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Relatos Ardientes

Esa noche me entregué a los amigos de mi hijo

—Hoy no, mi amor. Estoy reventado. Dejémoslo para otro día, ¿sí?

Gonzalo me soltó eso justo cuando le había metido la mano por debajo del bóxer y empezaba a acariciarlo para despertarlo. Se dio la vuelta, acomodó la almohada y en menos de un minuto ya roncaba. Apagado del todo, como siempre.

Llevábamos meses así. Ni un beso largo, ni una caricia con intención, nada. Y yo bajándome las ganas con el vibrador que escondo en el cajón de las medias, porque si no me consumo viva.

Cualquiera pensaría que mi marido tenía otra. Una jovencita, alguna paciente que le coqueteaba en la consulta. Pero imposible: trabajamos juntos en la clínica dental que está pegada a la casa, consultorio con consultorio. Él hace endodoncias, yo ortodoncia. No tenía margen para ponerme los cuernos.

Me llamo Camila, tengo cuarenta y seis años bien llevados, y Gonzalo ya pasó los cincuenta. Tenemos un hijo, Tomás, que acaba de cumplir diecinueve y parece de veinticinco.

Nunca le fui infiel. Jamás. Pero soy de las que tienen el apetito a flor de piel, la libido encendida todo el tiempo, y con un marido que no reaccionaba ni a empujones algo tenía que hacer. Empecé a vestirme más ajustada, más provocadora. No para seducir a un cincuentón con barriga. No. Yo quería juventud, energía, ganas. Eso me pedía el cuerpo a gritos.

***

Pasaban las semanas y el candidato no aparecía por ningún lado. Hasta que un sábado por la tarde me sonó el celular. Era Tomás.

—Hola, ma. En un rato salgo del gimnasio con Diego e Iván. Queremos ir a casa a jugar consola, tomar unas chelas… y quizá nos quedemos a dormir. ¿Puedo?

—Claro que sí, mi amor. Vénganse tranquilos, los espero.

Esos tres se conocían desde niños. Eran como mis hijos postizos, entraban y salían de la casa como si fuera suya y me decían «tía» desde siempre. Confianza total.

Como a la media hora llegaron hechos un desastre, sudados, con la ropa del gimnasio pegada al cuerpo. El gimnasio quedaba a dos cuadras, pero venían como si hubieran corrido una maratón.

—Hola, mami, ¿qué tal? —dijo Tomás dándome un beso en la mejilla.

—Buenas noches, tíaaa —soltó Iván, el más coqueto de los tres, mirándome de arriba abajo—. ¡Caramba, doctora, qué radiante se la ve!

—Hola, tía —siguió Diego, con los ojos abiertos como platos—. Mis respetos. ¿De dónde sacaste ese cuerpazo?

Los tres se me quedaron mirando como lobos. Llevaba un jean ceñido que me marcaba todo como una segunda piel, una blusa escotada que dejaba ver el borde del encaje, y unas sandalias de tacón alto.

—Ya, niños, no exageren —les dije riéndome, aunque por dentro se me encendía algo rico.

—En serio, mamá —intervino Tomás, mirándome de una forma que nunca le había visto—. Tienes un cuerpo de campeonato. Estás demasiado linda.

Eso me dio un vuelco en el vientre. Que mi propio hijo me mirara así, como mujer, me puso las hormonas a mil. Y yo, sin poder evitarlo, también les eché un vistazo a los tres: cuerpos sudados, la tela pegada, los músculos hinchados del gimnasio. Se les notaba todo.

Y ahí caí en la cuenta. ¿Para qué salgo a buscar afuera si tengo a tres aquí mismo, en mi casa?

—Bueno, chicos —dije con voz tranquila pero ya con la idea dando vueltas—. Voy a pedir una pizza grande. Pero nadie se sienta a la mesa oliendo a transpiración. Todos a la ducha, ¡andando!

Se rieron y subieron corriendo las escaleras rumbo al baño, mientras yo me quedaba abajo pidiendo la pizza y pensando en lo que podía pasar esa noche, aprovechando que Gonzalo tenía reunión con sus amigos hasta tarde.

***

¿Me voy a quedar acá sentada como una tonta mientras esos tres se duchan? Ni loca.

Subí al dormitorio, me quité la blusa y el jean, y me puse un short de licra negro que me marcaba todo como pintado, una blusita de tiritas finas que dejaba los pezones casi al aire y las mismas sandalias de tacón. Me miré al espejo, me acomodé el pecho y me dije que estaba para comerme.

El segundo piso tiene un balcón corrido que da a todas las habitaciones, como un pasillo al aire libre. Ya había oscurecido, así que rodeé el balcón en silencio hasta la ventana del cuarto de Tomás. La cortina estaba mal cerrada, había una rendija perfecta para espiar.

Tomás ya se había metido a la ducha, pero Diego e Iván esperaban turno, desnudos. Iván medía como un metro ochenta y cinco, piel morena, músculos esculpidos en el gimnasio, y entre las piernas le colgaba algo grueso y pesado que me dejó la boca seca. Diego, el más alto, casi uno noventa, piel clara, lo tenía igual de imponente, ya medio despierto solo de estar parado ahí.

Cuando salió Tomás, casi me caigo de espaldas. No lo veía desnudo desde que era un niño, y ahora… qué cambio. Cuerpo atlético, mismo porte que sus amigos, igual de dotado. Me quedé con la boca abierta y el corazón latiéndome en todos lados. Los tres desnudos, jóvenes, listos. Sentí que me derretía entera.

Justo en eso sonó el timbre. Bajé volando a recibir la pizza. El repartidor me miró embobado, con los ojos clavados en mi escote. Le pagué y dejé las cajas en la cocina.

***

El primero en bajar fue Tomás, en short y polera. Al verme así, me soltó una palmada en la nalga.

—Caramba, doctora, qué rico todo.

—Oye, atrevido. Ni a tu propia madre la perdonas, ¿eh?

Entró Iván, en camiseta de tirantes. Me recorrió con la mirada de pies a cabeza.

—Tía, qué linda estás. Tienes un cuerpo de revista.

—Ya, ya, huevón —le dijo Tomás—. Recuerda que es mi vieja.

—Disculpa, Tomasito, sabemos que es tu mamá —metió Diego—, pero no deja de ser una mujer espectacular. ¿O no, hermano?

Tomás se quedó pensando unos segundos y luego, con una sonrisita que me prendió todavía más, dijo:

—Tienen toda la razón. Mi mamá está demasiado buena.

—Bueno, galanes, basta de piropos. A comer, que la pizza se enfría —indiqué, sonrojada pero encendida, pensando que hasta mi hijo me miraba como mujer.

Durante la cena coqueteé descaradamente con Diego e Iván, sin que Tomás se diera cuenta: les rozaba la pierna por debajo de la mesa, me inclinaba para que vieran el escote, me mordía el labio despacio. Después se fueron al sofá a jugar, gritando y riéndose.

Me senté un rato con ellos, en medio, cruzando y descruzando las piernas. Luego me despedí y subí. Me puse un pijama de satén, un short cortito y una blusa de tiritas que se pegaba al cuerpo. Me tiré en la cama a escuchar sus voces apagándose abajo, hasta que se hizo silencio.

No pude dormir. En mi cabeza no paraban de aparecer esos tres cuerpos jóvenes, sudados, firmes. Ardía por dentro. No aguantaba más.

***

Después de un buen rato dando vueltas, me levanté descalza y bajé a la cocina con la excusa de tomar agua. En el fondo sabía que, si pasaba por la sala, las cosas podían ponerse interesantes.

Diego e Iván dormían supuestamente en los muebles, pero después supe que me vieron cruzar como un fantasma en la penumbra, con el satén pegado al cuerpo. Me serví un vaso de agua de espaldas a la puerta, inclinada apenas sobre la mesada, dejando que el short se me subiera.

Segundos después sentí el calor de un cuerpo pegándose a mi espalda. Era Diego, alto, firme, rozándome por encima de la tela. Estiró la mano hacia la alacena como excusa, pero su aliento caliente me dio en la nuca.

—Disculpa, tía. No puedo dormir, vine por agua —susurró, con la voz ronca.

—No hay problema, mi amor. Yo tampoco pego ojo, con este calor —respondí, sin moverme, dejando que su cuerpo se apretara más.

Justo entró Iván, con los ojos brillando.

—Qué rica te ves con esa pijamita, tía. El satén te queda pintado.

—Oye, descarado, podría ser tu madre —le sonreí.

—A ver, doctorcita —dijo Diego, todo pícaro—, ¿se da una vueltita para revisarle la vista a estos ojos?

—Así que andan mal de la vista. Bueno, su doctora los va a atender —dije, girando despacio sobre los talones.

—Tía, eres muy mala con nosotros —murmuró Diego.

—¿Y por qué soy mala, si no les he hecho nada?

—Justamente por eso. Porque todavía no nos has hecho nada —replicó Iván, acorralándome contra la mesada por el otro lado.

—¿Y qué quieren que les haga? —solté, con la voz baja.

—Muéstranos esas tetas hermosas. Queremos verlas enteras —pidió Diego sin rodeos.

—Están locos, niños. Podrían ser mis hijos.

—Pero no lo somos —dijo Iván con una sonrisa—. Y nunca vimos unas así. Por favor.

El corazón me latía en el pecho y más abajo. Los miré a los ojos, vi el hambre, y mis propias ganas explotaron.

—Está bien. Pero solo un ratito.

***

Me bajé las tiritas despacio y dejé que la blusa cayera. Se quedaron mudos, con la mirada clavada. Acercaron las manos al mismo tiempo y empezaron a acariciarme, suave pero firme. Una corriente me recorrió entera y solté un gemido largo.

—Aaah… ya, basta, chicos…

Pero en vez de soltar, cambiaron las manos por las bocas. Diego se prendió de un lado, Iván del otro, lamiendo y succionando. Me temblaron las piernas. Estaba muerta de ganas, así que me dejé llevar y arqueé la espalda.

Diego deslizó la mano por debajo del short, directo entre mis piernas, y empezó a acariciarme en círculos lentos. Iván, por detrás, me bajó el short de un tirón hasta los tobillos. Quedé desnuda, expuesta, temblando.

—¿Por qué me hacen esto, mis niños? —jadeaba sin control—. No paren… no paren…

Después de unos minutos, Diego me alzó en brazos como si nada y me llevó al sofá de la sala. Me sentó con las piernas bien abiertas.

—Qué rica estás, tiita —dijo, ya quitándose el short. Iván se desnudó también.

Diego se arrodilló entre mis piernas y hundió la cara. Su lengua caliente subía y bajaba, mientras Iván volvía a mi pecho. Yo gemía alto, sin importarme nada.

—Qué rico me lo hacen, mis amores…

Iván se incorporó, se acercó a mi boca y la recibí despacio, sintiendo cómo me llenaba mientras Diego seguía abajo. El placer era brutal. Me sacudió un orgasmo de golpe, de los pies a la nuca, y grité ahogada contra Iván.

—Me vengo… me vengo fuerte…

***

Diego, con la cara brillante, se incorporó entre mis piernas abiertas.

—Camila… ¿quieres que te la meta hasta el fondo? Dime que sí, doctora.

—Sí… por favor, mi amor… pero despacio, que la tienes muy grande… me vas a partir…

Empujó lento, centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría, cómo entraba esa carne caliente y dura. Mientras hablaba, Iván volvía a llenarme la boca, alternando para dejarme respirar.

—Así, Camila… ¿lo sientes? —susurraba Diego con la voz áspera.

—Sí… así… me llega hasta el fondo… ¡aaah!

Empezó a moverse. Primero lento, luego más rápido, más fuerte. El sonido húmedo de los cuerpos chocando llenaba la sala. Cada embestida me hacía rebotar entera.

—Sigue, tía, qué rico me lo haces —gruñó Iván, tomándome del pelo.

Tenía a los dos a la vez, uno por delante y otro en la boca, las piernas sobre los hombros de Diego, el cuerpo expuesto. El ritmo se volvió salvaje. Un segundo orgasmo me venía imparable.

—Me vengo otra vez… ¡aaah!

Diego me tapó la boca con la mano libre.

—Shhh, tía… si no, Tomás se despierta y media cuadra te oye.

Grité contra su palma mientras el orgasmo me partía en dos. Cuando por fin pude respirar, me solté un segundo, jadeando.

—Ay, mis amores… qué rico me han hecho acabar, dos veces seguidas… No paren. No quiero que paren.

—Ese marido tuyo no sabe lo que se pierde —dijo Iván, todavía duro—. Teniendo en casa una mujer así. El muy tonto.

—Tienen toda la razón —jadeé, todavía temblando—. Gonzalo se la pierde. Y yo aquí, muerta de ganas, no voy a seguir aguantando.

***

—Muy bien, doctorcita —dijo Diego, echándose de espaldas en el sofá con las manos detrás de la cabeza—. Ahora móntate y cabalga.

—¿Todavía quieren más, mis bebés? —se me caía la baba viéndolos todavía firmes.

Me subí despacio, de rodillas a los lados de sus caderas. Lo guié a la entrada y empecé a bajar lento, sintiendo cómo me llenaba otra vez, hasta el fondo. Me quedé quieta un segundo, temblando.

—Ooh… entró todo, cariño… son incansables, carajo…

Por detrás, Iván no perdió tiempo. Se arrodilló entre mis nalgas y empezó a prepararme con paciencia, despacio, mientras Diego me sostenía clavado por delante.

—Despacio, papi… por favor, despacio… nunca lo hice por ahí —supliqué, con la voz temblorosa de morbo y un poco de miedo rico.

Diego se quedó inmóvil. Iván empezó a presionar, abriéndome poco a poco. Dolor ardiente mezclado con placer, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus caderas contra las mías.

—Ay, mi cielo… ya va entrando… despacio, mi rey… me estás partiendo, pero qué rico duele…

—Ya está toda adentro —gruñó Iván, tomándome de las caderas—. Mírate, Camila.

Me señaló el espejo de la vitrina. Me giré y me vi: el pelo revuelto, la cara roja, el cuerpo entregado a los dos amigos de mi propio hijo mientras mi marido andaba de fiesta y Tomás dormía arriba. La imagen, en lugar de asustarme, me prendió como gasolina.

—Mírate bien —dijo Diego, con voz ruda—. Una mujer de su casa, entregada en su propia sala. ¿Te gusta?

—Sí… sí… ¡me encanta! —exclamé, perdida en el placer.

***

Empezaron a moverse coordinados, como si lo hubieran ensayado: uno entraba mientras el otro salía un poco. La sensación de estar llena por completo me volvía loca. Mis gemidos se convirtieron en aullidos ahogados.

—No paren… más profundo… ¡me vengo con los dos adentro!

Las embestidas se aceleraron, más rápidas, más salvajes. El sonido de los cuerpos llenaba la sala. Pensaba en todo a la vez: mi hijo durmiendo arriba, ajeno; mi marido de fiesta; yo, por primera vez infiel, y nada menos que con dos chicos de diecinueve. Me sentía deseada, prohibida, poderosa, todo al mismo tiempo.

El orgasmo me partió en dos. El cuerpo se me tensó entero. Grité sin control, sin importarme si Tomás despertaba o si los vecinos oían. Solo quería perderme en esa lujuria reprimida durante años.

Ellos no pararon. Siguieron bombeando, cada arremetida más intensa, hasta que sentí cómo se acercaban los dos al límite.

—Me vengo, Camila… —jadeó Diego, y descargó hasta el fondo.

—Toma, doctora… —gruñó Iván casi al mismo tiempo, vaciándose también.

La doble descarga me arrastró a un último orgasmo que me dejó temblando, empapada, deshecha sobre el sofá. Salieron despacio y yo me dejé caer entre los dos, las piernas abiertas, el cuerpo palpitando, adolorido pero más satisfecho que en años.

***

—La puta madre, Camila —soltó Diego, pasándose la mano por la cara—. Eres una mujer de campeonato. Nos exprimiste hasta la última gota.

—Ay, mis niños —jadeé, ronca de tanto gemir—. Me hicieron gozar como nunca en todo este tiempo de sequía.

—El mejor polvo de mi vida, tía —dijo Iván—. El mejor.

De pronto me entró la preocupación.

—¿Creen que Tomás se haya despertado? ¿Y si nos oyó?

Diego se rió bajito, mirando hacia las escaleras.

—Tía, si tu hijo se hubiera despertado con tanto ruido, ya estaría aquí parado. Duerme como un tronco después del gimnasio.

Nos quedamos un rato conversando y riéndonos en voz baja, recuperando el aire. Pero no pasaron ni cinco minutos y ya noté cómo sus ojos volvían a recorrerme. Y supe que la noche todavía era larga.

—Está bien, mis amores —dije, lamiéndome los labios—. Pero esto queda entre nosotros tres. Si se les escapa una sola palabra, no vuelven a entrar a esta casa.

—No te preocupes, tía —dijo Iván con una sonrisa—. A nosotros nos conviene calladitos.

Después me daría un baño rápido antes de que llegara Gonzalo y me encontrara así. Miré el sofá, hecho un desastre, y pensé que mañana inventaría que se me había caído un vaso de yogur. Total, nadie iba a notar nada.

Les di un beso largo a cada uno y subí las escaleras con el pijama hecho un ovillo en la mano, todavía temblando, ya pensando en cuándo volverían a quedarse a dormir.

Continuará…

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Comentarios (6)

ClaraDeseos

increible, me dejo sin palabras. De los mejores que lei en mucho tiempo!!!

francisco

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio todo esto

PatoMza

Me recordo a una situacion de cuando era mas joven jajaja, obvio que no tan asi pero esa tension previa... muy bien descripta

Gordox77

tremendo relato, sin mas

NocheRL

Lo que mas me gusto es como describe los momentos previos, esa tension antes de que pase todo. Muy bien escrito, espero mas relatos asi.

ValeMza

Tiene continuacion esto? Curiosidad lectora jajaja

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