Mi vecina de litera me prometió que esa noche seguíamos
Me desperté tarde, con el cuerpo pesado y la cabeza llena de imágenes de la noche anterior. Estaba a la vez excitada y muerta de vergüenza. Sabía que no habíamos sido nada discretas con nuestros gemidos y temía que alguna de las otras chicas del dormitorio compartido se hubiera quejado en recepción.
Por suerte, cuando bajé de mi litera ya no quedaba nadie en el cuarto. Y al cruzar el vestíbulo, el chico de recepción ni siquiera levantó la vista del móvil. Así que, al parecer, no había ningún problema.
El día fue calcado al anterior: playa, sol, un bocadillo y una cerveza en un chiringuito frente al agua, una siesta larga sobre la toalla. Pero esta vez no podía concentrarme en nada. El mar, las gaviotas, la gente que pasaba: todo era ruido de fondo.
Solo pensaba en ella.
Me metí en el agua para refrescarme y, mientras flotaba boca arriba con los ojos cerrados, el recuerdo de la noche anterior volvió en oleadas. Sus manos buscándome a tientas en la oscuridad de la litera, el miedo a hacer ruido, la risa contenida cuando una de las dos se golpeó con el somier de arriba. Sentí cómo se me erizaba la piel a pesar del sol, y tuve que salir del agua antes de hacer algo embarazoso delante de las familias que montaban castillos de arena a mi lado.
Comí sin hambre, miré el móvil sin leer nada y conté las horas que faltaban para el atardecer. Nunca un día de vacaciones se me había hecho tan largo.
A medida que caía la tarde y el sol empezaba a teñir de naranja la arena de Cala Bermeja, mi ansiedad fue creciendo. Renata —porque así se había presentado a oscuras, con una sonrisa que no veía pero adivinaba— me había susurrado al oído un «mañana continuamos» antes de dormirnos. Pero no tenía ni idea de qué tenía en mente. Ni siquiera sabía si seguiría allí. Era una mochilera como yo; podía haber hecho la maleta esa misma mañana y haberse marchado a otra ciudad sin dejar más que un hueco en la litera de al lado.
Caminé de vuelta al hostal más rápido de lo que quería admitir.
Cuando empujé la puerta del dormitorio, la encontré de pie frente al espejo del armario, peinándose el pelo todavía húmedo. Acababa de ducharse: olía a champú barato y a piel limpia, y ese olor tan simple me golpeó directo en el estómago.
Llevaba un sujetador de encaje negro y una falda corta del color del vino tinto. Sus pechos eran pequeños, tal como los recordaba de la oscuridad, pero tenían algo que pedía a gritos que los metieras en la boca. Tenía el vientre plano, casi perfecto, y unas piernas largas y delgadas. Era bastante más menuda que yo, aunque me sacaba media cabeza.
Me quedé embobada en el umbral, con la toalla húmeda colgando del hombro, hasta que ella rompió el silencio sin dejar de mirarme por el reflejo del espejo.
—Hola, guapa.
—Mmm... hola —fue lo único que conseguí decir.
—Me acabo de cruzar a las otras dos del cuarto en el pasillo.
—¿Ah, sí?
—Sí. ¿Y sabes qué?
—¿Qué?
Se giró por fin. La sonrisa le ocupaba media cara.
—Me han contado sus planes. Se van a una fiesta en la playa del otro lado del cabo. No vuelven hasta de madrugada. —Hizo una pausa deliberada, disfrutando del momento—. Tenemos el cuarto para nosotras solas. Varias horas.
En sus ojos había más lujuria que en los míos, y eso ya era decir mucho.
Esto es lo más parecido a una fantasía que me ha pasado en la vida.
Aunque me vuelve loca el porno lésbico y me considero bisexual desde que tengo memoria, hacía muchísimo tiempo que no me acostaba con una mujer. Demasiado. Eso hacía que todo aquello fuera aún más excitante: el cuerpo me pedía algo que llevaba meses sin probar, y lo tenía a tres pasos, recién duchado y mirándome como si yo fuera lo único en el mundo.
Sin darme tiempo a decir nada más, Renata cruzó la habitación y me besó.
Mis labios se abrieron a los suyos de inmediato. Su lengua entró buscando la mía y las dos empezaron una danza salvaje, nada de besos lentos de reconocimiento. Era un beso desesperado, de los que se dan cuando se ha esperado todo un día. Solté la toalla al suelo sin importarme.
Me sacó la camiseta de un tirón y me desabrochó el sujetador con una habilidad que me hizo sonreír contra su boca. Yo le quité el suyo casi al mismo tiempo, peleándome un segundo con el corchete. Cuando nuestros pezones se rozaron por primera vez, una corriente me recorrió entera y se concentró abajo, entre las piernas, con una intensidad casi dolorosa.
Nos besamos así un rato más, pegadas de la cintura para arriba, sintiendo el calor de la otra. Después empecé a bajar por su cuello. No fue un descenso lento ni seductor, como en las películas. Fue torpe y apurado, porque me moría de ganas de tener sus pechos en la boca y no podía fingir lo contrario.
Eran tan pequeños que casi podía abarcarlos enteros con los labios, y eso me enloquecía. A ella también, por lo visto. Los succionaba mientras mi lengua jugaba con el pezón, iba de uno al otro, y con la mano acariciaba el que quedaba abandonado para que no se sintiera solo ni un segundo.
Renata no tardó en empezar a gemir. Eran gemidos contenidos al principio, como si todavía recordara que había gente en el hostal, pero se le escapaban igual. Cada uno de ellos me incentivaba a no parar.
Con la boca y una mano todavía ocupadas en sus pechos, dejé caer la otra mano hacia su falda. Se la subí por el muslo hasta llegar a la tela de la tanga y comprobé lo que ya sospechaba: estaba empapada. La tela cedía, mojada, bajo la yema de mis dedos.
Aparté la tanga a un lado y metí un dedo en ella. Lo saqué. Metí dos. Los saqué. Metí tres, despacio, sintiendo cómo me apretaba. En ese momento dejé de chupar sus senos y acerqué mi cara a la suya, porque quería verle la expresión. Y déjame decirte que su cara de éxtasis, con la boca entreabierta y los ojos a medio cerrar, me mojó tanto que casi podía sentir mis propios fluidos resbalando por dentro del biquini que aún llevaba puesto bajo la ropa.
—No pares —me pidió en un hilo de voz.
—No pienso parar —le contesté contra los labios.
Seguíamos de pie, pero sin darnos cuenta nos habíamos ido desplazando hacia un rincón del cuarto. Hice que apoyara la espalda contra la pared, entre las dos literas, donde la luz de la ventana caía de lado. Sin dejar de mirarla a los ojos, saqué los dedos de su interior, pero solo para poder quitarle del todo la tanga y la falda. Las dejé caer en el suelo de baldosa fría.
Me tomé un minuto entero para mirarla, completamente desnuda, apoyada contra la pared con el pecho subiendo y bajando. Lleva todo el día prometiéndome esto sin saber que yo lo deseaba más que ella.
Me arrodillé ante ella sobre las baldosas. Le subí uno de los pies a mi hombro para abrirla mejor y poder contemplar de cerca su intimidad. Llevaba un día entero con la imagen en la cabeza, deseando comérmela, y por fin la tenía justo delante. Estaba completamente depilada y tan lubricada que sus fluidos le daban un brillo tenue, rosado, a la luz que entraba por la ventana.
Sin perder más tiempo, empecé a lamer. Pasé la lengua desde abajo del todo hasta el clítoris, una sola vez, despacio, midiendo su reacción.
Y, dios mío, sabía mucho mejor de lo que había imaginado. Su sabor y el gemido largo que se le escapó me volvieron todavía más hambrienta, si es que eso era posible. Seguí lamiendo y chupando toda su entrepierna, succionando de vez en cuando el clítoris solo para escuchar el grito agudo que daba cada vez que lo hacía.
Metía la lengua tan adentro como podía, mientras con dos dedos le acariciaba en círculos el clítoris hinchado. Ella era pura voz. No hacía otra cosa que gemir, jadear y repetir que no parara, que siguiera, que no se me ocurriera detenerme. Una de sus manos buscó mi pelo y se enredó en él, marcándome el ritmo, apretándome contra ella.
Yo misma estaba al borde sin que nadie me hubiera tocado. Sentía el pulso entre mis piernas a cada lametón, sincronizado con sus gemidos, y por un momento pensé que iba a correrme solo de escucharla. Apreté los muslos para soportarlo y me concentré en ella, en darle exactamente lo que pedía. Cambié el ritmo de la lengua, plano y ancho cuando quería calmarla, rápido y puntiagudo cuando quería verla retorcerse.
Por supuesto, no paré.
Al cabo de unos minutos noté que las piernas le temblaban. La que tenía apoyada en el suelo apenas la sostenía ya. Todo su cuerpo se tensó como una cuerda, contuvo el aire un instante eterno y entonces se dejó ir. Pude saborear su orgasmo en la boca, sentirla latir contra mi lengua.
No me aparté enseguida. Seguí pasando la lengua, juguetona y suave, por toda su entrepierna, aprovechándome de esa sensibilidad extrema que queda justo después de correrse. Ella daba pequeños respingos y trataba de cerrar las piernas, pero yo la mantenía abierta. Vi cómo su cara se relajaba un segundo y, acto seguido, volvía a encenderse en cuestión de segundos.
Cuando por fin me incorporé, me dolían las rodillas de las baldosas y no me importaba en absoluto. Nos besamos despacio, esta vez sin prisa, y ella se probó a sí misma en mis labios sin apartarse.
Al separarnos, me sonrió con una expresión que ya empezaba a conocer y que no auguraba nada inocente.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Y me empujó suavemente hacia mi litera, mientras fuera, a lo lejos, se oía la música de la fiesta a la que afortunadamente no habíamos ido.