. Me quitó el pantalón con una agilidad que dolía. Bajó la cabeza despacio, mirándome a los ojos, y se la metió en la boca entera, sin titubear, sin urgencia, sin la frialdad de aquella vez en el cuarto del establo. Esta vez había hambre.

Después se sacó el top y vi otra vez la serpiente. La cabeza del tatuaje llegaba hasta el pubis, y la lengua bífida del animal se metía entre los labios de su sexo. Cuando la acosté boca arriba, recorrí esa serpiente con la lengua desde el ombligo hasta donde terminaba. Hana arqueó la espalda, me agarró del pelo, me dijo en japonés cosas que no entendí y que tampoco hacía falta entender. Me confesaría más tarde que jamás había llegado al orgasmo en toda su vida. Esa madrugada llegó tres veces.

***

Mauricio desapareció. Nunca más se supo de él. Carolina se volvió con sus padres, que terminaron aflojando cuando conocieron a la nena. Daisuke murió en el invierno siguiente, dormido en su sillón, con esa misma cara de sabio que tenía siempre. Pocos meses después nació Mei Luna, hermosa como la madre, llorona y terca como el padre, o sea como yo.

A veces, cuando estoy lavando los platos y la miro a Hana jugar con la nena en el jardín, me acuerdo de aquella noche en el puente. Y pienso que el peor día de mi vida fue, sin saberlo, el primero del resto.

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Comentarios (4)

Gonzalo_P77

excelente relato!! me tenia pegado a la pantalla desde el principio

MartinaBaires

y la desconocida?? necesito saber mas de esa parte, por favor una segunda parte!!

Pibe_del_sur

me mato la escena del taxi, me recordo a una noche que yo tambien me fui caminando sin saber a donde. Se siente muy real

FlorLect

Dios que angustia al principio, pero termina bien. Bien narrado, sin ser burdo

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