Mi mujer me fue infiel y me salvó una desconocida
Cuando entré al departamento esa noche, dos horas antes de lo habitual, los escuché antes de verlos. La cama de matrimonio crujía como nunca había crujido conmigo encima. Carolina gemía cosas que jamás le había escuchado decir. "Más fuerte, hijo de puta, rómpeme el coño", "así, así, dámela toda", "cógeme como él nunca supo". Y Mauricio, el mismo Mauricio que años atrás me había roto la mandíbula de un puñetazo en una fiesta de la oficina, le respondía con una voz ronca de animal satisfecho, entre embestidas que hacían golpear la cabecera contra la pared.
Me quedé parado en el pasillo, con las llaves todavía en la mano, mirándolos a través de la puerta entreabierta. Ella encima de él, la espalda arqueada, el pelo cayéndole sobre la cara, las tetas rebotando con cada bajada, los muslos abiertos hasta el límite, el coño empalado hasta la raíz en la verga gruesa de Mauricio. Él le tenía las manos clavadas en el culo, separándole las nalgas, guiándola de arriba abajo sobre su polla mojada de flujos, brillante hasta los huevos. Cuando giró la cabeza y me vio, no se bajó. No se cubrió. Solo se quedó quieta un segundo, con la boca abierta, y siguió moviéndose despacio sobre las caderas de Mauricio, hundiéndoselo entero, sacándoselo hasta el glande, volviéndoselo a tragar sin apartar los ojos de los míos.
—Vete —dijo, sin dejar de moverse, mientras Mauricio le mordía un pezón y ella soltaba un gemido que le venía de la panza—. Vete a dormir al sillón, Diego.
Él levantó la cara del pecho de mi mujer, me miró sonriendo, y le clavó una nalgada seca que le sacudió todo el culo. Carolina gritó de placer. Empezó a montarlo más rápido, casi mirándome a los ojos, chapoteando, con los jugos corriéndole por dentro de los muslos. Mauricio la agarró de las caderas y empezó a embestirla desde abajo con brutalidad, hundiéndosela hasta el fondo, haciéndola aullar. "Me vengo, papi, me vengo en tu verga", gemía Carolina, y yo me quedé ahí, con las llaves apretadas hasta hacerme sangre en la palma, viendo cómo mi mujer se corría a horcajadas sobre el tipo que años antes me había dejado impotente.
Bajé al pasillo como un perro apaleado. Metí cuatro camisas y mi notebook en un bolso, agarré los documentos y salí. En la escalera todavía la oía gritar. A las once en punto paré un taxi y le pedí que arrancara sin saber adónde ir.
—Hotel Cervantes —le dije al rato—. ¿Lo conoce?
—Sí, señor.
El hombre no me habló en todo el camino. Aproveché para bloquearla en el celular y para escribir a recursos humanos pidiendo la baja. Llevaba diez años en esa empresa. Diez años aguantando que Mauricio fuera mi jefe directo, mi torturador silencioso, el tipo que me había dejado impotente con un golpe que no llegó a la cara: llegó a la cabeza, y desde aquella noche en el hospital nunca más había vuelto a tenerla dura. Carolina lo sabía. Carolina sabía todo.
***
Pasé cuatro días encerrado en esa habitación. Lloré como no recordaba haber llorado. El sábado fui a casa de mi madre. Me abrió la puerta, me miró a los ojos y se largó a llorar conmigo, sin que yo hubiera abierto la boca.
—Hijo, cuánto estás sufriendo.
Le conté todo. Lo de Mauricio en la fiesta, lo del hospital, los años en silencio, lo del departamento. Mi madre llamó a Carolina y la trató de cosas que yo no sabía que conocía. Después llamó a los padres de ella. Para el lunes, la familia entera le había cerrado la puerta a mi mujer.
Tincho, un amigo de la infancia que llevaba diez años en Houston, me consiguió alojamiento. Un primo de su esposa, Ramiro, se iba seis meses a Copenhague y necesitaba que alguien le cuidara la casa en las afueras de Valencia. Acepté sin pensarlo. Cinco días después estaba instalado en una casa enorme, vacía, con un jardín que no sabía mirar y una piscina que no pensaba usar.
Tres semanas más tarde había perdido diez kilos y me bebía una botella de whisky por noche. Un domingo me desperté a las ocho de la tarde, salí a la calle todavía borracho y terminé encima de la baranda del puente que cruza el río al norte del pueblo. No recuerdo haber decidido subirme. Recuerdo el agua oscura corriendo abajo. Recuerdo pensar que ahí estaba el final.
Una mano me agarró del brazo justo antes de saltar.
—¡Diego San! ¡Diego San! ¿Qué hace, por Dios?
Esa voz la reconocí al instante. Solo una persona en el mundo me llamaba así. La señora Yumi Tanaka, una japonesa de sesenta años que había trabajado en limpieza en mi oficina, vivía en una finca a tres kilómetros del puente. Habíamos pasado tardes enteras hablando de Japón, de su huida de la Yakuza con su padre, de los rituales que su padre conocía y que ella decía que podían sanar cualquier cosa.
—Bájese de ahí, Diego San. Venga conmigo.
***
La finca tenía cuatro hectáreas, un jardín japonés impecable, animales por todos lados y, en el living, a un anciano flaco como un alambre, sentado en un sillón. Me presentó a su padre, Daisuke. Le hablaron en japonés. El viejo me hizo arrodillarme, me apoyó una mano fría en la frente y otra en el pecho, y un tren me embistió por dentro. Desperté en el suelo sin saber cuánto tiempo había pasado.
—Dice mi padre que su Qi está roto. Si quiere vivir, debe quedarse aquí, trabajar la tierra y entrenar con nosotros. No tiene otra forma.
Acepté. ¿Qué otra cosa me quedaba? A las cinco de la mañana del día siguiente estaba golpeando esa puerta otra vez. Empecé alimentando cerdos, sembrando, limpiando corrales, arando, cargando bolsas de cuarenta kilos sobre los hombros. Antes del trabajo, una hora de movimientos con Daisuke que me dejaban tirado en el barro. Después del trabajo, otra hora de meditación. A los dos meses había recuperado peso pero todo músculo. A los tres meses corría diez kilómetros sin agitarme. Lo único que no recuperaba era lo otro. Eso seguía muerto entre las piernas. La verga colgaba blanda, inútil, como un trozo de cuerda mojada. Ni cuando me lavaba con agua fría al amanecer, ni cuando pensaba a propósito en cuerpos desnudos, ni cuando me la agarraba y me la tironeaba con rabia hasta que la piel se me irritaba. Nada. Muerta.
***
Hana llegó en el cuarto mes. Era la hija de Yumi, había viajado desde Japón después de pasarse media vida atrapada en algo que ninguno de los dos quería contarme. No medía un metro cincuenta. Pesaba menos que una bolsa de cemento. Tenía tatuajes raros en la frente, en los pómulos, en el cuello, y una mirada que cortaba el aire como un cuchillo. Jamás sonreía. Llevaba siempre ropa cerrada hasta el cuello, mangas largas, polera, calzas oscuras.
La primera vez que me vio me miró de arriba abajo con un asco que me hizo dar un paso atrás. Le habló a su abuelo en un tono filoso. El viejo le levantó la voz una sola vez y ella agachó la cabeza.
—Ven aquí, Hetare —me dijo después, y más tarde supe que eso significaba algo así como cobarde, patético, gusano—. Desde hoy te entreno yo. Mi abuelo supervisa.
Caminó delante de mí hasta el manzano. Le miré el culo por debajo de las calzas porque hacía cinco años que no miraba el culo de ninguna mujer y, por un segundo, sentí que algo dentro de mí se movía. Un cosquilleo mínimo, casi imperceptible, en la punta de la polla muerta. El culo de Hana era chiquito, respingón, marcado hasta el último pliegue por la tela apretada, y se le abría al caminar dejando entrever la raja perfecta entre las nalgas. Cuando llegamos al árbol, clavó los dedos índice y medio en una manzana y la atravesó como si fuera mantequilla.
—Si me sigues mirando así, asqueroso Hetare, te quedarán los ojos como esta manzana.
***
Hana me rompía. Me corregía a golpes. Me gritaba en dos idiomas. Se reía cuando me caía. Me reventaba las costillas con codazos que parecían martillazos. Yo aceptaba todo porque tenía razón, porque era un Hetare, porque seguía soñando de noche con Carolina debajo de Mauricio, con el coño de mi mujer estirado alrededor de la verga de otro, con la cara de placer que jamás le había visto conmigo.
Una tarde, en el banco del pueblo, la vi pasar por la vereda de enfrente. Carolina. Embarazada de seis meses. Salí corriendo en dirección contraria, compré tres botellas de whisky y me las tomé sentado en el piso de la cocina de Ramiro. Hana me encontró ahí. Me agarró del pelo, me metió bajo la ducha vestido, me arrastró a la finca y me dejó tirado en el establo, desnudo, durante doce horas. Cuando volvió, me puso una collera de buey al cuello y me enganchó al arado.
—Eres peor que mierda. Si tú no te respetas, yo menos.
Tiré del arado descalzo, sangrando por los hombros y los pies, sintiendo el roce de la tierra como un castigo merecido. Cuando me desplomé, me limpió con la manguera, me dejó sobre el heno y se fue. Entró Yumi y me untó una crema que ardía. Mientras me masajeaba la espalda me habló sin mirarme.
—Esa mujer del banco te reconoció. Está arrepentida. Dice que la noche que la encontraste enloqueció y que el embarazo no fue buscado.
—No me importa. Esa hija no es mía. Ese tipo me sacó hasta el útero de mi mujer.
—Vacíe ese vaso, Diego San. Mi padre y mi hija lo van a ayudar. Y respecto a lo otro… dice mi padre que usted no tiene nada. Que es la cabeza. Que se ponga de pie.
***
A la madrugada siguiente le dije a Hana que basta de collera. Que quería entrenar. Ese mes pasé al kung-fu, al Dim Mak, a técnicas que jamás creí que existieran fuera de las películas. Hana me partía la cara cada tarde y al día siguiente yo me levantaba para que me la partiera otra vez.
Una vez, durante un ejercicio, le di con un grito en el estómago que la dejó tirada en el piso, sin aire, varios segundos. Cuando se levantó, sacándose la polera porque había caído sobre un hormiguero, le vi por primera vez el cuerpo. Sujetador negro. Tetas chicas, altas, apretadas contra el encaje. Y debajo del sujetador, y a los costados, y en la espalda, y en los brazos, un tatuaje gigante: una serpiente que la envolvía entera desde los hombros hasta donde se perdía bajo las calzas. Cicatrices viejas, blancas, finas, atravesando los dibujos. La piel de alguien que había sido cortada muchas veces.
Se cubrió a tirones y se me vino al cuello con los ojos llenos de furia. Su abuelo la frenó con una palabra. Después me prohibió, mirándome, que volviera a preguntar.
***
Esa misma noche Daisuke pidió que su nieta hiciera algo que ningún cuerpo humano debería poder hacer. Hana entró a mi cuarto con la cara endurecida, en bata y descalza. Sin decir nada me sacó la manta, me abrió las piernas y se sentó al borde de la cama entre mis muslos. Me puso una mano en la frente y la otra entre las piernas. El calor que salía de sus dedos era como un metal al rojo. Me apretó los testículos hasta que pensé que iba a gritar. Después me agarró la polla blanda con la mano libre y empezó a frotarla, sin ternura, como quien lustra un mueble. Arriba, abajo, arriba, abajo, con la palma áspera de callos y el pulgar apretando el glande cada vez que subía. Yo no sentía nada.
Ella mascullaba en japonés, cada vez más rápido. Se escupió la mano y siguió, más rápido, más fuerte. La verga no reaccionaba. Se agachó, resopló con rabia, y se metió mi sexo en la boca. Me la chupó entera, hundiéndosela hasta la garganta con una técnica que no era de placer sino de obligación, de orden, de medicina antigua. La lengua le daba vueltas por el glande, los labios le hacían ventosa en el tronco, la saliva le corría por los huevos y le caía en las sábanas. Con la mano izquierda me masajeaba los testículos, con la derecha me apretaba la base. Yo miraba el techo sintiendo el calor de esa boca japonesa alrededor de mi polla muerta, y solo pensaba: sigue muerta.
Levantó la cabeza un segundo, con los labios hinchados y un hilo de baba colgándole del mentón, y me miró furiosa.
—Piensa que soy Carolina.
Cerré los ojos. Vi a Carolina montando a Mauricio. Vi el coño de mi mujer bajando entero sobre otra verga. Vi la cara de placer, la boca abierta, el pelo sudado. Y sentí a Hana chupándome como si me quisiera arrancar el alma por la polla.
El calor se volvió insoportable, un latigazo que me subió desde los pies, y por primera vez en cinco años se me puso dura como una piedra dentro de la boca de Hana. Ella lo notó al instante, gruñó satisfecha, y aceleró. Me chupó hasta la raíz, con la nariz enterrada en mi vello, tragando saliva alrededor del tronco palpitante. Con una mano me apretaba los huevos, con la otra me acariciaba el perineo. Yo empecé a jadear, a arquear la espalda, a sentir cosas que había dado por muertas para siempre. Un cosquilleo eléctrico se me acumulaba en la base de la columna, subía, bajaba, me martillaba las sienes.
Abrí los ojos para mirarla. Y vi la cara de alguien a quien acabás de partir el corazón. Los ojos rasgados de Hana estaban llenos de lágrimas contenidas, la boca todavía alrededor de mi polla dura de otra mujer, la frente apoyada contra mi cadera. Soltó todo, se levantó de un salto, se limpió la boca con el dorso de la muñeca, gritó algo en japonés y se fue dando un portazo.
Me quedé solo, desnudo, con la verga apuntando al techo, latiendo, endurecida por primera vez en cinco años por el fantasma de la mujer que me había destruido. No entendí en ese momento por qué Hana se había puesto así. A partir de esa noche me despertaba cada mañana con la polla dura, tan dura que dolía, tan dura que a veces sangraba por el frenillo de tanto restregarme contra las sábanas. Pero no la usaba. No me tocaba. Solo era una erección. Solo era la prueba de que el cuerpo había vuelto.
***
Pasó un año entero. Mi cuerpo era otro. Mi mente era otra. Hana seguía tratándome como a un perro, pero un perro que ya sabía morder. Una tarde, volviendo del pueblo en tren, nos atacaron seis tipos borrachos en un descampado. Tiré a dos al suelo con golpes que ni sabía que sabía dar. Hana destrozó a los otros cuatro sin despeinarse. Cuando seguimos camino con Yumi del brazo, Hana me dijo, sin mirarme:
—Por fin, Hetare. Vas mejorando.
Viniendo de ella, fue casi un beso.
***
Mi madre me llamó una noche al borde de la histeria. Carolina estaba en su casa con la beba. Mauricio la había buscado a los golpes y la había seguido. Salí disparado de la finca. Hana me siguió pero la perdí en el camino.
Cuando llegué, Mauricio estaba pateando a mi ex mujer en el piso del living. Mi madre tenía a la beba en brazos contra una pared, paralizada. Cuando me vio, el otro soltó a Carolina y se vino encima mío. Puse la mente en blanco. Hice ese movimiento circular que nunca me había salido bien antes y, esta vez, me salió. Mauricio voló contra el paredón. Quedó tirado, inconsciente, sangrando por la nuca.
Levanté a Carolina del piso. La acosté en el sillón. Le limpié la sangre de la cara con una toalla que me alcanzó mi madre. Cuando levanté la vista, en el marco de la puerta estaba Hana, mirándonos. Yo no me había dado cuenta de que había llegado. Vi en su cara orgullo. Después tristeza. Después algo que tardé en reconocer porque no se la había visto nunca: ternura.
Cruzó el living, me agarró de los brazos, me besó en la boca y se fue sin decir nada más que una palabra.
—Adiós.
Carolina, hinchada y sangrando, me agarró la mano.
—¿Quién… quién es ella?
—La hija de la mujer con la que vivo.
—Diego, por favor, hablemos. Yo te amo. Lo nuestro…
—Lo nuestro fueron trece años. Y vos los rompiste a las once de una noche cualquiera. Yo ya sané. Acá —me señalé la cabeza—. Acá —el pecho—. Y acá —el paquete—. Sé feliz con la nena. Yo me voy.
***
Volví a la finca dos horas después, todavía manchado de sangre. Yumi me esperaba en la puerta con la cara descompuesta.
—Hana se fue al aeropuerto, Diego San. Vuelve a Japón. La Yakuza la liberó hace tres años, pero le ofreció volver con rango. Ahora ella aceptó.
—¿Por qué?
—Porque siempre supo que usted amaba a su esposa. Hoy lo vio confirmarlo cuando salió corriendo a salvarla.
—No salí corriendo a salvarla. Salí a sacarme un peso de encima.
—Vaya y dígaselo a ella.
Llegué al aeropuerto sin saber cómo. La vi apoyada contra un ventanal, con una mochila a los pies y el pelo cubriéndole media cara. Le grité desde el otro extremo del hall.
—Maldita seas, Hana. No te vas a ningún lado.
—¿Cómo me llamaste, Hetare?
—Por tu nombre. Hana. El que te puso tu madre, no el que te puso esa banda de hijos de puta.
La pelea que vino después no se la deseo a nadie. Dos cuerpos chocando en un galpón vacío al lado de la pista. Yo recibí más golpes que ella, pero al final, cuando ya no me quedaba aire, le solté un grito desde el abdomen que la dejó mareada, le lancé energía con las dos manos y, cuando cayó de espaldas, me tiré encima y le inmovilicé los brazos contra el cemento.
—Sos hermosa, Hana. No te vayas. Te necesito.
—Mentiroso. Corriste por ella.
—Corrí para terminar con ella. Y para venir corriendo después por vos. Te amo. Te odio, también. Pero te amo.
Empecé a llorar arriba de ella. Hana me miró sin parpadear.
—¿Y mis tatuajes? ¿Y mis cicatrices? ¿Saldrías a la calle conmigo así?
—No me importa el envase. Me importás vos, maldita perra amargada.
Me soltó las manos. Me devolvió el beso con una rabia que era amor. Y, por primera vez desde que la conocía, se le cayó una lágrima.
—Te amo, Diego. Maldito seas. Te amo.
***
Llegamos a la finca tomados de la mano, los dos ensangrentados, la ropa hecha jirones. Yumi nos vio desde el porche con una mezcla de espanto y alegría que solo una madre japonesa puede mezclar. Hana le pegó un codazo en las costillas cuando dije, riéndome, que me había costado convencerla.
—Por bocón.
Esa noche desperté en la cama del cuarto de invitados, limpio, con el cuerpo lleno de la crema de Yumi y a Hana dormida a mi lado con un top y unas calzas cortas. Cuando me moví, abrió los ojos, me miró, me sonrió por segunda vez en toda mi vida y deslizó la mano por debajo de mi pantalón. Me agarró la polla que ya estaba despertando y me la apretó fuerte, con esa mano dura y llena de callos que había aprendido a temer y a desear al mismo tiempo.
—Ahora vamos a seguir con lo que quedó pendiente la otra vez. Pero si te imaginás que soy ella, te juro que te la arranco de cuajo.
—Si vos me la nombrás, soy yo el que te castiga.
Se rió en mi cara y me apretó más fuerte, con los dedos rodeándome la base y el pulgar frotándome el frenillo. La polla ya estaba durísima, palpitando, mojada de líquido preseminal, antes de que terminara la frase. La besé como si me fuera a morir. Le metí la lengua hasta la garganta, le mordí los labios, le agarré la nuca. Ella me besó como si llevara toda la vida esperando, con hambre, gimiendo bajito, mordiéndome el mentón. Me quitó el pantalón con una agilidad que dolía. Me arrancó los boxers de un tirón. Se me quedó mirando la verga parada, palpitando contra mi vientre, brillando en la penumbra, y pasó la lengua por sus dientes como una gata.
—Estás enorme, Hetare. Y toda para mí.
Bajó la cabeza despacio, mirándome a los ojos, y se la metió en la boca entera, sin titubear, sin urgencia, sin la frialdad de aquella vez en el cuarto del establo. Esta vez había hambre. La chupó desde la base hasta la punta, arrastrando los labios apretados, dándole vueltas con la lengua alrededor del glande, escupiéndole encima y volviéndosela a tragar hasta la garganta. La saliva le corría por la mano con la que me apretaba los huevos, me caía por el perineo, me empapaba las sábanas. Cada vez que la hundía entera hacía un gorgoteo con la garganta que me hacía arquear la espalda. Los ojos rasgados se le llenaban de lágrimas de tanto forzarse, pero no paraba. Subía, bajaba, me chupaba solo el glande dándole vueltas rápidas con la punta de la lengua, después se metía la polla entera y me sostenía la mirada mientras tragaba alrededor del tronco.
—Se me van a salir los huevos, Hana —jadeé.
Ella se la sacó de un tirón, con un sonido húmedo que retumbó en el cuarto, y me sonrió con los labios brillantes.
—Todavía no, Hetare. Esta noche te vas a correr donde yo quiera.
Se sacó el top de un tirón y vi otra vez la serpiente. Las tetas chicas, altas, con los pezones marrones parados como piedritas. La cabeza del tatuaje llegaba hasta el pubis, y la lengua bífida del animal se metía entre los labios afeitados de su sexo. Le arranqué las calzas cortas de un tirón y la acosté boca arriba. Recorrí esa serpiente con la lengua desde el ombligo hasta donde terminaba, chupando cada escama, mordiéndole la piel, dejándole marcas. Cuando llegué al pubis, le abrí las piernas con las dos manos y le vi el coño rosado, brillante, mojado hasta los muslos, con los labios pequeños asomando entre el afeitado perfecto. Me clavé ahí con la boca.
Le comí el coño como si me fuera la vida en eso. Le pasé la lengua entera desde el perineo hasta el clítoris, una y otra vez, absorbiendo el sabor ácido y salado de sus jugos. Le clavé la lengua adentro, la moví en círculos, la saqué y le chupé el clítoris hinchado, tironeando suave con los labios. Hana arqueó la espalda como un arco, me agarró del pelo con las dos manos y me apretó la cara contra su sexo hasta que me faltó el aire. "Ahí, ahí, ahí no pares", gemía en español y en japonés al mismo tiempo, retorciéndose. Le metí dos dedos y busqué ese punto de adentro, esa esponja rugosa que tanto había leído y jamás había encontrado. Lo encontré. Hana pegó un grito que despertó a los perros del jardín. Se le empezaron a sacudir los muslos, se le cerraron alrededor de mi cabeza, y sentí un chorro tibio bañarme la cara y el cuello.
—Ay, dios, ay, dios, ¿qué me hiciste? —jadeó, temblando de arriba abajo.
Me subí encima de ella, con la cara empapada de sus jugos, y le agarré la polla dura con la mano.
—Te la voy a meter entera, Hana. Toda.
—Rómpeme, Hetare. Rómpeme el coño.
La penetré de una sola embestida, hundiéndome hasta los huevos en su carne apretada, ardiente, mojadísima. Ella gritó y se aferró a mis hombros con las uñas, clavándomelas hasta hacerme sangre. El coño de Hana me apretaba la verga como un puño, palpitaba alrededor del tronco, me chupaba hacia adentro con cada contracción. Empecé a moverme despacio, sacándomela hasta el glande, volviéndosela a hundir hasta el fondo, saboreándome cada milímetro. Ella me miraba a los ojos con la boca abierta, gimiendo bajito, con esa cara feroz suavizada por el placer.
—Más rápido, Diego. Más fuerte. Rómpeme.
Le agarré las muñecas y se las clavé contra el colchón sobre la cabeza. Le empecé a coger duro, embistiéndola hasta el fondo, haciéndola rebotar sobre el colchón. Las tetas chicas le saltaban con cada golpe, el cuerpo entero se le sacudía, los tatuajes de la serpiente se le movían como si el animal estuviera vivo. El chapoteo del coño mojado alrededor de mi polla llenaba el cuarto. Le mordí un pezón. Se lo chupé mientras seguía embistiéndola. Ella empezó a gritar, a decir cosas en japonés, a arquear el cuello.
—Me vengo, me vengo, Diego, me vengo otra vez.
Sentí las contracciones del coño alrededor de mi verga, los muslos apretándome las caderas, las uñas clavándose. Hana se corrió abajo mío gritando mi nombre, sacudiéndose entera, mordiéndome el hombro para no despertar a la madre.
La di vuelta. Le levanté el culo. Le abrí las nalgas con las dos manos y le vi el coño abierto, colorado, chorreando, y arriba el otro agujero, pequeño y rosado. Me hundí de nuevo por atrás, agarrándola de las caderas, y empecé a embestirla como un animal. El culo respingón de Hana rebotaba contra mi pubis con cada golpe, haciendo un ruido seco de piel contra piel. Le agarré el pelo negro y se lo enrollé en el puño. Ella se dejó guiar, arqueando el lomo, ofreciéndome el culo entero, gimiendo con la cara contra la almohada.
—Así, Hetare, así, cógeme como si me odiaras.
Le pasé el pulgar por la saliva y se lo metí en el otro agujero. Hana pegó un chillido y se corrió por tercera vez, mojando la sábana entera con un chorro. Ese apretón alrededor de mi polla me acabó. Sentí subirme la corrida desde los huevos, atravesarme el tronco entero, y le vacié dentro del coño todo lo que había acumulado durante cinco años. Chorro tras chorro, temblando, gimiendo sobre su espalda tatuada, hasta que se me escurrió por los labios y le cayó por los muslos.
Me confesaría más tarde que jamás había llegado al orgasmo en toda su vida. Esa madrugada llegó tres veces. Me lo dijo en un susurro, con la cabeza apoyada en mi pecho, todavía temblando, con los dedos jugando con el vello de mi vientre. Nos volvimos a coger antes del amanecer. Y después, cuando el sol ya entraba por la ventana, otra vez. Yo tenía cinco años acumulados adentro y ella tenía toda una vida.
***
Mauricio desapareció. Nunca más se supo de él. Carolina se volvió con sus padres, que terminaron aflojando cuando conocieron a la nena. Daisuke murió en el invierno siguiente, dormido en su sillón, con esa misma cara de sabio que tenía siempre. Pocos meses después nació Mei Luna, hermosa como la madre, llorona y terca como el padre, o sea como yo.
A veces, cuando estoy lavando los platos y la miro a Hana jugar con la nena en el jardín, me acuerdo de aquella noche en el puente. Y pienso que el peor día de mi vida fue, sin saberlo, el primero del resto.