La noche que ella regresó sin avisarme
La sala de autopsias de la Fiscalía olía a desinfectante y a formol, y a algo más antiguo debajo que ninguna de las dos quería nombrar. Mariana se ajustó los guantes de látex y bajó la lámpara hacia la mesa. Sobre el acero, una mujer joven, apenas veintidós años, encontrada tres días atrás en un descampado a las afueras de Valverde. La sexta en cuatro meses. Y el patrón ya no podía seguir ignorándose, aunque nadie se atrevía aún a decirlo en voz alta.
—Las laceraciones son distintas a las anteriores —dijo, mientras levantaba un colgajo de piel con la pinza—. Los cortes son más limpios. Más controlados.
—¿Es otro? —preguntó Renata, sin apartar los ojos de la planilla.
—O el mismo aprendiendo. Es pronto para decirlo.
Renata lo anotó con esa caligrafía suya, apretada y oblicua. El silencio volvió a apoderarse del cuarto: solo el zumbido del refrigerador del fondo y el chirrido suave del tubo fluorescente. Llevaban semanas trabajando así, en sincronía perfecta, como un dúo que ya no necesita hablarse para entenderse. Pero entre las dos había algo más espeso que la rutina. Algo que tenía nombre y ninguna pronunciaba.
Camila.
Renata salió puntual a las cinco, como siempre. Y cinco minutos después, como si lo hubiera estado esperando del otro lado de la pared, apareció Sofía con dos cafés en la mano. Le ofreció uno a Mariana sin decir una palabra. Había aprendido a leerla así, en silencio. Sabía cuándo Mariana necesitaba que la dejaran en paz y cuándo bastaba con una mirada larga y un café a la temperatura justa.
—¿Algún avance hoy? —preguntó Sofía, más por costumbre que por curiosidad real.
—Uno. Pero nada que nos acerque todavía.
Sofía se cruzó de brazos. No físicamente, eso era lo de menos. Se cruzó por dentro, conteniéndose. Después se acercó, le rozó el pelo detrás de la oreja y le susurró muy cerca del cuello:
—Me voy. Te espero en casa.
Mariana se erizó. No del modo en que se eriza el deseo, sino del modo en que se eriza algo más confuso, algo que no estaba lista para nombrar. Sofía lo intentaba todo: la calma, la presencia, los gestos pequeños y constantes. Y Mariana lo notaba. Vaya si lo notaba. Pero la ternura calculada de Sofía la hacía sentir más atrapada que querida, como si le ofreciera una salida segura a cambio de un precio que aún no sabía si estaba dispuesta a pagar.
***
Esa noche, en el departamento de Sofía, Mariana revisaba los últimos informes con el cuaderno sobre las piernas. La luz baja de la sala dibujaba sombras en las páginas. No solo eran las víctimas, eran los vínculos entre ellas, los hilos que apuntaban a personas con poder. A Restrepo, sobre todo, aunque no tuvieran pruebas directas todavía. Y justo cuando creía haber hallado un patrón claro, las imágenes de Camila volvían sin permiso a meterse entre los nombres del expediente.
—¿Quieres leche en el café? —preguntó Sofía desde la cocina.
—No. Gracias.
Mariana dejó el cuaderno a un lado. La siguió con la mirada cuando entró a la sala con las dos tazas. Sofía se sentó frente a ella, le acercó la taza y le sostuvo la mirada un momento largo antes de hablar.
—Has hecho un trabajo impecable. Y aunque no lo digas, sé que esto te está consumiendo. O no sé si hay algo más.
Mariana apretó la mandíbula. No le gustaban las frases que le tocaban la piel desde adentro.
—Estoy bien.
—No lo estás. Y no necesitas estarlo. No aquí.
—Lo sé.
—No tienes que fingir conmigo, Mariana. Ya no. Estás cargando demasiado sola. Y aunque no me dejes entrar del todo, no me voy a ir. —Y le tomó la mano.
Mariana inhaló profundo. Habló con la voz contenida, como si cada palabra hubiera que sacarla de un lugar muy hondo.
—No es que no quiera. Es que no puedo. Si me permito sentirlo, me va a desbordar. Y esta vez no puedo quebrarme, hay demasiado en juego.
—Nadie está hecho para sostenerse siempre firme. Ni siquiera tú. —Sofía hizo una pausa, le acarició los nudillos con el pulgar—. No quiero ser otro lugar al que escapes. Quiero ser un espacio donde descanses, aunque sea un segundo.
Mariana le sostuvo la mirada y sintió cómo se le humedecían los ojos sin pedir permiso.
—No sé si me queda un lugar así por dentro.
—Aquí estoy.
La voz de Sofía era más baja que de costumbre, más cerca, y aun así no se sintió invasiva. Mariana cerró los ojos un segundo. Por dentro, todo le temblaba. Sintió el calor de la mano ajena sobre la suya, el olor a café recién hecho, el peso del cansancio acumulado. Por un instante muy breve consideró soltarse, dejarse caer, besarla ahí mismo. Pero ese instante pasó como pasan las olas: dejándola otra vez en la orilla, mojada y sin saber a dónde mirar.
El timbre las interrumpió.
Sofía fue a abrir. Era Renata, puntual como siempre, con la carpeta bajo el brazo. Bastó una mirada para que entendiera que había llegado en mitad de algo. Sus ojos fueron directo a los de Mariana, a ese brillo justo antes de que las lágrimas caigan.
—Hola —dijo seca.
—Hola —contestó Mariana, bajando la vista.
—Ya que estamos las tres, definamos si nos movemos hoy o cuándo —dijo Sofía, tratando de barrer la tensión con la voz.
Desde hacía días notaban cosas. Miradas que no encajaban en el barrio. Autos que pasaban dos veces frente a la oficina. Gente que estaba donde no debía estar. Por eso Mariana había insistido en trasladar la investigación a su propio apartamento: más anónimo, más frío, más ella. Aunque ahí también había recuerdos de los que ya no podría huir.
—Lo hacemos hoy. No hay más espacio de espera —añadió Mariana, recomponiéndose la voz.
Cada una empezó a empacar sus papeles. Sofía se fue a otra habitación a buscar más cajas. Renata se quedó con Mariana, hojeando los informes en silencio. Después de un rato, sin levantar la vista de la carpeta, soltó la frase que llevaba todo el día atragantada.
—Me escribió. —Hizo una pausa—. Camila.
El cuerpo de Mariana se tensó como un cable a punto de cortar. Fingió no haber escuchado. Pero Renata nunca se detenía ante un muro.
—Me pidió tu número. Solo quiere hablar contigo.
Mariana no levantó la vista.
—Ni se te ocurra dárselo. Por ningún motivo se lo vas a dar.
Renata tragó saliva.
—No me parece justo. Solo quiere hablar contigo.
—¿Para qué? ¿Para seguir jugando? —Mariana alzó la voz sin querer—. Todo lo que pudo haber sentido fue un juego. Y yo no estoy dispuesta a jugar más.
Renata la miró fijamente.
—¿Y por qué te duele tanto si fue solo un juego?
—No empieces, Renata.
Renata cerró el informe con un golpe seco.
—¿De verdad crees que fue un juego para ella?
—¿Qué otra cosa pudo haber sido? Tú dímelo, porque yo no lo entiendo. No tengo tiempo para que alguien entre, me revuelva todo y después se vaya con otra por ahí, como si nada.
—No tienes tiempo. —Renata frunció el ceño—. No quieres hablar con ella porque no soportas lo que sientes. Y dices que no hay tiempo, pero está Sofía. ¿Es por ella?
Mariana dio un paso atrás, como si la pregunta la hubiera empujado.
—Sofía no tiene nada que ver. Aparte, Sofía no me rompe. Y eso ya es suficiente para querer quedarme con ella.
Renata se incorporó de un saltó.
—¿Y tú crees que Camila sí lo hizo a propósito? ¿De verdad piensas que fue un juego para ella?
—No lo sé —respondió Mariana, con la voz rota—. Pero no quiero averiguarlo. No puedo.
—Te estás mintiendo —dijo Renata, dolida—. Y estás empujando a la única persona que de verdad te vio.
—No necesito que me vean. Necesito terminar este caso. Nada más.
Las palabras quedaron suspendidas como humo. Renata recogió sus cosas con brusquedad y salió sin mirar atrás. Mariana se quedó de pie, rígida, con las manos cerradas. Sofía había escuchado todo desde el pasillo, no dijo nada al volver. Solo se acercó y le rozó el brazo, apenas, con la punta de los dedos.
—A veces el silencio es más cruel que cualquier verdad.
Mariana no respondió. Bajó la mirada, sintiendo vergüenza por la escena, y al mismo tiempo algo incontrolable se le encendía en el pecho, algo que no sabía descifrar con palabras pero que le quemaba debajo del esternón.
***
Cada una salió en su propio coche, tomando rutas distintas, con la prudencia suficiente para no ser seguidas. Al llegar al edificio, Renata caminaba detrás de Mariana en silencio. Sofía no mencionó la pelea, lo que Mariana agradeció sin decirlo.
El vigilante las vio entrar y se acercó de inmediato.
—Doctora, buenas noches. Qué bueno volver a verla.
—Buenas noches, Tomás. Se me había complicado un poco, pero ya estoy. Te comento, ellas dos —señaló a Renata y a Sofía— estarán viniendo seguido. Si no es todos los días.
—Claro que sí, doctora. —Tomás dudó un segundo y bajó la voz—. Disculpe. La joven con la que usted vino hace unas semanas. La señorita Camila.
Solo escuchar el nombre fue una punzada directa en el esternón. Lo siguiente la dejó sin aire.
—Ha venido casi todos los días. A veces de madrugada. Pero como usted no llegaba, no había podido avisarle. Solo se lo comenté a la doctora Renata. No sé si ella se lo mencionó.
—Gracias, Tomás. Ya hablaremos de eso. —Y le clavó una mirada de reojo a Renata, que se sostuvo entera, sin bajar los ojos.
—Y si vuelve, no tiene autorización para subir, ¿verdad?
—No. Si vuelve y yo estoy acá, solo dile que…
Mariana no logró terminar la frase. Sintió que el aire le quemaba el pecho.
Justo en ese momento, del otro lado del vidrio del lobby, apareció Camila.
Apoyada contra la pared exterior como si fuera lo único que la sostenía. La piel más pálida de lo que Mariana recordaba, los labios partidos, los ojos hundidos, el pelo pegado a las sienes. No era claro si estaba empapada por la lluvia, por el sudor o por su propio llanto. Quizás por las tres cosas a la vez.
El corazón de Mariana se aceleró como una alarma sin botón de apagado.
Sus miradas se cruzaron a través del vidrio. Y muy despacio, esos ojos color miel se desplomaron.
—¡Camila! —gritó Mariana, y corrió, atravesando el lobby a toda velocidad.
Empujó la puerta y cayó de rodillas a su lado. La sostuvo entre los brazos. Tenía la piel helada, el pulso débil, la respiración entrecortada. Mariana la apretó contra su pecho como si de eso dependiera algo más que su cuerpo. Como si sostenerla a ella fuera, en realidad, sostenerse a sí misma.
—Estoy aquí. Te tengo. Respira, por favor. No te me vayas —le susurraba contra el pelo mojado, una y otra vez.
Las lágrimas le caían sin control, calientes contra el frío de la noche. Esa sensación era demasiado familiar. Era el mismo derrumbe que llevaba meses tratando de evitar, el mismo que había escondido detrás del trabajo, detrás de Sofía, detrás del silencio. Y ahora estaba ahí, abierto sobre el piso de granito del lobby, sin posibilidad de seguir negándolo.
A unos metros, Sofía observaba sin moverse. No por frialdad. Sino porque en ese instante entendió algo que nunca había querido aceptar: que su lugar en el corazón de Mariana no era un refugio. Era una pausa. Una pausa larga, generosa, llena de cafés y ternura calculada, pero una pausa al fin. No dijo nada. Pero el dolor en su rostro fue imposible de ocultar.
Renata llegó unos segundos después y se detuvo un paso atrás de Sofía. Su expresión era un mar de cosas: alivio, preocupación, una rabia contenida que ya no tenía a quién culpar. Pero por primera vez en semanas, el silencio de Mariana tenía otro tono. No era negación, no era huida. Era miedo.
Y algo más profundo todavía, debajo del miedo, abriéndose paso a empujones.
Era amor.