Volví al juego y ella seguía esperándome en el banco
La conocí en uno de esos mundos virtuales donde la gente se inventa cuerpos nuevos. Yo entraba a escribir, casi siempre de madrugada, con la excusa de relajarme un rato antes de seguir trabajando en el capítulo de turno. Ella entraba a jugar a ser otra cosa.
Se llamaba Lúa, o eso decía su avatar: una chica de coletas largas, vestido lila y zapatos blancos que iba dando saltitos por la plaza central como si pisara cristal. La primera vez que cruzamos palabra fue porque me senté en el banco donde ella estaba dibujando algo invisible en el aire.
—Cuidado, que me has pisado el dragón —dijo, con esa voz aniñada y un poco arrastrada que conservaría siempre, dentro y fuera del juego.
Le seguí la corriente. Le pedí perdón al dragón, le di las gracias por dejarme compartir banco y, sin saber muy bien cómo, terminamos hablando dos horas. Ella tenía veintidós, casi mi misma edad, y vivía en otra ciudad, lo bastante lejos como para que vernos en persona pareciera un experimento de laboratorio. Decía cosas como «hoy me he puesto guapa para ti» o «¿me vas a regañar si me porto mal?», y yo no sabía si reír o si era exactamente lo que quería oír.
Esa primera noche acordamos lo importante: nada serio. Yo no quería pareja, ella tampoco. Si surgía algo, surgía. Si no, seguiríamos siendo dos avatares cruzándose en la plaza.
***
Surgieron cosas.
Durante las semanas siguientes, Lúa se conectaba siempre a la misma hora. Si yo me retrasaba diez minutos, me esperaba quieta en el banco, con las manos en el regazo, como una muñeca en una vitrina. Yo me obligaba a no llegar tarde.
Hablábamos de todo. De libros, de sus pesadillas, del color exacto del esmalte que se acababa de poner en las uñas reales. Algunas veces, cuando estábamos las dos solas en una sala privada, su voz se volvía más densa. Me decía qué llevaba puesto de verdad, en su cuarto, lejos del avatar. Una camiseta vieja sin sujetador. Bragas de algodón con dibujos. A veces nada.
—Pregúntame —murmuraba.
Y yo preguntaba. Le preguntaba si estaba mojada, y ella se reía bajito antes de contestar que sí, que empapada, que llevaba así desde que había visto mi nombre encenderse en la lista de conectados. Le preguntaba si se había metido ya un dedo, y me contaba a qué profundidad, y cómo se le apretaba el coño alrededor cuando pensaba en mi voz.
Aprendí a guiarla con la voz, a decirle exactamente dónde poner los dedos y a qué ritmo. Le pedía que se abriera de piernas encima de la cama, que se lamiera los dedos primero para que le entraran mejor, que se los pasara por los pezones y me contara cómo se le ponían duros. Le decía que se frotara el clítoris en círculos pequeños, sin prisa, que no se metiera nada dentro hasta que se lo dijera. La oía respirar más fuerte, soltar palabras a medio terminar, reírse de su propio jadeo. «Me estoy chorreando», me confesaba, «tengo la mano pegajosa, huele a mí toda la habitación». Yo apretaba los muslos en mi silla y le pedía que se chupara los dedos, que se los limpiara con la lengua para que después volvieran más resbaladizos a su coño. Le decía que se follara con dos dedos, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que le hacía arquear la espalda. Acababa siempre igual: con un suspiro largo y un «gracias» que sonaba a niña pequeña recién corrida. Yo me quedaba un rato en silencio, encendida, con la mano por dentro de mi pantalón y sin terminar de correrme, porque eso lo guardaba para mí.
***
Entonces dejé de entrar.
Tenía un libro a medio escribir, lectoras esperando capítulos y una espalda que empezaba a doblarse de tantas noches en vela. Me había metido en lo que yo llamaba el horario vampiro: dormir de día, escribir de noche, comer cuando se acordara mi cuerpo. Me veía en el espejo y no me reconocía: ojeras de mapache, piel del color del techo, los huesos del esternón más afilados que nunca. Estaba enferma sin estar enferma, agotada de mí misma.
Antes de desaparecer, se lo avisé. Una tarde, en la sala privada de siempre, le expliqué que necesitaba un mes, quizás dos. Que volvería. Que se acordara del trato: nada serio, nada de promesas.
—Vale —dijo Lúa, con esa voz que siempre sonaba a «vale» aunque por dentro fuera otra cosa.
Cerré la sesión y me concentré en el libro. Las semanas pasaron rápido. Cuando acabé el bloque grande de capítulos, dormí treinta y seis horas seguidas. Al despertar, lo primero que hice fue ponerme el visor.
***
Tenía cuarenta y siete mensajes suyos.
Empezaban suaves. «¿Cómo va el libro?». «Hoy me he acordado de ti». «Me he puesto el vestido amarillo que te gusta». Luego cambiaban de tono. «¿Sigues viva?». «¿Era mentira lo del trabajo?». «Me da igual, en serio, pero contesta». Los últimos no tenían texto: solo capturas de su avatar sentada en el banco vacío, una detrás de otra, a horas distintas, como pruebas de un crimen pequeño.
La encontré conectada. La misma plaza, el mismo banco, el mismo vestido. Me senté a su lado sin decir nada.
—No tienes derecho —dijo, sin girarse.
—Lo sé.
—No me digas que lo sabes. Eso es peor.
Le pedí que entráramos a la sala privada. Tardó un minuto largo en levantarse del banco. Cuando lo hizo, lo hizo despacio, como si le pesara el vestido.
En la sala, la luz era cálida, falsa, perfecta. Su avatar se quedó de pie frente al mío, con los brazos cruzados. Habíamos acordado nada serio y aquello era, exactamente, algo serio.
—Te dije que volvería —empecé.
—No te creí.
—Pues aquí estoy.
—Demasiado tarde.
Pero no se desconectó. Eso era lo que importaba. Estaba enfadada, sí, pero seguía allí, con su pelo lila y el mentón apretado, y yo sabía lo que significaba que siguiera allí.
—Quítate el visor —le dije.
—¿Qué?
—Quítate el visor un momento. Quiero hablar contigo, no con tu muñeca.
Se quedó callada. Oí, del otro lado, el ruido de las correas soltándose. Una respiración distinta. La voz, cuando llegó, fue más baja, más adulta.
—Ya está.
—¿Qué llevas puesto?
—No empieces.
—Pregunto en serio.
Soltó un suspiro largo. Lo oí en los auriculares como si estuviera a tres centímetros de mi oído.
—Una sudadera vieja. Sin nada debajo. Iba a dormir.
—¿Sin nada debajo? —repetí.
—Por arriba. Llevo unas bragas. Las blancas con la cinta rosa, las que te mandé en foto.
Me acordaba muy bien de esas bragas. Las había mirado tantas veces que sabía exactamente dónde tenía la cinta cosida, y sabía también cómo se le marcaba el coño por debajo del algodón cuando se sentaba con las piernas cruzadas.
—Túmbate —le dije.
—No estoy de humor.
—Túmbate, Lúa.
Hubo un silencio. Luego el sonido de un colchón hundiéndose. Una sábana que se ajustaba. Una respiración un poco más profunda.
—Ya.
—¿Brazos arriba?
—Brazos arriba.
—Sube la sudadera.
Otra pausa. Luego el ruido de la tela arrastrándose contra la piel.
—Hasta el cuello —dije.
—Hasta el cuello.
—¿Estás dura?
—Tú qué crees.
—Quiero que me lo digas.
—Sí. Estoy dura. Los pezones se me han puesto tiesos nada más oírte. Me duelen de lo tiesos que están.
—Pellízcatelos —le pedí—. Los dos a la vez. Con dos dedos, apretando fuerte, como si te los estuviera mordiendo yo.
La oí obedecer. Un gemido corto se le escapó entre dientes.
—Más fuerte —insistí—. Hasta que te haga daño y me lo tengas que contar.
—Me estás haciendo daño —susurró, y en la voz había una sonrisa.
—Bien. Ahora tira de ellos. Estíralos hacia el techo. Que se te levante la teta del pecho.
La oí soltar el aire de golpe. Cerré los ojos detrás del visor. Olvidé la plaza, los avatares, los cuarenta y siete mensajes. La oía. Eso era suficiente.
—Una mano —dije—. La que tú quieras. Empieza por encima de la cinta de las bragas, despacio. Baja por el vientre. Pásate los dedos por encima del monte, sin meterlos aún.
La oí obedecer. El crujido leve del algodón. Un pequeño «hm» entre dientes.
—Estoy empapada —murmuró—. Se me nota el bulto mojado por fuera de las bragas.
—Enséñamelo con los dedos. Aprieta ahí, en el bulto, con la palma. Como si te abrazaras tú sola. Como si te estuviera abrazando yo con la mano encima.
—Esto es injusto —murmuró.
—Lo sé.
La fui llevando despacio, con cuidado, con esa voz baja que ella decía que le hacía cosquillas por dentro. Le pedí que se metiera dos dedos en la boca, que se los chupara bien, que los dejara resbaladizos con su propia saliva antes de bajarlos. Obedeció. La oí chupar, oí el ruido húmedo de los dedos saliendo de sus labios, y luego el silencio pequeñito de esos mismos dedos bajando por su barriga.
—Ahora sí —le dije—. Métete la mano por dentro de las bragas. Pero no toques el clítoris todavía. Rodéalo. Pásate los dedos por los labios, ábretelos, siente lo mojada que estás.
—Voy a mancharlo todo —murmuró.
—Bien.
Le pedí que me describiera lo que sentía. Me lo describió como una niña que no quiere reconocer lo que está haciendo: a medias, con vergüenza, con palabras cortadas. «Está muy caliente», me dijo. «Se me abre solo. Puedo meterme el dedo sin empujar, se cuela». Me gustaba más así.
—Un dedo dentro —dije—. Solo uno. Despacio, hasta el fondo. Y quieto. No te muevas todavía.
La oí gemir por primera vez en serio, sin filtro, sin risa nerviosa. Un gemido bajo, de garganta, que se me clavó en el pecho.
—Ya está —susurró—. Ya lo tengo dentro.
—¿Cómo lo tienes?
—Apretado. Me aprieta el coño el dedo. Como si no quisiera dejarlo salir.
—Sácalo despacio. Hasta la mitad. Y vuelve a meterlo.
Empezó a follarse con un dedo, obedeciendo el ritmo que le marcaba con la voz. Cuando llevaba un rato así, le mandé meterse el segundo. Le pedí que curvara los dedos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que la volvía loca, y que con el pulgar se hiciera círculos pequeños en el clítoris. La oí morderse algo, quizás un nudillo, quizás la sábana. La oí decir mi nombre en voz baja, ese que casi nunca usaba, y se me apretó algo en la garganta que no era deseo.
—Más despacio aún —pedí, aunque ya casi no me hacía caso—. Quiero que dure. Quiero oírte suplicar.
—Por favor —dijo, y «por favor» en su boca era casi un nombre nuevo.
—Por favor qué.
—Por favor déjame correrme. Ya no aguanto. Tengo la mano hecha un asco. Estoy chorreando encima de las sábanas.
—Todavía no. Saca los dedos. Enséñamelos, aunque no pueda verte. Chúpatelos. Dime a qué sabes.
Se los sacó. La oí. Oí el ruido pegajoso, el aliento entrecortado, y luego el sonido bajo de su boca cerrándose alrededor de sus propios dedos.
—Sabo a mí —dijo con la lengua torpe—. A mí y a lo que me estás haciendo.
—Bien. Ahora vuelve. Tres dedos esta vez. Y el pulgar en el clítoris, rápido. Todo lo rápido que puedas.
Le dejé el control en los últimos minutos. Le dije que pensara en mí mirándola desde el borde de la cama, con la mano apoyada en su muslo, viendo cómo se follaba sola para mí, esperando el momento de apartarle la mano y meterle yo la lengua entre las piernas, chupárselo todo, dejarla temblando. La oí respirar como si subiera escaleras. La oí soltar un «me corro» que fue casi un lamento, y luego dejar de respirar del todo.
Cuando acabó, no fue con el suspiro de muñeca de siempre. Fue con un sollozo seco, corto, un espasmo largo que le sacudió la voz durante casi medio minuto, y luego un silencio más largo que cualquier otro.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Estoy enfadada contigo.
—Lo sé.
—No has terminado tú.
—Hoy no me toca.
—Eso no es verdad.
Sonreí en la oscuridad de mi cuarto. Me di cuenta de que también estaba a punto, con la mano metida por dentro del pantalón desde hacía rato, el coño empapado y el clítoris hinchado, sin haberme atrevido a moverme casi, solo de oírla. Pero quería dejarle algo a ella, una victoria pequeña, una deuda mía que pudiera cobrarse otro día, en persona, con la boca.
—La próxima vez —le dije— quiero hacerlo en persona. Quiero comerte el coño hasta que me supliques que pare.
Se quedó muy callada. Oí, lejísimos, el sonido de un grifo abierto o un tren pasando por su ventana.
—¿En serio?
—En serio. Compro el billete mañana si me dices que sí.
Tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz volvió a ser la de la plaza: aguda, infantil, con un punto de risa.
—Voy a tener que ponerme muy guapa.
—Ya estás guapa.
—No me has visto.
—Te he oído correrte. Es suficiente.
Apagué el visor sin esperar respuesta. Me quedé un rato en la oscuridad de mi cuarto, con la cara caliente y las manos todavía pegajosas sobre las rodillas, pensando en una plaza vacía con un dragón invisible y una chica de pelo lila esperándome en un banco que ya no existía.
Mañana compraría el billete. Esta noche, por primera vez en muchas semanas, dormiría.