Lo que nadie más vio entre mis cuñadas
Mi suegro me llamó al despacho una tarde de martes sin darme ninguna explicación. Encontré la habitación casi a oscuras, con solo el brillo azulado de la pantalla del ordenador iluminándole la cara. Me señaló la silla frente al escritorio con un gesto breve. Me senté.
—Vas a ver algo —dijo en voz baja—. Y no vas a apartar los ojos.
No le pregunté qué. Llevábamos semanas en un juego donde él ponía las reglas y yo las cumplía, un acuerdo tácito que había empezado tan despacio que no supe identificar el momento exacto en que cruzé la línea. Así que obedecí y miré la pantalla.
Lo que aparecía era el salón de un apartamento que reconocí de inmediato: el sofá beige, la estantería con fotografías enmarcadas, la lámpara de pie con la pantalla ligeramente inclinada hacia un lado. Era la casa de Carla.
Carla era prima de Sofía. Eso bastaba para complicarlo todo, porque Sofía estaba casada con uno de mis cuñados y Carla con otro. Las dos primas habían terminado emparentadas de esa manera extraña que ocurre a veces en las familias grandes, cuando los hijos de unas y otras acaban cruzándose. En las reuniones familiares, la situación daba pie a bromas que ya nadie encontraba originales. Esa tarde, sin embargo, no había nada de lo que reírse.
Sofía llegó al apartamento con una bolsa colgada del hombro y un vestido corto que no era su estilo habitual. Carla la recibió en la puerta, le dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más, y la guio hacia dentro sin mediar demasiadas palabras. Las dos llevaban mallas ajustadas y tops de tirantes, como si se hubieran coordinado sin decírselo. O quizás sí se lo habían dicho.
—Sabía que vendrías —dijo Carla mientras cerraba la puerta.
—Me llamaron y vine —respondió Sofía, mirándola de una forma que yo nunca le había visto antes.
Carla la guio por el pasillo hasta el dormitorio. Cuando la puerta se cerró detrás de las dos, el silencio en el salón duró apenas un momento antes de que empezaran a oírse sus voces amortiguadas. La cámara debía de estar colocada en un ángulo alto, porque mostraba la cama y buena parte de la habitación con claridad.
Carla habló primero, en voz baja, casi como si le contara un secreto.
—He pensado mucho en tus pechos desde que te vi en la videollamada la semana pasada. No te lo dije en ese momento, pero no pude dejar de mirarlos en toda la tarde.
Sofía no respondió con palabras. Se bajó los tirantes del top ella misma, despacio, sin dejar de mirarla. Las dos tenían pechos pequeños y firmes, y ninguna llevaba sujetador. Carla extendió la mano y los tocó con una suavidad que contrastaba con la franqueza con que había hablado.
—Los tuyos tampoco están nada mal —dijo Sofía, con una sonrisa que yo no le había visto en ninguna de las cenas familiares.
Carla le pidió que se sentara en la cama. Cuando Sofía lo hizo, ella se inclinó hacia ella y la besó. No fue un beso de tanteo ni de exploración: fue un beso directo, con las manos en su cara, como quien lleva tiempo esperando hacer exactamente eso.
En ese momento aparté instintivamente la vista hacia la pared. Mi suegro, sin decir nada, me giró la cabeza hacia la pantalla con dos dedos en mi barbilla.
—Los ojos ahí —murmuró.
No volví a apartar la vista.
Las dos primas se desnudaron con una calma que me sorprendió. Carla tumbó a Sofía en la cama, le bajó las mallas de un tirón y la dejó completamente desnuda. Después recorrió su cuerpo con la boca: el cuello, los pechos, el abdomen, sin prisa, con esa lentitud calculada que hace imposible pensar en otra cosa.
Cuando su lengua llegó adonde Sofía la necesitaba, el gemido que salió de ella fue largo e involuntario. Sofía echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Prima —dijo entre jadeos—, lo haces mejor que él.
—No los nombres —respondió Carla sin levantar la cabeza.
Sofía obedeció. Se limitó a gemir, con una mano enredada en el pelo de su prima, mientras el cuerpo se le arqueaba ligeramente hacia arriba cada vez que la lengua de Carla encontraba el ángulo exacto. Los gemidos fueron en aumento, más cortos, más urgentes, hasta que Sofía apretó la almohada con el puño y se corrió con un sonido largo y sostenido que llenó toda la habitación.
Carla subió por su cuerpo hasta quedar boca a boca con ella. Las dos se besaron durante unos segundos.
—Ahora tú —dijo Sofía, con voz todavía entrecortada.
Se movieron sobre la cama con una fluidez que no correspondía a una primera vez. Sofía se colocó entre las piernas de su prima con la misma determinación que Carla había mostrado antes, bajó la cabeza y empezó a trabajarla con la boca. Carla aferró la sábana con las dos manos.
—No pares —decía—. Por favor, no pares.
Sofía no paró. Siguió con la lengua hasta que Carla también se corrió, con el cuerpo tenso y después completamente relajado, como vaciado de algo que llevaba demasiado tiempo acumulando.
Las dos terminaron en posición de sesenta y nueve, con la naturalidad de quien no tiene que pensar dónde poner cada parte del cuerpo. Se tomaron el tiempo que necesitaron. Cuando las dos se corrieron casi al mismo tiempo, la habitación quedó en silencio durante unos segundos.
Después se tumbaron juntas. Carla le apartó el pelo de la frente a su prima con un gesto suave.
—Tendríamos que haber hecho esto mucho antes —dijo.
—Sí —respondió Sofía—. Mucho antes.
La transmisión se cortó.
***
La siguiente vez que mi suegro me llamó al despacho, la pantalla mostraba un salón diferente. Un sofá gris oscuro, una mesa de cristal con un jarrón alto, una planta de hojas grandes en el rincón junto a la ventana. Era el apartamento de Lucía.
Lucía y Rebeca eran cuñadas por matrimonio, sin ningún parentesco de sangre entre ellas. Lucía estaba casada con otro de los hermanos, Rebeca con el mayor. Se veían poco de manera individual: sus encuentros solían ocurrir en comidas familiares ruidosas donde había demasiada gente alrededor como para que ninguna prestara atención a la otra. O eso parecía desde fuera.
Esa tarde estaban sentadas juntas en el sofá, muy cerca. Rebeca llevaba un vestido rojo con escote generoso y unas piernas largas que el vestido no se molestaba en cubrir demasiado. Lucía llevaba una blusa blanca abierta en el cuello y una falda oscura hasta las rodillas. Las dos tenían una copa de vino tinto en la mano, aunque en ningún momento las vi beber.
Fue Lucía quien se movió primero. Llevó los dedos hacia el escote de Rebeca y lo bajó despacio, con una seguridad que no dejaba espacio para la duda. Los pechos de Rebeca quedaron al descubierto: redondos, sin sujetador. Rebeca, en respuesta, empezó a desabrocharle la blusa a su cuñada, botón a botón, sin apartar los ojos de los suyos.
—Deberías haber venido a verme hace mucho tiempo —dijo Lucía.
—Nadie me había invitado —respondió Rebeca.
Se besaron. Ese primer beso no tenía nada de exploración ni de duda: era el beso de alguien que ya ha decidido.
Lucía le quitó el vestido a Rebeca sin levantarse del sofá. La dejó en un tanga blanco diminuto. Después bajó la cabeza hacia sus pechos y empezó a lamerle el pezón, despacio, con la punta de la lengua primero, luego con más presión y más calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Si hubiera sabido —murmuró Rebeca, con los ojos cerrados—, habría venido mucho antes.
Rebeca metió la mano bajo la falda de Lucía mientras seguía siendo atendida. Sus dedos encontraron el tanga pequeño que Lucía también llevaba, y lo apartaron a un lado. Lucía se tensó un instante y después se abrió, dejando espacio.
Lucía se tumbó boca arriba en el sofá. En un movimiento que pareció fluido pero no ensayado, Rebeca se colocó encima de ella en posición invertida, y las dos empezaron a comerse mutuamente con la concentración de quien no tiene otra cosa en la cabeza. La lengua de cada una encontraba el ritmo de la otra sin necesidad de instrucciones.
Los gemidos de las dos se mezclaban. Los de Rebeca eran más agudos y continuos. Los de Lucía salían en intervalos irregulares, como si tuviera que interrumpir lo que estaba haciendo para dejar salir el aire.
—Me corro, cuñada —dijo Rebeca.
Su cuerpo lo demostró antes de que terminara la frase: una sacudida larga, seguida de un temblor que le recorrió los muslos. Pero no dejó de moverse sobre Lucía hasta que el cuerpo de esta también respondió, con un sonido ronco y sostenido que llevaba claramente un rato conteniendo.
Las dos descansaron sin separarse del todo, tumbadas en el sofá en sentidos opuestos, con la respiración todavía agitada.
Rebeca fue la primera en moverse. Se colocó detrás de su cuñada, las dos de lado, y metió la mano entre sus piernas. Lucía, que creía que la tarde había terminado, comenzó a gemir de nuevo casi de inmediato.
—¿Con quién lo pasas mejor? —preguntó Rebeca mientras movía los dedos dentro de ella.
—Contigo —respondió Lucía, sin dudar ni un segundo—. Solo contigo.
Rebeca siguió masturbándola con paciencia y determinación hasta que Lucía volvió a correrse, con un gemido largo que terminó en un suspiro profundo. Después Lucía salió de la habitación y regresó enseguida con algo en la mano: un consolador largo, de un tono pálido.
—Esto —dijo Lucía, sosteniéndolo frente a ella— nos va a gustar a las dos.
Rebeca lo tomó con las dos manos y se lo llevó a la boca. Lo succionó un momento, los ojos fijos en los de su cuñada, antes de devolvérselo. Lucía la tumbó boca arriba sobre el sofá, le separó las piernas, y empezó a moverlo dentro de ella con una cadencia lenta y deliberada.
Rebeca emitió un sonido que no era un gemido normal. Era más urgente, más animal. Se aferró a los cojines del sofá con las dos manos y no los soltó. Su cadera empezó a moverse sola hacia adelante, buscando cada movimiento del consolador.
—No pares —decía—. No pares.
Lucía no paró. Siguió con la misma cadencia, mirándola, hasta que Rebeca se arqueó completamente hacia arriba y se corrió con un sonido que me dejó sin respiración durante un instante.
Después fue Rebeca quien tomó el consolador. Lucía se colocó a cuatro patas en el sofá, de espaldas a su cuñada. Rebeca se lo introdujo con cuidado, muy despacio. Lucía apretó los dientes un momento y después exhaló, larga y lentamente.
—Sigue —dijo Lucía.
Rebeca siguió, con la misma paciencia con que Lucía la había atendido antes, hasta que su cuñada también se corrió. La habitación quedó en silencio.
La pantalla se puso negra.
Me quedé sentada frente al escritorio sin moverme. Mi suegro apagó el monitor y se recostó en la silla.
—Ya puedes irte —dijo.
Me levanté. Al cruzar el pasillo hacia la puerta noté que tenía la ropa húmeda. No había tocado nada en toda la tarde. Solo había mirado. Y aun así.
Me pregunté cuántas veces más me iba a llamar a esa habitación. Y me di cuenta de que esperaba que fueran muchas.