Tres meses callando hasta la cena del premio anual
La pregunta cayó en medio de la sobremesa como una piedra en un estanque tranquilo. La hizo Sofía, la mujer de Mateo, mientras servía el café: «¿los cuernos duelen más cuando salen o cuando crecen?». Era el tipo de frase que en otra noche habría provocado risas, pero esa vez algo en el aire se torció antes de tiempo.
Mateo respondió primero, con la torpeza del que quiere parecer profundo. Tomás, el marido de Daniela, agregó algo sobre la conciencia de la traición. Y Hernán, mi amigo de toda la vida, casado con Camila, lanzó la frase que reventó la tarde.
—Mejor escuchemos a Martín, que de eso seguro sabe y siente mejor que nosotros.
Lo dijo sin doble fondo. Lo conocía desde los veinte años y era incapaz de pinchar a propósito. Pero apenas terminó la frase, Camila se puso blanca como una sábana, le clavó los ojos al marido como si quisiera fulminarlo y después bajó la vista al mantel. A mi lado, mi mujer Elena se atragantó con una galleta y empezó a temblar.
Tres reacciones en simultáneo. Tres avisos.
Hernán pidió perdón confundido y yo le dije que no había nada que perdonar, que el día que él hablara con mala intención iba a granizar boca abajo. Mientras contestaba la pregunta con alguna teoría barata sobre el dolor emocional, mi cabeza ya estaba lejos de la mesa. Observé al resto del grupo el resto de la noche desde una distancia falsa. Camila evitaba mi mirada cuando la enfocaba directo, pero la espiaba de reojo cada vez que mis ojos se cruzaban con los de Elena. Mi mujer, en cambio, no logró soltar las manos del regazo en toda la sobremesa. Las apretaba una contra la otra para que no se notara el temblor.
Para cuando volvimos a casa esa madrugada, yo ya tenía la certeza. Lo único que me faltaba era el nombre.
***
El ejercicio para encontrarlo fue simple: hacer una lista de todo lo que existía en nuestra vida ahora y no existía tres meses atrás. En veinte minutos apareció Federico Vargas, el dueño de la cadena de electrodomésticos que se había convertido en cliente estrella de la agencia donde Elena era socia. Federico, casado con la heredera que tenía la mayor parte del paquete accionario. Federico, con su pelo plateado y su sonrisa de comprador acostumbrado a comprarlo todo.
Esa misma semana llamé a un técnico y le pedí instalar cámaras discretas en el living, la cocina y el dormitorio. No solo para mirar, le aclaré: para escuchar también. Le inventé una historia sobre robos en el barrio. El tipo cobró por adelantado y no preguntó nada más.
El viernes siguiente le anuncié a Elena que me iba de pesca con dos colegas del hospital. Saldría el viernes a la tarde y volvería el domingo al mediodía. Le di la noticia el miércoles, con dos días de anticipación, los suficientes para que pudiera organizar lo que tuviera que organizar.
El viernes a las siete de la tarde besé a mi mujer en la puerta, cargué la heladera portátil al auto y manejé hasta un hotel a quince cuadras de casa. A las siete y veinte estaba conectando mi portátil a las cámaras. A las siete y media sonó el timbre en mi propio living.
Y no entró uno. Entraron dos.
***
Lo que cuento ahora me lo dijo Elena meses después, cuando ya no tenía nada que perder, en uno de los pocos correos que intercambiamos durante el divorcio.
Cuando abrió la puerta y se encontró con Federico y con su gerente Esteban —al que apenas conocía de algunas reuniones de presentación—, no atinó a cerrarla. Entraron como en estampida, la besaron al mismo tiempo, uno por delante y otro por detrás, y la transformaron en el relleno de un sándwich antes de que pudiera decir una palabra. Federico le mordía el cuello mientras Esteban le subía el vestido con una mano y le bajaba la bombacha con la otra.
—Casi dos semanas esperando este momento, mamita —le susurró el más joven al oído.
Llegaron al sofá del living tropezando con los pantalones bajados. Esteban se sentó primero y la acomodó sobre su falda, dándole la espalda. Federico se arrodilló en el piso y le abrió las piernas. Elena sintió un miembro empujando entre sus nalgas y otro hundiéndose en su sexo al mismo tiempo, y en el primer empujón perdió la capacidad de pensar. Cerró los ojos.
—¿Alternados o simultáneos? —preguntó el de atrás.
—Primero alternados.
El que ordenaba era Federico. Lo entendió enseguida: cuando uno entraba, el otro salía, y viceversa, en un balanceo que la convertía en una mecedora de carne. Cuando pasaron a los empujones simultáneos, los dos hundiéndose juntos y saliendo juntos, Elena se corrió por primera vez sin avisar, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar. Se corrió otra vez cuando uno le retorcía los pezones y el otro le pasaba la lengua por el clítoris.
Le pidieron pasar al dormitorio, a nuestra cama. No quiso. Tampoco aceptó que se quedaran a dormir. Esa noche, según sus propias palabras, los dejó secos a los dos.
Mientras tanto, yo veía todo desde el hotel. Cada empujón, cada gemido, cada mueca. El hierro al rojo no me entraba en el estómago: me lo atravesaba.
***
El sábado a media mañana sonó el timbre otra vez. Esta vez era un solo hombre. Gonzalo, otro ejecutivo de la misma cadena, al que ella había recibido la tarde anterior con un mate cuando vino a buscar unos papeles a la agencia.
Con Gonzalo fue distinto. Lo arrastró al sillón apenas cerró la puerta, le bajó el pantalón y se sentó encima a horcajadas, sin que mediara una sola palabra que no fuera el nombre de él dicho en jadeos. No había orden, no había coreografía, había una urgencia distinta. Eso me hizo más daño que la noche anterior, aunque no debiera, porque entendí que ahí no había solo deseo: había algo parecido a la ternura.
Apagué la pantalla del portátil. Estuve dos horas mirando el techo del cuarto de hotel.
***
El domingo a la noche, después de hacer la pantomima de volver con dos truchas compradas en el supermercado, le anuncié a Elena que el sábado siguiente iba a usar la fotocopiadora de alta definición que ellas tenían en el estudio. Necesitaba imprimir unas estadísticas para presentar en el hospital y mi impresora no daba la calidad. Le aclaré que iría temprano, antes de que llegara nadie, y que llevaría el material en un pen drive. Asintió sin levantar la vista del plato.
El sábado entré con la llave que ella misma me había dado meses atrás. Pasé de largo la fotocopiadora y me senté en su escritorio. La contraseña del ordenador era el cumpleaños de su madre, como siempre. Los correos con Federico ocupaban dos meses y medio de historial: nada explícito, solo frases sueltas sobre «volver a vernos» y un pedido recurrente de «no uses pantalones la próxima vez». Suficiente para confirmar fechas, no para humillarla en público.
Lo que buscaba estaba en una carpeta escondida tres niveles abajo, etiquetada «Jer». Tres archivos. Tres puntas de un mismo hierro.
El primero era una foto. Elena en su propio sillón individual del despacho, la blusa abierta, el corpiño corrido, una teta al aire y la otra apretada por una mano cuyos dedos parecían garras. Las rodillas pasadas por encima de los apoyabrazos, la bombacha corrida a un costado, los dedos de ella misma abriéndose los labios para la cámara. La cara de Federico, de perfil, pegada a la suya en un beso. Detrás, sobre la cabeza del hombre, se distinguía el cuadro abstracto que yo le había regalado para el primer aniversario del estudio.
El segundo era un video corto, tomado minutos después. Elena despatarrada en el sillón grande, los ojos cerrados, la cabeza ladeada, un hilo blancuzco escapándose de la comisura de los labios. La pollera arrollada en la cintura, las nalgas en el borde del asiento, las piernas abiertas. La misma boca que me decía buen día cada mañana.
El tercero, el último, lo cerré a los diez segundos. La cámara enfocaba desde arriba la cara de mi mujer arrodillada sobre los cerámicos del estudio, mamando con las dos manos como quien sostiene un trofeo.
Cerré la sesión. Apagué la máquina. Encendí la fotocopiadora para gastar la coartada. Imprimí cuarenta hojas de basura técnica que ella nunca iba a revisar. Cerré con llave y me fui a caminar dos horas por el parque sin rumbo.
***
La oportunidad cayó del cielo tres semanas después. El Consejo Publicitario les otorgó a Elena y a sus tres socias un premio nacional por la campaña de la cadena de Federico. Cena de gala en un hotel del centro, con cuarenta invitados, los maridos de las socias y, por supuesto, el cliente premiado con su esposa Verónica, la dueña real del paquete accionario.
Me ocupé yo mismo de la disposición de las sillas. Le pedí a la organizadora, una asistente joven y nerviosa, que pusiera a Verónica a mi lado y a Federico al lado de Elena. Le inventé una historia sobre alianzas estratégicas y conversaciones pendientes. La chica anotó todo en su planilla y no preguntó.
Durante la cena fui el invitado más encantador que esa mesa había visto. Le serví vino a Verónica, le pregunté por sus hijos, escuché con interés genuino sus quejas sobre los colegios privados. Mientras tanto, del otro lado de la mesa, veía cómo Federico le acercaba el teléfono a Elena con la excusa de mostrarle una foto, y cómo el brazo de él desaparecía bajo el mantel hacia la falda de ella, y cómo mi mujer cerraba los ojos y apretaba los puños sobre la servilleta.
Hernán, sentado dos lugares a mi derecha, contaba una anécdota sobre una señora a la que esa tarde había ayudado a apagar un incendio del motor del auto frente a su local. Las risas eran corteses. Esperé a que terminara, tomé un sorbo de agua, dejé el vaso con cuidado y hablé.
—Aprovechando que Federico tiene a Elena al borde del orgasmo, acariciándola por debajo del mantel, y siguiendo con el tema de los roles que cada uno cumple en la vida, quiero confesar algo. Hace tres meses que cumplo el rol de cornudo. Ellos dos son amantes desde antes de la firma del contrato. Como no quiero quedarme yo solo con la novedad, también es justo informarle a Verónica que las dos veces por semana en que su marido le dice que está en reuniones, está cogiéndose a mi mujer en el sillón del estudio. Y que el gerente Esteban y el ejecutivo Gonzalo también participan, porque Federico es de los que comparten lo que considera suyo.
El silencio fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Verónica me miró fijo, palideció, dejó la servilleta doblada sobre el plato y salió sin decir una palabra. Federico, paralizado, reaccionó cuando escuchó la puerta cerrarse de golpe y salió detrás de ella. Elena hizo el ademán de levantarse y la frené sin levantar la voz.
—Ni te molestes en ir a casa. La cerradura ya está cambiada. Mandame un mensaje al celular diciendo a qué dirección querés que envíe tus cosas.
***
Las consecuencias fueron las previsibles: dos divorcios, una agencia con tres socias en lugar de cuatro, un ejecutivo despedido y un cliente perdido. También el enojo inicial de los maridos de las otras socias, que me reclamaron desconsideración hacia el dueño de casa. Dejé pasar tres semanas y después me senté con Hernán a tomar un café. Le expliqué la cronología completa: las cámaras, los archivos, la cena. Cuando terminé de escucharme, me apretó el hombro y no dijo nada.
—¿Y cómo te diste cuenta? —preguntó al final.
—La noche que tu mujer se puso pálida con tu chiste de los cuernos. Camila supo desde el principio. Esperaba, supongo, que la mía cambiara.
—Voy a hablar con ella.
—No le digas que te lo conté. Hizo lo que pudo.
Hoy vuelvo a juntarme con el grupo los viernes a la tarde. Las tres mujeres armaron una apuesta entre ellas sobre cuál tiene mejor ojo para presentarme candidatas. Por ahora todas pierden, porque todavía no estoy listo. Pero el tiempo, como decía mi viejo, todo lo acomoda.