Mi maestra me puso su collar y perdió el control
Fue un sábado por la mañana, no recuerdo la fecha exacta. Una de esas mañanas en las que te cruzas con alguien que te capta la atención sin remedio y sin saber muy bien por qué. «Vaya, qué mujer tan guapa», pensé. Pero enseguida me dije que habría visto a cien personas de camino allí, y al menos diez de ellas también eran mujeres preciosas. ¿Por qué tenía esa sensación precisamente con ella, como si fuera especial?
Aparté la mirada y me centré en lo que había venido a hacer: asistir a un taller de dibujo y mejorar mis trazos, sin ser yo realmente nada del otro mundo en eso.
Entonces descubrí que era ella quien impartía la clase, la que iba a compartir sus conocimientos conmigo. A pesar de aquella primera impresión, decidí olvidarme de su sonrisa, de sus gestos, de cómo se movía mientras hablaba de lo que amaba, y me dediqué a escuchar y aprender con atención. Por respeto, sí, pero también porque compartía su pasión y eso era lo más importante para mí en ese momento.
Aun así no pude evitar fijarme en que parecía vulnerable, como si fuera su primera charla. Su cuerpo se tensaba, apretaba los puños, sus posturas cambiaban de golpe.
Céntrate, Vera, me ordené.
Terminó la clase y me acerqué a ella con la única intención de felicitarla y dejarle mi tarjeta, por si conocía alguna empresa que pudiera necesitar a alguien como yo. Después me marché y seguí con mi vida. Me crucé de vuelta con otras cien personas, al menos diez de ellas guapísimas, pero ninguna me causó el mismo efecto.
Está claro que Selene no era única, pero tenía algo. Despertaba interés y curiosidad por donde pasaba.
O eso creo. Igual son cosas mías. No me hagáis mucho caso.
***
Pasó el tiempo y yo seguí con mi rutina, mi trabajo y mis relaciones. Una mañana me levanté a tomarme el café y revisar el correo.
Publicidad. Publicidad. Publicidad. Un mensaje de Selene. ¿Pero qué…?
Lo leí sin ponerme nerviosa, pensando que sería algo de trabajo o pura intención de mantener el contacto. Networking, ya se sabe. Estaba unos meses por la ciudad y quería quedar para tomar un café en un sitio tranquilo. Le ofrecí mi piso, y luego caí en que tendría que llenar la nevera si no quería quedar como una mala anfitriona.
Envié la invitación y aceptó al instante. Fue entonces cuando sí me puse nerviosa.
Me miré al espejo despeinada, vestida solo con unas braguitas moradas y una camiseta blanca enorme y desgastada. Mi melena pelirroja era un desastre tras horas peleando con la almohada, las puntas abiertas de no pisar la peluquería en un año, y en mis ojos verde claro alguna que otra legaña me recordaba que ni siquiera me había lavado la cara.
Me levanté la ropa y agarré con la mano un trozo de tripa que consideraba que me sobraba.
No estoy nada en forma, me compadecí en voz alta. Bah, pero estoy bien. Estas cosas no me importan, y si hago deporte a veces es porque me gusta, no por superficialidad.
Una pose para verme el lado bueno, otra para el no tan bueno, y luego bajé la vista hacia lo que más me gustaba de mi cuerpo: mis pechos. La gravedad les afectaba un poco sin sujetador, pero siempre me parecieron del tamaño justo, con su redondez y su caída natural. Cuando dibujo mujeres los tomo de referencia, así que casi podría considerarlos un estándar.
Volví al salón ya algo más arreglada y en el portátil tenía una respuesta nueva.
Quiere verme el miércoles que viene sobre las diez de la mañana. Perfecto.
Le respondí con mi dirección y una tienda cercana como referencia, para recogerla por el camino y cotillear un poco antes de ir al grano. Me gusta conocer bien a la gente con la que trabajo o hago amistad.
***
Las noches que faltaban hasta esa cita fueron una tortura, y los días me servían para autoconvencerme de que esos sueños húmedos son normales en mí y no significan nada. La semana anterior había soñado con la actriz de una serie, así que…
Lo hablé con Lara, una amiga cómoda, la llamo así porque para charlar con ella solo tengo que conectarme a internet, lo cual para alguien que huye de lo social, como yo, es toda una ventaja.
—No pasa nada, es que tú eres un poco degenerada —me escribió con un emoticono de carcajada—. En los sueños se ve todo muy bonito, pero cuando la veas seguro que se ha puesto feísima.
La verdad es que no la recordaba con detalle. Solo conservaba el efecto que me había causado, y seguramente era eso lo que me preocupaba. Eso y que arrastraba una relación complicada con alguien que empezaba a pedirme exclusividad. Quizá fue por eso por lo que la noche antes del miércoles tuve el sueño más inquietante de todos.
Estábamos las dos de pie en la cocina, demasiado cerca, sin un motivo claro para estarlo. No había café ni galletas, ni música, ni ruido que tapara mis pensamientos. Ella tenía los ojos en sombra, seguramente porque mi cerebro no recordaba esa parte, pero sí me mostraba su pelo oscuro, las líneas de su cuerpo y su boca.
Contemplaba sus labios juntarse y separarse despacio cuando hablaba, como si mis ojos tuvieran el zoom de una cámara. Aquello me paralizaba, me aceleraba el pulso y me llenaba la mente de cosas que quería hacer y no debía.
Nos acercábamos centímetro a centímetro mientras yo me imponía caricias prohibidas y partes de mi cuerpo a las que debía restringir su acceso. Le sujeté las manos, dejé el mínimo espacio entre nuestras bocas para que no contara como contacto y la besé en la frente, lento, disfrutando del aroma de su pelo. Sus manos se escaparon de mi agarre y treparon bajo mi ropa hacia mis pechos. No las detuve hasta que faltaban milímetros, y entonces sonó el despertador. Justo a tiempo.
Hora de vestirse y reunirme con ella donde quedamos.
***
Siempre llego temprano a mis citas, un problema cuando hay algo que me pone nerviosa. Como un sueño demasiado intenso la noche anterior. Para llenar la espera recurrí a mi truco de siempre: poner en mi cabeza la canción más rítmica que recordara, en bucle. Funcionaba, como siempre, hasta que vi una silueta a lo lejos y la fui reconociendo. La aguja saltó del vinilo y el sonido se fundió a cero.
—Hola —me saludó con una economía de palabras sorprendente.
Nos dimos dos besos en la mejilla y una sonrisa tímida.
—¿Qué tal? ¿Cómo te ha ido todo este tiempo? —le dije, indicándole con la mano que me siguiera.
Y sentí un gran alivio. Creo que ha cambiado. Está más delgada. El pelo le ha crecido. El efecto ya no es el mismo. No la miré demasiado, para no darme la oportunidad de encontrar pruebas de que me equivocaba.
Mejor. No me gusta tanto. Solo eran sueños, una idealización, una película que me había montado. La admiraba y la puse en un pedestal.
***
La invité a entrar y nos sentamos una frente a la otra. Le cedí el asiento más cómodo y me aseguré de que tuviera todo lo que quisiera beber. Pero esta vez no pude desviar la mirada. Tenía que ver sus ojos, colocar la pieza que le faltaba al sueño de la noche anterior.
Tenía el pelo más largo, castaño pero teñido de verde en las puntas, y le quedaba increíble. No sé si estaba más delgada, pero en su primera sonrisa aparecieron unos hoyuelos que casi me hacen desmayar.
Necesito buscarle defectos, pensé. ¿Ropa oscura en verano? ¡Qué calor! Pero le sentaba estupendamente. A juego con sus ojos, maquillada con sombra azul marino y un labial en tono oscuro, llevaba un top negro semitransparente con motivos florales que dejaba ver un sujetador de encaje sin tirantes. Y una falda larga, también negra. Lo que más me llamó la atención fue un collar ajustado al cuello, de estilo gótico, suave, que parecía más para una mascota que para una persona, pero le encajaba perfecto. No le pregunté qué significaba por miedo a que la respuesta me cautivara.
Todo lo que me contaba me hundía un poco más. No conseguía convencerme de que no me atraía. Aquella mujer tenía algo, despertaba interés sin proponérselo, tanto que me daba rabia. Cada detalle nuevo que descubría de ella me intrigaba más, como una detective enganchada al caso de su vida.
No había motivo laboral para vernos. Simplemente se había acordado de mí ahora que volvía a una ciudad donde ya no conocía a nadie. Así que hablamos de todo: trabajo, familia, relaciones. Y, casi sin darme cuenta, empezamos a entrar en detalles más íntimos. Creo que fue culpa mía: me abrí demasiado.
Y llegamos al sexo.
Soy cariñosa en privado, pero también muy sexual. Quienes me conocen saben que, si me tiran de la lengua, puedo hablar de muchas cosas y que tengo un lado oscuro caprichoso. Y soy curiosa. Esta vez, serlo iba a ser mi perdición.
—Tengo un lado oscuro —solté de pronto.
—¿En el sexo? ¿Cuál? —preguntó.
—Soy muy, muy fantasiosa, muy activa.
—Mmm, eso es normal, me esperaba otra cosa —dijo sonriendo—. Creo que mi lado oscuro es más oscuro que el tuyo —añadió, y su sonrisa se volvió un poco más malévola.
—He tenido sumisas a las que dominaba y controlaba con un collar y una cadena.
Ahí está el golpe mortal a la Vera más curiosa.
—Pero… ¿dominar cómo? ¿Es algo violento?
—No, tranquila, nada violento. Es un juego donde yo mando y decido qué hacer y a qué ritmo. Así la otra puede relajarse, confiar y dejarse llevar hacia el placer —contestó con toda la calma del mundo—. Aunque el lenguaje sí es bastante firme, y yo me pongo muy seria —matizó con media sonrisa muy sexy.
—Ya… ya veo… —balbuceé, y me quedé callada con la cabeza gacha.
—¿Estás bien? —preguntó preocupada.
El silencio se alargó. Hasta que me atreví.
—¿Podrías enseñarme ese collar?
—Es el que llevo puesto. ¿Por qué?
—Curiosidad —contesté con una sonrisa temblorosa.
—¿Quieres probártelo?
—¿Me dejas?
—Claro, acércate.
Se lo quitó con calma y me lo colocó alrededor del cuello con cuidado. Todavía conservaba el calor de su piel. El tejido era agradable pero ajustado, con una pequeña anilla de metal para enganchar algo. Me hizo sentir rara, y la situación me excitó.
—¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer? —pregunté, bloqueada, sin saber cómo pasar a la acción.
Selene sacó del bolso una cadena, la enganchó en la anilla y la sujetó con la mano derecha. Me mostró ese vínculo entre su posesión, que en ese momento era yo, y el poder que ejercía con solo sostener el otro extremo.
—Normalmente ahora tendrías que arrodillarte, agachar la cabeza y esperar en silencio a que decida qué hacer contigo.
Algo me empujó a moverme sin pensar. Me arrodillé de golpe, bajé la cabeza y me estremecí al ver que bajo la falda llevaba unas botas negras hasta media pierna.
—Por favor… ¿quieres ser mi dueña un rato? —supliqué sin atreverme a mirarla.
Pasaron unos segundos eternos. ¿Es que no va a decir nada? De pronto noté cómo tiraba de la cadena, haciéndola tintinear, incitándome a levantar la cabeza. Se acercó, me agarró de la barbilla apretándome las mejillas y me contempló desde arriba, convertida en una diosa.
—Estás intrigada, ¿verdad? —dijo en un tono cada vez más autoritario.
—Sí, un poco.
—¿Solo un poco? Pues si quieres que esto funcione, vas a estar callada hasta que yo lo diga. ¿Vale?
—Sí.
Sonrió de nuevo, se levantó y tiró de mí para llevarme al dormitorio, obligándome a andar a cuatro patas tras ella. Se sentó en la cama y separó las piernas. Intenté tocarla, pero me detuvo.
—Solo puedes tocarme o hablar cuando yo lo diga. ¿Está claro?
Me quedé en silencio.
—Contesta.
—Sí.
Me acarició las mejillas, el pelo, y luego me ordenó ponerme de pie y desnudarme para ella. Me bajé el pantalón deslizándolo por los muslos, de espaldas, para que viera lo bien que me quedaban las braguitas negras de encaje. Estaba orgullosa de mi trasero en ese momento. Pero para quitarme la camiseta tenía que soltar primero el collar, y al hacerlo sin permiso, Selene se levantó y me arrinconó contra la pared.
—Para liberarte tienes que pedírmelo, ¿entiendes?
Tragué saliva, asustada de cuánto la deseaba. Nunca me gustó la violencia, ni física ni verbal, y aquello no se sentía violento en absoluto. Era una situación en la que me sentía segura. Me paralizaba y a la vez me intrigaba hasta el extremo. No le tenía ningún miedo: solo deseo, necesidad, la certeza de que si me abandonaba a ella estaría en buenas manos.
Me lanzó un lametón que me hizo estremecer, rozó mi boca con la punta de la lengua y me mordió el labio inferior con cuidado, para demostrar que sabía lo que hacía. Ella misma soltó la cadena y terminó de desnudarme. Me obligó a girarme hacia la pared, me dijo que no la mirara y coló las manos bajo el sujetador para apretarme los pechos. Luego me bajó la ropa interior hasta los tobillos.
Obedecí casi como un robot. ¿Desde cuándo soy así? ¿Qué me está haciendo? Siempre había llevado yo la iniciativa con mis amantes. Juguetona, lanzada, traviesa. Y ahora estaba bloqueada.
Me permitió girarme. Quise abrazarla, pero me empujó otra vez contra la pared.
—Te estás portando fatal. Si no sigues mis instrucciones al pie de la letra, te haré esperar más y más para poder tocarme.
Me pidió que abriera la boca y sacara la lengua todo lo posible. Cuando lo hice, la atrapó, la chupó y la succionó con un movimiento repetido. Me encantó la sensación, y me quedé tan quieta que un hilo de saliva me resbaló por los labios.
—Por favor, hazlo otra vez —supliqué, empotrada contra la pared.
—¿Qué? ¿No te he dicho que…?
—Bésame, déjame sentir más tu lengua —la interrumpí.
Se puso muy seria ante mi atrevimiento. Aun así, no pude evitar desafiarla y abrí de nuevo la boca, esperándola ansiosa.
—Debería soltarte y marcharme, dejarte abandonada. No mereces que te dé placer si no me sigues el juego.
Volvió a engancharme la cadena al collar y tiró para que me arrodillara. Me miró desde arriba, pensándoselo. Sé que no se irá. Mi cuerpo desnudo la tienta.
—Abre la boca —ordenó.
Obedecí al instante, leyendo en su gesto lo que quería. La vi inclinarse, concentrar saliva en la punta de la lengua y dejarla caer sobre mi boca sedienta, deslizándose hasta mi garganta y goteando por la comisura hasta mi escote. Me relamí feliz, y eso pareció enfadarla.
Tiró de mí de nuevo, me echó a cuatro patas sobre la cama y se sentó encima. Es ligera, así que la soporté sin problema, pero me torturaba no poder girar la cabeza para verla mientras se quitaba las botas y empezaba a desnudarse. Se levantó, se deshizo de la falda y me permitió darme la vuelta. Su ropa interior era negra, cómo no.
Volvió a sentarse al borde de la cama y me dirigió de nuevo, obligándome a bajar y caminar otra vez a cuatro patas por el suelo. Me contempló con las mejillas encendidas mientras yo intentaba intuir su sexo a través de las transparencias, con expresión de hambre.
—Te mueres por comértelo, ¿verdad? Dilo.
—Lo deseo tanto… —contesté, acalorada.
Separó las piernas y apartó la tela a un lado. Concentré toda la saliva que pude y esperé. Con el dedo me llamó, y obedecí, extendiendo la lengua húmeda en toda su longitud, plana y cálida. Pero justo cuando iba a rozar su clítoris me tiró del pelo y echó mi cabeza atrás.
—Tienes cara de pícara. ¿Qué tramas? —me interrogó—. Relájate y no pienses, solo obedece. Déjate llevar.
Y me besó.
O más que besarme, me devoró. Me dio por fin lo que antes le suplicaba. Compartimos el aliento, disfruté de la textura de sus labios y noté cómo cerraba los ojos y se abandonaba un poco, mostrando una debilidad inesperada. Selene, la dominadora de cuerpos y mentes, respiraba acelerada, envuelta en un deseo que no había previsto.
Así que tomé la iniciativa un segundo. Le acaricié la cintura colando la mano bajo su top, alargué el beso todo lo que pude y la fui empujando sobre la cama para colocarme encima. Aparté su sujetador lo justo para rozarle los pezones con las yemas, endurecerlos y pellizcarlos hasta hacerle perder las fuerzas. Le inmovilicé las muñecas, le recorrí el cuello a besos, le mordí el lóbulo de la oreja y me atreví a susurrarle su nombre. Eso la desconcertó y me empujó.
Se colocó sobre mí y me retuvo con fuerza. Aunque sentía que podía ganarle, decidí no luchar todavía. Esperaré mi momento.
—¿No habíamos quedado en que ibas a obedecer? ¿Por qué te cuesta tanto asumir quién manda aquí? —me reprochó, ya con un tono menos autoritario, más calmado—. No puedes tocarme si yo no te lo pido. ¿Vale?
—Lo intentaré.
Me levantó de la cama, agarró la cadena y me llevó al salón haciéndome caminar como una gata. Volví a sentir su dominio, lo mucho que disfrutaba teniendo el control. Me soltó y se desnudó del todo, rápido, de la forma menos sexy que he visto nunca. Pero me encantó su cuerpo: su piel blanca, sus pechos pequeños y firmes, su figura delgada.
Se sentó en el sofá y separó las piernas. Yo esperaba órdenes, arrodillada, memorizando cada detalle para recordarlo después, a solas. Su dedo volvió a llamarme. Esta vez me acerqué obediente pero con cierta desconfianza, avanzando sensual sobre las rodillas y las manos.
—Ven aquí, gatita curiosa —me dijo con una sonrisa tierna.
Y entonces recordé algo y lo vi claro. En sus charlas, cuando estaba nerviosa, sus músculos se tensaban y apretaba los puños. Justo como ahora. Ya no tiene el control. Ni quiere ni puede pararme. Es ella la que quiere abandonarse. Es vulnerable.
Abrí la boca y extendí la lengua una vez más. Aunque volvió a sujetarme, le cogí la mano y no dejé que tirara de mí hacia atrás. Unos centímetros más y vi que no cerraba las piernas, que no me cerraba el paso. Hasta que lo logré: una pasada larga sobre su clítoris, lenta, intensa, como si quisiera batir un récord.
Su mano terminó por relajarse. Con los dedos separé un poco los labios de su sexo y me abrí camino, dibujando círculos sobre su clítoris, atenta a su respiración y a sus gemidos, a cómo se aferraba a la tela del sofá. Pero no me miraba. Porque sabía que, si veía mi cara de agradecimiento y mi sonrisa pícara, ya no habría forma de pararme. Lo que no sabía es que, si no podía estimularla con la vista, atacaría su oído.
—Ahora mando yo, y solo tengo una orden —le dije con total seguridad—. Te vas a correr para mí, sin esperas.
Su única respuesta fue un «uff» entrecortado. Su cuerpo tembló y abrió por fin los ojos para encontrarse con la mirada que evitaba. Le separé un poco más las piernas, introduje la punta de la lengua dentro de ella y deslicé los labios sobre los de su intimidad sin dejar de mirarla.
Volví a su clítoris y lo hice vibrar con lametones potentes. Coloqué el índice en su entrada y lo fui empujando, girándolo al ritmo en que sus paredes lo apretaban. Ella arqueó la cintura, me sujetó del pelo y gimió, retorciéndose.
Y justo entonces la cadena con la que pretendía mantenerme sujeta se le resbaló de la mano y cayó al suelo, como una metáfora del momento en que Selene se rendía al dominio de quien, aunque arrodillada, tenía ya el poder. Yo misma.
La sujeté con fuerza para que no se escapara, cerré los labios alrededor de su clítoris, absorbiéndolo a veces, sin apartar nunca la lengua, sin molestarme en secarme la saliva que me caía por la barbilla hasta los muslos. Mi mano libre recorría su cuerpo, deteniéndose en los pezones y el vientre. Dos dedos la llenaban, entrando y saliendo, hasta que conseguí oír lo que quería.
—Uff, sí, así, muy bien —concedió entre gemidos.
Su aprobación me dejó completamente mojada. No era solo que me la estuviera comiendo: era una entrega devota a su cuerpo entero, un empeño en darle placer físico y mental por encima de todo.
—¡Ah! No pares, por favor —suplicó—. Qué gusto, sí…
Cerré los ojos un instante y me imaginé fuera de mi cuerpo, observando la escena desde una esquina de la habitación: dos mujeres desnudas en pleno éxtasis. Selene en el sofá, jadeando con la cabeza atrás y las piernas abiertas, y la versión arrodillada de mí misma, que apenas respiraba por la nariz para no dar tregua. Me sentí poderosa así, penetrándola en distintos ángulos sin dejarla ir, con mi propio cuerpo temblando tanto como el suyo, apretando los muslos por el calor de mi entrepierna.
—¡Uff! ¡Sí! ¡No pares! ¡Me voy a correr! —me avisó.
No dudé ni un segundo en quedarme. Necesitaba ver esa cara teniendo un orgasmo que después no pudiera olvidar. Y pronto llegó la recompensa: sus contracciones eran tan fuertes que me costaba empujar los dedos hasta el fondo. No separé la lengua de su clítoris ni un momento. Se tapó la boca, pero el gemido fue casi un grito, y su cuerpo se sacudió mientras yo seguía devorándola hasta la última ráfaga.
Saqué los dedos con cuidado, le besé el pubis para relajarla y me permití sonreírle y apoyar la cabeza en su vientre, escuchando cómo se calmaba su respiración.
—Uff, qué bueno… —dijo, echándose el pelo atrás, con la expresión de quien acaba de bajarse de una montaña rusa.
Esa es la Selene que quería ver.
Pero no tardó en ponerse seria otra vez.
—Reconozco que eres increíble, gata curiosa. Lo haces muy bien —dijo—. Pero no has querido someterte ni seguir mi juego, y voy a tener que castigarte sin volver a verme en una buena temporada.
Me quedé muda, desconcertada. ¿Será tan orgullosa? ¿De verdad la he ofendido por no dejarle marcar el ritmo? Se vistió enfadada y me quitó la cadena del cuello.
—Siento dejarte así. Pero no entiendo por qué tenías que ser tan mala, por qué no podías ser como las demás en lugar de meterme todas estas dudas en la cabeza y… —se calló un momento—. Quédate el collar. La verdad es que te queda de maravilla.
Y se marchó dando un portazo.
Yo no entendía nada. Y encima me quedé con un calentón que no sabía cómo aliviar. Me fui al espejo del baño y me contemplé desnuda, todavía. Levanté la mano derecha y me la llevé al cuello para sentir aquel tacto aterciopelado.
Es cierto. Me encanta cómo me queda el dichoso collar.