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Relatos Ardientes

La tarde que Damaris me pidió que no tuviera piedad

Con Damaris nos conocemos desde hace seis años. Nos cruzamos en un club de lectura del barrio, después coincidimos en la misma facultad, y de aquella amistad tímida no quedó nada cuando descubrimos que entre nosotras había mucho más que charlas de café. Desde entonces, casi cada tarde encontramos algún pretexto para vernos en mi departamento.

Damaris tiene el pelo rizado, de un cobrizo que arde bajo la luz del atardecer, la piel muy blanca y unas caderas que la ropa nunca termina de disimular. Le gustan cosas que ella misma define como raras, y a mí me gusta acompañarla en cada una de ellas. No tenemos secretos en la cama, ni vergüenzas, ni esa pudibundez de las que recién empiezan. Hace tiempo que cruzamos todas las líneas que el resto del mundo no se anima a tocar.

Esa tarde, sin embargo, había algo distinto. Lo supe en cuanto abrí la puerta.

Llegó cubierta apenas por un abrigo corto y, debajo, un sostén negro que le ajustaba los pechos como si los empujara hacia afuera. Los pezones se marcaban con tanta claridad que parecían apuntar directo a mi cara. No traía blusa. No traía falda. Solo unas medias hasta el muslo y unos tacos que sonaban en mi pasillo como una promesa.

—¿Vas a quedarte mirando o me vas a hacer pasar? —dijo, apoyando una mano en el marco.

No la dejé hablar más. La tomé de la nuca y la besé contra la pared del recibidor. Le mordí el labio inferior, le bajé el abrigo de un tirón y le devoré el cuello, ese cuello largo que ella sabe ofrecer cuando quiere que la marque. Mis manos buscaron el broche del sostén y se lo arranqué con una torpeza que la hizo reírse en mi boca.

—Vas en serio hoy —susurró.

—Viniste así. Yo solo termino lo que empezaste.

Le mordí un pezón, no muy fuerte, lo suficiente para que se le escapara un gemido que me erizó la espalda. Le pasé la lengua entera por encima, despacio, y después soplé sobre la zona húmeda. Damaris dejó caer la cabeza contra la pared y cerró los ojos.

Una de sus manos encontró el camino debajo de mi falda. No usaba ropa interior; lo sabía, lo había planeado. Su dedo me recorrió la entrepierna y se hundió apenas en mí, justo lo necesario para que se me cortara la respiración. Empezó a moverlo en círculos lentos, sin presionar, como midiendo cuánto podía hacerme esperar.

—Más —pedí.

—¿Más, qué?

—Más adentro.

Sonrió. Metió dos dedos, después tres, y los movió con una rudeza estudiada. Yo apoyaba la frente en su hombro mientras le sostenía los pechos con ambas manos, frotándole los pezones entre el pulgar y el índice hasta que la sentí temblar.

—Vení —le dije, y la arrastré al dormitorio.

***

Esta vez no quería terminar de pie en el pasillo. Esa tarde había planeado algo, y Damaris ya había aceptado por mensaje al mediodía, cuando me había escrito una sola palabra: «todo». Yo le había contestado con la misma: «todo».

La empujé sobre la cama, le saqué las medias mordiendo el borde y le dejé los tacos puestos porque me gustaba cómo le estiraban las pantorrillas. Después fui al armario y saqué mis dos cinturones de cuero negro y un tercero más fino que había comprado la semana anterior. Damaris no decía nada. Solo me miraba con la boca entreabierta y respiraba como si ya estuviera por correrse.

Le até una muñeca a cada barrote de la cabecera. Estiré los cinturones lo justo para que no pudiera moverse sin sentir el cuero clavándosele en la piel. Le pasé el tercer cinturón por la cintura y lo aseguré al somier, dejándola arqueada, indefensa, abierta para mí. Le di un beso en la boca, lento, casi dulce, para que se acordara de que la quería.

—Si querés que pare, ya sabés.

—No quiero que pares —dijo, y movió la pelvis buscando algo que todavía no estaba ahí.

Bajé de la cama y abrí el cajón de abajo. Saqué primero el consolador, ese negro de treinta centímetros, grueso, con el arnés ya enganchado. Damaris abrió mucho los ojos cuando me lo vio ajustar a las caderas. Después saqué el látigo de cola corta y, al final, las pinzas plateadas que ella misma me había regalado para mi cumpleaños.

—Mirá lo que tengo para vos —le dije, repitiendo una frase nuestra de hace años.

Empecé por las pinzas. Le pellizqué el pezón derecho con los dedos, lo estiré un poco y le cerré la pinza encima. Damaris contuvo el aire, pero no soltó ni una queja. Hice lo mismo con el izquierdo. Las pinzas tenían una cadena fina que las unía; tiré apenas y ella se mordió el labio.

—Eso me gusta —murmuró.

—Eso ya lo sé.

Subí a la cama, me arrodillé entre sus piernas y froté la punta del consolador contra su entrada. Estaba empapada. Damaris arqueó la espalda, pero los cinturones le permitían poco margen. Apenas pude separarle un poco más los muslos y le hundí el juguete de una sola vez, sin aviso, sin piedad.

El grito que dio rebotó en las paredes. Le solté la cadena de las pinzas justo en el momento del empuje, y vi cómo se le saltaban las lágrimas con la boca abierta. No se quejó. Se quedó esperando, jadeando, hasta que empecé a moverme.

—Mirame —le pedí—. No cierres los ojos.

La penetré con un ritmo brusco, hasta el fondo, mientras le sostenía las caderas para que no se moviera. Damaris me miraba sin parpadear, con la boca abierta, y a cada embestida se le escapaba un gemido que parecía a punto de quebrarse en llanto. Cuando vi que se acercaba demasiado rápido, me detuve.

—Todavía no.

Me retiré. La dejé al borde, con la cadera vibrando, suspendida en ese segundo en que se odia y se ama a quien te niega lo que más pedís.

***

Agarré el látigo. La piel del pecho ya la tenía enrojecida por las pinzas, pero quería marcarla un poco más. Le di tres latigazos secos en la cara interna del muslo, con el cuero corto, justo donde el dolor se siente más vivo. Damaris gimió cada uno como si fuera un beso. Después le pegué dos veces sobre los pechos, esquivando las pinzas, y le dejé unas líneas rojas que iban a tardar dos días en irse.

—¿Más?

—Más.

Le di un último latigazo, más fuerte, sobre el vientre. Después tiré el látigo al piso y volví a meterme entre sus piernas, esta vez con la mano. Le hundí dos dedos, después tres, después cuatro. Damaris empujaba con la pelvis para que entrara todo. Crucé el pulgar contra los otros dedos, encogí la mano en un puño y empujé.

Mi mano entró entera. Damaris gritó, esta vez sin contenerse, y yo me quedé quieta unos segundos, sintiendo cómo su cuerpo se cerraba alrededor de mi muñeca. Cuando empecé a mover el puño en círculos, ella ya no decía palabras: solo sonidos largos, roncos, animales.

—Mirame a la cara —insistí—. Mirame mientras te corrés.

Y se corrió. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba, cómo el cuero de los cinturones le clavaba marcas en las muñecas, cómo me apretaba la mano hasta el dolor. Cuando saqué el puño, lo hice despacio, y traje conmigo un chorro tibio que cayó sobre las sábanas. Damaris no podía hablar. Solo respiraba.

Le solté las pinzas una a una, con cuidado, sabiendo que el momento de quitarlas iba a doler tanto como el de ponerlas. Damaris cerró los ojos y dejó que el aire le entrara como si llevara horas sin respirar.

Pero no había terminado.

***

—Te toca a vos —le dije al oído, y le desaté las muñecas.

Damaris se incorporó lenta, todavía con las marcas rojas en las muñecas y los pechos llenos de líneas. Se tomó un segundo, me miró, y supe que iba a devolverme cada cosa con intereses. Me agarró del pelo y me empujó hacia abajo, hasta dejarme arrodillada en el piso, contra el borde de la cama.

Me ató ella a mí, con menos paciencia, con más rabia. Me pasó los cinturones por las muñecas hasta dejármelas detrás de la espalda. Me obligó a abrir la boca y me metió el consolador hasta donde pude soportar. Le sentí el gusto a ella, mezclado con el sabor de la goma del juguete. Damaris movió la base contra mi cara con la mano que le quedaba libre, y con la otra me sostuvo el pelo, sin dejarme apartarme.

—Aguantá —dijo.

Aguanté. Aguanté hasta que se le pasaron las ganas de castigarme con esa boca, y entonces me arrastró hasta la alfombra. Me obligó a tumbarme boca arriba, abrió las piernas sobre mi cara y se sentó. No me pidió permiso. Yo tampoco se lo habría dado.

Le pasé la lengua entera, desde abajo hacia arriba, con una lentitud calculada. Ella se movía sobre mi cara, presionando, dejándome apenas respirar, y yo cerré los ojos y me concentré en darle todo lo que podía. Le chupé el clítoris hasta sentirlo latir bajo mi lengua, y cuando empezó a temblar le metí dos dedos a la vez.

Damaris se corrió encima de mi boca. No fue una corrida cualquiera. Sentí cómo un líquido tibio se desbordaba por mi mentón, por mi cuello, por mis pechos. Lluvia dorada. Su fantasía más pedida, la que solo me daba en los días que llamábamos «sucios». No me moví. Dejé que terminara, que vaciara cada gota encima de mí.

Después me besó. Me besó con los labios todavía mojados, con el aliento entrecortado, con la boca con sabor a ella y a mí.

—Te quiero —dijo bajito.

—Te quiero —repetí yo.

Y nos quedamos un rato así, abrazadas en el piso, con la cama desarmada, los cinturones colgando de los barrotes y la luz de la tarde cayéndonos encima como un perdón. Después fuimos al baño, abrimos el agua caliente y empezamos a lavarnos despacio, una a la otra, sin prisa, sin nada que demostrar. Ya estaba todo dicho.

Ya estaba todo hecho.

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Comentarios (6)

GatoNocturno77

Dios mio que calor hace leer esto a medianoche jajaja. Excelente relato, de verdad.

Valentina_N

sigue subiendo por favor!!!

Caro_85

Muy bien escrito, con los detalles justos sin volverse burdo. Se agradece ese equilibrio, no es facil lograrlo.

SandraV87

Me trajo recuerdos de una tarde muy parecida... esas cosas no se olvidan nunca. Gracias por compartirlo

MaluR_23

El titulo lo dice todo y el relato cumple :)

Fantasi4ever

Quiero la continuacion ya!!! Como termino todo eso, nos deben una segunda parte

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