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Relatos Ardientes

El amigo de Joaquín me esperaba desnudo ese sábado

Esta es la continuación de lo que ya conté la otra vez. Para que se entienda, conviene retomar la escena justo donde la dejé: Joaquín encima de mí, embistiendo con esa cadencia pesada que tenía, mientras me hablaba al oído con la voz ronca y entrecortada.

—¿Te gustaría otra verga, eh? —me preguntó, sin parar—. Una por atrás y otra en la boca. Que te llenen entre los dos.

El murmullo me prendió fuego. Apreté los ojos y respondí casi sin pensar, con la cara hundida en el cojín.

—Sí. Quiero dos. Quiero que me llenen.

Se vino dentro de mí poco después, mordiéndome el hombro. Nos quedamos un rato así, él respirando en mi nuca, su peso aplastándome contra el sillón. Cuando por fin se separó, me pasó una toalla y se sentó a fumar.

—¿Va en serio lo que dijiste? —me preguntó, con esa sonrisa torcida que ponía cuando ya tenía una idea en la cabeza.

—No lo había pensado en frío —admití—. Pero suena rico. Tener dos para mí solo.

—El sábado que viene sabrás lo que se siente.

Lo dijo así, sin más, como quien promete traer una cerveza. Y yo me reí, sin terminar de creérmelo del todo.

***

El sábado siguiente llegué a su casa con el estómago apretado. Había pensado en eso toda la semana, en el trabajo, en la ducha, antes de dormir. Joaquín me abrió la puerta con una camiseta vieja y nada más. Lo seguí por el pasillo y, al entrar a la sala, me detuve en seco.

En el sillón largo, el que daba a la ventana, había otro hombre. Estaba completamente desnudo, con una lata de cerveza en la mano y una sonrisa de bienvenida, como si yo fuera un viejo amigo al que esperaban hacía rato. Levantó la lata a modo de brindis sin levantarse.

—Buenas —dijo, tranquilísimo.

Miré a Joaquín. Él se acomodó detrás de mí, me apoyó las manos en la cintura y me habló al oído.

—Te lo prometí. Hoy son dos vergas para vos solo.

Después me llevó del brazo hasta el sillón y nos presentó. Se llamaba Mateo. Le calculé unos cuarenta, quizá un poco más. Tenía la barba abundante, ya con bastante cana hacia los lados de la mandíbula, y la panza prominente que se le marcaba sobre el muslo cuando estaba sentado. La verga era más fina que la de Joaquín, no demasiado larga, pero lo que me llamó la atención fueron los testículos: grandes, redondos, colgados pesados entre las piernas abiertas. Algo en esa imagen me ablandó las rodillas.

Joaquín pidió permiso, dijo algo de la cocina o el baño, no lo recuerdo, y salió de la sala. Quedamos solos. Mateo dio una palmadita al cojín de al lado y yo me senté, todavía vestido, sintiéndome ridículo entre tanta piel.

—Relajate —me dijo—. ¿Querés una cerveza?

—Bueno.

Me alcanzó una y se acomodó de costado, con un brazo apoyado en el respaldo. Empezó preguntándome cosas tontas, a qué me dedicaba, dónde vivía, qué música escuchaba. Era simpático, hablaba bajo y siempre con media sonrisa. Me contó que a Joaquín lo conocía desde hacía años, que se habían cruzado en otro grupo de amigos, y que a diferencia de él, su matrimonio era abierto.

—Mi mujer sabe que estoy acá —dijo, encogiéndose de hombros—. Sabe que también me gustan los hombres. No tenemos drama con eso.

Me quedé en silencio un instante, con la lata fría en la mano.

—¿Joaquín es casado?

Mateo levantó las cejas y se dio cuenta, demasiado tarde, de lo que acababa de soltar. Hizo un gesto ambiguo, entre disculpa y «yo no dije nada».

—Pensé que sabías.

No supe qué contestar. Tomé un trago largo y traté de archivar la información en algún rincón al que no llegara la noche. Ya tendría tiempo de pensarlo. Ahora no.

Mateo se acercó un poco, con paciencia, y empezó a hablar en otro tono, más bajo, más cachondo. Me preguntó qué me gustaba, qué no, cómo me gustaba que me lo hicieran. Yo le respondía en monosílabos, mirándole el pecho y bajando la vista cada tanto al regazo. Se le empezó a parar mientras hablaba.

—Creo que tengo un problema —dijo de pronto, mirándose con cara de inocente.

—Acercate —contesté, en el mismo tono—. Te lo resuelvo.

Se rió por lo bajo. Se levantó, se paró frente a mí y, en lugar de metérmela en la boca de una, me la pasó por los labios, despacio, dejándola apenas tocar. Yo abrí la boca para recibirlo y él la apartó. Volvió a acercarla. La aparté otra vez. Se reía, jugaba conmigo. Yo intentaba atraparlo con los labios y él me esquivaba, hasta que por fin me dejó hacerlo. Cuando la metió de verdad, se la chupé con ganas, casi con rabia por la espera.

En algún momento sentí pasos. Joaquín había vuelto a la sala, también desnudo, con la verga ya dura. Se paró al otro lado y, sin decir nada, me la acercó a la cara. Yo solté la de Mateo y agarré la suya. Empecé a turnarlos: una en la boca, la otra en la mano, intercambiando, lamiéndolas a la altura del glande, pasando la lengua por los huevos. Los dos se quedaron en silencio, mirándome desde arriba, las manos enredadas en mi pelo.

—Quiero metértela ya —dijo Joaquín, con la voz ronca.

—Eh, eh, esperá —protestó Mateo—. Yo primero.

Se miraron por encima de mi cabeza. Me dio risa, la verdad. Era la primera vez en mi vida que alguien se peleaba por mí, y encima dos tipos al mismo tiempo. Tenía las manos llenas, la boca ocupada, y arriba dos voces discutiendo turnos como si yo fuera la última silla en un juego.

—Que él decida —terminó diciendo Mateo, apartándose un paso.

Dejé la verga de Joaquín y miré a Mateo. Me gustaba la idea de empezar con el nuevo.

—Mateo. Quiero que seas vos primero.

Él sonrió, victorioso, y le dedicó a Joaquín una mirada que decía sin palabras «te dije». Joaquín bufó, sin enojarse de verdad.

***

Mateo se sentó en el sillón con las piernas abiertas y se puso un poco de lubricante. Me indicó con la mano que me acercara. Me trepé sobre él, apoyé las rodillas en el cuero, agarré su verga y empecé a bajar despacio. Entró sin dolor, con esa quemazón corta del principio que después se vuelve un calor distinto. Cuando la tuve toda adentro, me quedé quieto un instante, respirando, sintiendo cómo se acomodaba.

Después empecé a moverme. Al principio con calma, después con sentones cada vez más frenéticos, golpeándome contra sus muslos. Mateo se aferró a mi cintura, hundiendo los dedos en la carne, y empezó a gemir bajito. Atrás de mí, Joaquín se acercó al sillón.

—Con vos nunca se mueve así —le dijo a Mateo, casi resentido—. Conmigo no es tan suelto.

—No seas celoso —le contesté, girando un poco la cabeza—. Vení.

Le pasé el brazo por el muslo, le agarré la verga y me la llevé a la boca. Joaquín se ubicó al costado, una mano en mi nuca, marcándome el ritmo. La escena debió verse bien, porque alcancé a verla yo mismo: del otro lado de la sala había un espejo grande apoyado en la pared, uno de esos antiguos que Joaquín tenía sin colgar. Me vi reflejado ahí, en cuatro tiempos, atravesado por las dos vergas a la vez. Por un segundo no me reconocí. Después dejé de pensar.

Así seguimos un buen rato, los tres acoplados, hasta que Mateo me apretó más fuerte la cintura y se vino dentro de mí con un gruñido largo, casi animal. Joaquín apretó el ritmo en mi boca y, poco después, también acabó. Sentí el sabor caliente bajándome por la garganta y el chorro tibio escurriéndose hacia abajo cuando me incorporé.

—Cambio —dijo Joaquín, todavía agitado—. Ahora yo.

Me bajé de Mateo y me puse en cuatro sobre la alfombra, en la pose con la que él me cogía siempre. Joaquín se hincó atrás y entró de una sola vez, sin esperarme. Lo conocía bien. Sabía cómo agarraba, cómo respiraba, cómo apretaba. Adelante, Mateo se incorporó del sillón y se paró frente a mí, ya flácido, con la verga colgando satisfecha. Lo busqué con la boca y empecé a chupársela despacio, ablandando, lamiendo. A los pocos minutos volvió a tenerla dura.

Joaquín no tardó mucho más. Se vino una segunda vez con una embestida corta, mordiéndose el labio, y se retiró sin decir nada. Mateo, en cambio, seguía firme y duro contra mi cara. Le seguí chupando un rato, mirándolo desde abajo. Joaquín se levantó.

—Tengo que salir un momento —dijo—. Sigan ustedes, ya vuelvo.

No me importó. Tenía otra verga para seguir disfrutando.

—¿Me la querés volver a meter? —le pregunté a Mateo, sacándola un segundo de la boca.

—Encantado.

Me puse otra vez en posición. Esta vez fue distinto. Sin Joaquín mirando, sin discusiones, Mateo se tomó su tiempo. Empezó lento, casi midiendo cada centímetro, y fue subiendo de a poco. Tenía una manera de mover la cadera, un giro corto, que me arrancaba un sonido nuevo cada vez. Me olvidé por completo de Joaquín. Me olvidé incluso del espejo. Solo existía esa cama improvisada en el sillón, la mano de Mateo en mi nuca y su respiración pegada a mi oído.

Se vino dentro de mí otra vez. Cuando terminó, se inclinó hacia adelante y me besó en el hombro. Después su mano bajó, tanteó, encontró mi verga todavía dura.

—¿No te viniste todavía?

—No.

Sonrió. Se enderezó, se untó él mismo con vaselina y se acomodó de espaldas en el sillón, con las piernas levantadas.

—Espero que seas cuidadoso —dijo, mirándome por encima del hombro—. Vení. Vení a venirte adentro.

Me sorprendió. No me lo esperaba de él. Me acomodé, le agarré las caderas y empecé a entrar despacio, conteniendo el aire. Estaba apretado, caliente, y tenía esa forma de aflojar a propósito cuando yo empujaba. No tengo la experiencia de Joaquín cogiendo, lo sé, pero esa noche me esmeré como nunca. Le hice todo lo que recordaba que me gustaba a mí: el ritmo cambiado, los empujes pausados de a tres, la mano libre en su hombro, los dedos enredados en su barba. Cuando me vine, fue largo, intenso, y se me escapó un quejido que pareció más de alivio que de placer.

Me dejé caer sobre su espalda. Él dejó pasar un minuto y después me dio un golpecito amistoso en el muslo.

—Salime, lindo.

Me corrí a un lado. Mateo se quedó tirado en el sillón, respirando, con los ojos cerrados. Después estiró el brazo, agarró su celular del suelo y miró la pantalla.

—Tengo que llamar a mi mujer.

Hizo la llamada ahí mismo, desnudo, hablando bajo. Yo me fui al baño. Cuando volví, todavía colgaba. Esperé. Cuando cortó, me acerqué para intentar seguir, pero levantó la mano.

—Lo siento, lindo. Otra vez será. Surgió algo en casa, me tengo que ir.

Se vistió rápido, ordenado, como quien hace una cosa que hizo mil veces. Me dio un beso corto en los labios y se fue. La puerta hizo un ruido seco al cerrarse.

***

Joaquín entró al cuarto pocos minutos después, ya vestido también. Se apoyó en el marco con los brazos cruzados.

—¿Qué tal? ¿Te gustó la novedad?

—Sí —respondí, sentado en el borde del sillón—. Estuvo interesante.

Lo miré. Tomé aire.

—No sabía que eras casado.

Se le endureció la cara al instante. Bajó los brazos. La sonrisa que tenía se le borró sin transición.

—No te metas en mis asuntos.

Esa fue la primera de varias peleas que vendrían después. Discusiones que ahora no vale la pena reconstruir, idas y vueltas, mensajes a horas raras, silencios. No salió nada bueno de seguir tirando de ese hilo. Terminamos dejando de vernos sin un final claro, sin una última noche que pudiera contar. Solo dejé de ir.

Con eso se cerró ese capítulo. Una pena, porque la noche de los tres todavía la pienso de vez en cuando, cuando me cuesta dormir.

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Comentarios (1)

NachoRosario

Que arranque, quede enganchado desde el primer parrafo!!!

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