Engañé a mi novio con el gerente nuevo de la oficina
Me llamo Camila y hasta esa semana mi vida tenía la forma de un calendario impreso en blanco y negro. Veintiséis años, un puesto estable en una agencia de publicidad del barrio céntrico y un novio, Tomás, con el que llevaba cuatro años de relación. Tomás era bueno y previsible. Cocinaba pasta los domingos, me mandaba memes a media tarde y aceptaba sin pelear cualquier serie que yo pusiera por la noche. No tenía el cuerpo más esculpido del mundo. Tenía esa panza suave que aparece cuando dos personas se acomodan demasiado bien la una en la otra.
Yo, en cambio, había empezado a mirarme en el espejo del baño con un cierto fastidio. No por mí, sino por la rutina. Hacía pilates tres veces a la semana, me cuidaba en las comidas, me ponía la lencería linda incluso cuando ya sabía que la noche terminaría con Tomás dormido antes que yo. Tenía la sensación de estar guardando algo para una fiesta a la que nadie me había invitado.
El lunes llegó Damián. Lo habían anunciado por mail la semana anterior: nuevo gerente de proyectos, trasladado desde otra sucursal. Yo me había imaginado a un señor de saco gris, calvo, con maletín. Cuando entró a la sala de reuniones, casi se me cae el café sobre la falda.
Tenía esa altura que obliga a levantar la cabeza. La camisa blanca le ajustaba en los brazos sin que pareciera deliberado. El pelo claro, corto, y una sonrisa pequeña que parecía estar evaluando todo y a todos. Cuando le tocó presentarse, miró a la sala entera, pero al decir «encantado», sus ojos cayeron sobre los míos un segundo más de la cuenta.
—Camila. Llevo las cuentas grandes —le dije, dándole la mano cuando nos presentaron.
—Ya me hablaron de ti —contestó, y me apretó la palma con esa firmeza tranquila que tienen los hombres acostumbrados a que las cosas les salgan bien.
Esa noche, mientras Tomás me contaba algo del trabajo, me sorprendí distraída pensando en la presión de un apretón de manos. Y en la cama, cuando Tomás me subió el camisón con la rutina de siempre y me metió los dedos con esa delicadeza previsible, me di cuenta de que estaba imaginando otra boca. Cerré los ojos, apreté las piernas contra su mano y me corrí más rápido de lo habitual, mordiéndome el labio para que no se me escapara un nombre que no era el suyo.
***
Los días que siguieron fueron una persecución pequeña, civilizada, casi invisible. Damián aparecía en la máquina de café justo cuando yo bajaba. Me consultaba dudas sobre el software que cualquiera podría haberle respondido. Se me paraba al lado en la fotocopiadora y se quedaba ahí, quieto, hablándome del clima como si me estuviera hablando de otra cosa.
Yo respondía como una buena profesional, riéndome lo justo, manteniendo la distancia con frases corteses. Pero por dentro había empezado a maquillarme distinto. Me ponía la falda ajustada los días que sabía que tendríamos reunión. Me dejaba un botón más abierto que el habitual. Tomás me decía «qué linda estás hoy» en la cocina y yo sentía un nudo en el estómago, porque sabía que no me había arreglado para él.
Una tarde, en el ascensor, quedamos solos.
—¿Algún plan para el fin de semana? —preguntó él, mirándose en el espejo del techo.
—Nada especial —mentí. Tomás y yo teníamos asado en casa de su hermana.
—Lástima. Habría que celebrar la mudanza en algún momento.
El ascensor se detuvo en mi piso. Damián me sostuvo la puerta con el brazo extendido, y al pasar mi hombro rozó la tela de su camisa. Solamente una camisa, Camila. Solamente una camisa. Eso me dije, mientras caminaba a mi escritorio con el corazón golpeándome donde no debía, y con el coño ya húmedo debajo de la falda.
***
El jueves, la oficina organizó un after en el bar de la esquina. Tres rondas de cerveza, dos de algo más fuerte, y de pronto la mesa se fue vaciando. Damián, como si fuera la cosa más natural del mundo, se sentó a mi lado. Su rodilla quedó pegada a la mía debajo de la mesa y ninguno de los dos la movió.
Hablamos de viajes, de la sucursal donde había trabajado antes, de un perro que había tenido de chico. Cuando Tomás me llamó por tercera vez, silencié el teléfono con un gesto que se sintió definitivo. Damián lo notó. No dijo nada. Pero pidió otro trago. Su mano bajó bajo el mantel y me apretó el muslo justo por encima de la rodilla, los dedos abriéndose despacio hacia adentro. No la moví. Cuando su pulgar rozó el borde de la bombacha, se me escapó un suspiro corto que él fingió no oír.
A la salida insistió en llevarme.
—Vivo a diez cuadras, me arreglo con un taxi —protesté.
—Sube. Después te bajas donde quieras.
En el auto el aire estaba quieto. Yo le di indicaciones que no me llevaban exactamente a casa. Damián frenó a media cuadra de mi edificio y dejó las llaves puestas.
—Una copa más en casa —dijo, sin mirarme—. Vivo aquí al lado. Te prometo que después te dejo en tu puerta.
Pensé en Tomás esperándome con la luz prendida del living. Pensé en mi falda ajustada. Pensé en el roce de la camisa. Solo una copa. Una nada más.
—Una copa —dije.
***
El departamento era nuevo, las paredes desnudas, una mesa baja con dos vasos vacíos y una botella de whisky a medio empezar. Damián sirvió, me alcanzó el vaso y se sentó en el sillón de enfrente. Nos miramos en silencio un minuto entero. Después se levantó, vino hasta donde yo estaba y me besó.
No fue un beso de tanteo. Fue un beso de alguien que ya tenía la decisión tomada cuando me invitó. Tenía la boca caliente, el sabor del whisky todavía adelante. Sus manos me sostuvieron la cara primero, después me bajaron por los hombros, por la espalda, hasta encontrar el cierre de la falda. Me la abrió de un tirón y la falda cayó al piso con un ruido seco. Yo quedé en medias, blusa y bombacha, y él me apretó el culo con las dos manos, atrayéndome contra el bulto duro que se le marcaba en el pantalón.
—Dime que pare y paro —murmuró contra mi oreja.
No lo dije. Lo que hice fue meter la mano entre nuestros cuerpos y apretarle la verga por encima de la tela. Lo sentí latir. Damián soltó una risa baja, ronca, y me mordió el cuello.
Me llevó al dormitorio caminando hacia atrás, sin separarse de mi boca. Me sentó al borde de la cama, se arrodilló entre mis piernas y me sacó la blusa con esa paciencia tranquila que ya le había visto en la oficina. No tenía apuro. Me miraba como si me estuviera estudiando. Me desabrochó el corpiño, me lo bajó por los brazos y se quedó un segundo mirando mis tetas antes de agacharse a chupármelas. Me lamió un pezón y después el otro, mordiendo despacio, tirando con los dientes hasta hacerme gemir. Me pasaba la lengua en círculos, se los metía enteros en la boca, y a mí se me arqueaba la espalda buscando más.
—Sabías que esto iba a pasar —dijo, con la boca todavía pegada a mi teta.
—No —contesté, aunque hacía días que lo sabía.
Le saqué la camisa. Tenía el torso firme, sin la suavidad familiar de Tomás. Lo recorrí con las manos como si estuviera leyendo un idioma nuevo. Cada músculo era una palabra que yo nunca había aprendido. Cuando llegué al cinturón, fui yo la que lo desabrochó, despacio, mirándolo a los ojos. Le bajé el pantalón y el bóxer de un solo tirón y la polla le saltó afuera, dura, larga, más gruesa de lo que había imaginado, con la punta ya brillante de líquido.
Se desvistió sin teatro terminando de sacarse la ropa. La luz de la lámpara recortaba su cuerpo en sombras. Cuando se acercó, le envolví la verga con la mano y entendí, con una mezcla de vértigo y curiosidad, que la noche no se iba a parecer a ninguna que hubiera tenido antes. Se la agarré con las dos manos y empecé a masturbársela despacio, sintiéndola pulsar contra mi palma. Bajé la cabeza y le pasé la lengua por el glande, saboreando esa gota salada de la punta. Damián soltó un gruñido y me hundió los dedos en el pelo.
—Así, linda. Chupámela toda —dijo.
Le obedecí. Abrí la boca y me la tragué hasta donde pude, sintiendo cómo me llenaba la garganta. Iba y venía, subiendo y bajando la cabeza, mientras con la mano le trabajaba lo que no me entraba. Se la mamé con hambre, con saliva chorreándome por la barbilla, mirándolo desde abajo para ver el efecto que le hacía. Él me apretaba la nuca sin forzarme, marcándome el ritmo. Sentí que se le tensaba el cuerpo y la aparté, no quería que se corriera todavía.
Me empujó suavemente hacia atrás sobre la cama. Me abrió las piernas con las manos, sin prisa, me arrancó la bombacha empapada y empezó a recorrerme con la boca desde el ombligo hacia abajo. Lo hacía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo arqueé la espalda y agarré la sábana con los dedos.
Cuando llegó al coño no lo tocó de entrada. Me sopló, me besó los muslos por dentro, me lamió muy cerca sin llegar, hasta que le pedí. Recién ahí me abrió los labios con dos dedos y me pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, larga, plana, hasta clavarme la punta en el clítoris. Se me escapó un grito que ahogué contra el dorso de la mano.
—Más fuerte —pedí, en un susurro que no reconocí.
Obedeció. Me chupó el clítoris con los labios, me lo mordisqueó, me lo lamió en círculos rápidos mientras me metía dos dedos y me los curvaba hacia adentro, buscándome ese punto que Tomás nunca había sabido tocar. Me llevó al borde dos veces sin dejarme caer, apartando la boca cuando sentía que estaba por explotar, sonriendo contra mi coño mojado, y cuando finalmente me dejó terminar, lo hice mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. El cuerpo me tembló desde adentro, se me contrajo el coño en oleadas alrededor de sus dedos, y todavía estaba temblando cuando él volvió a subirme la mirada, con la boca y el mentón brillando de mí.
No me dio tregua. Se acomodó arriba de mí, me besó la boca todavía húmeda —yo me probé a mí misma en su lengua— y entró despacio. Yo solté un sonido que era mitad sorpresa, mitad alivio. Sentí cómo se abría paso, empujando de a poco, llenándome centímetro a centímetro hasta el fondo. Cuando estuvo entero adentro se quedó quieto un segundo, mirándome, y después empezó a moverse. Me embistió con un ritmo que se sentía estudiado, intenso pero contenido, como si supiera exactamente cuánto me podía pedir. Cada estocada me sacaba un jadeo, y con cada una lo sentía chocarme adentro, en un lugar que me hacía apretar los dientes.
—Mírame —dijo, y yo abrí los ojos.
—Más fuerte, por favor —le pedí—. Cógeme fuerte.
Se apoyó en los brazos y me la empezó a meter con ganas, sin miramientos, hasta el fondo cada vez. La cama crujía. Mis tetas rebotaban con cada embestida y él bajaba la cabeza a chupármelas sin dejar de embestirme. Yo le clavé las uñas en la espalda, le rodeé la cintura con las piernas para que entrara más adentro y me solté a gemir sin pudor, con una voz que en cuatro años Tomás nunca me había escuchado.
Estuvimos así un tiempo que perdió cualquier medida. En la cama, contra la pared del dormitorio —me levantó a upa, con la espalda contra los ladrillos fríos, mientras yo me sostenía de sus hombros y él me embestía desde abajo, la verga entrándome de arriba a abajo con cada bote—, sentada sobre él en el borde del colchón, cabalgándolo despacio primero y después con desesperación, sintiendo cómo con cada bajada mi clítoris chocaba contra su hueso.
En algún momento me arrodillé yo, se la volví a tomar en la boca y lo miré desde abajo con la satisfacción rara de tener al hombre más buscado de la oficina entregado a mi ritmo. Se la mamé con calma, dejando que me la metiera hasta hacerme lagrimear, chupándole después los huevos uno por uno mientras le corría la mano por la verga chorreada de saliva. Él me tiraba del pelo, me llamaba «puta», y yo lo escuchaba como el elogio más caliente que me habían hecho nunca.
Después volvió él a tomar el control y me dio vuelta sobre el colchón, boca abajo, me levantó el culo con las dos manos y me la clavó de atrás de una sola estocada. Solté un aullido contra la almohada. Las manos en mis caderas, el pecho contra mi espalda, la boca en mi nuca. Me la metió con fuerza, con un ritmo brutal, palmeándome el culo cada tantas embestidas hasta dejármelo rojo. Yo solo registraba el sudor en mi nuca y mi propia voz pidiendo cosas que en voz alta no me había animado a pedir nunca. Que me la metiera más fuerte. Que no parara. Que me llenara. Que me tratara como quisiera.
—Me voy a correr —le avisé, con la voz quebrada.
—Correte en mi verga, linda. Correte toda.
Me corrí así, empalada sobre él, con la cara hundida en la almohada y el coño apretándolo en espasmos que no podía controlar. Damián aguantó dos estocadas más, gruñó algo que no entendí y se vació adentro mío, chorros calientes que sentí llegar hasta el fondo mientras me seguía embistiendo hasta la última contracción.
Terminamos los dos. Después él se dejó caer boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos y una respiración pesada que tardó en calmarse. Yo me apoyé sobre su pecho, escuché el corazón retumbándole bajo la piel y sentí esa cosa idiota y luminosa que es creer que uno ha encontrado algo importante. Entre las piernas, su semen todavía se me escurría tibio sobre el muslo.
—¿Mañana hacemos algo? —pregunté, todavía con la boca contra su esternón.
—Te aviso —contestó.
Lo dijo sin abrir los ojos, y yo lo escuché como una promesa.
***
Volví a casa en taxi a las tres de la madrugada, con los zapatos en la mano, la bombacha rota en la cartera y el pelo todavía oliendo a su colonia. Tomás dormía en el sillón con el televisor prendido. Lo miré desde la puerta del living durante un rato largo, esperando sentir culpa. No la sentí. Sentí, más bien, una claridad fría: ya no quería esa vida.
Me acosté en el cuarto de huéspedes con la excusa de no despertarlo. No dormí. Me quedé mirando el techo, repasando cada minuto de la noche, y a las nueve de la mañana, todavía sin haber pegado un ojo, abrí el chat con Tomás y escribí.
«Tom, no es por ti, es por mí. No estoy bien hace meses y anoche me di cuenta. Necesito un tiempo. Lo hablamos cuando puedas, pero ya tomé la decisión.»
Apreté enviar antes de releerlo. Después bloqueé las notificaciones y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesita de luz.
Me bañé largo, casi con la idea de borrarme la noche anterior de la piel para guardarla solo en la cabeza. Me arreglé mejor que cualquier día de oficina. Me puse el vestido que Damián me había mirado de reojo el martes y un perfume que reservaba para los cumpleaños. A las once y media, ya con la boca pintada, abrí el chat con él.
«Buen día, amor. ¿Almorzamos hoy? Paso a buscarte si quieres.»
Dejé el teléfono sobre la mesa de la cocina y me serví un café que no necesitaba. Lo miré cada veinte segundos durante un cuarto de hora. Después cada minuto. Me convencí de que estaría en una reunión. Que era temprano. Que los hombres no contestan tan rápido. Me obligué a salir al balcón a tomar aire.
A los cuarenta minutos vibró.
«No puedo, linda. Estoy con una chica del gimnasio. Otro día.»
Debajo, una foto. Damián, en su cama —la misma cama— con una rubia encima riéndose hacia la cámara, los pelos pegados a la frente, una sábana que apenas tapaba lo justo.
Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo. Tanto que se apagó sola. La volví a prender. La foto seguía ahí. La rubia me miraba como si supiera mi nombre.
Apagué el teléfono. Me senté en la silla de la cocina con el vestido puesto y la boca pintada, y me quedé así, quieta, hasta que el sol cambió de lado y me dio en la cara.
Tomás había contestado mi mensaje a los pocos minutos. Lo leí más tarde, esa misma noche, cuando ya no quedaba nada que arreglar. Tómate el tiempo que necesites. Acá estoy. Cuatro palabras, las más caras de mi vida.