Mi prima y yo cumplimos la fantasía del jacuzzi
La idea me empezó a rondar una tarde cualquiera, volviendo de la universidad. Caminaba con la mochila colgada de un hombro, mirando los edificios sin mirarlos, cuando levanté la vista hacia un balcón del cuarto piso. Una pareja estaba detrás del vidrio, sin cortina, sin disimulo. Él la tenía contra el marco de la ventana y ella le mordía el cuello con los ojos cerrados, como si la calle entera fuera invisible. Me quedé parada en la acera como una idiota, con el corazón golpeándome las costillas. Cuando ella abrió los ojos un segundo y miró hacia abajo, le sostuve la mirada. Sonrió. Sonrió como si me hubiera estado esperando.
Esa noche no pude pensar en otra cosa. No en ellos, exactamente. En la posibilidad. En que alguien me viera sin avisar, sin permiso, y no pudiera dejar de mirar. La sensación me persiguió durante semanas, en clase, en el metro, en la cama. Cada vez que pasaba frente a un edificio con luces encendidas levantaba la cabeza, buscando.
Se lo conté a Lucía dos semanas después, una tarde de domingo en su departamento, cuando su madre se fue al supermercado y nos quedamos solas en el sillón. Lucía y yo somos primas. Eso, en cualquier familia decente, debería bastar para que nada de lo que pasó hubiera pasado. Pero llevábamos casi un año tocándonos a escondidas en cumpleaños, en bodas, en cualquier cuarto vacío que encontráramos durante las reuniones de domingo. Siempre rápido, siempre con miedo a que alguien abriera la puerta. Siempre con la ropa a medio sacar, con la urgencia de algo que no podía durar.
—Yo también tengo una —me dijo, después de escucharme—. Una fantasía. Quiero hacerlo en un jacuzzi. Sin apuros. Una noche entera. Como si fuéramos pareja y nadie pudiera entrar a interrumpirnos.
Nos miramos. No hizo falta decir más.
El viernes siguiente reservamos una suite en un hotel del centro, uno con vista a una avenida que nunca se queda quieta. Lucía le dijo a su novio que iba a un curso de fin de semana en otra ciudad. Yo le dije a mi madre que me quedaba a dormir en lo de una amiga de la facultad para terminar un trabajo. Mentiras de manual, ensayadas mil veces en el espejo del baño.
Llegamos al hotel cuando empezaba a oscurecer. La habitación estaba en el piso quince. Ventanal entero, suelo a techo, sin cortinas que tapen del todo. Un jacuzzi al lado del vidrio, con burbujas que zumbaban como si estuvieran impacientes. Lucía soltó el bolso, se sacó las zapatillas y se asomó a la ventana.
—Mira las luces —dijo, sin girarse—. Desde el edificio de enfrente se ve todo.
Me acerqué por detrás y le pasé las manos por la cintura. Olía a jazmín y a esa crema que usa siempre, la del frasco celeste que tiene desde el secundario. Le besé el cuello justo debajo de la oreja, donde sabía que le temblaba la piel.
—Cámbiate —le dije al oído—. Quiero verte entrar al agua.
Se metió al baño y salió con un bikini negro, del que se ata atrás con un nudo flojo. Yo me puse uno rojo, dos piezas, que me había comprado esa semana pensando en este momento exacto. Nos miramos un segundo de más, las dos paradas en medio de la habitación, como si todavía nos diera vergüenza encontrarnos en serio.
—No seas tímida, primita —le dije, repitiendo en broma una frase suya de hacía meses—. Recién empezamos.
Se rió y se metió al jacuzzi primero. El agua caliente le subió hasta el cuello. Yo bajé despacio, mirándola, y me senté a horcajadas sobre ella. Le pasé los brazos por el cuello y la besé largo, profundo, sin apuro. Le metí la lengua y ella me la mordió suave, lo justo para que se me erizara la espalda. El agua nos sostenía. Por primera vez en un año, nada nos apuraba con la urgencia de un cumpleaños familiar.
—¿Ves tu sombra en el vidrio? —le pregunté en voz baja—. Cualquiera que mire desde abajo sabe lo que estamos haciendo.
—Que miren —dijo, con la boca contra la mía.
Le tiré del nudo del bikini con un solo dedo. La parte de arriba cedió y le cayó al pecho. Le pasé la lengua por uno y después por el otro, despacio, mientras ella echaba la cabeza atrás contra el borde del jacuzzi. El agua nos cubría hasta la cintura. Me empecé a frotar contra su muslo, sin disimulo, buscando presión.
—Así me gusta —murmuró—. Sentir que no puedes esperar.
—No puedo —admití—. Llevo toda la semana imaginándome esto.
Me mordió el lado del cuello, justo donde la había besado yo. Después me bajó la parte de arriba del bikini de un tirón y me chupó los pechos con esa concentración que me pone loca, como si fuera lo único en el mundo. Yo seguí frotándome contra ella, cada vez más fuerte, hasta que sentí que el agua no alcanzaba para tapar lo mojada que estaba.
—Súbete al borde —me ordenó.
Hice lo que me pidió. Me senté en la cerámica del borde del jacuzzi, justo enfrente del ventanal. La luz del living del hotel me iluminaba toda la espalda. Detrás del vidrio, las luces de la ciudad parpadeaban como si me estuvieran respondiendo. Lucía me abrió las piernas con las dos manos.
—Te juro que no voy a parar hasta que te corras —dijo.
Y me empezó a comer. Lento al principio, con la lengua plana, recorriéndome de arriba abajo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo me agarré al borde con las dos manos para no resbalarme. Me clavó los dedos en los muslos para abrirme más y después se concentró ahí, en el punto exacto que la lengua aprende sola con la práctica.
—No pares —le pedí—. Por favor no pares.
—¿Te gusta así o más fuerte?
—Más fuerte.
Subió el ritmo. Yo miré los pies, después miré el techo, después miré el ventanal y por un segundo me pareció ver una silueta en el balcón de enfrente, alguien fumando, alguien que tal vez nos estaba mirando. Esa idea me terminó de volar la cabeza. Me agarré de su pelo, le apreté la cara contra mí, y me corrí con las dos piernas temblando, sin importarme el ruido que estaba haciendo. La sentí reírse contra mi piel justo antes de seguir.
Tardé un rato en recuperar la respiración. Lucía levantó la cara y se pasó la lengua por el labio, mirándome con esa cara de satisfacción que solo me pone ella.
—Falta una —dijo—. Dijimos dos fantasías.
—¿Cuál es la segunda? —pregunté, todavía con la respiración cortada.
—Ya vas a ver.
Se levantó del jacuzzi, chorreando agua, y me extendió la mano. Salimos del agua y atravesamos descalzas la habitación, dejando un rastro mojado en el parquet. La terraza de la suite era angosta y daba directo a la avenida. Quince pisos abajo, la gente caminaba sin levantar la cabeza. Pero había un edificio de oficinas justo enfrente, a la misma altura, con ventanas iluminadas y siluetas moviéndose detrás. Era viernes a la noche y todavía había gente trabajando.
Lucía se apoyó contra la baranda, todavía con la parte de abajo del bikini puesta. Yo me arrodillé en el piso húmedo. Le bajé la prenda hasta los tobillos y la dejé ahí, en los talones. Tenía el cuerpo iluminado por todas las luces de la ciudad, brillando del agua y del aire frío que se le pegaba en la piel.
—Mírame —le dije, antes de empezar.
Bajó la vista. Le sostuve la mirada mientras le pasé la lengua por primera vez. Vi cómo se le abrió la boca sin sonido. Le clavé los dedos en las nalgas y la apreté contra mi cara. Quería que se olvidara de la baranda, del edificio de enfrente, de todo. La devoré como si llevara años esperándolo, porque en parte llevaba años esperándolo. Desde aquellos veranos en la piscina de mis tíos, cuando yo todavía no sabía que esto se podía sentir.
—Camila… —se quejó.
Era la primera vez que decía mi nombre así, con esa voz quebrada. Me dio más fuerza. Le metí dos dedos sin avisar y los curvé buscando el punto. Ella se aferró a la baranda con las dos manos. La terraza era oscura comparada con la habitación, pero a su espalda el ventanal de la suite estaba encendido y nos recortaba como una silueta nítida. Cualquiera con buena vista, en cualquiera de las decenas de ventanas iluminadas que teníamos enfrente, podía ver a dos chicas haciendo lo que estábamos haciendo.
—Voy a… —empezó a decir.
No terminó la frase. Se le doblaron las rodillas y la sostuve con la mano libre, sin soltarle la cintura, mientras se corría apretándome los dedos. Le seguí pasando la lengua, despacio ahora, hasta que me apartó la cara temblando. Se dejó caer sentada en el piso de la terraza, contra la pared, con las piernas todavía abiertas y los ojos cerrados.
Nos quedamos un rato en silencio, ella desplomada contra la pared, yo de rodillas frente a ella, las dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Una sirena pasó muy lejos. Se rió, primero suave, después fuerte.
—No puedo creer que lo hicimos —dijo.
—Lo hicimos —contesté—. Las dos cosas.
***
Volvimos a entrar. La cama era enorme y blanca y olía a almidón. Nos tiramos boca arriba, mojadas y sin secarnos, mirando el techo. Lucía giró la cabeza y me besó el hombro, suave, como cierre.
—En casa nadie sospecha —dijo.
—Nadie.
—Las primas que dicen que no se soportan.
—Las mismas —contesté.
Me acordé de mi tía en la última cena de domingo, contándole a mi madre que ella y yo «no nos llevamos desde chicas, qué se le va a hacer». Las dos riéndose, sirviendo el postre. Si supieran que esa misma tarde, antes del postre, su hija me había metido la mano debajo de la falda contra la puerta del lavadero.
Nos quedamos dormidas así, abrazadas, con el rumor del jacuzzi todavía burbujeando al lado de la ventana, con las luces de la ciudad colándose por el ventanal sin cortinas. En algún edificio de enfrente, tal vez, alguien todavía estaba mirando. Esa idea fue lo último que pensé antes de cerrar los ojos.