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Relatos Ardientes

El beso que encendió a Mariana y a su hermanastra

Ilustración del relato erótico: El beso que encendió a Mariana y a su hermanastra

Todo empezó por una visita inesperada. Llegaron unos parientes a quedarse unos días en casa y, para acomodarlos, ocuparon el cuarto de Mariana. Hasta que se fueran, ella tendría que compartir habitación con Sofía, su hermanastra. Lejos de molestarles, la idea las puso de buen humor: siempre habían sido más cómplices que hermanas.

Las dos lo compartían todo. Tenían el mismo cuerpo, casi la misma talla, y se prestaban la ropa sin pedir permiso. Pasaban horas hablando de cualquier cosa, repasando los chismes del día, los recuerdos viejos, los planes que todavía no existían. Eran capaces de estirar una conversación hasta el último detalle, como dos cotorras que se quedaban sin voz antes que sin tema.

Esa semana, además, las habían invitado a una fiesta. Y si había algo que les gustaba tanto como hablar era salir. Tenían ese don para caer bien, para hacer amigos en cualquier lado, y sabían que en esa reunión iban a conocer por fin a cierto grupo de gente popular que hacía tiempo querían tratar. Esperaron el día con una ilusión que no disimulaban.

La tarde de la fiesta fue puro alboroto. Se probaron media docena de vestidos cada una, se midieron uno, después otro, descartaron, volvieron a empezar. Cuando por fin salieron, las dos quedaron espléndidas, y no pasaron desapercibidas: más de una mirada se quedó pegada a ellas apenas cruzaron la puerta.

Las presentaron al grupo que tanto les interesaba y, gracias a su facilidad para charlar, las recibieron como si fueran del círculo de toda la vida. Bailaron, bebieron, conversaron hasta que la noche se hizo madrugada. Todos querían saber de ellas, preguntarles cosas, robarles un rato de atención.

Ya muy tarde, alguien propuso uno de esos juegos picantes que el grupo acostumbraba hacer entre confianzas. A Mariana y a Sofía las invitaron a participar, lo cual tomaron como una señal de que de verdad las habían aceptado.

El juego era el de siempre: besos que iban y venían, una prenda de menos por aquí, otra por allá, hasta que casi todos quedaron en ropa interior. Nada que no hubieran hecho antes. Hasta que a Mariana le tocó una penitencia distinta: tenía que besar a otra chica, y la regla decía que el beso fuera de verdad, con ganas, nada de roces tímidos.

Se puso colorada. Los besos con los chicos no le habían dado vergüenza, pero esto era otra cosa. Nunca había besado a una mujer. Estaba nerviosa, las mejillas le ardían, pero no quiso echarse atrás.

Y vaya beso. Con lengua, sin freno, largo. A medida que pasaban los segundos, los nervios de Mariana se transformaron en otra cosa. Aquellos labios eran suaves, distintos a todos los que conocía; las manos de la otra chica recorrieron su espalda y le erizaron la piel. Como el beso se alargó, tuvo tiempo de sentir cada detalle, de darse cuenta de que algo nuevo se le había encendido por dentro. Cuando se separaron, lo único que deseaba era volver a besarla. Pero el juego siguió y ella se quedó con las ganas atravesadas.

***

Volvieron a casa pasadas de copas y se metieron en la habitación sin hacer ruido. Se quitaron los vestidos y quedaron en ropa interior, que era como dormían las dos. Se acostaron cada una en su cama, a oscuras, y la casa entera quedó en silencio.

Mariana no podía dormir. El recuerdo del beso le daba vueltas, una y otra vez: los labios suaves, la lengua buscando la suya, las manos en su cuerpo. Cada repaso la dejaba más encendida. Sentía unas ganas enormes de tocarse, pero le daba pena que Sofía la oyera, así que esperó a que su hermanastra cayera dormida.

Cuando le pareció que Sofía ya estaba en el quinto sueño, empezó despacio, por encima de la ropa interior. Después metió la mano por debajo y se acarició el clítoris, lento, mordiéndose el labio para no hacer ruido. Estaba empapada. Apartó la sábana, se bajó la prenda hasta los muslos y siguió, cada vez con más fuerza, dejando escapar gemidos apenas audibles.

Lo que no sabía, con los ojos cerrados, era que Sofía se había girado hacia su cama y la miraba desde el primer gemido. Su hermanastra también estaba excitada. Veía cómo Mariana se frotaba y, sin pensarlo del todo, deseaba ser ella la que la hiciera gozar. Dudó un instante: tocarse a escondidas o cruzar al otro lado. Eligió cruzar.

Se levantó sin hacer ruido, se sentó al borde de la cama de Mariana y puso su mano encima de la de ella. Mariana se heló del susto, se quedó dura, sin respirar. Pero Sofía, como si nada raro pasara, le empujó suavemente los dedos para que siguiera. Sabía que se iba a asustar y por eso fingió naturalidad, solo presionando su mano. Poco a poco Mariana se relajó y volvió a moverse bajo la presión de su hermanastra. Y entonces Sofía se inclinó y la besó.

—¿Estás muy caliente, hermanita? —le preguntó al oído.

—Sí. Demasiado.

—¿Es por el beso que te dio esa chica en la fiesta?

—¿Cómo lo sabes? —Mariana apenas tenía voz.

—Porque te conozco y te vi la cara. ¿Querés que te toque yo en vez de tocarte vos?

—Sí. Lo deseo —respondió sin dudar.

Sofía apartó la mano de su hermanastra y empezó a acariciarle el clítoris con suavidad, mientras la besaba de nuevo. Mariana se arqueó y se le escapó un gemido demasiado alto.

—Shhh, que nos oyen —susurró Sofía.

—Perdón, no me pude controlar.

—Gemí, pero bajito.

Mariana se contuvo como pudo. Los dedos de su hermanastra la estaban volviendo loca. Para amortiguar el ruido, Sofía la besó otra vez, y funcionó: los gemidos se ahogaron en su boca.

—Quitate el sostén —le pidió Sofía, sin dejar de tocarla.

No se lo quitó ella misma porque no quería separar la mano de entre las piernas de Mariana. En cuanto quedó desnuda de la cintura para arriba, le buscó los pechos con la boca y empezó a chuparle los pezones. Mariana se mordía el dorso de la mano para no gritar. Quiso devolverle algo y metió la mano bajo el sostén de Sofía, rozándole los pezones con la yema de los dedos. Eso la encendió más, y Sofía presionó con fuerza justo donde tenía que presionar. Mariana no aguantó: se vino ahí mismo, con un grito que se le escapó sin permiso.

—¡Shhh! Nos van a descubrir si seguís así.

—Se me salió sin querer —jadeó.

***

Sofía se sacó la ropa interior y quedó completamente desnuda. Se subió sobre su hermanastra y la besó, y después fue bajando despacio: el cuello, que chupó hasta dejarle la piel caliente, los pechos otra vez, el vientre, hasta llegar al pubis. Ahí levantó la mirada y buscó los ojos de Mariana. Encontró en ellos un sí silencioso, y empezó a lamerla.

Mariana estaba desbocada. Gemía fuerte cuando la lengua le rozaba el clítoris, y se obligaba a callar cuando se acordaba de que había gente durmiendo al otro lado de la pared. Sofía no paraba. Recorría todo con la lengua, volvía al clítoris, lo movía rápido, lo succionaba. Mariana se retorcía en la cama, se apretaba los pechos, se mordía los labios, fuera de sí.

—Si no bajás el volumen, voy a tener que parar —le advirtió Sofía.

—Te prometo que me controlo. Pero no pares —rogó.

—Eso espero. Porque a mí me encanta hacerte esto.

Sofía volvió a hundir la cara entre sus piernas, sintiendo lo mojada que estaba. Pero lo mejor era mirarla: la forma en que Mariana se sacudía, las caras que ponía, el cuerpo entregado al placer. Siguió un poco más y las piernas de su hermanastra empezaron a temblar. Mariana las estiró, rígida, y se vino en su boca. Sofía no se apartó; al contrario, chupó con más ganas y le subió las manos hasta los pechos para apretárselos.

Se moría de excitación viéndola gozar. Nunca habría imaginado que Mariana sintiera todo aquello con tanta intensidad. Ella misma disfrutaba el sexo, pero no se desarmaba así. Por eso quería que su hermanastra se viniera todas las veces que fuera capaz, hasta que no pudiera más.

Mariana se vino dos veces más, hasta que le pidió que parara, que ya estaba demasiado sensible. Sofía paró, subió sobre ella y la besó otra vez.

—Ahora me toca a mí hacerte gozar. Y ojalá no hagas tanto escándalo, porque me va a tocar retarte —dijo Mariana, y se rió.

—Para nada. Yo sí sé controlarme, no como vos, escandalosa —respondió Sofía, riéndose también.

***

Sofía se acostó boca arriba, muerta de ganas de que le hicieran lo mismo. Pero le tocó esperar: Mariana empezó por un beso largo, lento, y bajó después a los pechos, deslizando la lengua sin apuro. Sofía gemía, esta vez sí en voz baja, con la respiración agitada, como si le faltara el aire.

Cuando Mariana notó que su hermanastra empezaba a acariciarse sola el clítoris, entendió la señal y bajó. Pasó la lengua una vez y Sofía suspiró hondo, sin ruido. Lo hizo varias veces más, subiendo hasta el clítoris para chuparlo, y Sofía se deshacía en suspiros. Estaba completamente mojada, y ahora era Mariana la que sentía ese sabor nuevo en la boca, el de otra mujer, algo que nunca había probado y que la encendía todavía más.

Sin dejar de lamerla, le metió los dedos y empezó a empujarlos: con fuerza al entrar, suave al salir. Sofía lo disfrutaba tanto que empezó a moverse contra su mano, buscando más. Mariana acompañaba el ritmo con la cabeza hasta que sintió que su hermanastra se venía. Le sacó los dedos, se los llevó a la boca y los saboreó.

Le dio un momento y volvió al clítoris, acariciándolo mientras le chupaba los pechos. La hizo gozar de nuevo, jugando: un rato los dedos adentro, un rato afuera acariciándola, alargando la espera con cierta maldad. Sofía empujaba las caderas con fuerza cada vez que volvía a penetrarla, y así la tuvo otro rato largo, hasta que la lamió otra vez y Sofía tuvo un nuevo orgasmo.

—¡Maldita! —dijo Sofía, con la voz ahogada.

—¿A quién se lo aprendí?

Después Mariana se sentó detrás de ella, le apoyó la espalda contra su pecho y le metió los dedos. Sofía empezó a moverse despacio, después más rápido, cada vez más fuerte. Pero Mariana, devolviéndole su propia travesura, le sacaba los dedos justo cuando más rápido se movía y le acariciaba el clítoris.

—Metémelos ya —ordenó Sofía, tomándole la mano para volver a guiarla.

—Ahora, de pura maldad, no paro hasta que te vengas —respondió Mariana, y empezó a moverlos con fuerza.

—Así me gusta, hermanita.

Recostada contra su cuerpo, Sofía recibió los dedos sin tregua, moviéndose contra ellos hasta que se vino otra vez, con todo el cuerpo temblando.

—Y ya que parece que te gusta tanto, ahora te toca probarte a vos misma —le dijo Mariana, llevándole los dedos a la boca.

—Mmmmm —fue todo lo que alcanzó a decir Sofía mientras saboreaba.

Sofía se dio vuelta y le dio un beso largo.

—Me encantó lo que me hiciste. Me viniste dos veces seguidas, tramposa —dijo riéndose.

—Mirá quién habla, la otra tramposa.

—Es verdad. Pero no me vas a decir que no te hice gozar.

—Para qué te voy a mentir. Y mucho —admitió Mariana.

Se rieron las dos, agotadas. Se pusieron otra vez la ropa interior y se acostaron, cada una en su cama, con la respiración recuperándose en la oscuridad. Antes de quedarse dormida, Sofía murmuró:

—Qué suerte que te tocó ese beso en la fiesta.

Y las dos suspiraron al mismo tiempo, sabiendo que esa visita inesperada les había dejado algo que ninguna iba a olvidar.

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Comentarios (4)

MartinaLectora

increible... me dejo sin palabras. De los mejores que lei en mucho tiempo!!!

CeciliaLec

Por favor que haya una segunda parte, me quedé con demasiadas ganas de saber que pasa despues entre ellas

NocheMYC

La tension que se arma desde el principio es perfecta. Esas miradas en la oscuridad le dan un toque especial que no es facil de lograr. Sigue escribiendo asi!

Romi_Sur

excelente!!! lo compartí con una amiga y las dos quedamos enganchadas

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