El hermano de mi novio me esperaba en la cocina
Aquella noche la fiesta llenaba mi casa de gente, música y vasos a medio terminar. Mis tíos llevaban horas discutiendo de fútbol en el patio, mis primas se reían en círculo en la sala y la canción que sonaba en los parlantes ya nadie sabía quién la había puesto. Me llamo Catalina y esa noche, no sé bien por qué, me había levantado con ganas de provocar.
Tengo el pelo castaño, ondulado, largo hasta media espalda, y esa noche lo dejé suelto a propósito, sabiendo cómo se mueve cuando camino rápido. Soy bajita, de cintura estrecha y caderas anchas, con piernas que se ven más largas si me pongo los tacos correctos. Me había pintado los labios de un rojo oscuro que no usaba desde hacía meses.
Escogí un top blanco diminuto, de los que te dejan medio ombligo afuera, y una falda azul de raso que apenas me tapaba el culo. Debajo, lo que nadie podía ver: un bralette de encaje rojo casi transparente y una tanga del mismo juego. Encima de todo, medias rojas de red que me subían hasta la mitad del muslo. Cada vez que cruzaba las piernas en el sillón sabía que alguien me miraba.
Tomás, mi novio, había empezado a tomar cerveza apenas llegamos y a las once ya no se sostenía. Lo acomodé en el sofá de la sala, con la cabeza echada hacia atrás y la boca medio abierta, roncando suavecito. Llevaba semanas sin tocarme bien. Esa noche tenía un calor pegajoso entre las piernas que no se me iba y él dormía como si nada.
El que no dejaba de mirarme era Bruno, el hermano mayor de Tomás. Tenía veinticuatro años, hombros anchos, una sombra de barba que a Tomás todavía no le crecía y unos ojos oscuros que me seguían cada vez que cruzaba la sala. Cada tanto coincidíamos en la mirada y él no la apartaba. Yo tampoco.
—¿Bailás algo? —me preguntó al pasar, con una sonrisa que no era casual.
—Después —contesté, y me alejé hacia la cocina con el pretexto de buscar más hielo.
Sabía que me iba a seguir.
Apenas crucé la puerta sentí los pasos detrás. La cocina estaba en penumbra; sólo la luz del extractor encendía a medias el mármol. Bruno entró, cerró la puerta con el pie y me apoyó las dos manos a los costados de la encimera, atrapándome contra ella.
—Catalina —dijo, muy cerca de mi cuello—. Llevás toda la noche pidiéndolo.
—No sé de qué me hablás —murmuré, pero ya tenía los pezones duros contra la tela del top.
—Sí sabés.
Me miró las medias, me miró la falda, me miró la cintura. Después bajó una mano y la metió debajo del raso azul. Los dedos rozaron la tanga roja y yo apreté los muslos, demasiado tarde: ya estaba completamente mojada.
—Mirá vos —murmuró—. Tu noviecito allá tirado y vos así.
—Bruno, está toda la familia ahí afuera —susurré—. Tu hermano está…
—Tu novio no se entera de nada hace meses. ¿O me vas a decir que sí?
No le contesté. Él me agarró por la cintura y me sentó encima de la encimera, separándome las piernas con una rodilla. La falda se me subió sola. Me besó como Tomás nunca me besaba: ancho, con la lengua entera, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme jadear bajito.
Las manos le subieron por mis costados y me empujaron el top hacia arriba, dejándome los pechos al aire. Me bajó el bralette de encaje rojo con dos dedos y se inclinó a chupármelos sin urgencia, con los ojos cerrados, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo tuve que morder el dorso de mi propia mano para no hacer ruido.
—Por favor —susurré—. Alguien puede entrar.
—Que entren.
Se desabrochó el cinturón con una sola mano. Cuando se sacó la verga me quedé mirándola: más gruesa que la de Tomás, más larga, con una vena que la cruzaba arriba. Apartó la tanga roja a un costado y, sin pedir permiso, se metió de una sola vez hasta el fondo.
Solté un gemido que él me ahogó con la palma sobre la boca.
—Shhh.
Me empezó a coger ahí mismo, parado entre mis piernas, con la encimera fría contra el culo. Cada embestida me sacudía entera. Yo le clavaba los talones de las medias rojas en la espalda baja y le mordía la palma. La música seguía sonando del otro lado de la puerta, ajena a todo, y el ruido húmedo de su verga entrando y saliendo me parecía altísimo.
—Estás más estrecha que cualquier mina que me haya cogido —me dijo al oído—. Y mirá lo puta que sos: con la familia entera al lado.
Me bajó de la encimera, me dio vuelta y me empujó hacia adelante. Quedé apoyada con los antebrazos contra el mármol, la falda enrollada en la cintura, el culo al aire entre los bordes elásticos de las medias. Me agarró de las caderas y volvió a entrar, esta vez desde atrás, más profundo. Con la otra mano me buscó adelante y me empezó a hacer círculos sobre el clítoris.
No aguanté nada. Me corrí en menos de un minuto, mordiendo mi propio antebrazo para no gritar, sintiendo cómo me apretaba alrededor de él hasta dejarme las piernas temblando. Bruno gruñó bajito, me agarró del pelo y se vino adentro, en chorros calientes que me llenaron entera.
Apenas terminó, no me dio respiro. Me tomó del codo y me sacó casi a empujones de la cocina hacia el pasillo, evitando la sala. Abrió la puerta del cuarto de lavado, me metió adentro y echó el pestillo.
—De rodillas.
Lo miré. Tenía la verga todavía brillante de mi humedad y de su propio semen, parada de nuevo a centímetros de mi cara. Me arrodillé sobre las baldosas frías. Sentí cómo las medias rojas se me corrían contra el suelo.
—Abrí la boca.
Obedecí. Él me agarró del pelo con las dos manos y me la metió hasta el fondo de la garganta de una sola vez. Tuve una arcada, los ojos se me llenaron de lágrimas y un hilo de saliva me cayó por el mentón hasta los pechos. No me dejó retirarme: empezó a moverme la cabeza al ritmo que él quería.
—Eso, así —jadeaba—. Tu noviecito no te va a coger nunca la boca como te la cojo yo.
Yo apretaba los labios alrededor de la base y trataba de respirar por la nariz entre embestida y embestida. Cada vez que iba muy profundo me venía otra arcada y el rímel se me bajaba por la cara. Pero no paraba. No quería parar.
Aceleró el ritmo. Me clavó la cabeza contra él y soltó un gruñido largo. Sentí los chorros gruesos llenándome la boca, calientes, demasiado para tragar de una. Un poco se me escapó por las comisuras y me cayó por el mentón.
—No tragues —ordenó, sacándomela—. Quietita.
Me levantó del piso agarrándome de un brazo, abrió el pestillo y me empujó hacia el pasillo. Caminé temblando, con la boca llena y los labios manchados, mientras él me iba acomodando la falda y el top por atrás.
—A la sala —murmuró.
Cuando volvimos, Tomás seguía igual: hundido en el sofá, la cabeza torcida, la boca entreabierta. La fiesta seguía como si nada en el patio, las voces apagadas por la distancia.
—Besalo —dijo Bruno por lo bajo, atrás mío.
Lo miré horrorizada, pero ya tenía la mano de él en mi cintura, empujándome hacia el sofá.
—Besalo bien.
Me incliné sobre Tomás, temblando. Le abrí los labios con los míos. Él murmuró algo en sueños y devolvió el beso torpe, con los ojos cerrados. Sentí cómo el semen de su hermano se le pasaba a la boca. Tomás lo recibió sin entender nada y me besó más, hundiendo la lengua, sin saber que estaba probando la corrida de Bruno.
Atrás mío, Bruno me había metido la mano debajo de la falda y me apretaba el culo mientras yo besaba a su hermano. Cuando me separé, un hilo blanco quedó colgando entre los labios de Tomás y los míos. Lo limpié con el pulgar y él volvió a hundirse en el sofá, dormido otra vez.
Bruno me agarró del brazo y me llevó de nuevo al pasillo.
—Buena chica —me dijo al oído, y me dio una palmada en el culo por encima de la falda—. Mañana, cuando él esté en su cuarto, te voy a coger como se te tiene que coger. Y vos vas a venir.
Me dejó ahí, contra la pared del pasillo, con los rizos revueltos, el top torcido, la falda subida y las medias rojas corridas. Tenía el sabor de Bruno todavía en la boca, y el de Tomás encima.
Me arreglé como pude. Caminé hasta el baño con las piernas flojas, me lavé los labios, me acomodé el pelo frente al espejo. La cara que me devolvía era la de alguien que acababa de hacer algo imperdonable.
Volví a la sala. Tomás roncaba. La fiesta seguía. Bruno me miraba desde el otro extremo del living, con un vaso en la mano y una sonrisa quieta, como si nada hubiera pasado.
La culpa me apretaba el pecho. Pero entre las piernas ya volvía a latirme algo. Y lo peor era que sabía, con una certeza incómoda, que mañana iba a abrirle la puerta.