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Relatos Ardientes

Mi prima y yo cumplimos la fantasía del jacuzzi

La idea me empezó a rondar una tarde cualquiera, volviendo de la universidad. Caminaba con la mochila colgada de un hombro, mirando los edificios sin mirarlos, cuando levanté la vista hacia un balcón del cuarto piso. Una pareja estaba detrás del vidrio, sin cortina, sin disimulo. Él la tenía contra el marco de la ventana, con los pantalones en los tobillos, cogiéndosela por atrás con embestidas que le hacían saltar las tetas contra el vidrio. Ella le mordía el antebrazo con los ojos cerrados, como si la calle entera fuera invisible. Se le veía la boca abierta a cada golpe de cadera, la polla entrándole hasta el fondo, las manos de él apretándole las tetas hasta ponerlas moradas. Me quedé parada en la acera como una idiota, con el corazón golpeándome las costillas y el coño mojándome la bombacha en plena vereda. Cuando ella abrió los ojos un segundo y miró hacia abajo, le sostuve la mirada. Sonrió. Sonrió como si me hubiera estado esperando, y en ese momento él la agarró del pelo y le tiró la cabeza para atrás sin dejar de follársela. Ella no dejó de mirarme.

Esa noche no pude pensar en otra cosa. No en ellos, exactamente. En la posibilidad. En que alguien me viera sin avisar, sin permiso, y no pudiera dejar de mirar. La sensación me persiguió durante semanas, en clase, en el metro, en la cama. Cada vez que pasaba frente a un edificio con luces encendidas levantaba la cabeza, buscando. En la cama me tocaba pensando en eso, con dos dedos adentro y el pulgar dándome vueltas al clítoris, corriéndome contra la almohada mientras me imaginaba a una fila de desconocidos mirándome desde una ventana de enfrente.

Se lo conté a Lucía dos semanas después, una tarde de domingo en su departamento, cuando su madre se fue al supermercado y nos quedamos solas en el sillón. Lucía y yo somos primas. Eso, en cualquier familia decente, debería bastar para que nada de lo que pasó hubiera pasado. Pero llevábamos casi un año tocándonos a escondidas en cumpleaños, en bodas, en cualquier cuarto vacío que encontráramos durante las reuniones de domingo. Siempre rápido, siempre con miedo a que alguien abriera la puerta. Siempre con la ropa a medio sacar, con la mano metida bajo la falda buscando el coño empapado de la otra, con los dedos entrando de a dos y saliendo pegajosos para chuparlos antes de volver a la mesa. Siempre con la urgencia de algo que no podía durar.

—Yo también tengo una —me dijo, después de escucharme—. Una fantasía. Quiero hacerlo en un jacuzzi. Sin apuros. Una noche entera. Como si fuéramos pareja y nadie pudiera entrar a interrumpirnos. Quiero comerte el coño hasta que grites, sin tener que taparte la boca.

Nos miramos. No hizo falta decir más.

El viernes siguiente reservamos una suite en un hotel del centro, uno con vista a una avenida que nunca se queda quieta. Lucía le dijo a su novio que iba a un curso de fin de semana en otra ciudad. Yo le dije a mi madre que me quedaba a dormir en lo de una amiga de la facultad para terminar un trabajo. Mentiras de manual, ensayadas mil veces en el espejo del baño.

Llegamos al hotel cuando empezaba a oscurecer. La habitación estaba en el piso quince. Ventanal entero, suelo a techo, sin cortinas que tapen del todo. Un jacuzzi al lado del vidrio, con burbujas que zumbaban como si estuvieran impacientes. Lucía soltó el bolso, se sacó las zapatillas y se asomó a la ventana.

—Mira las luces —dijo, sin girarse—. Desde el edificio de enfrente se ve todo.

Me acerqué por detrás y le pasé las manos por la cintura. Olía a jazmín y a esa crema que usa siempre, la del frasco celeste que tiene desde el secundario. Le besé el cuello justo debajo de la oreja, donde sabía que le temblaba la piel, y le metí una mano dentro del jean para tantearle la bombacha. Estaba mojada, como yo sabía que iba a estar. Le apreté el coño con la mano abierta, sin dedear, solo para que sintiera el peso de la palma.

—Cámbiate —le dije al oído—. Quiero verte entrar al agua. Quiero verte desnuda antes de que se te mojen las tetas.

Se metió al baño y salió con un bikini negro, del que se ata atrás con un nudo flojo. Yo me puse uno rojo, dos piezas, que me había comprado esa semana pensando en este momento exacto. Nos miramos un segundo de más, las dos paradas en medio de la habitación, como si todavía nos diera vergüenza encontrarnos en serio.

—No seas tímida, primita —le dije, repitiendo en broma una frase suya de hacía meses—. Recién empezamos.

Se rió y se metió al jacuzzi primero. El agua caliente le subió hasta el cuello. Yo bajé despacio, mirándola, y me senté a horcajadas sobre ella. Le pasé los brazos por el cuello y la besé largo, profundo, sin apuro. Le metí la lengua y ella me la mordió suave, lo justo para que se me erizara la espalda. Le agarré una teta por encima de la tela y le apreté el pezón entre dos dedos, girándoselo hasta que soltó un gemido corto contra mi boca. El agua nos sostenía. Por primera vez en un año, nada nos apuraba con la urgencia de un cumpleaños familiar.

—¿Ves tu sombra en el vidrio? —le pregunté en voz baja—. Cualquiera que mire desde abajo sabe lo que estamos haciendo. Sabe que te estoy tocando las tetas dentro del agua.

—Que miren —dijo, con la boca contra la mía—. Que se hagan la paja mirando cómo me comes.

Le tiré del nudo del bikini con un solo dedo. La parte de arriba cedió y le cayó al pecho. Le pasé la lengua por uno y después por el otro, despacio, chupándole los pezones enteros, mordiéndoselos hasta que me clavó las uñas en la espalda. Ella echaba la cabeza atrás contra el borde del jacuzzi, respirando por la boca. El agua nos cubría hasta la cintura. Me empecé a frotar contra su muslo, sin disimulo, montándola bajo el agua, buscándole el hueso con el clítoris a través de la tela roja.

—Así me gusta —murmuró—. Sentir que no puedes esperar. Sentir tu coñito húmedo en mi pierna.

—No puedo —admití—. Llevo toda la semana imaginándome esto. Toda la semana masturbándome pensando en tu lengua.

Me mordió el lado del cuello, justo donde la había besado yo. Después me bajó la parte de arriba del bikini de un tirón y me chupó los pechos con esa concentración que me pone loca, como si fuera lo único en el mundo. Me chupaba una teta hasta el fondo de la boca y me la soltaba con un pop húmedo antes de pasar a la otra, mientras me metía una mano entre las piernas por debajo de la tela del bikini y me abría los labios con dos dedos. Me encontró el clítoris duro y le empezó a dar vueltas lentas, adentro del agua, mientras me seguía comiendo las tetas. Yo seguí frotándome contra ella, cada vez más fuerte, cabalgándole la mano, hasta que sentí que el agua no alcanzaba para tapar lo empapada que estaba por dentro.

—Súbete al borde —me ordenó, sacándome los dedos y llevándoselos a la boca para chuparlos—. Quiero comerte el coño con luz. Quiero verte todo.

Hice lo que me pidió. Me senté en la cerámica del borde del jacuzzi, justo enfrente del ventanal, y me saqué la parte de abajo del bikini de un tirón. La luz del living del hotel me iluminaba toda la espalda y el coño abierto de par en par, con los muslos separados y todo brillando de agua y de mí. Detrás del vidrio, las luces de la ciudad parpadeaban como si me estuvieran respondiendo. Lucía me abrió las piernas con las dos manos, se acomodó entre ellas dentro del agua y me miró desde abajo, con la boca ya entreabierta.

—Mira qué coño más lindo —dijo—. Todo hinchado. Todo mío.

—Es tuyo. Comételo.

—Te juro que no voy a parar hasta que te corras en mi cara.

Y me empezó a comer. Lento al principio, con la lengua plana, recorriéndome de arriba abajo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me pasó la punta por la entrada del coño, me metió la lengua adentro y la revolvió, después subió despacio hasta el clítoris y lo rodeó sin tocarlo, hasta que se me escapó un gemido de pura desesperación. Yo me agarré al borde con las dos manos para no resbalarme. Me clavó los dedos en los muslos para abrirme más y después se concentró ahí, en el punto exacto que la lengua aprende sola con la práctica. Me chupó el clítoris con los labios cerrados, tirándomelo suave, dándole vueltas con la punta de la lengua.

—No pares —le pedí—. Por favor no pares. Métemela adentro.

—¿Los dedos también?

—Todo. Metémelo todo.

Me metió dos dedos de golpe y se los tragó mi coño entero. Los curvó buscando el techo, me los sacó brillando y me los volvió a meter, con un ritmo que me hacía chocar los talones contra la espalda de ella. La lengua no dejó el clítoris ni un segundo. Yo miré los pies, después miré el techo, después miré el ventanal y por un segundo me pareció ver una silueta en el balcón de enfrente, alguien fumando, alguien que tal vez nos estaba mirando con una mano en la bragueta. Esa idea me terminó de volar la cabeza. Le apreté las piernas contra la cabeza, la agarré del pelo con las dos manos, le apreté la cara contra mi coño y me corrí encima de su boca sin importarme el ruido que estaba haciendo. Me corrí con las dos piernas temblando, gritando algo que ni yo entendí, mojándole la barbilla y el cuello. La sentí reírse contra mi piel justo antes de seguir chupándome, más suave ahora, sacándome los últimos temblores como si estuviera terminando un helado.

Tardé un rato en recuperar la respiración. Lucía levantó la cara y se pasó la lengua por el labio, mirándome con esa cara de satisfacción que solo me pone ella. Tenía la barbilla brillando de mí.

—Falta una —dijo—. Dijimos dos fantasías.

—¿Cuál es la segunda? —pregunté, todavía con la respiración cortada.

—Que me la comas afuera. En la terraza. Con la ciudad mirando.

Se levantó del jacuzzi, chorreando agua, y me extendió la mano. Salimos del agua y atravesamos descalzas la habitación, dejando un rastro mojado en el parquet. La terraza de la suite era angosta y daba directo a la avenida. Quince pisos abajo, la gente caminaba sin levantar la cabeza. Pero había un edificio de oficinas justo enfrente, a la misma altura, con ventanas iluminadas y siluetas moviéndose detrás. Era viernes a la noche y todavía había gente trabajando.

Lucía se apoyó contra la baranda, todavía con la parte de abajo del bikini puesta y las tetas al aire, los pezones duros del frío. Yo me arrodillé en el piso húmedo. Le bajé la prenda hasta los tobillos y la dejé ahí, en los talones. Tenía el cuerpo iluminado por todas las luces de la ciudad, brillando del agua y del aire frío que se le pegaba en la piel. El coño le quedó a la altura de mi boca, ya abierto, ya reluciente.

—Mírame —le dije, antes de empezar—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está comiendo.

Bajó la vista. Le sostuve la mirada mientras le pasé la lengua por primera vez, de abajo hacia arriba, larga y lenta, terminando en un beso húmedo sobre el clítoris. Vi cómo se le abrió la boca sin sonido. Le clavé los dedos en las nalgas y la apreté contra mi cara, hundiéndole la lengua adentro. La devoré como si llevara años esperándolo, porque en parte llevaba años esperándolo. Desde aquellos veranos en la piscina de mis tíos, cuando yo todavía no sabía que esto se podía sentir. Le chupé los labios, uno y el otro, se los tironeé suave con los dientes, le pasé la lengua entera desde el culo hasta el clítoris con una sola lamida larga. Ella se estremeció entera y golpeó la baranda con la palma abierta.

—Camila… puta madre…

Era la primera vez que decía mi nombre así, con esa voz quebrada. Me dio más fuerza. Le metí dos dedos sin avisar y los curvé buscando el punto, mientras seguía chupándole el clítoris sin soltarlo. Ella se aferró a la baranda con las dos manos y empezó a moverme la cadera contra la cara, cogiéndome la boca sin vergüenza. La terraza era oscura comparada con la habitación, pero a su espalda el ventanal de la suite estaba encendido y nos recortaba como una silueta nítida. Cualquiera con buena vista, en cualquiera de las decenas de ventanas iluminadas que teníamos enfrente, podía ver a dos chicas haciendo lo que estábamos haciendo: una desnuda apoyada en la baranda del piso quince, con la cabeza de otra hundida entre las piernas.

—Métemelos más adentro —jadeó—. Más rápido. Así, así, no pares…

Le metí un tercer dedo y le empecé a coger el coño con la mano, entrando y saliendo con fuerza, mientras le chupaba el clítoris como si le estuviera mamando una polla chiquita. El agua le caía todavía por los muslos y se mezclaba con lo que le salía de adentro. Le sentí las paredes cerrándose alrededor de los dedos.

—Voy a… voy a…

No terminó la frase. Se le doblaron las rodillas y la sostuve con la mano libre, sin soltarle la cintura, mientras se corría apretándome los dedos con espasmos que me apretaban hasta el hueso. Le seguí pasando la lengua, despacio ahora, chupándole el clítoris entre los labios con cuidado, sacándole cada temblor, hasta que me apartó la cara temblando y con la boca abierta. Se dejó caer sentada en el piso de la terraza, contra la pared, con las piernas todavía abiertas y los ojos cerrados, con un hilito brillante bajándole por la cara interna del muslo.

Nos quedamos un rato en silencio, ella desplomada contra la pared, yo de rodillas frente a ella, las dos respirando como si hubiéramos corrido una maratón. Una sirena pasó muy lejos. Me chupé los dedos uno por uno delante de ella, mirándola. Se rió, primero suave, después fuerte.

—No puedo creer que lo hicimos —dijo.

—Lo hicimos —contesté—. Las dos cosas.

***

Volvimos a entrar. La cama era enorme y blanca y olía a almidón. Nos tiramos boca arriba, mojadas y sin secarnos, mirando el techo. Lucía giró la cabeza y me besó el hombro, suave, como cierre. Todavía tenía el gusto mío en la boca.

—En casa nadie sospecha —dijo.

—Nadie.

—Las primas que dicen que no se soportan.

—Las mismas —contesté.

Me acordé de mi tía en la última cena de domingo, contándole a mi madre que ella y yo «no nos llevamos desde chicas, qué se le va a hacer». Las dos riéndose, sirviendo el postre. Si supieran que esa misma tarde, antes del postre, su hija me había metido la mano debajo de la falda contra la puerta del lavadero, con dos dedos en el coño hasta el nudillo, tapándome la boca con la otra mano para que no me escucharan gemir.

Nos quedamos dormidas así, abrazadas, con el rumor del jacuzzi todavía burbujeando al lado de la ventana, con las luces de la ciudad colándose por el ventanal sin cortinas. En algún edificio de enfrente, tal vez, alguien todavía estaba mirando, con la mano metida en el pantalón, terminando lo que había empezado con nosotras. Esa idea fue lo último que pensé antes de cerrar los ojos.

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Comentarios(8)

Leti_sur

que relatazo!!! me encantó todo

ValeBsAs

me lo leí todo de un tiro, se hizo cortísimo. Por favor continualo!!!

CristinaCba

Me encanto la tension que se genera entre ellas. Se nota que hay sentimiento de verdad y no es solo morbo. Muy bien narrado

fantasiaViva88

el jacuzzi tiene algo especial jajaja. Buenisimo relato, lo disfruté mucho

MarisolTuc

Me recordó a unas vacaciones con una amiga hace años... cosas que pasan jaja. Gracias por compartir el relato

Martincho87

Tremendo. Quede enganchado desde la primera linea y no pude parar de leer

PaulaZ

Ojalá haya una segunda parte, quede con ganas de mas. Muy buen trabajo, de verdad

lectura_nocturna

De lo mejor que leí ultimamente en esta categoría. Seguí así!

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