Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La mejor amiga de mi madre entró en mi cuarto

Ilustración del relato erótico: La mejor amiga de mi madre entró en mi cuarto

La puerta de mi cuarto había quedado entreabierta esa tarde de domingo. Mi madre había salido a las corridas hacia el hospital porque mi hermano menor se había fracturado el brazo jugando en la plaza, y antes de irse le pidió a su mejor amiga que se quedara cuidando la casa hasta que ella volviera. Esa amiga era Carmen.

Yo no me enteré de nada. Me había echado a dormir la siesta después del almuerzo, como hacía siempre los días que no trabajaba, en ropa interior y bocabajo sobre la colcha, que era la única manera en la que me sentía verdaderamente cómoda.

Carmen, según me contó después, andaba recorriendo la casa para matar el tiempo. Pasó por delante de mi puerta y la rendija fue suficiente para que me viera entera. Yo estaba tendida sobre la cama con las piernas un poco separadas, una bombacha fina y casi transparente que apenas me cubría, el pelo castaño desparramado sobre la almohada. Ella se quedó quieta en el umbral, sin pensar en nada concreto, solo mirando.

Me lo confesó con todas las palabras semanas más tarde, y por eso puedo contar lo que pasó por su cabeza en esos minutos. Dijo que se apoyó contra el marco de la puerta y que lo primero que hizo fue cerrar los ojos un segundo, como si quisiera convencerse de que no estaba haciendo lo que estaba haciendo. Después los abrió de nuevo y siguió mirándome.

—No podía irme de ahí —me dijo—. Sabía que estaba mal, sabía que si te despertabas no iba a tener cómo explicarlo. Y aun así no podía mover los pies.

Lo que la tenía clavada en el umbral, según ella, era la curva de mi espalda, los dos hoyuelos sobre la cintura, la piel tostada del último verano. Empezó a tocarse por encima de la ropa casi sin darse cuenta, primero el pecho, después más abajo, mientras peleaba consigo misma sobre si entrar o no. Cada minuto que pasaba mirando, me dijo, era un minuto que le costaba más quedarse afuera.

***

Carmen tendría unos cuarenta años por entonces, y yo acababa de cumplir los veintitrés. La conocía de toda la vida: era la amiga de mi madre que venía a los cumpleaños, la que traía vino y se quedaba hasta tarde riéndose en la cocina. Nunca, ni una sola vez, había pensado en ella de otra manera. Y estoy segura de que ella tampoco había pensado en mí, hasta esa tarde.

Lo que sé de lo que vino después lo sé porque lo viví, aunque al principio lo viví dormida. En algún momento ella se decidió. Se quitó los zapatos en el pasillo para no hacer ruido, entró descalza y se sentó con un cuidado infinito en el borde de mi cama. El colchón apenas se hundió. Yo seguí durmiendo.

Me dijo que estuvo un buen rato solo mirándome de cerca, reparando en cosas que desde la puerta no había podido ver: la textura de la piel de la espalda, el modo en que respiraba. Después no aguantó más y deslizó la punta de los dedos por mi columna, tan suave que ni siquiera era un roce, era apenas la idea de un roce. Acercó la nariz a mi pelo y lo olió. Bajó la mano hasta el borde de la bombacha y se detuvo ahí, como pidiéndose permiso a sí misma.

Yo empecé a sentir algo en sueños. Era una caricia tibia que subía y bajaba por mi espalda, y mi cuerpo respondía antes de que mi cabeza entendiera nada. Me removí. Suspiré. Seguí con los ojos cerrados, en ese estado raro entre el sueño y la vigilia donde todo parece estar pasando lejos.

La mano se fue metiendo despacio bajo la tela. Cuando sus dedos encontraron mi clítoris y empezaron a moverse en círculos lentos, yo ya estaba mojada y todavía no había abierto los ojos. Mi cadera se apretaba sola contra el colchón buscando esa caricia. Ella me besaba la espalda mientras lo hacía, besos cortos y húmedos que me iban despertando del todo.

Y entonces entendí. Entendí que esos dedos eran reales, que había alguien en mi cama, y que ese alguien me estaba tocando. Me di vuelta de golpe.

—Carmen, ¿qué hacés? —dije, más asustada por la sorpresa que por otra cosa—. ¿Por qué me estás tocando?

Ella no se apartó. Estaba arrodillada junto a mí, con la blusa abierta, y me miraba con una calma que no le conocía.

—Te voy a ser sincera —dijo en voz baja—. Pasé por la puerta y te vi dormida así, y no me pude resistir. Sé que no está bien. Pero ya que estás despierta, te lo voy a pedir igual: dame un beso. Uno solo.

***

Me quedé sin palabras. Lo más raro de todo era que mi cuerpo seguía caliente, que entre las piernas todavía me latía lo que ella había empezado, y que una parte de mí no quería que parara. Pero la otra parte estaba aterrada.

—Yo no soy lesbiana —le dije, como si eso explicara algo—. Nunca estuve con una mujer.

—Siempre hay una primera vez —contestó—. Te toqué y estás mojada. Eso no lo decido yo. Dame un beso, y si no te gusta, me levanto, me visto y no me volvés a escuchar hablar del tema nunca más.

—¿Por qué insistís tanto con el beso?

—Porque sé que después del beso no vas a querer parar. ¿Te animás a uno solo?

Me mordí el labio. Pensé en mi madre, en el hospital, en lo absurdo de todo. Y dije que sí, con la condición de que si no me gustaba no me molestara más. Ella lo prometió.

Carmen me puso la mano en la nuca y se acercó. No fue un beso corto. Fue largo, lento, de esos que te dejan sin saber dónde estás. Sentí un cosquilleo que me bajó por el cuello hasta la boca del estómago y de ahí más abajo. Sin darme cuenta le pasé los brazos por la espalda. Cuando nos separamos, ella me miraba esperando.

—Decime la verdad —dijo—. ¿Qué sentiste?

—No te voy a mentir —admití—. Sentí placer en todo el cuerpo.

Eso le bastó. Volvió a tomarme de la nuca y me besó otra vez, y mientras lo hacía dejó que las yemas de los dedos me recorrieran la espalda. El segundo beso fue más largo que el primero, y para cuando terminó yo ya estaba temblando un poco.

—Me siento muy bien, pero tengo miedo —le dije—. No sé qué se hace con una mujer.

—No hay nada que saber —respondió—. Dejá que tu cuerpo te lleve. No hay nada bien ni mal. Dejame guiarte.

***

Fui yo la que buscó el tercer beso. Mientras nos besábamos, las manos de Carmen subieron hasta mis pechos y empezaron a acariciármelos por encima del sostén. No opuse ninguna resistencia. Al contrario: cuando me lo sacó y me pasó la lengua por los pezones, despacio, sin apuro, esperando a que mi propio cuerpo le pidiera más, lo único que pude hacer fue suspirar.

Estuvo un rato largo jugando así, y cuando se me pusieron duros se los metió en la boca y empezó a chuparlos. Se me escapó un sonido que no pude controlar. Ella lo entendió como una señal y siguió, subiendo después hasta el cuello, donde me besó hasta hacerme arquear la espalda.

Me tomó la mano y se la llevó a sus propios pechos. Era la primera vez que tocaba unos senos que no fueran los míos. Los sentí más suaves de lo que imaginaba. Me animé, me incliné y se los besé como a mí me había gustado que me besaran a mí, con la lengua primero y con pequeños mordiscos después. La oí respirar más fuerte.

—¿Ves que no hace falta saber nada para hacer gozar a otra mujer? —me dijo con una sonrisa—. Me encantó cómo lo hiciste.

—Todavía estoy nerviosa —confesé.

—Es normal la primera vez. Se te va a pasar.

No me dio tiempo a enfriarme. Me besó de nuevo, esta vez apretándome contra ella, y dejó que una mano bajara por mi vientre. Me hizo sentarme entre sus piernas, de espaldas a ella, y mientras me besaba la nuca y me sostenía los pechos con una mano, con la otra me bajó la bombacha lo justo para llegar.

Sus dedos encontraron otra vez mi clítoris, pero ahora yo estaba despierta y atenta a cada cosa. Empezó lento y fue subiendo el ritmo de a poco. Yo gemía bajo, con quejidos roncos que no sabía que tenía adentro, apretándome contra su cuerpo cada vez más fuerte. Cuando me metió los dedos los sentí entrar fáciles de lo mojada que estaba. Me sostuvo así, leyendo cada reacción de mi cuerpo, hasta que me vine entre sus brazos con un temblor largo.

***

Cuando recuperé el aire, ella me tomó la mano y se la llevó entre las piernas, por debajo de su ropa, y me dejó hacer sin decirme nada. Dejé que el instinto me guiara. Le rocé el clítoris en círculos, cambié de dirección, probé de arriba abajo, y terminé metiéndole dos dedos hasta que la sentí estremecerse. Después me llevé los dedos a la boca para saber a qué sabía.

—¿Y? —me preguntó.

—Me gustó —dije, sorprendida de mí misma—. Nunca pensé que iba a estar haciendo esto, y mucho menos que me iba a gustar.

Pero Carmen tenía algo en la cabeza desde antes, desde el umbral de la puerta. Me hizo recostar, me separó los muslos con las dos manos y se acomodó entre mis piernas. Lo que vino después no se parecía a nada que hubiera sentido. Pasó la lengua por todas partes, se demoró en el clítoris, lo succionó, volvió a recorrerme entera. No me dejó un solo lugar sin tocar. Yo abría la boca buscando aire, me agarraba de las sábanas, y terminé viniéndome no una sino dos veces seguidas, sin que ella levantara la cabeza.

Yo no perdí detalle. Mientras lo hacía, en algún rincón de mi cabeza iba aprendiendo, porque sabía que después iba a querer devolvérselo y no quería hacerlo mal.

—¿Querés probar? —me dijo cuando paró.

—Me muero de curiosidad.

—No lo pienses tanto. Dejá que el instinto te guíe.

Se recostó y abrió las piernas. Yo apoyé los labios donde la había tocado antes, sentí su sabor, y al principio quise repetir exactamente lo que ella me había hecho. Pero terminé olvidándome de la copia y haciéndole lo que a mí me gustaba. Saqué la lengua, la recorrí entera varias veces, y después me concentré en el clítoris, que chupé y mordí suave y rodeé de mil maneras. Para ser mi primera vez, lo hice bien: la sentí temblar, la oí gemir, y en pocos minutos la hice venirse contra mi boca.

***

Carmen se vistió rápido. Había perdido la noción del tiempo y, aunque sabía que mi madre tardaría en volver del hospital, no quería arriesgarse a que nos encontrara así. Antes de salir del cuarto se inclinó sobre mí, me dio un último beso largo y me estrechó entre sus brazos.

—La pasé increíble —me dijo al oído—. Y ojalá se repita. Pero la próxima en mi casa, tranquilas, sin nadie que pueda llegar.

Asentí, todavía mareada, con el cuerpo flojo sobre la cama deshecha. Ella se acomodó el pelo, me guiñó un ojo y salió al living a esperar a mi madre como si nada hubiera pasado, como si fuera la misma de siempre, la amiga que viene a los cumpleaños y trae vino.

Cuando escuché la puerta de la calle y la voz de mi madre saludándola un rato después, me quedé mirando el techo. Yo ya no era la misma que se había acostado a dormir esa tarde. Y, para mi sorpresa, no me arrepentía de nada.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (4)

Tania_lee

Dios mio que relato!!! me dejo sin palabras de verdad

ValeriaNight

Por favor una segunda parte, quedé con muchisimas ganas de saber que pasó después

MelindaCross

Me recordo algo que viví de adolescente, esa mezcla de curiosidad y nervios... lo capturaste perfecto

Paloma_84

Se me hizo cortisimo jaja quiero mas!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.