El cajón que mi vecina nunca debió abrir
Antes de empezar les cuento un poco de mí, para que se hagan una idea. Me llamo Mei, tengo rasgos asiáticos y la piel muy clara. No soy de pechos enormes, pero lo que de verdad me favorece es la parte de atrás: firme y más generosa de lo que mi cuerpo delgado dejaría suponer. Dicho esto, paso a lo que de verdad quiero contarles.
Esto ocurrió hace unos años, cuando yo recién cumplía los diecinueve. En la casa de al lado vivía una chica llamada Renata, dos años mayor que yo. Era extrovertida, de las que hablan con cualquiera en la fila del supermercado, y conmigo siempre fue cariñosa desde el primer día. Le llevaba media cabeza a la mayoría de las chicas, tenía el cabello muy ondulado, casi rizado, la piel clara y la cara salpicada de pecas. Sus pechos eran grandes y firmes, bien separados, y el resto del cuerpo le acompañaba con la misma generosidad.
Renata fue mi amiga desde que me mudé al barrio. El día de la mudanza ella cruzó a saludar a los nuevos vecinos y, de todos los de mi familia, fui yo con quien congenió. Con el tiempo nos volvimos inseparables. Nos contábamos todo: desde los sueños tontos de la noche anterior hasta las experiencias sexuales más íntimas. No había tema prohibido entre nosotras, y esa confianza era justo lo que hacía que estar con ella fuera tan fácil.
Una tarde fui a su casa como tantas otras veces. Ella estaba terminando una maqueta para la universidad, concentrada sobre la mesa con las manos manchadas de pintura. Yo me había tumbado en su cama sin nada que hacer, mirando el techo, cuando me pidió un favor.
—Oye, Mei —me dijo sin levantar la vista—, pásame del mueble de la esquina el pegamento. Es el segundo cajón de arriba hacia abajo.
Me acerqué al mueble, pero no sé por qué entendí mal y abrí el segundo de abajo hacia arriba. En cuanto tiré del cajón me quedé helada. Dentro había una variedad de juguetes sexuales que jamás habría imaginado: dildos de distintos colores, esposas, frascos, cosas que ni reconocía. Yo sabía que Renata tenía una vida sexual activa y que guardaría algún juguete por ahí, pero no esto. Me quedé muda unos segundos, sin saber dónde poner los ojos.
—¿Me lo pasas rápido? Necesito pegar esto antes de que se seque… —se giró a media frase y me vio frente al cajón equivocado—. Mei, ¿qué haces? Cierra eso.
Lo cerré de golpe, abrí el de arriba y le entregué el pegamento sin decir nada. Las dos nos quedamos calladas. Ella volvió a su maqueta como si nada, y la verdad es que no pareció importarle demasiado. A mí tampoco me molestó, simplemente estaba sorprendida. Nunca había visto tantas cosas de ese tipo juntas en un mismo lugar. Pasaron casi dos horas hasta que terminó, y yo las maté mirando el teléfono y fingiendo que el corazón no me iba un poco más rápido de lo normal.
Cuando acabó, se limpió las manos, se dejó caer en la cama a mi lado y me miró con una calma que me descolocó.
—¿Quieres ver el cajón? —me preguntó, como si me ofreciera un café.
—¿Segura? ¿No te incomoda? —respondí.
—Para nada. Sabes que te tengo toda la confianza del mundo. Eres la persona en la que más confío, y te he contado experiencias mucho más fuertes que un cajón con juguetes. ¿Por qué me daría pena contigo?
—Tienes razón —dije, y en ese momento me di cuenta de lo cierto que era—. Sí, me gustaría verlo un poco.
Nos acercamos juntas y volvió a abrirlo, esta vez sin prisa. Era amplio y estaba lleno: dildos de todos los tamaños, esposas, lubricantes, antifaces. Entre todo aquello vi unas piezas pequeñas que me llamaron la atención por lo distintas que eran del resto. Le pregunté qué eran, porque de verdad no tenía la menor idea.
Renata soltó una risita que intentó disimular sin éxito. A los pocos segundos la carcajada ya era inevitable.
—Perdón, perdón, Mei —dijo entre risas—. Es que me da ternura la pregunta, pensé que ya lo sabrías. Mira, te explico. —Cortó la risa y tomó uno de aquellos objetos—. Esto es un plug anal. Es un juguete que se coloca en el ano. Los hay de muchos tamaños, según lo que cada una busque. —Me señaló los demás, alineados como una pequeña colección.
—La verdad es que no sabía ni que existían —dije, tomando uno entre los dedos y observándolo con cuidado—. Nunca había visto algo así.
Renata bajó la voz, y un toque de picardía le asomó a la sonrisa.
—¿Quieres que te enseñe cómo se usan? —Sus dedos rozaron el que yo sostenía y me lo quitaron con una lentitud deliberada—. Aunque quizá deberíamos empezar por algo más pequeño para ti.
Se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo. El aire de la habitación pareció espesarse. Renata no apartaba los ojos de los míos, y eso me puso el pulso a mil. Noté cómo su respiración se agitaba apenas, y al cabo de unos segundos fue ella la que desvió la mirada, delatando que también estaba nerviosa. Se mordió el labio inferior, como si dudara entre seguir o disculparse.
—Lo siento, lo dije sin pensar —murmuró—. No iba en serio.
—¿En serio me dejarías probarlo? —la interrumpí, tragando saliva. Mi voz salió temblorosa, pero curiosa.
Una sonrisa lenta le cruzó la cara. Se acercó hasta invadir mi espacio, tanto que su perfume dulce, algo a vainilla, se me metió en la nariz y se mezcló con el calor que ya sentía subiéndome por el cuello. Volvió la vista al cajón y sacó un plug metálico, el más pequeño de todos. Apenas pasaba los cinco centímetros, calculo que medía siete, y no era nada ancho. La base era una especie de piedra de color morado que brillaba con la luz de la tarde.
—Creo que este es perfecto para ti —dijo, mostrándomelo en la palma—. Fue el primero que usé yo.
En ese instante estaba muy nerviosa. Era la primera vez que me acercaba a algo relacionado con lo anal, y nunca habría imaginado que mi primera experiencia sería así: con una de mis mejores amigas y, encima, siendo ella quien me guiaba. No voy a mentir, junto a los nervios había una emoción igual de intensa que me costaba reconocer.
—Tú tranquila —siguió—. Si en algún momento quieres parar, solo dímelo y paramos, sin ningún problema. Si te parece, ponte a cuatro patas en la cama, así va a ser más fácil.
—De acuerdo. —La voz me temblaba, otra vez esa mezcla de miedo y ganas. Me dirigí a la cama y me coloqué en posición, sintiendo las rodillas hundirse en el colchón y las manos apoyarse firmes sobre el edredón. El corazón me golpeaba el pecho y el calor me recorría entera.
Renata se acercó despacio y se situó detrás de mí, y solo eso bastó para que los latidos se me dispararan.
—Voy a bajarte los pantalones, ¿sí? —dijo en voz baja mientras lo hacía—. Muy lindo, este calzón te queda precioso —añadió con una risa suave, deslizándolo también hacia abajo.
Era la primera vez que me veía desnuda. Aunque seguía con la blusa puesta, me sentí completamente expuesta ante ella. Empezó a recorrerme la piel con los dedos, primero la espalda baja, bajando con delicadeza hasta llegar a mis nalgas descubiertas. El contacto era ligero, apenas una caricia, pero suficiente para encender cada terminación nerviosa de mi cuerpo.
Luego sus dedos se deslizaron más abajo, rozando mi entrada con una suavidad que me hizo contener el aliento. Jugueteó un momento, acariciando y presionando sin prisa. Después oí el chasquido de un frasco al destaparse.
—Voy a poner un poco de lubricante, ¿vale? Puede que esté algo frío y se sienta raro al principio, pero es para que lo disfrutes más. —Esparció el líquido sobre mi entrada con cuidado—. Dime, ¿cómo se siente?
El frío del lubricante chocaba contra el calor de mi piel, una sensación extraña y placentera a la vez.
—Bien, supongo… se siente muy frío, es raro —dije, todavía nerviosa.
—Bien. Voy a meter un dedo primero, ¿sí? Para que te vayas acostumbrando. —Empezó a presionar con el índice—. ¿Nunca te has metido nada?
—No, nada de nada. De hecho… —Me interrumpí al sentir su dedo entrar en mí.
Noté la presión contra mi entrada, una sensación de plenitud que crecía a medida que ella lo empujaba con suavidad. El dedo se deslizó adentro, llenándome de un modo que jamás había experimentado. Era presión, sí, pero también placer, una combinación que me dejó sin palabras.
—Ah… —Se me escapó un gemido, sorprendida por la intensidad—. Se siente… distinto.
—Lo estás haciendo muy bien. —Renata me acarició la espalda con la mano libre, cálida y tranquilizadora—. ¿Cómo te sientes?
—Muy bien, contenta. —Las palabras me salían entrecortadas, la respiración todavía agitada—. Es raro, pero… me gusta.
Sonrió, y noté la satisfacción en su voz.
—Me alegra que te guste. —Su dedo se movía dentro de mí en círculos suaves que me iban relajando—. Ahora voy a poner el plug.
Retiró el dedo despacio y me dejó con una sensación de vacío que enseguida se llenó con la presión del metal. Apoyó la punta contra mi entrada y empujó con una fuerza constante pero suave. Sentí el frío deslizarse dentro, estirándome de una manera incómoda y placentera al mismo tiempo.
Aunque ya había lubricante y la zona estaba estimulada, el plug no entraba con facilidad. Solo había pasado la punta, así que Renata empezó a sacarla y meterla poco a poco, ganando terreno en cada movimiento.
—Respira hondo, Mei —susurró, con una paciencia que me derretía—. Deja que tu cuerpo se relaje.
Tomé una respiración profunda y traté de aflojar cada músculo. El plug se hundió un poco más y la plenitud me cortó el aliento de nuevo. Era una mezcla de presión, una pizca de dolor y un placer que no se parecía a nada de lo que conocía.
—Ahh… —Otro gemido se me escapó sin querer.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Raro. Para ser sincera, duele un poco, pero aun así me gusta cómo se siente.
—Lo estás haciendo muy bien. Respira profundo y deja que tu cuerpo se adapte. —Volvió a sonreír, y en su voz había algo parecido al orgullo.
Asentí e intenté seguir sus indicaciones. El plug seguía sintiéndose extraño, una presión firme que era a la vez molesta y excitante. Renata empezó a moverlo apenas, en pequeños círculos que me ayudaron a soltarme del todo.
—Vamos a dejarlo puesto un rato para que te acostumbres —dijo, y se tumbó a mi lado.
Asentí, sintiendo cómo el plug se asentaba en su sitio. Ella se acostó junto a mí y me acarició la espalda con movimientos lentos y reconfortantes. El roce de su piel contra la mía era cálido, y poco a poco me fui relajando por completo.
Pasamos unos minutos en silencio, yo concentrada en aquella sensación nueva dentro de mí. Vivir algo tan intenso por primera vez, y precisamente con ella, significaba más de lo que sabía explicar. Después de un rato, Renata se incorporó.
—Vamos a sacarlo despacio, ¿de acuerdo?
Asentí, preparándome. Tomó la base y lo movió con suavidad, retirándolo con la misma delicadeza con que lo había puesto. Sentí una mezcla de alivio y placer al notarlo salir.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—Rara, me siento un poco rara. Pero no me malinterpretes: es una sensación muy diferente y la disfruté muchísimo —respondí, sentándome a su lado al borde de la cama.
—La verdad, pensé que ya habrías probado algo así antes. Por eso me reí al principio —dijo, soltando otra risita.
—No, no sabía nada de esto —contesté, riéndome con ella.
—Te entiendo. Oye, si quieres quédate ese plug. Tómalo como un regalo, un recuerdo de tu primera vez con algo así.
—¿Segura? Es tuyo, y también fue tu primero.
—En serio, quédatelo.
Se lo agradecí con una sonrisa y ella me abrazó. Me quedé un par de horas más, hablando de cualquier cosa y riéndonos como las amigas que siempre habíamos sido. Cuando volví a casa me llevé el regalo conmigo, feliz por haber descubierto aquella nueva forma de placer y con unas ganas enormes de seguir explorando.
Y eso es lo que quería compartir de aquel primer acercamiento. Espero que les haya gustado tanto como a mí me gustó vivirlo.