La cabaña donde dejamos de ser solo amigas
Eran casi las dos de la madrugada y yo todavía no había podido pegar un ojo. Desde el cuarto de al lado se colaban risas ahogadas, esas que se sueltan tapándose la boca para no despertar a nadie. Llevaba un buen rato escuchándolas y la curiosidad terminó por ganarme. Me levanté de la cama, descalza, y caminé hasta la puerta de su habitación.
Carolina, Daniela y yo éramos amigas desde el colegio. Nuestras familias se conocían de toda la vida y, ya entradas en los veintitantos, seguíamos buscando excusas para escaparnos juntas un fin de semana. Esa vez fue a una cabaña en las afueras, cerca de un lago, que la madre de Daniela le había prestado. A mí me tocó dormir sola en el cuarto contiguo porque era la mayor y en el otro solo había dos camas. Aun así, desde siempre nos había gustado dormir las tres juntas cuando salíamos.
La puerta tenía una rendija, una abertura mínima entre la hoja y el marco. Acerqué el ojo casi sin pensarlo. Carolina y Daniela estaban sentadas en una de las camas, una frente a la otra. No tenían puesto el pantalón del pijama, solo la camiseta larga que apenas les cubría las caderas.
Me quedé mirándolas más tiempo del que debería. Se observaban con una mezcla de timidez y descaro, y mientras hablaban en susurros, sus manos se movían entre sus piernas. Se estaban tocando. Las dos. Despacio, como si todavía estuvieran aprendiendo el camino de sus propios dedos.
¿Por qué no me dijeron nada?
Sentí una punzada de algo parecido a la envidia. Quizá no me habían invitado por ser la mayor, o porque les daba vergüenza lo que yo pudiera pensar. No lo sabía. Lo que sí sabía era que aquello me estaba encendiendo de una forma que no esperaba. Tenía la respiración corta y un calor concreto subiéndome por el vientre.
Intenté abrir la puerta con cuidado, quería entrar de golpe y sorprenderlas con las manos en la masa, pero le habían echado el seguro. Habían sido precavidas. Sonreí en la oscuridad y, en lugar de insistir, toqué con los nudillos. A través de la rendija las vi pegar un brinco, soltar una risa nerviosa y ponerse a toda prisa los pantalones. Fue Carolina la que abrió.
—Hola —dije con la voz más inocente que pude fingir—. ¿Me dejan quedarme un rato con ustedes? No me puedo dormir.
Las dos asintieron casi a la vez. Entré y me senté en el borde de la cama, justo en el hueco que habían dejado entre ellas.
—¿Y qué estaban haciendo? —pregunté, como quien no quiere la cosa, para ver si me lo contaban solas.
—Nada, conversando —respondió Daniela, demasiado rápido—. Ya nos íbamos a dormir.
Sabía perfectamente que era mentira. Y supe también que les daba pena confesarlo. Así que tomé la mano de Carolina, le acerqué los dedos a mi nariz y respiré despacio. El olor de su sexo todavía estaba ahí, tibio, inconfundible. La miré directo a los ojos.
—En serio —dije bajito—. Cuéntenme qué estaban haciendo.
Se quedaron calladas. Las dos se miraron de reojo y bajaron la vista, atrapadas en su travesura. Estiré la mano hacia Daniela para oler también sus dedos, pero ella los apartó de un tirón, mordiéndose el labio.
—Nos estábamos masturbando juntas —soltó al fin, con un hilo de voz.
—¿Y lo habían hecho antes? —pregunté.
—No, es la primera vez —admitió Daniela—. Carolina me preguntó si yo ya lo hacía y le estaba mostrando cómo.
Giré la cabeza hacia Carolina.
—¿Tú nunca te habías tocado?
Negó con la cabeza, despacio, sin levantar la mirada del cobertor. Había algo en esa mezcla de inocencia y curiosidad que me desarmó por completo.
—¿Y por qué no nos enseñas tú, que sabes? —dijo Daniela de pronto, recuperando el descaro.
Yo llevaba excitada desde el primer segundo, desde que las espié por la rendija. No iba a desperdiciar la oportunidad.
—Solo si lo hacemos las tres —repliqué.
***
Nos quitamos los pantalones casi en silencio, con esa solemnidad torpe de quien cruza una línea y lo sabe. Yo me recosté contra el respaldo, abrí las piernas y me humedecí los dedos con la lengua. Empecé a acariciarme mientras les hablaba en voz baja.
—Me gusta moverlos de un lado a otro, así, sobre el clítoris —les expliqué—. Y de vez en cuando meto uno, a veces dos, despacio.
Las dos me observaban con una atención que me ponía aún más. Daniela enseguida empezó a tocarse a mi lado, soltando el aire por la nariz. Carolina, en cambio, se había quedado quieta, hipnotizada, mirándome las manos.
—Caro, hazlo tú también —le dije.
Llevó los dedos a su sexo, dubitativa.
—Pero mójalos primero. Llévatelos a la boca y luego los pones aquí —me señalé— y empiezas a moverlos sin prisa.
Lo intentó con timidez. Se notaba que no terminaba de encontrar el ritmo, que su mano no sabía todavía lo que su cuerpo pedía. Daniela, a su lado, ya gemía bajito, mucho más suelta.
—¿Quieres que te enseñe? —le ofrecí.
Carolina asintió. Me coloqué detrás de ella, la senté entre mis piernas con la espalda contra mi pecho. El olor de su pelo recién lavado me golpeó de lleno y me encendió todavía más. Tomé dos de sus dedos, dejé caer un poco de saliva sobre ellos y los guie hasta su clítoris. Ella no movía la mano, solo se dejaba conducir por la mía, como si yo fuera el mapa de un territorio que apenas empezaba a conocer.
Volví a mojar sus dedos, pero esta vez me los llevé a mi propia boca. Quería probarla. Su sabor era suave, delicado, apenas dulce. Sentí cómo su respiración se aceleraba contra mi cuello, cómo su cuerpo empezaba a buscar el roce por instinto.
—¿Te gusta? —le susurré al oído.
—Mucho —murmuró—. Es como un cosquilleo que sube por todas partes.
—Espera a venirte —intervino Daniela, con la voz ronca—. Ahí vas a entender de qué hablamos.
—Ahora hazlo tú sola —le dije a Carolina, retirando mi mano de la suya.
Aproveché para acariciarme de nuevo. Tenía el sexo palpitando, exigiéndome atención. Haber sentido el sabor de Carolina en la lengua me había disparado la imaginación; quería saber hasta dónde íbamos a llegar las tres esa noche. Mientras la veía tocarse, esta vez con más decisión, deslicé una mano por su cintura y la subí por debajo de la camiseta. Le acaricié el vientre, despacio, midiendo su reacción. Ella siguió, sin frenarse. Llegué a sus pechos y los apreté con suavidad.
Busqué la mirada de Daniela, casi pidiendo permiso. La encontré, y en sus ojos había un brillo de complicidad que me dio la seguridad que necesitaba para seguir.
Con la otra mano le levanté la camiseta a Carolina. Ella simplemente alzó los brazos para que se la terminara de quitar y volvió a concentrarse en su mano. Le besé la espalda mientras la recorría entera, sintiendo cómo se le erizaba la piel. No paraba de acariciarse; sus gemidos empezaron a llenar la habitación, cada vez menos contenidos.
—¿Y a mí me van a dejar de espectadora? —protestó Daniela.
—Ven para acá —le respondí.
Se arrastró sobre la cama hasta quedar frente a nosotras, apoyando las piernas sobre las de Carolina. La tomé de los tobillos y la acerqué del todo.
—Caro, quítale la camiseta —le dije al oído.
Mientras lo hacía, yo seguía acariciando a Carolina, sin dejar que el placer se le enfriara. Tomé su mano y la llevé hasta los pechos de Daniela.
—Tócala —le pedí—. Apriétalos, despacio.
Aquello pareció encender a Carolina por completo: sentí cómo su clítoris se ponía duro bajo mis dedos, cómo todo su cuerpo se tensaba.
—Dani, dale un beso —dije.
Daniela se acercó y apenas rozó los labios de Carolina antes de retirarse, con una risita.
—Eso no es un beso —protesté—. Mira, te enseño.
Tomé a Carolina de la mejilla y la besé de verdad, un beso largo, húmedo, con la lengua sin prisa. Lo estiré todo lo que pude mientras seguía acariciando su sexo empapado. Cuando me separé, tenía los ojos entrecerrados y la boca entreabierta.
—Ahora tú —le dije a Daniela.
Mientras ellas se besaban, deslicé mi mano por la espalda de Daniela, bajé entre sus nalgas, rocé su ano —lo sentí contraerse al contacto— y llegué hasta su sexo. Estaba completamente mojado. Tenerlas a las dos al mismo tiempo, encendidas por mí, me tenía al borde. Daniela rompió el beso y buscó mis labios; Carolina, mientras tanto, hundió la cara en su cuello.
***
Recosté a Carolina sobre la cama y empecé a pasar la lengua por la cara interna de sus muslos, subiendo y deteniéndome justo antes de llegar a su sexo, una pierna y luego la otra. Daniela la besaba en el cuello, bajaba hasta sus pechos y volvía a subir. En la cara de Carolina podía leerse cada oleada de placer; me gustaba cómo arrugaba la frente cuando gemía, cómo se mordía el labio.
Esta vez no me detuve. Subí la lengua por su entrepierna hasta su clítoris y empecé a lamerlo, lento, con la punta primero y luego con toda la boca. Los espasmos de sus caderas me volvían loca.
—Caro, déjate ir —le decía Daniela, acariciándole el pelo—. Vente tranquila.
—No sé cómo —jadeó ella.
—No tienes que hacer nada. Solo déjalo salir. Cuando llegue, lo vas a saber.
Moví la lengua despacio por todo su sexo, queriendo que lo sintiera entero, que su primer orgasmo fuera en mi boca. Carolina empezó a gemir más fuerte, sus caderas se movían cada vez con más urgencia.
—Creo que… me voy a venir —dijo con la voz quebrada.
—Déjalo salir —le repitió Daniela.
Se aferró a las sábanas con las dos manos, tensó la espalda, la relajó, la volvió a tensar. Sus gemidos se hicieron largos, profundos. Sentí en la boca cómo todo su cuerpo se sacudía con ese primer orgasmo. Fue intenso, casi violento.
—¿Te gustó? —le pregunté, subiendo a besarle el vientre.
—Es demasiado —respondió, todavía temblando—. No sabía que se sentía así.
—Te lo dije —sonrió Daniela.
Ahora era yo la que no aguantaba más. Llevaba demasiado rato conteniendo esas ganas de correrme. Entrelacé mis piernas con las de Carolina y junté mi sexo con el suyo. La abracé de una pierna y empecé a moverme contra ella, deslizándome con facilidad, las dos tan mojadas que el roce era pura electricidad.
—Dani, ponle el sexo en la boca —le pedí.
Daniela se puso de rodillas, abrió las piernas y se ofreció a la boca de Carolina, que empezó a lamerla con esa torpeza recién aprendida que la hacía aún más excitante. Mientras tanto, Daniela y yo nos besábamos por encima de ella, acariciándonos los pechos, el cuello, la espalda. Fue un momento íntimo, casi tierno dentro de todo el calor: las tres haciéndonos gozar a la vez, sin jerarquías, sin vergüenza.
Daniela y yo nos vinimos casi al mismo tiempo, abrazadas, con Carolina temblando otra vez debajo de nosotras. Nos dejamos caer las tres sobre la cama deshecha, sudadas, riéndonos bajito como cuando éramos chicas, solo que ya nada volvería a ser igual.
Después corrimos las dos camas, las juntamos y nos acostamos las tres pegadas, como siempre nos había gustado dormir. Solo que esa noche, en aquella cabaña junto al lago, habíamos dejado de ser únicamente amigas.