Dos lesbianas y la vecina que nunca lo había hecho
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea. Había tenido encuentros con hombres, con mujeres, pero siempre de a uno. Lo que quería ahora era diferente: estar entre dos mujeres al mismo tiempo, sentirlo desde dentro. Conocía a la persona indicada para hacer que eso pasara.
Llamé a Sofía un martes por la tarde.
—Llevo días pensando en algo —le dije cuando contestó.
—Cuenta —respondió con esa calma que siempre me desarmó.
Le expliqué lo que tenía en mente. Hubo una pausa breve al otro lado de la línea y luego percibí algo parecido a una sonrisa.
—Creo que tengo exactamente lo que buscas —dijo—. Ven mañana a casa.
***
Me puse un vestido negro de tirantes, ajustado, con el escote necesario para no dejar dudas. Cuando Sofía abrió la puerta llevaba algo parecido en color vino tinto, y el beso de bienvenida que nos dimos tardó más de lo habitual. Me hizo pasar al salón y, mientras preparaba dos copas de vino blanco, me contó el plan en voz baja, como si alguien pudiera escuchar.
En su edificio vivía una chica de unos veinte años. Se llamaba Daniela. Sofía la conocía del ascensor, de esos encuentros breves donde dos personas se estudian sin decírselo. Era la hija de un vecino del cuarto, estudiante, con una sonrisa que Sofía describió como «de las que se meten en la cabeza y no salen». Habían quedado esa tarde con la excusa de unos cuadros que Sofía quería enseñarle.
—¿Y si no quiere? —pregunté.
—No hay nadie que no quiera y no lo sepa todavía —dijo Sofía, y llenó las copas.
No tardó mucho. El timbre sonó unos veinte minutos después.
***
Daniela llegó con unos vaqueros cortos que le llegaban a medio muslo y una camiseta de tirantes fina que dejaba adivinar más de lo que cubría. Tenía el pelo castaño oscuro suelto, los ojos claros y una sonrisa de alguien que no sabe que está a punto de protagonizar algo que va a recordar durante años.
—Esta es Valeria, una amiga —dijo Sofía al presentarnos.
Nos saludamos. Daniela me dio dos besos, el segundo un poco más cerca de lo necesario. La miré a los ojos y ella no apartó la vista de inmediato.
Sofía tenía razón.
Nos sentamos en el sofá de tres plazas: Daniela en el centro, nosotras a cada lado. Sofía abrió tres cervezas frías y estuvimos un rato hablando de cosas sin importancia. Daniela era directa, espontánea, sin afectación. No parecía nerviosa.
Fue Sofía la primera en moverse.
—Daniela, ¿te han dicho alguna vez que tienes una piel increíble?
La chica se rió, sorprendida.
—Alguna que otra vez.
Sofía extendió una mano y le rozó el antebrazo con la punta de los dedos, despacio, como quien comprueba algo. Daniela no la retiró. Yo aproveché para acercarme desde el otro lado y puse una mano sobre su rodilla.
—Y esas piernas —dije en voz baja—. Cualquiera te las envidiaría.
Daniela nos miró a las dos, alternando. No se movió del sitio. La sonrisa seguía ahí, pero había cambiado: tenía debajo una pregunta que no sabía cómo formular.
—Van a conseguir que me lo crea —dijo.
—Esa es la intención —respondió Sofía.
Se acercó más a ella y llevó una mano a su vientre, acariciándolo por encima de la camiseta.
—¿Te molesta? —preguntó.
—No —dijo Daniela. La palabra salió rápida, sin pensarla.
Yo deslicé la mano hacia arriba por su muslo. Sofía inclinó la cabeza y le rozó el cuello con los labios. Daniela cerró los ojos un momento.
—¿Habías estado alguna vez con una mujer? —le pregunté en voz baja.
—No —respondió—. Nunca.
—¿Quieres? —preguntó Sofía.
Una pausa. Luego asintió despacio.
***
Sofía se puso de pie y se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que le quedaba perfecto. Daniela la miró de arriba abajo sin disimular demasiado. Yo me bajé los tirantes y me quedé con el sujetador de encaje rojo que me había puesto para la ocasión.
Daniela no dijo nada durante un segundo. Luego extendió una mano y me tocó el hombro, los dedos tímidos y curiosos a la vez.
—Esto es... —empezó, sin terminar la frase.
Le quitamos la camiseta entre las dos. Se quedó con un sujetador blanco sencillo y la respiración ligeramente más acelerada. Sofía le desabrochó el cierre por detrás con mucha calma. Daniela no protestó.
Le pedimos que se pusiera de rodillas sobre el sofá, de espaldas a nosotras. Lo hizo con cuidado. Le acariciamos la espalda al mismo tiempo, desde los hombros hasta la cintura, y la sentimos tensarse y aflojarse bajo las manos.
—¿Qué sientes? —le pregunté.
—No sé cómo llamarlo —respondió—. Pero no quiero que paren.
***
Le bajamos los vaqueros. Debajo llevaba una braguita pequeña de encaje beige, casi nada. Se la quitamos y se quedó completamente desnuda. Nosotras hicimos lo mismo.
Sofía se colocó detrás de ella y le separó los muslos con suavidad. Yo me puse de frente, arrodillada en el sofá, y le tomé la cara entre las manos. La besé. Fue un beso largo, sin prisa. Daniela tardó un segundo en responder, pero cuando lo hizo fue con toda la boca.
Sofía bajó la cabeza y le pasó la lengua por la cara interna del muslo, subiendo despacio. Daniela rompió el beso y apoyó la frente en mi hombro.
—Dios —murmuró.
Sofía llegó adonde quería. Daniela se aferró a mí con los dedos clavados en mis hombros, y su respiración fue haciéndose más lenta y más profunda a la vez, ese tipo de concentración de alguien que no quiere perderse nada.
Al rato levantó la cabeza y me miró directamente.
—¿Puedo hacerte lo mismo? —preguntó.
Me recosté contra el brazo del sofá y abrí las piernas. Daniela miró a Sofía un momento, buscando algo parecido a una confirmación. Sofía asintió con la cabeza.
—Haz lo que sientas —le dijo—. No hay manera de hacerlo mal.
Daniela acercó la boca. Lo hizo con cuidado, explorando, aprendiendo sobre la marcha. No tenía técnica pero tenía algo mejor: atención total. Notaba cómo reaccionaba yo ante cada movimiento y ajustaba. Sofía le fue dando indicaciones suaves desde detrás.
—Más despacio... así... quédate ahí.
Tardé menos de lo que esperaba.
Cuando terminé, Daniela levantó la cabeza con una sonrisa distinta. La de alguien que acaba de descubrir algo que no sabía que buscaba.
—¿Lo hice bien? —preguntó.
—Muy bien —respondí, todavía sin aliento.
***
Sofía la recostó en el sofá boca arriba y se colocó entre sus piernas. Yo me senté a su lado y le acaricié el vientre y el costado mientras Daniela miraba el techo con los ojos semicerrados.
Sofía inclinó la cabeza y empezó a trabajarla con la lengua. Daniela arqueó la espalda casi de inmediato. Le tomé la mano y la apreté. Ella apretó de vuelta, fuerte.
—Sofía sabe exactamente lo que hace —le dije en voz baja.
—Sí —fue todo lo que pudo responder.
Sofía levantó los ojos hacia mí sin apartar la boca. Me hizo un gesto con la cabeza.
Introduje un dedo en el interior de Daniela, despacio. Ella soltó un sonido que no esperaba. Entre Sofía y yo la llevamos al límite en pocos minutos. Cuando llegó al orgasmo lo hizo con todo el cuerpo: los muslos apretados, la cabeza echada hacia atrás, los dedos clavados en el cojín del sofá.
Tardó un rato en volver.
***
Nos sentamos las tres en el sofá. Daniela quedó en el centro con la cabeza apoyada hacia atrás, mirando el techo en silencio.
—¿Saben lo que pensaba de ustedes hace una hora? —dijo al fin.
—¿Qué pensabas? —preguntó Sofía.
—Que eran dos vecinas simpáticas.
Nos reímos las tres.
Daniela se giró hacia mí.
—¿Eres lesbiana?
—No exclusivamente —dije—. Me gustan las personas.
—Es una respuesta muy buena.
Sofía le pasó un brazo por los hombros.
—La sexualidad no necesita etiqueta —dijo—. Solo necesita honestidad.
Daniela asintió despacio. Luego se quedó pensativa un momento, con esa expresión de quien está procesando algo que cambia un poco la imagen que tenía de sí misma.
—¿Puedo volver otro día? —preguntó al fin.
Sofía sonrió.
—Cuando quieras.
Daniela recogió la ropa del suelo sin prisa, se vistió, nos dio un beso a cada una y salió. Cuando se cerró la puerta, Sofía me miró.
—¿Era esto lo que buscabas?
Pensé en ello un instante, aunque no hacía falta.
—Era esto —dije—. Y bastante más.