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Relatos Ardientes

Mi tía me preparó para la noche de bodas que nunca tuve

Dicen que el día de tu boda es el día más importante de tu vida. Yo me casé creyéndolo, vestida de blanco, por la iglesia, con todos los rituales que mis padres y mis suegros esperaban. Lo que ninguno de ellos imaginó fue cómo iba a terminar aquella noche, ni mucho menos cómo había empezado aquella mañana.

Me casé hace ya bastantes años, cuando todavía el matrimonio civil era una rareza y nuestras familias jamás habrían aceptado otra cosa. De blanco, virginal, como una novia de catálogo. Por fuera, al menos. Por dentro, llevaba meses pensando en cualquier cosa menos en el sacramento.

Mi casa estaba llena de parientes llegados desde el norte y desde el otro lado del país, así que mi tío Andrés y mi tía Mercedes nos ofrecieron su piso para que yo me vistiera allí con tranquilidad. La limusina vendría a buscarme y luego pasaría por mi casa a recoger a mi padre, el padrino. Mercedes, que siempre fue de las que se hacían cargo de todo, se ofreció a ayudarme con el vestido. Aceptamos sin pensarlo dos veces.

Me había quedado en ropa interior cuando ella entró en la habitación. Llevaba un vestido azul medianoche, ajustado en la cintura, con un escote discreto pero suficiente. Yo tenía puesto un conjunto de encaje blanco que había comprado pensando en mi marido. Me miró de arriba abajo sin disimular y se acercó muy despacio. Me pasó el dorso de los dedos por la mejilla.

—Camila, mírate. ¿Estás nerviosa, cariño? —preguntó—. Tenemos tiempo de sobra. Una novia siempre debe llegar tarde a su boda. Si quieres te enseño unos ejercicios para que te relajes.

No esperó mi respuesta. Se colocó detrás de mí, me apoyó las manos en las caderas y me besó la nuca. Antes de que yo pudiera reaccionar, una de sus manos había bajado por mi vientre y se había metido por debajo del encaje. Sus dedos encontraron mi sexo y empezaron a acariciarme con una precisión que no parecía improvisada.

—¿A que ya te sientes mejor? —murmuró contra mi oreja.

No respondí. Solo gemí. Mercedes sabía exactamente dónde tocar y a qué ritmo. Llevaba un rato así cuando le pedí que se sentara conmigo en la cama. En cuanto lo hizo, le bajé el escote del vestido y le saqué los pechos. Eran más firmes de lo que habría imaginado, con los pezones oscuros y duros.

—Tía, qué tetas tienes —dije sin pensar.

—Mejor vamos a la cama, ahí estaremos más cómodas —contestó.

Me llevó de la mano hasta la habitación de invitados. Me empujó suavemente sobre el edredón, se subió encima de mí y volvió a meter los dedos por debajo de mis bragas. Sus labios bajaron por mi cuello hasta la clavícula.

—Esto es para que aguantes esta noche —susurró—. Para que tu marido te disfrute como te mereces.

Sus dedos me llevaron al primer orgasmo de la mañana. Me corrí mordiéndome el labio para no gritar, con los muslos cerrados sobre su mano. Cuando recuperé el aliento le aparté el pelo de la cara.

—Ahora me toca a mí, tía. Quiero comerte.

Mercedes se subió el vestido sin quitárselo. Se puso boca abajo, apoyó la cara sobre la almohada y dobló las rodillas. Su sexo quedó completamente expuesto, brillante, ofrecido. Me arrodillé detrás de ella y empecé a lamerla con calma, abriendo los labios con la punta de la lengua, demorándome donde la sentía estremecerse.

—Cariño, lo haces increíble —jadeó.

Le di la vuelta. Quería verle la cara. Quería ver cómo se le tensaban los músculos del cuello cuando se acercaba. Le abrí las piernas, me acomodé entre ellas y seguí trabajándola con la lengua hasta que se vino con un gemido largo y contenido, agarrándome el pelo con las dos manos.

Miró el reloj de la mesilla.

—Todavía nos queda un rato —dijo—. Súbete aquí.

Me arrodillé sobre su cara y ella sacó la lengua. Hacía con la boca cosas que yo jamás habría pedido a un hombre, porque ningún hombre se había tomado la molestia. Me corrí por segunda vez sobre sus labios.

—Te dejo bien preparadita —sonrió—. Ahora vámonos a la iglesia.

Nos vestimos en silencio, como si nada hubiera pasado. Cuando llegó la limusina, salimos del piso cogidas de la mano como una novia y una tía cualesquiera. Recogimos a mi padre y enfilamos hacia la iglesia.

***

La ceremonia y el banquete fueron exactamente lo que se esperaba: largos, emotivos, llenos de discursos. Mi marido, Adrián, bebió desde el primer brindis y no paró. Para cuando los músicos guardaron los instrumentos y la mayoría de los invitados se había marchado, él apenas se tenía en pie.

Damián e Iván, dos de sus mejores amigos del colegio, se ofrecieron a ayudarme a llevarlo hasta el hotel donde habíamos reservado la suite nupcial. Yo sola jamás lo habría conseguido. Acepté.

Lo cargaron entre los dos hasta el coche de Damián, lo subieron al ascensor del hotel y entre risas lo arrastraron hasta la cama. Le quitaron la chaqueta, la camisa, los pantalones, los calcetines. Lo dejaron en calzoncillos, boca arriba, roncando como un oso. Yo me quedé de pie en mitad de la habitación, todavía vestida de novia, sin saber qué hacer.

—Camila, parece que esta noche te quedas sin noche de bodas —dijo Iván, y soltó una carcajada—. Aunque si quieres, nosotros podemos sustituir al novio. Te aseguro que sales ganando.

Se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones sin más. Lo que dejó al aire era considerablemente más grande que lo que yo conocía. Me arrodillé delante de él sin pensarlo y se la sostuve con la mano. Estaba caliente y crecía a velocidad.

—¿Te gusta mi regalo de bodas? —preguntó.

Detrás de mí, Damián carraspeó.

—No os olvidéis del otro novio.

Tenía razón. Me puse de pie sin soltar a Iván. Damián se colocó detrás de mí, me apoyó una mano en el culo por encima del satén y la otra me la pasó por delante, acariciándome el sexo a través del vestido. Su boca encontró mi cuello. Mientras yo seguía masturbando a Iván, me arrodillé otra vez y le desabroché a Damián el pantalón. Lo suyo no era tan largo como lo de su amigo, pero era grueso, marcado por una vena que latía bajo mi pulgar. Me lo metí entero en la boca para darle la bienvenida.

—Joder, Camila —gimió.

Iván se tumbó en la alfombra. Me alzó el vestido por detrás, apartó la liga blanca y mis bragas, y se quedó mirando.

—¿Te habías depilado así para él?

—Sí —admití—. Pero ya que no va a poder, aprovechadlo vosotros.

Me restregó la verga por el sexo sin metérmela, jugando, haciéndome esperar. Damián chasqueó la lengua.

—Cami, estarías más cómoda sin el vestido. Deja que te lo quitemos.

Me puse de pie. Damián me bajó la cremallera mientras Iván me mordía un pecho por encima del corpiño. El vestido cayó al suelo en un susurro de tela cara. Me dejaron en sujetador, liga y medias blancas. Damián silbó.

—Mira que ponerse de blanco virginal para estrenarse con nosotros.

Me hicieron arrodillarme. Damián se tumbó debajo de mí y me pasó la lengua por el culo mientras me trabajaba el sexo con los dedos. Iván se colocó delante y me metió la verga en la boca. Empecé a moverme entre los dos como si llevara toda la vida haciéndolo. La habitación olía a champán, a colonia masculina y a sexo.

—La que se está perdiendo el cornudo —comentó Iván entre jadeos, mirando de reojo la cama.

Yo ya no me acordaba de que Adrián estaba a tres metros, ni de que llevaba un anillo en el dedo desde hacía nueve horas. Solo existían esas dos vergas y la sensación de ser, por primera vez en mi vida, exactamente lo que quería ser.

Cambiamos de postura. Damián salió de debajo y se incorporó. Iván se tumbó boca arriba y yo me senté sobre él, dejando que entrara entero. Sin soltar el ritmo, me acerqué a Damián y le pasé la lengua por el tronco, por los testículos, por la punta.

—Esto deberíamos hacerlo más veces —dijo Damián con una sonrisa ladeada—. Emborrachar al amigo y follarnos a su mujer.

Me reí con la boca llena. Iván me apretaba las caderas desde abajo, marcándome el ritmo.

—Vaya pollas tenéis, chicos. Mucho mejor regalo de bodas que el viaje a Cancún.

—Ya lo sabíamos —dijo Iván desde el suelo—. En el equipo nos las comparábamos, y la de tu marido nunca fue de las más afortunadas.

Me corrí con la confesión todavía en el aire. Damián aprovechó el temblor.

—Llevo un rato mirándote el culo. No aguanto más.

Se colocó detrás de mí, escupió, y de un empujón firme entró. No era virgen por ahí, pero nunca había tenido dos a la vez, una en cada agujero, separadas por apenas un par de centímetros de carne. Sentí cómo se rozaban dentro de mí cuando se movían descompasados, y la idea me llevó al borde del delirio.

—Me vais a partir —gemí.

—Esa es la idea —respondió Iván.

El orgasmo que me provocaron fue tan largo que perdí la noción del tiempo. Cuando empezaron a moverse más rápido, supe que estaban cerca. Les pedí que se corrieran en mi boca. Me arrodillé entre los dos, agarré una verga con cada mano y los acompañé hasta el final. Casi al mismo tiempo me llenaron la lengua de semen tibio y salado. Me lo tragué todo.

***

Nos tumbamos un momento sobre la alfombra a recuperar el aliento. Iván se incorporó sobre un codo y me miró con sorna.

—Dime, Camila, ¿echas de menos al recién estrenado?

—Prefiero vuestras vergas —contesté sin pensar.

Empecé a acariciarlos otra vez. No tardaron en endurecerse de nuevo. Damián se incorporó.

—Todavía no he probado tu chocolate, Camila.

—Eso no te lo voy a negar.

Se tumbó boca arriba y me senté sobre él, dejando que entrara despacio por el culo, sintiendo cada centímetro. Iván se acercó por delante y le ofrecí la boca. Mientras cabalgaba a Damián, le chupaba a Iván sin perder el ritmo. Los dos jadeaban como si fuera la primera vez.

—Das tanto placer con la boca como con el coño —murmuró Iván.

Era exactamente la frase que necesitaba oír. Damián me hizo parar un momento, se incorporó, me puso a cuatro patas y me penetró el culo otra vez con un empujón calculado. Iván se colocó delante y me llenó la boca de nuevo. Volvíamos a estar como al principio, pero ahora yo sabía lo que pedirles.

Me corrí tres veces más antes de que Damián descargara dentro de mí con un gruñido y se desplomara a mi lado. Iván me tumbó boca arriba, se metió entre mis piernas y se vino sobre mi vientre poco después, marcándome la piel con dos chorros gruesos.

—¿Crees que el cornudo seguirá dormido? —preguntó.

Los tres miramos hacia la cama. Adrián seguía boca arriba, con la boca abierta, completamente ajeno. Damián se levantó, se acercó a la cama y me hizo un gesto.

—Sería una pena que no participara —dijo—. Dale algo, mujer. Es tu marido.

Me acerqué. Le quitamos entre los tres los calzoncillos y lo dejamos desnudo sobre la colcha. Le rodeé el sexo con la mano y empecé a masturbarlo despacio. Adrián, sin despertarse, comenzó a gemir entre sueños. Sus amigos miraban en silencio, conteniendo la risa. Lo masturbé hasta que se corrió sobre las sábanas blancas del hotel, como corresponde a cualquier buen novio en su noche de bodas.

El espectáculo había vuelto a poner duros a Iván y a Damián. Me ofrecieron una última ronda. Acepté. Esta vez fue todo más lento, más sucio, más consciente. Cuando terminaron sobre mi vientre por segunda vez, ya casi amanecía. Se vistieron en silencio, me dieron un beso en la mejilla cada uno y se fueron.

Yo me deslicé bajo las sábanas junto a Adrián, los dos completamente desnudos, como si hubiéramos pasado una noche de bodas de manual. Me dormí en cuestión de segundos.

Cuando se despertó por la mañana, Adrián no recordaba nada. Ni cómo había llegado al hotel, ni cómo se había desnudado, ni siquiera el banquete. Me miró confundido y me preguntó qué tal había estado todo. Yo le sonreí, le acaricié el pelo y le dije lo único que podía decirle.

—No te haces idea, cariño. Me has dejado agotada.

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