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Relatos Ardientes

La amiga de mi hija me cambió la vida en la cama

Buenas tardes a todas y todos los que me leéis.

Vuelvo a sentarme delante de la pantalla con la misma sensación de la primera vez: las manos un poco frías y el pulso desordenado. No es miedo. Es algo más parecido al morbo. Saber que cada palabra que escriba pasará por delante de ojos desconocidos, que alguien me imaginará desnuda, que alguien me imaginará gimiendo, que alguien me imaginará abriéndome de piernas para una mujer mucho más joven que yo, me pone tanto que tengo que parar a respirar antes de seguir.

Os juro que nada de lo que cuento es invento. No exagero, no adorno, no me construyo personajes para complacer a nadie. Soy una mujer real, con un cuerpo real, con una historia real. Y desde que mandé mi primer relato no puedo evitar entrar cada día a leer los comentarios. Cada vez que veo uno nuevo siento un pellizco entre las piernas. Noa me sorprendió la otra tarde con el portátil en el regazo y la cara colorada. Sonrió como sonríe ella, con los ojos entrecerrados, y me preguntó si lo que estaba leyendo lo había escrito yo.

—Sí —contesté.

—¿Y te excita que te lean?

No tuve que responder. Notó cómo estaba apretando los muslos.

***

Por si alguien no ha leído lo que publiqué antes, lo resumo. Tengo cuarenta y siete años. Estuve casada veintiuno con un hombre bueno y aburrido. Crié a una hija que ya es mayor y que vive en otra ciudad. Hasta hace dos años creía que lo mío era esto: el café por la mañana, el trabajo, la cena delante del televisor, el sexo de los sábados con la luz apagada. Y luego apareció Noa, que era amiga de mi hija desde el instituto, que un verano vino a casa a pasar unos días y que se quedó cuatro meses durmiendo en el cuarto de invitados.

No voy a contar otra vez cómo pasó lo que pasó. Está escrito en el otro relato. Pero sí quiero deciros que después de aquel verano todo cambió. El hombre bueno y aburrido se fue de casa con menos ruido del que esperaba. Noa se quedó. Y yo, que toda la vida me había acostado con hombres y solo con hombres, descubrí que el cuerpo no entiende de etiquetas y que a los cuarenta y cinco te puede dar un vuelco entero.

***

Lo que más me sorprende todavía hoy es la naturalidad. La gente piensa que el sexo entre mujeres es una cosa delicada, lenta, con velas y sábanas de seda. A veces lo es. Pero otras veces es brutal. Noa tiene veintidós años recién cumplidos, un cuerpo pequeño y duro de gimnasio, y una manera de mirarme cuando se quita la camiseta que me deja muda. Yo soy una mujer bajita y de tetas grandes, y a ella le encantan. Las besa, las muerde, las aprieta hasta dejarme marcas que tardan días en irse.

La primera vez que me hizo correrme con la boca lloré. No de tristeza, sino porque ningún hombre, en veinticinco años de matrimonio, me había mirado así desde abajo. Como si comerme fuera un privilegio, no un favor. Como si todo el tiempo del mundo cupiera entre mis piernas.

Hablamos mucho. De todo. Hablamos del cuerpo y del deseo y de las cosas que aún no hemos probado. Noa es más joven, pero en estas conversaciones la voz cantante la lleva ella, porque yo todavía me ruborizo. Una noche, después de hacerlo, me preguntó si me excitaba pensar que en ese mismo momento alguien podía estar masturbándose imaginándonos a las dos.

—Sí —admití.

—¿A nosotras o a ti sola?

—A nosotras. Pero sobre todo a ti.

Se rio bajito y me mordió el hombro.

—Pues escribe más, mami.

Me llama mami a veces, en la cama. Y aunque debería sonarme raro, no me suena raro. Me suena a otra cosa.

***

Llevamos meses dándole vueltas a la idea de invitar a alguien a nuestra cama. Al principio fue un juego, una broma entre risas después del vino. Después dejó de ser broma. Noa lo tiene claro: le gustaría que probáramos con otra mujer, alguien de mi gusto, alguien que entendiera que en esta casa manda ella. Yo no estoy tan segura de querer compartirla, pero también sé que el día que crucemos esa puerta no habrá vuelta atrás.

A cambio, ella me ha propuesto algo que no esperaba. Quiere que algún día me acueste con un hombre. Solo una vez. Para verme. Para que vuelva a sentir lo que sentí durante tantos años y para que ella pueda mirar desde el sillón de la habitación.

—No te confundas —me dijo—. No es que me dé igual. Es que me pone.

Yo soy bisexual. Eso lo tengo claro desde que tengo memoria, aunque no me lo asumí hasta los cuarenta. No me he convertido en lesbiana de la noche a la mañana ni quiero etiquetarme. A veces, lo confieso, echo de menos una polla. Es otro tipo de sexo, otro peso, otra temperatura, otro olor. Y Noa lo sabe. Y lo usa.

***

El hombre que nos lo pone más difícil vive a dos puertas. Se llama Mateus y es brasileño. Debe de tener treinta y tantos, los ojos muy oscuros, el pelo cortísimo, los brazos llenos de tatuajes que no se leen del todo bien. Nos cruzamos en el rellano casi cada mañana. Yo bajo con la bolsa de la basura, él sube con la mochila del trabajo, y siempre, siempre, me mira.

No me mira como te mira un vecino cualquiera. Me mira despacio. Me recorre desde los pies hasta la boca. Me sostiene la mirada un segundo más de la cuenta y se va sonriendo. Al principio fingí no darme cuenta. Después empecé a vestirme un poco mejor para sacar la basura, lo confieso. Y Noa, que lo había notado antes que yo, no para de meterme caña.

—Te desea —me dice—. Lo huele a kilómetros.

—Estás loca.

—Estoy cachonda. Que no es lo mismo.

La semana pasada coincidimos los tres en el ascensor. Las dos volvíamos del supermercado, cargadas, y él entró en la última planta con una bolsa de gimnasio al hombro. Olía a colonia recién puesta y a sudor seco, y la mezcla me dejó tonta. Noa me apretó la mano un segundo, lo justo para que yo entendiera lo que estaba pensando. Cuando él se bajó en su piso, se giró hacia nosotras, le dijo «buenas noches, señoras» con un acento suave que arrastraba las eses, y se quedó mirándome a mí dos segundos más que a ella.

La puerta del ascensor se cerró. Noa se reía sin hacer ruido.

—Estás roja, mami.

Lo estaba. Y mojada. Y muerta de vergüenza por estarlo.

***

Esa noche follamos como si lleváramos un mes sin tocarnos. Noa se subió encima de mí, me cogió las muñecas con las dos manos y me las clavó al colchón. Me besó el cuello hasta dejarme marca y me preguntó al oído si me imaginaba al vecino entrando en el cuarto en ese mismo momento, mirándonos desde la puerta, tocándose en silencio.

—Sí —dije.

—¿Y si no se queda mirando? ¿Si se mete en la cama con nosotras?

—Sí.

—¿Y si te folla mientras yo te como la boca?

Me corrí antes de que terminara la frase. Sin tocarme. Solo con su voz, con esa pregunta, con la imagen entera dentro de la cabeza. Noa se rio bajito, satisfecha, y siguió moviendo los dedos dentro de mí hasta que me dio un segundo orgasmo encima del primero.

Después nos quedamos abrazadas, sudadas, hablando bajito en la oscuridad. Le dije que nunca había follado pensando en otra persona estando con alguien. Ella me dijo que era la primera vez que veía a una mujer correrse solo con palabras.

—Estás cada día más puta —me susurró al oído.

—Lo sé —respondí.

Y os confieso, lectores y lectoras, que adoro sentirme así. Que la mujer que era hace tres años no se reconocería en la mujer que soy hoy y que yo no quiero volver a ser aquella. Me gusta abrirme. Me gusta dejar que Noa me empuje un centímetro más cada vez. Me gusta pensar que tal vez la próxima vez que coincida con Mateus en el ascensor seré yo la que sostenga la mirada un segundo más de la cuenta. Que tal vez algún día me atreva a tocarle el brazo. Que tal vez algún día le pregunte si quiere subir a tomar un café cuando Noa esté en casa.

***

No sé si algún día llegaremos a invitarlo. No sé si invitaremos primero a esa mujer de la que hablamos de vez en cuando, una compañera de Noa del gimnasio, alta y de pecho pequeño, justo lo contrario que yo. No sé si dentro de un año estaré escribiendo otro relato contando cómo me follé al vecino brasileño mientras mi novia veinteañera nos miraba desde la butaca de la habitación. Lo único que sé es que algo se ha abierto dentro de mí y que no se va a cerrar.

Mientras tanto, escribo. Escribo para vosotros, para vosotras, para quien quiera leerme. Escribo porque saber que estáis ahí, al otro lado de la pantalla, me empuja a contar más, a confesar más, a quitarme una capa más. Noa lo sabe y le encanta. A veces se sienta a mi lado mientras tecleo y me lee por encima del hombro. A veces me corrige una palabra. A veces me mete la mano por dentro del pantalón mientras escribo y me pide que no pare, que siga, que cuente lo que ella me está haciendo en este momento exacto.

Hoy no. Hoy me ha dejado tranquila. Está dormida en el sofá con un libro abierto encima del pecho y un mechón rubio cayéndole sobre la cara. Yo termino esto, lo guardo y lo envío. Y mañana, cuando se despierte, le diré que ya está hecho. Ella sonreirá con los ojos entrecerrados, me preguntará si he sido buena chica, y me besará justo donde más le gusta besarme.

Quiero leeros. Quiero saber qué pensáis, qué sentís, qué os ha removido. Quiero saber si alguna de vosotras se reconoce en lo que cuento, si alguno de vosotros ha imaginado alguna vez a su mujer con otra mujer, si alguien ha cambiado a los cuarenta y tantos como cambié yo. No tengáis vergüenza. Escribidme. Charlemos. De esto o de lo que sea.

Gracias por leerme.

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Comentarios (3)

Silvana_Rosario

excelente!!! uno de los mejores que lei en esta categoria

CaroP

Me quede con ganas de mas, por favor seguí escribiendo. No se puede terminar asi jaja

Mili_BA

Muy bueno, me enganchó desde la primera linea. Brava!

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