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Relatos Ardientes

El viaje con mi jefa que cambió todo entre nosotras

Mi jefa Renata siempre me miraba más de lo que se mira a una empleada cualquiera. Lo notaba en las juntas, cuando yo presentaba números y ella, en lugar de seguir la pantalla, me seguía a mí. Nunca dije nada. Tampoco ella. Pero algo había ahí desde el primer día.

A finales de marzo nos propuso una dinámica para subir las ventas del trimestre. El premio para los ganadores era un fin de semana largo en un pueblo mágico al norte del estado, con todos los gastos pagados. Yo siempre fui competitiva, y la idea de tres días sin oficina, sin facturas, sin clientes pesados, me hizo pelear como nunca. Cerré dos cuentas grandes en la última semana del mes y me alcanzó para quedar entre los ganadores.

Cuando Renata anunció la fecha del viaje, mis compañeros, uno por uno, fueron diciendo que preferían cambiar el premio por el bono en efectivo. Tenían hijos, hipotecas, problemas de adultos. Yo estuve a punto de hacer lo mismo. Pero pensé en mi departamento vacío, en mi semana de trabajo arrastrada como una bolsa de cemento, y entendí que necesitaba salir de la ciudad más que el dinero.

—Yo me quedo con el viaje —le dije a Renata en su oficina.

Ella sonrió. Una sonrisa rara, como si llevara horas esperando que yo dijera exactamente eso.

—Si quieres, puedes invitar a alguien —me dijo—. O si prefieres, puedo acompañarte yo. Para no desperdiciar la otra cabaña.

No tenía a nadie a quien invitar. Mi última pareja había sido un desastre y mis amigas estaban todas casadas, con planes que se hacían con tres meses de antelación. Le dije que por mí estaba bien que viniera ella. Que además le haría bien recargar pilas después del cierre del trimestre.

—Perfecto —contestó, y volvió a su laptop, pero no dejó de sonreír.

***

El sábado por la mañana pasó por mi edificio a las nueve en punto. Llevaba lentes oscuros, una camiseta blanca de manga corta y unos jeans que le quedaban como si los hubieran hecho a medida. Bajé con mi mochila pequeña y un vestido para la cena. Apenas lo necesario para tres días.

—Viajas ligera —comentó al ver el equipaje—. Me gusta.

El trayecto eran cuatro horas de carretera. Hablamos de todo. De mi madre, que vive sola en otra ciudad. De su hermano mayor, que se mudó a Madrid hacía cinco años. De parejas pasadas, las suyas y las mías. De libros que ninguna de las dos había terminado. De sueños postergados. Cuando estábamos a una hora del destino, ella bajó el volumen de la música y me miró un segundo de más antes de volver a fijar la vista en la carretera.

—¿Sabes? Llevo meses queriendo decirte algo —dijo—. Me agradas desde que entraste a la empresa. Si hubiera sabido que conversar contigo era así de fácil, te habría invitado a un café hace mucho.

No supe qué responder. Sentí calor en el cuello, en las orejas, en otros lugares que no quería nombrar. Murmuré algo sobre que también disfrutaba la charla, sobre que ella era más divertida de lo que aparentaba en las juntas. Renata se rió y no volvió a tocar el tema durante el resto del camino.

El hospedaje eran cabañas de madera dispersas entre pinos, cada una con su entrada propia y su pequeño porche. Nos asignaron dos contiguas, separadas por unos veinte metros de sendero. Subí mis cosas, me di una ducha larga y caliente, y me tumbé sobre la cama con la bata de baño abierta y solo la ropa interior debajo. El olor a pino entraba por la ventana. Estaba a punto de quedarme dormida cuando escuché golpes suaves en la puerta.

Me ajusté la bata y abrí.

—¿Bajamos a cenar al pueblo? —preguntó Renata.

Llevaba un vestido negro corto y los labios pintados de rojo. Otra mujer. No la jefa de la oficina, no la de la carretera. Esta era alguien que se había arreglado para mí.

—Dame veinte minutos —dije—. O… ¿prefieres que pidamos algo a la habitación? La tuya o la mía.

Lo dije sin pensar. Cuando escuché mis propias palabras quise tragármelas. Ella no contestó enseguida. Se apoyó en el marco de la puerta y me miró de arriba abajo, como si estuviera evaluándome.

—Vístete y ven a mi cabaña en veinte minutos —dijo al fin—. Quiero llevarte a comer fuera. Después vemos.

Cerré la puerta y me apoyé en ella unos segundos antes de moverme. Qué estás haciendo. Qué estás haciendo, qué estás haciendo, qué estás haciendo.

Me puse un vestido ligero color crema, unas sandalias planas y un suéter por encima por si refrescaba en la noche. Maquillaje sutil, un poco de rímel, brillo en los labios. Me recogí el pelo en una cola baja y elegí unos pendientes pequeños. Debajo del vestido me puse el conjunto de encaje negro que solo usaba para ocasiones que nunca llegaban.

***

El restaurante quedaba a diez minutos caminando. Una terraza con velas y mesas pequeñas, lo justo para que la conversación no se escapara. Pedimos una botella de vino tinto y compartimos un plato de carne. Hablamos de tonterías al principio: de la decoración, del menú, de las parejas de la mesa de al lado.

—Te queda bien ese vestido —dijo Renata cuando llegó la segunda copa—. Lo digo en serio. Te ves muy bien.

Me sonrojé y bajé la mirada al mantel.

—Tú también, Renata. Eres una mujer muy guapa. La verdad estoy disfrutando mucho esta noche.

Ella se inclinó un poco sobre la mesa.

—Dijiste antes que en este viaje te ibas a dejar fluir. ¿Lo recuerdas?

—Sí.

—Quiero que sepas algo. Tu trabajo este trimestre fue excepcional. Te ganaste este premio limpio. Te ganaste el derecho de disfrutar cada minuto sin estar pensando en lo que vas a hacer mañana. ¿Estás segura de que vas a fluir? ¿Sin frenarte?

No lo pensé. La respuesta salió sola.

—Por supuesto.

Ella asintió y le hizo señas al mesero para pedir la cuenta. El vino, la voz baja con la que me había hablado, la forma en que sus rodillas habían encontrado las mías bajo la mesa sin que ninguna de las dos lo comentara. Me levanté para ir al tocador con las piernas algo flojas. Cuando me bajé la ropa interior descubrí que el encaje estaba empapado. No me había pasado en años algo así, tan rápido, tan sin tocarme. Acomodé la tela contra mí para calmar la sensación y respiré hondo frente al espejo.

Al salir del baño, antes de volver a la mesa, la miré desde lejos. Tenía las piernas cruzadas, el escote del vestido le marcaba unos pechos grandes que en la oficina disimulaba con sacos largos. Era guapísima. Era guapísima y me estaba esperando.

***

De regreso al hotel me propuso ir por otra calle, una más larga, para conocer el pueblo. Caminamos en silencio durante una cuadra. Luego, sin previo aviso, me tomó la mano y me jaló dentro de un callejón estrecho entre dos edificios bajos. Una sola farola al fondo. Me empujó contra la pared con suavidad, apoyó una mano al lado de mi cabeza y me besó.

Fue un beso largo. Profundo. Caliente. Con lengua y con todo el peso de meses de miradas guardadas. No lo rechacé ni un segundo. Cuando se separó tenía los labios manchados de mi brillo y respiraba fuerte.

—Me doy cuenta —murmuró— de que sí te vas a dejar fluir.

No respondí. Le agarré la cara con las dos manos y la besé yo a ella.

***

Llegamos a su cabaña sin habernos soltado de la mano en el camino. Apenas cerró la puerta, se me echó encima. Me besó la boca, el cuello, debajo de la oreja, mientras sus manos buscaban mis pechos por encima de la tela del vestido. Yo no podía pensar. Solo quería que no parara, que siguiera, que llegara más adentro.

—Te gusta, ¿verdad? —susurró contra mi oído—. Llevo meses imaginándote así.

—Sí —dije—. Me gusta.

Me bajó los tirantes del vestido y la tela cayó hasta la cintura. Me desabrochó el sostén con un solo movimiento, como alguien que ya lo había hecho muchas veces. Cuando su boca encontró mi pezón me arqueé contra ella. Me lo chupó, me lo mordió suave, me hizo soltar un gemido más alto de lo que esperaba.

—¿Quieres que pare, perra? —preguntó de pronto, con una voz nueva, una voz que no le conocía.

Tendría que haberme molestado. No lo hizo. Al contrario. Sentí el calor multiplicarse entre las piernas. Me oí a mí misma rogarle.

—No. No pares. Por favor.

Me llevó a la cama caminando hacia atrás, sin dejar de besarme. Me terminó de quitar el vestido y la ropa interior empapada. Se arrodilló al borde del colchón y me abrió las piernas con las dos manos. Me miró un segundo antes de bajar la boca. La primera lamida me sacó un gemido que no pude controlar. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar.

Mientras ella me lamía despacio, yo me incorporé lo justo para quitarle el vestido y desabrocharle el sostén. Sus pechos eran grandes y firmes, más de lo que había imaginado bajo los sacos del trabajo. Cuando por fin pude tenerlos en mis manos y llevarme un pezón a la boca, los chupé, los mordí, los lamí, como si llevara años con hambre de algo y recién ahora lo descubriera.

Lo hicimos de mil maneras esa noche. Encima, debajo, a horcajadas, frente al espejo del armario, en el sillón del rincón, otra vez en la cama cuando ya las piernas no nos respondían. Hubo momentos suaves, casi tiernos, con caricias largas por la espalda. Hubo momentos brutales, con dedos profundos y palabras que ninguna de las dos hubiera dicho en otro contexto.

En algún punto de la madrugada, con la luz azul del amanecer entrando por la ventana, ella me abrazó por detrás y me besó la nuca.

—Mía —dijo bajito.

—Tuya —respondí, y me dormí pegada a ella.

Quedan dos noches más en este pueblo mágico. Cuando termine de contarles cómo fueron, ya no van a poder mirarme igual en la oficina. Pero esa primera noche, esa noche en la cabaña de Renata, fue la noche en la que me convertí en su mujer, en su amante y en su puta. Y las dos lo disfrutamos.

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Comentarios (5)

Lorena_V

increible!!! me tuvo pegada de principio a fin

MelancolicaLuna

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio la relacion entre ellas de vuelta en la oficina

Mili_BA

Me hizo acordar a una situacion parecida con una jefa que tuve hace años. Siempre me pregunte si ella pensaba lo mismo que yo jajaja. Muy bien escrito

SilRosario

Es real o es inventado? se siente muy autentico, eso es lo que me gusta

ValentinaQ

Que comienzo tan inesperado, no me lo veia venir para nada!!! Genial

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