Lo que pasó en el spa mientras mi mujer dormía
Sobre los techos de la urbanización apenas despuntaba la luz. Aún no eran las seis y la madrugada se filtraba por las persianas, dibujando rejas blancas sobre el piso. Ernesto seguía sentado en el sofá, con un cigarrillo entre los dedos y una pierna cruzada, esperando que yo retomara la historia donde la había dejado la noche anterior.
Yo lo escuchaba desde el otro lado del mesón de la cocina, apoyado sobre los codos, con la pipa encendida y un café que se enfriaba en el pocillo. Llevábamos horas en lo mismo. Ernesto era amigo de mi mujer desde antes de que yo apareciera en el mapa, y por eso mismo me costaba contarle ciertas cosas. Pero también por eso mismo sentía que necesitaba sacármelo de adentro.
—¿Y entonces qué pasó en la piscina? —preguntó, sin levantar la vista—. ¿Camila destacó tanto como me imagino?
—La miraron, sí. La miraron todos. —Tomé un sorbo de café y dejé que bajara despacio—. Ya sabe cómo es ella. Cuando entra a un lugar, la gente gira la cabeza. Pero allá, en la finca de los Espejo, fue distinto.
—¿El bikini?
—El bikini, sí. Pero más el cómo se dejaba mirar. Marcos y Lorena, los anfitriones, organizaron un juego en el agua. Una pavada con una pelota de playa, en parejas, donde uno terminaba cruzándose con cualquiera. El juego era apenas la excusa. El sol, el calor, los cuerpos cerca… la idea de «liberación» de la que tanto hablaba Lorena se iba concretando con cada roce supuestamente casual.
Ernesto exhaló despacio el humo y esperó.
—Camila se reía con cada uno. Coqueteaba sin disimulo. Le lanzaba la pelota a Mauricio y se dejaba sostener por la cintura cuando él la atrapaba al vuelo. Romina, con un bañador rosa intenso, se chocaba a propósito contra Daniela, y las dos se separaban riéndose, pero con los pezones marcados bajo la tela mojada. Yo estaba del otro lado de la piscina, junto a Andrés, y sentí que se me retorcían las tripas.
—Pero usted no dijo nada.
—¿Qué iba a decir? Era la regla del lugar. Habíamos firmado por venir. Camila lo había decidido por los dos después de meses de insistir.
—Y después del juego, almorzaron.
—Almorzamos. Ceviche, tiraditos, jaleas de mariscos, un pisco sour que mareaba con el primer trago. Camila se sentó a mi lado con un vestido blanco vaporoso que se había comprado en Cartagena, calado, finito, con tirantes que se le caían de los hombros cada vez que se reía. Y se reía mucho. Con Sofía, con Daniela, con todos menos conmigo.
Ernesto giró el cigarrillo entre los dedos y soltó la primera frase venenosa de la mañana.
—Con ese calor, los mariscos y el pisco, no sé si fue un almuerzo o un conjuro. Esos dos pusieron algo en la mezcla, Mateo. ¿No sintió que la cosa ya cruzaba un límite?
—Lo sentí. Por eso, cuando llegaron los postres, me incliné hacia Camila y le pedí que volviéramos a la cabaña. Le dije que quería aprovechar el rato libre. Ella me sonrió, me dijo que sí, y caminamos abrazados los doscientos metros hasta el bungalow.
Hice una pausa. La frustración de ese momento todavía me sabía amarga en la boca.
—Apenas cerré la puerta la abracé. Le bajé los tirantes del vestido, le besé el cuello, los hombros. Y ella me devolvió el beso, sí, pero a los pocos segundos me puso las manos en el pecho y me empujó suavito.
—«Ay, mi amor, esperate» —imité su voz lo mejor que pude—. «Estoy molida. Los mariscos me cayeron pesados, el sol me dejó con jaqueca. ¿Y si me echo un ratito?». Se tiró en la cama, cerró los ojos y me dijo que me fuera a dar una vuelta. Que más tarde nos veíamos.
—Ni para un rapidín le alcanzó —comentó Ernesto, sin mala intención aparente, pero con esa puntería suya para encontrar la herida.
—Ni para un rapidín. Salí, cerré la puerta y volví caminando a la casa principal. Ya estaba todo recogido, los platos levantados, el comedor vacío. Encontré un six pack de cerveza en una esquina, destapé una y me senté en el salón con la idea de cerrar los ojos diez minutos. No había terminado de acomodarme cuando escuché una voz que me saludaba.
—La virgen —dijo Ernesto, alzando ambos pulgares.
—Lorena. Se sentó a mi lado, agarró la otra cerveza que había dejado en el piso para Camila, la destapó y se tomó un trago largo. Me preguntó por mi mujer. Le conté que estaba descansando. Entonces me dijo que el atardecer estaba dedicado a la «diversión y el autoconocimiento», y que necesitaba mi ayuda para preparar la zona del spa.
—¿Y usted, de pelotudo, aceptó?
—Acepté. La seguí. Llevaba un pareo esmeralda atado a la cadera y un bikini blanco tipo bandeau. La melena rubia le caía suelta sobre los hombros. Piel muy clara, ojos verdes; una belleza venezolana, distinta a la de mi mujer. En el spa terminamos de preparar todo: un antifaz de seda negra sobre una bandeja de madera pulida, y al lado una cámara Polaroid.
—Un antifaz y una Polaroid. Hombre, no hace falta ser adivino.
—Llegaron primero Sofía y Romina, después Daniela y Andrés. Nos saludamos con entusiasmo, quizá por la energía propia del lugar, quizá porque ya nadie sabía bien dónde estaba el límite. Cuando los seis nos reunimos, Lorena tomó el mando y nos explicó el juego.
Apreté la pipa entre los dientes y traté de recordar las palabras exactas.
—«La gallinita ciega» —dijo—. «Pero no la versión infantil. Quien se ofrezca de voluntaria se pone el antifaz, se cuelga la cámara al cuello, y tiene treinta segundos para disparar tres fotos. Si en alguna toma queda capturada una persona, esa persona se quita una prenda y la entrega. Quien sea la gallinita juega completamente desnuda desde el inicio. Si en su turno no captura a nadie, igual gana, porque ya no le queda nada que perder».
—¿Y si lo pillan a uno en la foto?
—Lo encierran un rato en el baño turco a oscuras. «Castigo o premio», dijo ella, riéndose. Nadie quiso ser la primera. El silencio del spa lo rompía solo el zumbido del jacuzzi. Hasta que Lorena se cansó y dio un paso al frente.
—«Partida de miedosos» —nos dijo—. «Yo voy primero».
—Y empezó a desnudarse.
—Empezó a desnudarse. Primero el pareo, que se le deslizó por las piernas como una cascada de seda. Después la parte de arriba del bikini. Por último la tanga, sin apuro, con una confianza que no admitía discusión. Quedó parada frente a nosotros, desnuda por completo, con el cuerpo brillante por el vapor.
—¿Y se acercó a usted?
—Se acercó a mí. Me puso la mano en el brazo y me dijo, en voz baja, que yo iba a contar hasta treinta y a detener la música cuando el tiempo se acabara. Que mientras tanto podía esconderme, bailar, hacer lo que quisiera. Le pregunté por qué a mí. Se acercó un poco más y me dio un beso corto en la boca. «Porque me gusta el peligro», me dijo.
—Y ahí ya estaba todo dicho.
—Ahí ya estaba todo dicho. Se puso el antifaz, se colgó la cámara al cuello, levantó el brazo derecho y, al bajarlo, dio inicio al juego. Empecé a contar. Los demás se desperdigaron por el spa. Romina se escondió detrás de las macetas con bromelias. Andrés se metió en el jacuzzi haciendo ruido a propósito. Sofía se agachó cerca de Lorena y le rozó los muslos con la gasa de la blusa. Daniela se metió detrás del banco de madera y se quedó quieta, casi sin respirar.
—¿Y usted?
—Yo no me moví. No supe por qué. Me apreté la camiseta contra el pecho y me quedé parado al lado de la grabadora, contando en voz baja. Sabía que ella no me veía, pero también sabía que la música la iba a guiar hacia donde yo estaba.
—Quería que lo encontrara.
—Quizá quería que me encontrara. No estoy seguro todavía. Lorena disparó tres veces. El primer click fue hacia la izquierda; el segundo hacia el centro, ahí donde se escondía Sofía; el tercero salió directo hacia la grabadora. Al lado de la grabadora estaba yo. Cerré los ojos en el momento del disparo, como aceptando el resultado de antemano.
—¿Y las fotos?
—Cuando se terminaron los treinta segundos, Lorena se quitó el antifaz despacio y recogió las tres Polaroids del piso. Las puso sobre la mesa, una al lado de la otra, y todos nos acercamos a verlas revelarse bajo el aire húmedo. La primera mostraba un retazo del bañador rosa de Romina y un rizo oscuro al fondo. La segunda, el contorno de una pierna detrás del tul gris de la blusa de Sofía. La tercera, una silueta masculina alta, con el pelo medio mojado, recortada contra la grabadora.
—Usted.
—Yo. Lorena alzó los ojos y me miró sin decir nada. No sonrió, no celebró. Solo esperó. Me quité la camiseta con un gesto pausado y se la entregué. Ella la tomó con esa sonrisa enigmática de quien sabía desde antes lo que iba a pasar.
—Y Romina también perdió.
—Romina también. Ella había sido la primera capturada y le entregó a Lorena el bañador entero, lo único que llevaba puesto. Lorena se lo ajustó a las caderas con un nudo, porque le quedaba grandísimo, y así quedó la primera ronda: la anfitriona medio vestida, Romina desnuda, y yo sin camiseta. La inocencia del juego de infancia y la liberación de los adultos, todo mezclado en la misma habitación.
Ernesto se llevó el cigarrillo a los labios y aspiró fuerte. Por primera vez en la mañana no encontró una broma para devolverme.
—¿Y Camila? —preguntó al fin.
—Camila despertó cuando el sol ya estaba más bajo. Después me lo contó, mucho después, cuando ya nada se podía deshacer.
—¿Qué le contó?
—Que se estiró en la cama, miró a su alrededor y no me encontró. Que entonces pensó, por primera vez en todo el viaje, que tal vez yo había salido a buscar lo que ella no me había querido dar. Que sintió un escalofrío extraño, una mezcla de curiosidad y celos que no esperaba sentir en su propia piel.
—¿Sospechó de Lorena?
—Sospechó de Lorena, sí. Y también de Daniela, porque Daniela me había echado flores durante el almuerzo. Se levantó de un salto, se miró al espejo del baño y se prometió a sí misma una sola cosa: ponerse más mamasita que cualquiera de las otras dos.
—Y bajó a buscarlo.
—Bajó a buscarme. Pero esa parte, Ernesto, se la cuento mañana.
Apagué la pipa contra el cenicero y le sostuve la mirada. Por primera vez en toda la noche, Ernesto no abrió la boca.