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Relatos Ardientes

Mi marido insistió en compartirme y lo pagará caro

Lo que voy a contar pasó hace pocos meses y todavía me cuesta creer hasta dónde llegué. Mi marido casi me empujó a hacer algo que yo no quería, y lo va a pagar el resto de su vida.

Me llamo Marina, tengo treinta y dos años, mido un metro sesenta y ocho, soy delgada, con el pelo castaño ondulado hasta los hombros y los ojos verdes. Llevo casi siete años casada con Damián. Hasta el episodio que voy a relatar, nuestra vida había sido bastante tranquila, sin sobresaltos, sin malas caras y sin secretos.

En la cama tampoco había grandes sorpresas. Lo nuestro era cómodo, predecible, sin acrobacias. Hasta que una noche, en medio de una penetración lenta y pegajosa, él se detuvo, se acercó a mi oído y me soltó la frase que iba a torcerlo todo.

—¿Nunca pensaste cómo sería con otro hombre? ¿Si otro te hiciera sentir lo que yo no te hago?

Lo empujé tan fuerte que casi rueda al suelo. Estuve días sin hablarle bien, y él me siguió por la casa como un perro pidiendo perdón. Cuando creí que el tema estaba enterrado, una tarde de domingo, con una película mala en la tele y demasiado vino encima, volvió a sacarlo.

—Piénsalo, Marina. No te enojes. Tal vez otro te despierte cosas distintas. A mí, verte feliz también me daría placer.

Para sacármelo de encima le contesté que lo pensaría. No tenía la menor intención de pensar nada.

Pero Damián era constante. Volvió a la carga a los dos días. Y al siguiente. Y a la semana. Mansamente, sin levantar la voz, pero todos los días un poco más. Y, aunque no me guste admitirlo, terminó metiéndoseme en la cabeza. En la oficina, manejando, antes de dormir, en la ducha. Empecé a imaginar a otro encima de mí. Manos distintas, una respiración desconocida, un peso nuevo. Y eso —Dios me perdone— empezó a calentarme.

Damián era el único hombre con el que había estado en toda mi vida. No conocía otro cuerpo, ni otra manera de hacerlo. Cuando lo hacíamos, yo cerraba los ojos y me iba a esa fantasía suya, y de pronto los orgasmos eran enormes, larguísimos, distintos a los de siempre.

Cuando él calculó que estaba lista, retomó la conversación. Primero con miedo, midiéndome. Después, viendo que yo no me alteraba, fue afinando los detalles. Que sería cuando yo quisiera, donde quisiera, con quien quisiera. Que él solo pedía discreción y poder estar presente. Le dije, una vez más, que lo iba a pensar. Pero esa noche lo hicimos como si nos fuera la vida y supe que él ya había ganado.

A la semana siguiente lo encaré.

—Está bien, Damián. Acepto. Me voy a acostar con otro hombre y lo voy a hacer por ti. Pero con mis reglas. Yo elijo a quién, cómo y dónde. Y no quiero que me cuestiones nada, pase lo que pase.

Estaba tan eufórico que se le humedecieron los ojos.

—Lo que tú quieras, mi amor. Solo pido estar ahí, poder verlo. Y discreción.

—Eso te lo aseguro.

Del otro lado de la ciudad, cerca de la casa de mi madre, había un gimnasio al que iba mi prima. La había acompañado a su clase un par de veces y ahí estaba él: el entrenador. Alto, ancho, con esa sonrisa floja que se les pone a los hombres que saben que les pueden a las mujeres. Tendría veintiocho, tal vez treinta. Hacía meses que lo tenía atravesado en la cabeza. Me anoté esa misma semana.

Al tercer día, Mateo —así se llamaba— me ofreció acercarme a casa en su coche. Decía que le quedaba de paso. Me había visto los dos días anteriores esperando el autobús en la esquina y le pareció una excusa razonable. A mí también. Acepté.

En el segundo viaje vio que llevaba un libro en la mano y me preguntó por él. Lo nuestro se fue armando con esa lentitud cómoda de quien sabe adónde va sin necesidad de decirlo. Le presté el libro al tercer día. Al cuarto me invitó a un café. Al quinto fui yo la que dije:

—Mejor vamos a mi casa y lo tomamos tranquilos. Estamos a dos cuadras.

Damián estaba ahí, esperándonos. Hice las presentaciones con toda la naturalidad que pude y me metí a la cocina a preparar la cafetera. Antes le pedí a Damián que le mostrara la biblioteca, que se llevara el libro que quisiera. Mateo eligió uno, charlamos un rato y se fue. Lo acompañé a la puerta y, sin pensarlo demasiado, le di un beso muy cerca de la boca. Él se quedó quieto un segundo, sonrió y se marchó.

—¿Qué te parece? —le dije a Damián cuando cerré la puerta—. ¿Sirve como reemplazo?

—Si a ti te gusta, adelante.

—Yo lo hago solo por ti, Damián. Si tienes dudas, lo cortamos aquí.

—No. Quiero que lo hagas.

—Entonces te voy a avisar para que estés preparado.

Nuestra casa es vieja pero está bien acondicionada. Arriba, los cuatro dormitorios. Abajo, además del salón, la cocina y el estudio, hay una habitación con baño propio que no usamos nunca. Los dueños anteriores la habían armado como sala de juegos para los hijos, y entre la cocina y ese cuarto habían instalado un espejo grande tipo cámara Gesell: desde la cocina se ve toda la habitación, desde la habitación no se ve nada. Esa sería la escenografía.

***

Al día siguiente, volviendo del gimnasio, Mateo me preguntó por mi vida de casada. Le mentí. Le dije que Damián viajaba mucho, que me sentía sola, que mi matrimonio era una rutina sin sorpresas. Él me respondió, casi sin mirarme, que con lo guapa que era no debería estar sola nunca. Que para eso estaba él.

Le tomé la palabra ahí mismo.

—Justo Damián viaja mañana a Sevilla. Va y vuelve en el día. Llega a casa entre las dos y las tres de la mañana.

Mateo no preguntó más. Cuando paró frente a casa, me incliné y le di un beso en la boca que duró más de lo necesario.

Esa noche le avisé a Damián.

—Mañana por la tarde. Vas a estar en la cocina, detrás del espejo, y no sales de ahí por nada del mundo mientras él esté en casa. Si en algún momento quieres cortar, lo cortamos. Pero una vez que empiece, no vuelvo atrás.

Me abrazó y me dijo que sí, que estaba seguro, que era lo que quería.

***

Al día siguiente, en el coche, Mateo me preguntó si Damián se había ido. Le dije que sí. Pasamos por un bar a tomar algo y aproveché para llamarlo desde el baño.

—En veinte minutos estoy en casa.

Cuando llegamos lo llevé directo al salón, le serví un whisky y puse música baja. Le avisé que iba a ponerme algo más cómodo y me metí en la habitación de abajo, la del espejo. Tenía preparado un tanga rosa y un sujetador de encaje del mismo color, todo transparente, y encima una bata fina, también rosa, casi inútil. En las dos mesitas de noche Damián había dejado preservativos. Verlos me sacó una sonrisa cruel: él había pensado en todo, menos en lo que yo iba a hacer.

Cuando volví al salón, Mateo se levantó como pudo, casi atragantado, y abrió los brazos sin decir nada. No me hizo falta más. Caminé hasta él y me metí dentro de ese abrazo. Me besó como nadie me había besado nunca, con la lengua entera, y sus manos empezaron a bajar por mi espalda con una calma que me erizó la piel. Era distinto. Era brutalmente distinto.

Damián está mirando.

Las manos de Mateo se metieron debajo de la bata, me encontraron los pechos y bajó la boca a uno de los pezones. Sentí que se me aflojaban las rodillas. La otra mano fue bajando, más abajo, hasta meterse por dentro del tanga, y los dedos llegaron a un lugar que durante siete años solo había tocado mi marido. Lo tocó como si supiera exactamente dónde, exactamente cuánto. No tardé nada en llegar. Fue largo, fue ruidoso, y fue por completo culpa suya.

Me sostuvo en el aire porque las piernas no me respondían. Me preguntó al oído, muy bajito, adónde quería que me llevara.

—Al cielo —le dije, y le señalé la puerta.

Me cargó como si no pesara nada y me dejó en la cama. Me quitó la bata, el sujetador y el tanga con un cuidado que me sorprendió. Yo seguía temblando del orgasmo anterior, sin demasiada idea de lo que hacía.

Después se desnudó él. Y ahí me quedé muda. Lo que Mateo tenía entre las piernas era casi el doble que lo de Damián. Más largo, mucho más grueso. Me asusté. Me pregunté en serio cómo iba a entrar eso dentro de mí sin partirme.

No me dio tiempo a seguir asustándome. Me besó la boca, después el cuello, los pechos, el vientre, y siguió bajando hasta meter la lengua entre mis piernas. Cuando me encontró el clítoris pensé que me iba a desmayar. Le apreté la cabeza con las dos manos para que no se moviera. Llegué otra vez, mucho más fuerte, y en medio del temblor me acordé de Damián. Pensé qué cara estaría poniendo. Si lo estaría disfrutando o si ya se habría arrepentido.

Cuando volví en mí, Mateo me estaba mordiendo despacio los pezones. Lo agarré de la nuca y lo subí hasta mi boca.

—Soy toda tuya. Pero por favor, despacio. Es demasiado.

Me preguntó si tenía algo para lubricar. Le señalé el cajón. Sacó el frasco, me puso las piernas sobre sus hombros y se fue acomodando despacio en la entrada. Hizo un poco de presión, encontró el ángulo y empezó a entrar. Yo me mordí los labios y esperé.

Bajó lentísimo, como midiendo. Sentí cómo me iba abriendo de a poco, sin apuro, dándome tiempo. Cuando por fin me bajó las piernas de los hombros y se pegó a mi cuerpo, supe que ya estaba todo dentro. Llegaba al fondo de mí, a una zona donde nadie había llegado antes. Empezó a moverse y arranqué con una sucesión de orgasmos que no podía cortar, uno detrás del otro, como olas.

En algún momento paró para que respirara. Después siguió. Yo metí la mano entre los dos para tocar dónde estábamos pegados y me di cuenta de que tenía puesto un preservativo. Lo hice salir un segundo, le quité el condón con las dos manos y lo tiré hacia el lado del espejo, con fuerza, para que Damián no se perdiera el gesto. Mateo se rió, me agradeció con un beso y volvió a entrar, ahora sin nada en el medio.

Sentí la diferencia de inmediato. La piel contra la piel. El calor de él dentro de mí.

—Más fuerte. Vente dentro. Quiero que te vengas dentro de mí.

Apretó los dientes, empujó más profundo y tocó un punto que me hizo explotar otra vez. Después se sacudió, gruñó y soltó. Sentí los chorros gruesos llenándome por dentro, calientes, lentos, como si fueran a quedarse. Sabía perfectamente lo que estaba pasando y lo que podía pasar. No me importó. Me prendí de su espalda y me dejé llevar.

Nos duchamos juntos. Me puse el pijama y lo acompañé a la puerta. Lo besé una vez más, le dije que mañana hablábamos y cerré despacio.

***

Cuando volví al salón, Damián estaba sentado en el sofá, con cara entre alegre y descompuesta.

—¿Y? —me preguntó.

—Dímelo tú. Lo viste todo.

—Estuvo… increíble.

No tenía ganas de hablar. Estaba concentrada en lo que sentía bajando por la cara interna del muslo. Damián se fue a bañar. Yo subí al dormitorio y me cambié las bragas, que estaban empapadas. Me acosté. Cuando él vino, me abrazó por la espalda y me preguntó si había valido la pena. Le dije que sí, pero que con él me gustaba más. Sentí cómo se le iba poniendo dura otra vez contra mi cuerpo.

Lo dejé hacer, pero le pedí que fuera por atrás. No iba a permitir que su semen se mezclara con el de Mateo. Esa noche no. Se enterró fuerte y, lo admito, lo disfruté. Después, mientras me hablaba bajito al oído, me contó que se había venido dos veces mirándonos. Lo escuché hasta que me dormí.

***

A la mañana siguiente Damián ya se había ido a la oficina. Me levanté y me metí en la ducha. Cuando me quité la ropa interior vi que de mí seguía bajando lo que Mateo había dejado dentro. Me quedé mirando, parada en medio del baño, sintiendo dos cosas que no debían convivir: rabia y felicidad.

Cuando bajé a desayunar y fui a tirar las cáscaras al cubo de la cocina, vi que ahí estaban tirados todos los preservativos que teníamos en la casa. Damián los había usado conmigo desde el día que nos casamos. Pero después de verme tirar el de Mateo, los había juntado todos y los había mandado a la basura. Como diciéndome: ya no hacen falta.

Me apoyé en la encimera y respiré hondo. Por la profundidad a la que Mateo había llegado, por la cantidad de líquido caliente que sentí entrando, por la manera en que mi cuerpo se abrió de par en par esa tarde, yo estaba convencida de una cosa. Estoy embarazada. Lo sé como se saben estas cosas, sin necesidad de un test.

Y no siento ningún remordimiento. Por eso, al principio dije que Damián lo iba a pagar el resto de sus días. Él quiso esto. Yo le di las reglas. Cumplí cada una.

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Comentarios (5)

SebaBsAs

Tremendo relato!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, tiene todo lo que me gusta

Meli_Rdp

Por favor escribi la segunda parte, quede con ganas de saber como termina esto jajaja

CuriosaRdp

Me encanto la dinamica de poder entre ellos, la protagonista sabe exactamente lo que hace. Muy bien narrado

Ramiro1987

El final te lo esperas un poco pero igual sorprende. Muy bueno

LauraFm

jajaja el que la hace la paga... muy bien! me saco una carcajada

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