Dos lesbianas y la vecina que nunca lo había hecho
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea. Había tenido encuentros con hombres, con mujeres, pero siempre de a uno. Lo que quería ahora era diferente: estar entre dos mujeres al mismo tiempo, sentir dos bocas trabajándome, dos pares de manos abriéndome, dos coños contra los míos. Conocía a la persona indicada para hacer que eso pasara.
Llamé a Sofía un martes por la tarde.
—Llevo días pensando en algo —le dije cuando contestó.
—Cuenta —respondió con esa calma que siempre me desarmó.
Le expliqué lo que tenía en mente, sin adornos: quería follar con dos mujeres a la vez, quería una boca en las tetas y otra entre los muslos, quería correrme mientras alguien me la comía y otra me besaba. Hubo una pausa breve al otro lado de la línea y luego percibí algo parecido a una sonrisa.
—Creo que tengo exactamente lo que buscas —dijo—. Ven mañana a casa.
***
Me puse un vestido negro de tirantes, ajustado, con el escote necesario para no dejar dudas. Debajo, nada de sujetador y una tanga minúscula que se me metía entre las nalgas. Cuando Sofía abrió la puerta llevaba algo parecido en color vino tinto, y el beso de bienvenida que nos dimos tardó más de lo habitual: su lengua se metió despacio en mi boca y una de sus manos me apretó una nalga por encima de la tela. Me hizo pasar al salón y, mientras preparaba dos copas de vino blanco, me contó el plan en voz baja, como si alguien pudiera escuchar.
En su edificio vivía una chica de veintidós años. Se llamaba Daniela. Sofía la conocía del ascensor, de esos encuentros breves donde dos personas se estudian sin decírselo. Era la hija de un vecino del cuarto, estudiante, con una sonrisa que Sofía describió como «de las que se meten en la cabeza y no salen». Habían quedado esa tarde con la excusa de unos cuadros que Sofía quería enseñarle.
—¿Y si no quiere? —pregunté.
—No hay nadie que no quiera y no lo sepa todavía —dijo Sofía, y llenó las copas—. Y te aseguro que esa chica se muere por que alguien le meta la lengua donde nadie se la ha metido nunca.
No tardó mucho. El timbre sonó unos veinte minutos después.
***
Daniela llegó con unos vaqueros cortos que le llegaban a medio muslo y una camiseta de tirantes fina que dejaba adivinar más de lo que cubría: dos tetas pequeñas y respingonas, sin sujetador, con los pezones marcando la tela. Tenía el pelo castaño oscuro suelto, los ojos claros y una sonrisa de alguien que no sabe que está a punto de terminar con dos mujeres desnudas comiéndole el coño en un sofá.
—Esta es Valeria, una amiga —dijo Sofía al presentarnos.
Nos saludamos. Daniela me dio dos besos, el segundo un poco más cerca de lo necesario, tan cerca que le sentí el aliento en la comisura. La miré a los ojos y ella no apartó la vista de inmediato.
Sofía tenía razón.
Nos sentamos en el sofá de tres plazas: Daniela en el centro, nosotras a cada lado. Sofía abrió tres cervezas frías y estuvimos un rato hablando de cosas sin importancia. Daniela era directa, espontánea, sin afectación. No parecía nerviosa, pero yo veía cómo se le endurecían los pezones cada vez que Sofía se le acercaba a hablarle al oído.
Fue Sofía la primera en moverse.
—Daniela, ¿te han dicho alguna vez que tienes una piel increíble?
La chica se rió, sorprendida.
—Alguna que otra vez.
Sofía extendió una mano y le rozó el antebrazo con la punta de los dedos, despacio, como quien comprueba algo. Daniela no la retiró. Yo aproveché para acercarme desde el otro lado y puse una mano sobre su rodilla, subiendo enseguida por la cara interna del muslo hasta rozarle el borde del pantalón corto.
—Y estas piernas —dije en voz baja, casi contra su oreja—. Y lo que hay entre ellas. Cualquiera querría tenerlo en la boca.
Daniela nos miró a las dos, alternando. No se movió del sitio. La sonrisa seguía ahí, pero había cambiado: tenía debajo una pregunta que no sabía cómo formular, y las mejillas encendidas.
—Van a conseguir que me lo crea —dijo.
—Esa es la intención —respondió Sofía.
Se acercó más a ella y llevó una mano a su vientre, acariciándolo por encima de la camiseta, y luego subió despacio hasta cubrirle una teta por encima de la tela. Le pellizcó el pezón con dos dedos y Daniela soltó un suspiro que no supo disimular.
—¿Te molesta? —preguntó.
—No —dijo Daniela. La palabra salió rápida, sin pensarla.
Yo deslicé la mano hacia arriba por su muslo hasta apoyarla directamente sobre la entrepierna del pantalón. Estaba caliente. Apreté un poco y ella abrió las piernas sin decir palabra. Sofía inclinó la cabeza y le mordió el cuello, le lamió el lóbulo de la oreja, le sopló despacio.
—¿Habías estado alguna vez con una mujer? —le pregunté en voz baja.
—No —respondió—. Nunca.
—¿Quieres que te comamos el coño entre las dos? —preguntó Sofía, sin rodeos.
Una pausa. A Daniela se le escapó un jadeo. Luego asintió despacio, y añadió en un susurro:
—Sí. Por favor.
***
Sofía se puso de pie y se quitó el vestido. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que le quedaba perfecto: las tetas grandes desbordando por arriba de las copas, la braguita marcándole la raja. Daniela la miró de arriba abajo sin disimular, con la boca entreabierta. Yo me bajé los tirantes y me quedé con las tetas al aire, sin sujetador, los pezones ya duros.
Daniela no dijo nada durante un segundo. Luego extendió una mano y me tocó una teta con los dedos tímidos, y enseguida más firmes, sopesándola, pasándome el pulgar por el pezón. Se le escapó otro suspiro.
—Esto es... —empezó, sin terminar la frase.
—Chúpamela —le dije.
Bajó la cabeza y se metió mi pezón en la boca. Lo lamió, lo mordió con cuidado, lo succionó. Yo le enredé los dedos en el pelo y la apreté contra mí. Sofía, por detrás, le levantó la camiseta y se la sacó por la cabeza. Le desabrochó el sujetador blanco sin prisa y se lo dejó caer al suelo. Le tomó las dos tetas pequeñas desde atrás y le pellizcó los pezones a la vez.
—Mira qué tetitas más ricas tiene esta —dijo Sofía por encima del hombro de Daniela, mirándome—. Todas duras para nosotras.
Le pedimos que se pusiera de rodillas sobre el sofá, de espaldas a nosotras. Lo hizo. Le acariciamos la espalda al mismo tiempo, desde los hombros hasta la cintura, y le bajamos los vaqueros arrodilladas detrás. Le quitamos la braguita de encaje beige de un tirón. El coño le brillaba, depilado por completo, con los labios ya hinchados y las piernas ligeramente separadas.
—Está empapada —dijo Sofía, pasándole un dedo entre las nalgas y bajando hasta la raja—. Mira cómo chorrea la niña.
Le metió el dedo hasta el fondo. Daniela gimió alto y bajó la cabeza contra el respaldo del sofá.
—¿Qué sientes? —le pregunté, apretándole una teta desde el costado.
—No sé cómo llamarlo —respondió con la voz rota—. Pero no paréis, por favor, no paréis.
***
La giramos y la sentamos en el borde del sofá. Nosotras nos arrodillamos en la alfombra, una a cada lado de sus piernas abiertas. Sofía se colocó frente a su coño y le separó los muslos con las dos manos hasta abrirla del todo. Yo me acerqué a su cara y le tomé la mandíbula.
—Bésame —le dije.
La besé. Fue un beso largo, con lengua, sin prisa. Daniela tardó un segundo en responder, pero cuando lo hizo fue con toda la boca, mordiéndome el labio inferior. Yo le agarré una teta y se la apreté fuerte mientras Sofía, abajo, le pasaba la lengua plana por toda la raja, de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris.
Daniela rompió el beso y apoyó la frente en mi hombro. Gimió sin cortarse.
—Joder... joder...
Sofía sabía. Le abrió los labios con dos dedos, le sacó el clítoris a la vista y empezó a chupárselo con la boca entera, moviendo la lengua en círculos, succionando y soltando. Le metió dos dedos a la vez, curvándolos hacia arriba, y empezó a follársela con la mano mientras le comía el coño.
Daniela se aferró a mí con los dedos clavados en mis hombros, la boca abierta contra mi pecho, la respiración jadeante. Yo le pasé una teta por la boca y ella me la chupó como si le fuera la vida.
—Muérdemelo —le dije.
Me mordió el pezón. Sentí una descarga hasta el coño.
Al rato levantó la cabeza y me miró directamente, con los labios hinchados y los ojos brillantes.
—Quiero comerte —dijo—. Quiero probarte.
Me recosté contra el brazo del sofá y abrí las piernas del todo. Estaba tan mojada que sentía la humedad bajándome por los muslos. Daniela miró a Sofía un momento, buscando algo parecido a una confirmación. Sofía asintió con la cabeza sin sacar los dedos de dentro de ella.
—Cómele el coño a mi amiga —le dijo—. Y hazlo bien, que te está mirando.
Daniela se tumbó boca abajo entre mis piernas. Acercó la boca despacio y me dio la primera lamida, larga, plana, desde la entrada hasta el clítoris. Se me escapó un gemido. Lo hizo con cuidado al principio, explorando, aprendiendo sobre la marcha: me lamía, me chupaba, me metía la lengua por dentro. No tenía técnica pero tenía algo mejor: hambre. Notaba cómo reaccionaba yo ante cada movimiento y ajustaba. Sofía le fue dando indicaciones suaves desde detrás, mientras seguía metiéndole los dedos.
—Más despacio... chúpaselo así, con los labios... quédate en el clítoris, no te muevas... métele un dedo mientras se lo chupas.
Daniela obedeció. Me metió un dedo primero, luego dos, curvándolos hacia arriba como Sofía le había hecho a ella, y me clavó la boca en el clítoris. Yo le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a moverle la cara contra mi coño, follándole la boca a mi ritmo.
—Así, así, no pares, chúpame más fuerte...
Me corrí en menos de lo que esperaba. Le apreté la cara contra el coño mientras temblaba entera, con las piernas cerradas sobre sus orejas, gritando algo que ni yo entendí. Ella no se separó hasta que la solté.
Cuando terminé, Daniela levantó la cabeza con la boca y la barbilla brillantes de mí, y una sonrisa distinta. La de alguien que acaba de descubrir a qué sabe otra mujer y quiere más.
—¿Lo hice bien? —preguntó, relamiéndose.
—Muy bien —respondí, todavía sin aliento—. Ven aquí.
La besé con toda mi corrida en su boca. Sofía se acercó y la besó por el otro lado. Nos pasamos los tres el sabor mío durante un buen rato.
***
Sofía la recostó en el sofá boca arriba y se colocó entre sus piernas. Yo me senté a horcajadas sobre su cara, mirando a Sofía, y bajé el coño sobre la boca de Daniela.
—Cómemelo otra vez —le dije—. Y no pares hasta que te lo diga.
Daniela sacó la lengua y empezó a lamerme desde abajo, agarrándome las nalgas con las dos manos para apretarme contra su cara. Yo me incliné hacia adelante y le abrí las piernas a ella para que Sofía tuviera vía libre. Sofía se hundió entre sus muslos y le clavó la boca en el coño sin preámbulos.
Daniela arqueó la espalda casi de inmediato y gimió contra mi coño, y la vibración me atravesó entera. Le agarré una teta a Sofía por encima del sofá y ella me miró desde abajo, sin dejar de comerse a Daniela.
—Sofía sabe exactamente lo que hace —le dije a Daniela apretándole la cabeza contra mí—. Nos va a dejar a las dos temblando.
—Sí... —fue todo lo que pudo responder entre lamida y lamida.
Sofía levantó los ojos hacia mí sin apartar la boca. Me hizo un gesto con la cabeza.
Bajé una mano y le metí a Daniela un dedo en el coño mientras Sofía le chupaba el clítoris. Luego dos. Luego, con calma, le mojé el dedo pulgar en su propia humedad y se lo apoyé en el culo. Ella se tensó un segundo y luego se abrió. Se lo metí despacio hasta el nudillo. Daniela gritó contra mi coño, con la boca clavada en mi clítoris, y empezó a temblar.
Entre Sofía y yo la llevamos al límite en pocos minutos. Cuando llegó al orgasmo lo hizo con todo el cuerpo: los muslos apretados alrededor de la cabeza de Sofía, la cabeza echada hacia atrás, los dedos clavados en mis nalgas, la lengua metida en mí hasta el fondo. Yo me corrí encima de su cara casi al mismo tiempo, empapándosela entera.
Tardó un rato en volver.
Sofía subió por su cuerpo, se sentó al lado y se metió los dedos que había tenido dentro de Daniela en la boca, chupándolos uno a uno.
***
Nos sentamos las tres en el sofá, desnudas, sudadas, con las piernas enredadas. Daniela quedó en el centro con la cabeza apoyada hacia atrás, mirando el techo en silencio, todavía con la barbilla brillante.
—¿Sabéis lo que pensaba de vosotras hace una hora? —dijo al fin.
—¿Qué pensabas? —preguntó Sofía, pasándole un dedo por un pezón todavía duro.
—Que eran dos vecinas simpáticas.
Nos reímos las tres.
Daniela se giró hacia mí.
—¿Eres lesbiana?
—No exclusivamente —dije—. Me gusta follar. Con quien sea, si me pone.
—Es una respuesta muy buena.
Sofía le pasó un brazo por los hombros y le agarró una teta con la mano libre, sin ninguna intención de soltársela.
—La sexualidad no necesita etiqueta —dijo—. Solo necesita honestidad. Y saber pedir lo que una quiere.
Daniela asintió despacio. Luego se quedó pensativa un momento, con esa expresión de quien está procesando algo que cambia un poco la imagen que tenía de sí misma.
—¿Puedo volver otro día? —preguntó al fin—. Quiero aprender a hacéroslo mejor. A las dos.
Sofía sonrió.
—Cuando quieras. Y la próxima vez traemos juguetes.
Daniela recogió la ropa del suelo sin prisa, se vistió sin ponerse la braguita —se la guardó Sofía en la mano, como un recuerdo—, nos dio un beso a cada una, largo y con lengua, y salió. Cuando se cerró la puerta, Sofía me miró.
—¿Era esto lo que buscabas?
Pensé en ello un instante, aunque no hacía falta.
—Era esto —dije—. Y bastante más.