Mi mejor amiga me hizo acabar en la piscina pública
Organizamos la salida un domingo de marzo al parque acuático Aqualuna. Yo nunca había ido, pero me habían contado maravillas: toboganes de recorrido largo, una piscina de olas, jacuzzi, sauna y hasta un río artificial con corriente para flotar en neumáticos. Suficiente para perder el día entero sin aburrirse ni un minuto.
Esa semana me la pasé poniéndome a punto. Quería estrenar un bikini nuevo y eso exigía depilación completa, uñas pintadas, cejas perfiladas y un par de sesiones de bronceado para llegar con la piel del color exacto. Entre mis amigas y yo existe una rivalidad que nunca decimos en voz alta, pero que está siempre ahí: una competencia silenciosa por ver cuál de todas se ve mejor. Ninguna lo admite, todas jugamos.
El domingo me desperté antes que el despertador. Me bañé, me maquillé apenas, y me probé el bikini frente al espejo por décima vez. Era diminuto, justo lo que buscaba para presumir un trasero del que estoy demasiado orgullosa y unas piernas que lo acompañan bien. Encima me puse unos shorts tan cortos que dejaban media nalga al aire, una camiseta con escote y unas gafas de sol enormes. Si vas a llamar la atención, hazlo en serio.
Cuando nos encontramos en la entrada, nos miramos de arriba abajo, evaluándonos como siempre. Me gané varias nalgadas de las demás por lo atrevido del short. Buena señal.
Entramos, nos cambiamos y, tal como esperaba, empecé a sentir miradas clavadas en mí. Me encanta esa sensación. Saber que la gente gira la cabeza cuando paso me sube el ánimo de una forma que ningún cumplido logra. De los hombres recibía admiración; de algunas mujeres, una envidia mal disimulada que, francamente, también disfruto.
Lo que más quería era tirarme por todos los toboganes posibles. Me vuelve loca la velocidad y había varios con una pendiente perfecta para bajar disparada. Mi compañera de aventura fue Lorena, mi favorita del grupo. Tenemos mil cosas en común y nunca, jamás, nos aburrimos juntas. Mientras hacíamos las filas eternas para volver a subir, conversábamos sin parar y el tiempo se nos iba volando.
Nos tirábamos las dos juntas. Lorena se aferraba a mí como si la vida le fuera en ello y bajábamos gritando para terminar muertas de risa al llegar al agua. Lo hicimos sentadas, acostadas, de espalda, de todas las formas. Yo tenía que sujetarme la parte de arriba del bikini, porque con la velocidad siempre se me subía y más de una vez llegué con los pechos al aire. Le pasaba a todas, y los tipos lo sabían: hacían corrillo en la piscina de llegada para no perderse el espectáculo.
A mí me da igual que me vean. Para eso me esmeré tanto. Que mire quien quiera mirar.
Después de incontables vueltas nos cansamos de las filas. Nos fuimos a la piscina grande a recibir un poco de sol, y nos recostamos contra el borde de espaldas, con los brazos cruzados sobre el bordillo y la cara hacia arriba.
Entonces Lorena se acomodó detrás de mí y me rodeó la cintura con los brazos. Sentí su cuerpo pegado a mi espalda, sus pechos contra mis omóplatos. Me habló al oído en voz muy baja.
—No tienes idea de cómo me dejaste —susurró—. Me calenté abrazándote en cada tobogán, sintiéndote contra mí todo el tiempo.
Y dejó que su mano resbalara por mi vientre, bajo el agua, hasta colarse entre mis piernas. Lo hacía con una calma absurda, como si estuviéramos solas en su habitación y no en una piscina llena de gente.
A mí Lorena siempre me había parecido preciosa. Delgada, con todo en su sitio, una melena larguísima, los ojos enormes que la hacían parecer una muñeca y una boca grande que cuando sonreía de cierta manera dejaba de ser inocente del todo. Cualquiera que la conociera caía rendido.
—Lore, aquí no —le dije sin moverme—. Nos va a ver todo el mundo.
—Que nos vean. Que se mueran de envidia —respondió pegada a mi oreja—. No aguanto más las ganas que tengo de ti. Con ese bikini estás imposible. —Y subió la otra mano a mi nalga y apretó.
Me encendí de golpe. Saber que ella estaba así por mí me ponía todavía peor. Me agarré con fuerza del borde de la piscina y dejé que siguiera. Su mano quedaba escondida bajo el agua; desde fuera solo parecía que dos amigas se abrazaban. Hice un esfuerzo enorme por mantener la cara neutra mientras ella corría la tela del bikini a un lado y empezaba a frotarme el clítoris con la yema del dedo, lento, midiendo mi reacción.
—¿Vas a acabar para mí? —murmuró—. Quiero que te vengas aquí mismo, aguantándote, sin que nadie se entere. —Y me mordió el lóbulo de la oreja.
—Lore, no seas mala —le supliqué entre dientes—. No sabes la fuerza que estoy haciendo para quedarme quieta.
—Eso te pasa por estar tan buena y calentarme así. —Su voz era pura sonrisa—. Te aviso desde ya: de aquí no nos movemos hasta que acabes.
Seguía sin mover apenas el cuerpo. Todo el trabajo lo hacía con la mano, escondida, mientras a nuestro alrededor la gente chapoteaba, los niños gritaban y nadie sospechaba nada. Me metía un dedo, luego dos, volvía al clítoris con un círculo firme, y yo mordiéndome el labio para no delatarme.
—No pares, que ya casi —le rogué, derritiéndome.
—Así me gusta. Que goces quietecita —dijo—. No te imaginas cuánto me calienta verte aguantar.
No pude más. Me mordí el antebrazo todo lo que pude y, en el último segundo, me dejé caer hacia delante y me sumergí entero bajo el agua para retorcerme a mis anchas, donde nadie viera la cara que estaba poniendo. El orgasmo me sacudió debajo de la superficie, en silencio, con las burbujas escapándoseme de la boca.
Cuando salí, me giré hacia ella, todavía agitada, y le sostuve la mirada.
—¿Estás muy caliente? —le dije—. Porque te la voy a bajar ahora mismo, a ver cuál de las dos aguanta más.
—¿Sí? —Se rió, sin disimular su cara de satisfacción—. ¿Y dónde piensas bajármela? ¿O ahora la que se agarra del borde soy yo?
—Tú sígueme y deja de preguntar.
***
La cogí de la mano y la arrastré hacia los vestidores. Me dio exactamente igual que medio parque nos viera entrar a las dos en el mismo cubículo. A duras penas conseguí pasar el pestillo antes de empujarla contra la pared y meter la mano entre sus piernas.
—Ahora veremos quién es la que tiene que aguantarse las ganas de gritar —le advertí, y la besé.
Fue un beso largo, con la lengua, mientras le bajaba la parte de arriba del bikini de un tirón. Ella no se quedó quieta ni un segundo: me bajó la mía también y se prendió de mis pechos, chupándomelos con una avidez que me arrancó un suspiro.
—Conque vienes con ganas —le dije, y me dejé caer de rodillas sobre las baldosas húmedas.
Le bajé la braga del bikini hasta los tobillos y pegué la boca a su sexo. Tenía toda la intención de cobrarme lo de la piscina, de hacerla retorcerse hasta que rogara. La lamí despacio primero, luego sin tregua: le metí los dedos, le mordí apenas el clítoris, le succioné los labios. Y aunque temblaba como gelatina y se agarraba a mis hombros para no resbalar, no soltó ni un solo grito. Me ganó esa partida.
Pero yo estaba tan excitada que olvidé mi venganza y me dediqué simplemente a saborearla. Me encantaba verla contorsionarse, sentir cómo le fallaban las piernas y se dejaba caer un poco contra mi cara. Empecé a penetrarla con más fuerza, desesperada por que se viniera, por sentir luego su boca en mí. Tardó. Aguantó un buen rato, con la cara descompuesta de puro placer, hasta que por fin me agarró del pelo, se apretó contra mi boca y soltó un suspiro hondo, larguísimo, mientras todo su cuerpo se tensaba y se vaciaba contra mí.
—Ahora me toca a mí —le dije, levantándome y deshaciéndome de la braga.
Le puse la mano en la nuca y la empujé hacia abajo. No soportaba un segundo más sin sentir su lengua.
—A ver si tú aguantas las ganas de gritar como hice yo —dijo, y se arrodilló y se pegó a mi sexo y empezó a lamerme como nadie me había lamido antes.
—De malas, porque yo no pienso aguantarme nada —respondí, y empecé a gemir sin contenerme demasiado.
—Gime lo que quieras. A mí también me da igual si nos oyen.
Me dejé llevar del todo. Ella aprovechó para agarrarme el trasero con las dos manos, apretándolo, atrayéndolo hacia su boca.
—No sabes cuánto me gusta esto —confesó entre lametones—. Todo lo que me aguanté en los toboganes para no tocártelo. Me apretaba contra ti lo más fuerte que podía.
—Pues ahora es todo tuyo —jadeé.
Me separó las manos del trasero solo para penetrarme con los dedos sin dejar de usar la lengua. Se oía el sonido del agua y de sus dedos entrando y saliendo de lo empapada que estaba. No paraba de gemir, sintiendo cómo se acumulaba todo otra vez, hasta que el placer me desbordó y acabé en su boca con un temblor que me dobló las rodillas. Ella me sostuvo, succionando, deleitándose, hasta que no me quedó ni una gota de tensión en el cuerpo.
Se incorporó y me besó. Aún tenía mi sabor en los labios, y al besarme me hizo probarlo a mí también.
—No creas que porque acabaste ya nos vamos —me dijo, empujándome con suavidad hasta sentarme en el banquito del cubículo—. Yo sigo igual.
***
Cuando por fin nos pusimos los bikinis y salimos, lo hicimos muertas de risa, convencidas de que el parque entero sabía lo que habíamos estado haciendo encerradas ahí dentro.
—Que piensen lo que quieran —dijo Lorena, acomodándose la melena mojada—. Si se dieron cuenta, es problema de ellos.
—Total —contesté yo—. A mí me importa muy poco.
Y nos fuimos abrazadas hacia la piscina de olas, todavía riéndonos, con el sol cayendo a plomo sobre la piel y el resto de la tarde por delante.