La tarde que Renata me enseñó lo que era acabar
Me llamo Camila, tengo treinta y dos años, piel clara y el pelo casi negro hasta los hombros. Soy delgada de natural y un poco más por el gimnasio. Mis pechos son chicos pero firmes, con pezones rosados que se ponen duros con cualquier corriente de aire. Cuento todo esto porque hace falta para entender lo otro.
Lo otro es Renata. Mi segunda novia, con la que aprendí casi todo lo que sé sobre coger y, sobre todo, sobre mí misma.
Renata me lleva cinco años, es más baja que yo y bastante más rellenita. Tiene unas tetas grandes que terminan apoyadas contra mi nuca cuando dormimos abrazadas, y un culo que es lo primero que miro cuando se levanta de la cama. Cada vez que se agacha a buscar algo en el cajón de abajo del placard, me agarran unas ganas absurdas de morderla. A veces lo hago. Ella ya estaba afuera del clóset cuando la conocí, hacía años. Yo todavía me estaba acomodando.
Antes de Renata había salido con hombres. Algunos me gustaron, ninguno me hizo acabar. Acabé creyendo que el problema era mi cuerpo, que tenía algo defectuoso adentro, que el orgasmo era una historia que las revistas inventaban para vender pastillas. Renata me demostró, con paciencia y método, que el problema no era yo. El problema era haber buscado en el lugar equivocado durante una década.
Con ella, además, descubrí cosas que jamás me habían cruzado por la cabeza. Una de esas fue el sexo anal, que ahora me parece tan inevitable como respirar. Pero a eso llego en un rato.
Al principio cogíamos cada vez que nos veíamos. Cada vez. Si pasaba por su casa a buscar un libro, terminaba boca abajo en su sillón. Si veníamos del cine, ni siquiera llegábamos a la cama: me empujaba contra la mesa del comedor. Y desde el primer mes empezamos a juntar juguetes. Ella tenía dos o tres cuando me mudé los fines de semana a su departamento; en menos de un año teníamos un cajón entero dedicado.
Había de todo. Un vibradorcito rosa apenas más grande que mi dedo, que usábamos para empezar despacio. Un consolador negro que Renata se ponía con arnés cuando estaba de humor para mandar. Y un doble largo de cuarenta y cinco centímetros que dormía en el fondo del cajón porque solo lo sacábamos cuando teníamos toda la tarde libre y los vecinos no estaban.
Nuestros favoritos eran los strapless. Vibradores con forma de doble fin que no necesitan arnés: una se mete la parte corta adentro y penetra a la otra con la larga. Teníamos tres. El que más amábamos era uno morado, brillante, con una vibración que sonaba como un motor diminuto. Le decíamos «el cobarde» porque la batería se le moría siempre a los quince minutos, justo cuando alguna de las dos estaba por acabar. Cargaba para una sesión y media, y como siempre nos olvidábamos de enchufarlo, casi siempre nos dejaba a mitad de camino, mirándolo con cara de odio y de risa al mismo tiempo.
De todos los encuentros que tuvimos, hay uno que vuelve cuando cierro los ojos. No tuvo nada espectacular alrededor: era un sábado a la tarde, llovía, habíamos comido pasta y nos habíamos echado en la cama a ver una serie que ninguna de las dos miraba.
Empezó como empiezan estas cosas. Su mano en mi muslo por encima del pantalón. Mi boca buscándole el cuello. Y al rato ya estábamos las dos desnudas, ella encima mío, besándome el esternón, bajando despacio hasta meterme la lengua en el ombligo. Renata tenía la costumbre de hablarme mientras lo hacía. No frases armadas, palabras sueltas, en voz muy baja, casi al oído, casi para ella misma.
—Quedate quieta —me dijo cuando intenté apurarla.
Se tomó su tiempo. Me besó las ingles primero, después los muslos por dentro, después se detuvo a respirar contra mi clítoris sin tocarlo, hasta que yo le tiré del pelo. Solo entonces sacó la lengua y empezó a recorrerme de un lado a otro, primero lento, después en círculos, después alternando. Me empapé en menos de un minuto.
Me metió un dedo. Después un segundo. Buscó adentro lo que sabía buscar y, sin sacar la boca de mi clítoris, presionó. Sentí el calambre familiar subir por la columna.
—¿Querés algo más? —preguntó, levantando apenas la cara.
Asentí sin hablar. Se levantó de la cama, abrió el cajón, sacó un vibrador color piel y el arnés negro que reservábamos para las tardes largas. Lo levantó como mostrándomelo en una vidriera.
—¿Este está bien?
Me puse en cuatro patas sobre el colchón, mirándola. No hizo falta más respuesta.
Renata conocía mi cuerpo mejor que yo. Sabía exactamente cuánto apretar mis pezones para que se me ablandaran las rodillas. Sabía que si me pasaba los nudillos por la espalda, de los hombros a la cintura, me arqueaba sin que me lo pidiera. Hacía eso: una caricia fuerte en el clítoris seguida de un roce suave en los pezones. Ese contraste me volvía loca.
Me pidió que me sentara sobre su cara. La cabalgué un rato así, con sus manos en mi cintura y su lengua haciendo lo que ya sabía hacer. Cuando estaba al borde, me agarró por las caderas y me corrió hacia atrás, hasta acomodarme sobre el juguete. Bajé apenas y la sentí entrar, lubricada como estaba.
—Cabalgá —me dijo.
La cabalgué. Despacio primero, después más rápido, mirándola a los ojos mientras ella me miraba las tetas chiquitas saltando. A los pocos minutos me agarró otra vez, me dio vuelta, me puso en cuatro sobre la cama y se acomodó detrás. Empezó suave. Después subió la velocidad. Después subió la fuerza. Cuando ya estaba clavándome con todo el peso del cuerpo, se inclinó sobre mí y me preguntó al oído algo que no había preguntado nunca.
—¿Puedo meterte un dedo en el culo?
No supe qué contestar. Le dije que sí porque era ella, porque confiaba, porque en ese momento le habría dicho que sí a casi cualquier cosa. No sabía que esa pregunta iba a abrirme una puerta que no se cerraría más.
Renata se chupó el pulgar, lo mojó con el lubricante de la mesita y, sin frenar el ritmo del juguete, empezó a hacer círculos ahí, apenas presionando. Entró el primer nudillo. Después un poco más. Yo no sabía si gemir, si llorar, si pedirle que se fuera y que se quedara al mismo tiempo. Era una sensación nueva, llena, contradictoria. Y era inmensa.
Acabé como nunca. Las paredes se me cerraron alrededor del juguete con tanta fuerza que casi se lo arranco. Me mordí la mano para no gritar y que los vecinos no llamaran a la policía. Cuando recuperé el aliento, Renata todavía tenía el dedo adentro, quietito, esperando a que el temblor pasara.
—Te dije —murmuró—. Te dije que te iba a gustar.
***
Después de esa tarde no dejamos de pensar en lo que vendría. Renata, que tenía más kilómetros que yo en este asunto, me empezó a tirar ideas. Una de las primeras fue la doble penetración. Yo nunca había pensado en eso. Cuando lo dijo en voz alta, me sonó imposible y excitante a partes iguales.
Discutimos cómo hacerlo. Lo más obvio era buscar un chico. Y lo más importante: dejamos clara entre nosotras una regla. Mi culo era propiedad exclusiva de ella. El chico que viniera podía meterme la pija donde siempre, podía mirar, podía participar en mil cosas. Atrás no entraba nadie que no fuera Renata.
El intento llegó unas semanas después. Apareció un chico simpático, paciente, no demasiado ansioso, que cumplió con su parte sin estropear nada. Pero la coreografía no nos salió como queríamos. Entre los nervios míos, su ritmo distinto, y las posturas que no encajaban, no llegamos a la doble. Lo dejamos para otro día. Él se fue contento, nosotras quedamos en la cama riéndonos como dos nenas que habían planeado una travesura y la habían arruinado por reírse demasiado.
Renata se levantó, abrió el cajón y volvió con cara seria.
—Yo me ocupo —dijo.
Me pasó un vibrador chico, de los que entran apenas. Me hizo recostar boca arriba, las piernas separadas, y me dijo que empezara sola. Me lo metí y empecé a moverlo, mirándola. Ella se untó los dedos con lubricante y se sentó al borde de la cama, entre mis piernas. Primero hizo círculos afuera. Después un dedo. Después dos. Sin apuro, sin presión, esperando a que aflojara.
—Dame vuelta —dijo.
Me puse en cuatro otra vez. Mientras me acomodaba, la oí abrir el cajón y sacar otro juguete. Cuando giré la cabeza para mirarla, ya tenía puesto el arnés con uno de los doble: la parte corta adentro suyo, la larga apuntándome.
—No saques el otro —me dijo, refiriéndose al vibrador chico que yo tenía adentro—. Lo seguís moviendo vos.
Entró despacio. Lo primero que sentí fue la imposibilidad. Que no entraba, que era demasiado, que algo se iba a romper. Después sentí que sí. Que entraba. Que mi cuerpo se acomodaba, hacía espacio, aceptaba. Cuando estuvo adentro de verdad, se quedó quieta unos segundos, esperando a que respirara.
Empecé yo el movimiento del vibrador chico, mete y saca, lento. Renata empezó a moverse atrás. Las dos manos en mis caderas, sosteniéndome con fuerza, marcando el ritmo. Aceleró. Aceleré. Mi vagina chorreaba como nunca, podía oír el ruido del lubricante en cada embestida.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Diez minutos, treinta, una hora. Solo se oían nuestras respiraciones y el sonido húmedo de los dos juguetes entrando y saliendo. Yo no podía hablar. Renata tampoco.
El orgasmo, cuando llegó, fue largo. Más largo que nada que hubiera sentido antes. Las paredes se me cerraron alrededor de los dos juguetes con tanta fuerza que los expulsaron, uno detrás del otro, como si mi cuerpo los escupiera para hacer espacio a algo más grande que todavía no tenía nombre.
Me quedé boca abajo, temblando. Y entonces escuché a Renata. Estaba acabando también, atrás mío, sin que yo la tocara, solo de verme. Acabó dos veces seguidas en menos de un minuto, agarrada del arnés, hundiendo la cara en mi espalda.
—Nunca me había pasado así —me dijo después, todavía con la voz rota—. Solo de mirarte.
Nos quedamos abrazadas, sudadas, sin ganas de movernos para apagar la luz. La idea del trío bien hecho volvió a la charla, pero más calmada, sin urgencia. Esa noche solo la imaginamos. Unos meses después la concretamos, y salió como queríamos. Pero esa es otra historia, y se las cuento si me la piden.