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Relatos Ardientes

La revisión que no le conté a mi marido

Llevaba tres semanas con una tos seca que no se me iba con nada. Esa mañana me desperté con la garganta ardiendo y los ojos hinchados, y supe que ya no podía seguir postergándolo.

—Carolina, llama hoy mismo al centro de salud —me dijo Andrés mientras preparaba el café—. Esa tos ya no es normal.

—Lo hago ahora.

Tuve suerte. La recepcionista me confirmó un hueco a última hora de la tarde, el último del turno. Acepté sin pensarlo.

—Andrés, ¿te encargas tú de recoger a los nenes del colegio? Me dieron cita a las siete.

—Tranquila, los recojo y comemos en casa.

Llegué al centro de salud con tiempo y el pasillo estaba prácticamente vacío. Solo quedaba mi consulta. La puerta estaba entreabierta y, desde fuera, se oían dos voces masculinas que de tanto en tanto se reían. Me senté en la silla del pasillo, esperando a que alguien me llamara. El móvil me vibró: era Andrés, los niños ya estaban en casa preguntando por mí. Sonreí. Doce años de matrimonio y todavía me escribía cuando llegaba a algún sitio.

Como nadie salía a buscarme, me decidí a golpear la puerta con los nudillos. Las risas se cortaron en seco.

—Adelante —respondió una voz grave.

Empujé la puerta y me encontré con una escena que no esperaba. Mi médica de siempre, la doctora Marta, no estaba. En su lugar había dos hombres. El primero, sentado detrás del escritorio, llevaba la bata blanca abierta sobre una camisa negra y vaqueros oscuros. El otro, más joven, estaba apoyado de manera informal en el borde de la mesa, también con bata, aunque debajo lucía una sudadera y unas zapatillas.

El de la mesa se puso de pie. Era alto, mucho más alto de lo que parecía sentado, con los hombros anchos y un mechón de canas en las sienes. Cuarenta y muchos, calculé. Una de esas presencias que llenan una habitación sin pedir permiso.

—Soy Sergio —dijo, tendiéndome la mano con un apretón firme—. Sustituyo a Marta, que está de baja.

—Y yo soy Tomás —añadió el joven sin levantarse, con una sonrisa lateral que rozaba la provocación.

Sergio cerró la puerta detrás de mí y, con un gesto galante, retiró la silla para que me sentara. Cálmate, Carolina, es solo el médico. Pero algo en mi interior se había revuelto. Llevaba años sin sentir aquello, una mezcla de cosquilleo y alerta que solo había experimentado con un par de compañeros de oficina y que siempre había sabido reprimir. Estaba felizmente casada. Andrés y yo seguíamos teniendo buen sexo. Y, sin embargo, ahí estaba aquella sensación pulsando bajo el ombligo como si tuviera diecinueve años.

Sergio echó un vistazo a mi expediente.

—Cuéntame, Carolina. ¿Qué te trae por aquí?

—Llevo tres semanas con una tos seca que no se me quita. Por las noches es lo peor.

—Vamos a echar un vistazo. Acércate a la camilla.

Saqué la lengua y abrí la boca. Sergio se inclinó hacia mí con un depresor en la mano. Cuando se aproximó, percibí su perfume: madera, algo cítrico, muy contenido. Por favor, contrólate. Me presionó la lengua hacia abajo y me iluminó la garganta.

—La tienes muy enrojecida. Ven, Tomás, mira tú también.

Aproveché esos segundos para tragar saliva. El residente se acercó con menos cuidado y, al introducir el depresor, lo hundió un poco más de la cuenta. Me dio una pequeña arcada que no pude disimular.

—Más suave —intervino Sergio—. No la metas tan adentro.

Hubo un silencio de medio segundo. Luego los tres nos reímos a la vez. La frase había sonado a lo que había sonado, y ninguno de los tres fingió no haberse dado cuenta. Tomás incluso enrojeció ligeramente, lo que me hizo gracia.

—Sí, tiene la garganta inflamada —concluyó él, recuperando la compostura.

—Vamos a auscultarte los pulmones —dijo Sergio—. Desabróchate la blusa, por favor.

Bendita la hora en la que me había puesto aquel sujetador. Era uno negro de encaje, el que Andrés me había regalado para nuestro último aniversario, con un poco de copa que me levantaba el pecho. Lo había sacado del cajón sin pensar esa mañana, simplemente porque era el primero que había encontrado limpio. Me deshice de los botones uno a uno mientras notaba cómo dos pares de ojos seguían mis dedos.

Sergio sacó el fonendoscopio. Me apoyó una mano cálida en el hombro y, con la otra, empezó por la espalda. Su perfume volvió a alcanzarme. Después rodeó la camilla y se colocó delante. El metal frío del fonendo me erizó la piel. Sus dedos, cuando se posaron sobre el escote, me rozaron lo justo para que mi respiración se entrecortara un instante.

—Tienes los pulmones algo cargados —murmuró—. Ven, Tomás, ausculta tú esta zona.

—¿Justo aquí? —preguntó el joven.

Los dedos de Sergio se apoyaron sin pudor en la parte alta de mi pecho para indicarle el punto exacto. Di un pequeño respingo. Los dos lo notaron. Tomás colocó el fonendo donde le habían señalado y, repitiendo el gesto del mayor, me sujetó el hombro con una mano. Tener a dos hombres pegados a mí, uno a cada lado, me estaba empezando a marear.

—Y aquí también —añadió Sergio, volviendo a tocarme.

—Sí, lo oigo. Está cargado.

—Bien, Carolina. Estás un poco malita, pero lo arreglamos rápido y te pondrás buena en unos días.

—Más buena, querrás decir —soltó Tomás sin filtro.

Me quedé muda. Sergio le lanzó una mirada de reproche y negó con la cabeza.

—Tomás, esas cosas no se dicen en una consulta. Discúlpale, Carolina, todavía está aprendiendo a comportarse.

Sonreí ligeramente, sin saber qué responder. Sergio volvió al ordenador para redactar el informe. De repente, levantó la vista y me sonrió.

—Mira qué casualidad. Estamos haciendo un cribado de prevención de enfermedades en mujeres y has caído en la muestra aleatoria. Te tocaría volver otro día… pero, si quieres, te lo hago yo ahora y te ahorras el viaje.

—¿Ahora? —titubeé.

—Si te parece bien. En diez minutos lo dejamos resuelto.

Siempre había tenido ginecóloga mujer. La idea de que aquel hombre me explorara me resultaba entre incómoda y excitante. Y, sin embargo, lo que mi boca dijo fue:

—Vale.

—Perfecto. Quítate el sujetador, ahora voy.

Me desabroché el cierre con los dedos torpes. Tomás supervisaba la operación desde su esquina sin disimulo. Cuando me deshice del sujetador, sentí el aire frío en los pezones, que se contrajeron al instante.

Sergio se acercó por la izquierda.

—Si te molesta o aprieto demasiado, me lo dices.

—De acuerdo.

Me apoyó una mano en la espalda y, con la otra, comenzó a palpar el pecho izquierdo desde la parte superior. Yemas firmes, presión medida, un recorrido metódico. Cuando llegó al borde exterior, formó una pinza con el pulgar y el índice y fue avanzando milímetro a milímetro. Mi pezón se erizó del todo. Sentí un calor sordo bajándome por el vientre.

—No noto nada raro —dijo, mirándome a los ojos con esa voz grave que me iba a perseguir durante semanas—. Tomás, ven, ponte a este lado.

Sergio se cambió a mi derecha y Tomás ocupó su lugar. De pronto tenía dos manos masculinas amasándome ambos pechos a la vez. Mis bragas eran un desastre. Esto no está pasando. Esto no me está pasando a mí.

Tomás era mucho menos delicado. Apretaba como quien no termina de saber lo que tiene entre las manos, con cierta ansiedad mal disimulada. Las novias de su edad no tendrán pechos como estos, pensé con una pizca de vanidad que no sabía que aún me quedaba.

—Aquí tampoco noto nada —concluyó Sergio—. Tomás, comprueba tú este otro lado.

El residente estiró el brazo y tomó mi pecho derecho. Sergio mantuvo la mano apoyada en mi espalda durante toda la maniobra, como si aquello fuera parte del protocolo.

—Tomás, ¿qué te ha pasado, hijo? —dijo Sergio con tono burlón.

Miré al joven sin entender. Entonces vi el bulto que se le marcaba en el pantalón.

—No lo puedo evitar… —murmuró Tomás, apartándose ligeramente.

—Tranquilo, es normal. A todos nos ha pasado alguna vez. —Sergio bajó la mirada hacia su propia entrepierna—. Y, te confieso, a mí también me está pasando un poco. Hacía tiempo.

Seguí su mirada. En sus vaqueros se adivinaba un bulto algo menos llamativo, pero igualmente evidente. Su mano subió hasta mi hombro.

—Perdónanos, Carolina. Son gajes del oficio.

No supe qué decir. Estaba en la camilla, en topless, con dos hombres en bata empalmados delante de mí, y en lugar de gritar o salir corriendo, mis muslos se apretaban el uno contra el otro tratando de aliviar una presión que no paraba de crecer.

—Yo no me puedo ir así a casa —dijo Tomás, y empezó a desabrocharse el cinturón.

—No serás capaz —rio Sergio.

—Es algo natural. Tú lo has dicho.

Tomás se bajó la bragueta y, en un segundo, su miembro saltó hacia fuera. Largo, venoso, con esa rigidez impaciente de los veintipocos. Aparté la mirada como si me hubieran quemado, y la mía se cruzó con la de Sergio, que sonreía.

—Qué vigor el de los chicos de hoy en día.

—¿Te importa girarte un poco hacia mí? —me pidió Tomás, ya con la mano alrededor de su erección.

Yo estaba paralizada. Sergio me empujó suavemente el hombro y dejé que mi cuerpo rotara hacia el residente. Tomás empezó a masturbarse mirándome los pechos, y yo no fui capaz de decir una sola palabra.

De pronto, las manos de Sergio aparecieron por debajo de mis brazos, ahuecándome los pechos desde atrás.

—Voy a continuar con la exploración —susurró pegado a mi oído.

Sus manos pasaron de la palpación clínica a un masaje claramente distinto. Pulgares e índices buscaron mis pezones y empezaron a pellizcarlos con lentitud. Se me escapó un gemido que ya no intenté contener. Sergio bajó la boca a mi cuello y me besó. Un escalofrío me recorrió la columna entera.

—Veo que de lubricación no andamos mal —dijo después de colar la mano por la cinturilla del pantalón—. Ven, Tomás, comprueba cómo se moja una mujer con experiencia.

Tomás metió los dedos junto a los de Sergio. Su cara fue un poema.

—Increíble. Mi novia de veintidós no se moja así ni en sueños.

Tendría que haberme avergonzado. En cambio, me dejé caer un poco más contra Sergio y dejé que mis caderas siguieran su mano. La voz de mi marido —«llámame al salir»— me cruzó la cabeza un instante y la espanté como quien aparta una mosca.

—Vamos a ver cómo trabaja esa garganta —dijo Sergio—. Tomás, antes vi que no sabes mirarla bien. Vamos a practicar un poco.

Cogió una toalla doblada del estante y la colocó en el suelo, junto a la silla del escritorio.

—Carolina, ponte de rodillas aquí.

Obedecí. Las baldosas se me clavaron en las rodillas por encima de la toalla, pero no me importaba.

—Abre la boca.

Sergio me deslizó el depresor sobre la lengua y la presionó hacia abajo.

—Acércate, Tomás. Despacio.

El residente avanzó. Sergio agarró su miembro con una mano y lo guio hacia mi boca con la otra ocupada en el depresor.

—Métela poco a poco. Llega hasta el fondo, pero sin prisa.

Tomás obedeció esta vez. Sentí la punta de su erección rozarme la úvula y volver atrás. Lagrimeé sin querer.

—Repite el movimiento. Ese masaje, créetelo, le viene bien para la tos.

Estuvo así un par de minutos, entrando y saliendo en mi garganta con un ritmo que iba mejorando con la práctica, mientras Sergio dirigía la operación como si dictara una receta. Cuando juzgó que era suficiente, le retiró suavemente y me sostuvo la barbilla.

—Mucho mejor —dijo después de mirarme la boca por dentro otra vez.

Lo siguiente que sentí fue su propio cinturón abriéndose. Cuando levanté la vista, su pantalón ya estaba en los tobillos y un miembro grueso, oscuro, completamente distinto al de Tomás, colgaba a la altura de mi cara. Era ancho, más curtido, con un prepucio largo que reclamaba atención.

Sergio se sentó en su silla y separó las piernas.

—Saca la lengua y alcanza la punta. Nada de manos.

Le obedecí. Estiré la lengua y la deslicé bajo el prepucio. Sergio dejó escapar un sonido bajo que confirmó que iba por el buen camino. Me esforcé en encontrar el glande, lo recorrí en círculos y noté un sabor salado en la boca. Después atrapé el prepucio entre los labios y tiré hacia atrás varias veces. Su miembro fue ganando firmeza hasta liberarse solo.

—Así, Carolina. Trabájamela.

Me lancé sobre él con una mano sujetándole los testículos y la boca completamente abierta. Detrás de mí, escuché a Tomás moverse y noté sus dedos por dentro de mi pantalón. Me masturbó el clítoris con la torpeza ansiosa que ya le conocía, hasta que dos dedos suyos me entraron sin ceremonia.

—Está lista, doctor.

—Estupendo. Carolina, desnúdate y túmbate en la camilla. Apoya los pies y separa las rodillas.

Lo hice como una autómata. Sergio se enfundó unos guantes y se acercó a mi entrepierna. Sus dedos entraron despacio, recorriendo cada rincón con esa profesionalidad sospechosa que ya no engañaba a nadie.

—Tomás, mientras tanto, métele la polla en la boca. La necesitamos preparada.

Giré la cabeza hacia el borde de la camilla. Tomás avanzó y se hundió entre mis labios mientras Sergio jugaba con mis paredes interiores. Era surrealista. Era inevitable.

—Todo en orden por aquí —diagnosticó Sergio—. Tomás, te toca explorar tú.

Cambiaron de posición. Sergio me alimentó con su miembro grueso —apenas me cabía— mientras Tomás se colocaba entre mis piernas. Sentí cómo su largura me alcanzaba el fondo con una sola embestida. Hubo un instante de molestia, casi de dolor, pero Sergio me acarició la mejilla.

—Tranquila. Ahora viene lo bueno.

Y vino. Las embestidas de Tomás fueron ganando intensidad y el malestar se transformó en un placer que no había sentido nunca de aquella forma. Me sujetaba las caderas con tanta fuerza que iba a dejarme marcas. Las marcas eran lo de menos. Lo que me preocupaba era cómo iba a explicarle a Andrés aquel temblor en las piernas que no se me pasaba.

—Doctor… —jadeó Tomás—. ¿Me deja terminar dentro?

—Adelante.

El orgasmo me alcanzó al mismo tiempo que a él, en oleadas largas, mientras la boca se me llenaba y mis dientes apenas se atrevían a rozar a Sergio. Cuando Tomás se retiró, me corrí una segunda vez sin que nadie me tocara, simplemente con la sensación del vacío y la imagen completa de lo que estaba viviendo.

Sergio cambió de turno. Su miembro era mucho más grueso que el de Tomás, y aunque ya estaba preparada, sentí cómo me abría las paredes con cada vaivén. Era una sensación nueva, casi vergonzante por lo intensa. Sergio iba despacio, dosificándolo, mientras me tocaba el clítoris con una técnica que solo se aprende con los años.

Yo lamía la punta de Tomás, que se había vuelto a poner duro y observaba la escena como si no creyera lo que veía. De reojo, miraba la cara de Sergio: aquella expresión concentrada y placentera me derretía por dentro.

De pronto, Sergio empezó con golpes cortos, secos, y me intensificó el masaje del clítoris. Sentí cómo un orgasmo me subía por los muslos, lento, distinto a todo lo anterior. Me invadió las caderas, el vientre, la espalda. Justo entonces, él aceleró el ritmo a embestidas largas y yo dejé de pensar.

Sergio gimió pegado a mi oído. Algo cálido se derramó dentro de mí. Lo dejé estar.

Me bajé de la camilla con las piernas de mantequilla. Tomás seguía con su erección a media asta y una mirada implorante.

—Algo habrá que hacer con eso —oí decirme a mí misma.

Lo senté en la silla del escritorio. Recurrí a la técnica que había visto: rebusqué entre mis piernas con dos dedos, recogí la mezcla de lo que había allí dentro y me la unté en el canalillo. Coloqué su miembro entre mis pechos y empecé a moverme.

No tardó. Se corrió en chorros que apunté con la boca abierta, intentando atraparlos. Cuando estaba a punto de tragar, oí a Sergio.

—No te lo tragues, Carolina.

Se acercó y me levantó la barbilla con un dedo.

—Haz gárgaras. Te vienen bien para la tos.

Lo intenté. La risa se me escapó y Tomás se contagió. La densidad no era la ideal para el ejercicio, pero hice lo que pude.

—Perfecto, Carolina. Vístete. Médicamente, estás impecable.

Recogí la ropa del suelo evitando sus miradas. Me temblaban las manos al abrocharme los botones. Cuando salí al pasillo, el centro de salud estaba en silencio total. El móvil me vibró en el bolso. Era Andrés.

«¿Cómo ha ido, cariño? ¿Mucha gente al final?»

Me senté en el coche, miré la pantalla y respiré hondo antes de contestar.

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Comentarios (4)

MartinFB

Que relato!!! enganchado de principio a fin, no pude parar

PaulaM_93

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas jaja

elena_lectora

Me recordo a algo parecido que viví... esas situaciones que despues no sabes como explicar. Muy bien escrito, se siente autentico

Riquelme_lector

¿habra continuacion? el final te deja con muchas preguntas, demasiadas jaja

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